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Quiero
ante todo agradecer a los organizadores de este Seminario por la oportunidad
de compartir con ustedes reflexiones y experiencias sobre un tema de
gran importancia para el desarrollo de la economía de solidaridad,
y felicitarlos a todos por participar en este encuentro, que se realiza
en un momento en que muy lamentables hechos de violencia y de guerra
están destruyendo confianzas en todo el mundo, y el fantasma
de una crisis económica profunda y prolongada (consecuencia de
la desconfianza que crece) se cierne sobre el sistema global.
No
es necesario insistir, aquí entre nosotros, que el actual funcionamiento
de la economía globalizada mantiene fuera de los circuitos normales
del mercado a una parte considerable de la población, que en
consecuencia carece de ingresos suficientes para asegurar la satisfacción
de sus necesidades fundamentales, una vida digna y posibilidades de
progreso. Pero tal vez debamos aún tomar plena conciencia de
que los atroces hechos del once de septiembre recién pasado,
con su secuela de represalias militares y demás consecuencias,
están desencadenando una recesión mundial que podría
ser tan profunda y prolongada que no se descarta incluso la posibilidad
de una depresión económica. Lo que está ocurriendo,
en todo caso, no es sino que el "sistema global" se reduce
aún más, se achica otro poco, en el sentido que expulsará
a más trabajadores, hará quebrar a nuevas empresas pequeñas,
medianas e incluso grandes, reducirá el consumo de grandes sectores
sociales, desvalorizará las monedas de los países dependientes,
tornará más escasos los capitales, recortará los
presupuestos reales disponibles por los Estados para hacer frente a
las demandas ciudadanas, y en síntesis podrá cobijar y
proporcionar satisfacción de necesidades y oportunidades de progreso
y desarrollo a un porcentaje aún menor de la población.
En
este contexto caracterizado por la pérdida de confianzas y en
que debemos prepararnos para una crisis profunda y prolongada, el tema
de este Seminario es de extraordinaria actualidad e importancia, toda
vez que la economía de solidaridad y trabajo se presenta tal
vez como la única vía para superar la pobreza y la inequidad
social, y para avanzar hacia una economía y una sociedad más
justa y fraterna, distinta a las que se recorrieron sin éxito
durante el siglo recién terminado.
Quiero
abordar aquí dos cuestiones. La primera: ¿Por qué
la economía solidaria merece confianza como camino para enfrentar
los problemas sociales y económicos que tenemos y que amenazan
con agravarse? La segunda: Si en lo específicamente económico
la confianza se expresa en la aportación de recursos y en el
acceso a financiamientos, ¿qué evaluación y qué
proyecciones podemos hacer respecto a la financiación y la provisión
de recursos para el desarrollo de la economía solidaria?
Ya
entrando al tema, comenzaré destacando dos características
de estas formas de organización de recursos, actividades y esfuerzos
que llamamos "economía de solidaridad y trabajo" (una
expresión sintética que enfatiza los elementos de racionalidad
económica que tienen en común las múltiples y diversas
formas económicas alternativas, autogestionadas, asociativas,
basadas en el trabajo y la cooperación). Me refiero a dos características
que, constituyendo simultáneamente la fuerza y la debilidad que
las distingue - esa curiosa mezcla de eficiencia y de ineficiencia que
parecen caracterizar a las empresas asociativas y solidarias-, veremos
que son los elementos o aspectos más importantes de tener en
cuenta al plantearnos la cuestión de las confianzas y de los
recursos y financiamientos para la economía solidaria. En efecto
(y permítanme que plantee el tema del Seminario en estos términos
económicos estrictos y rigurosos), en economía la confianza
y la desconfianza se correlacionan estrechamente con la eficiencia y
la ineficiencia, y la primera manifestación de que se confía
en algo es la disposición a colocar en ello los propios recursos
y factores, lo cual se expresa especialmente en las operaciones financieras,
que suponen confianza y credibilidad en aquellos sujetos a quienes se
da crédito.
Pues
bien, la primera de las dos características señaladas
- que es la fortaleza de las formas económicas solidarias, por
la que merecen confianza- es la extraordinaria eficiencia que manifiestan
en el uso de los recursos y factores que emplean. La segunda característica
-constitutiva de su gran debilidad en el mercado, por la que despiertan
desconfianzas y presentan diversas limitaciones-, es su extraordinaria
ineficiencia en cuanto a la captación e integración de
factores productivos nuevos, de buena calidad y en las cantidades necesarias,
y la notable dificultad que encuentran para hacerlos crecer al interior
de las mismas unidades económicas solidarias. Por cierto, estas
afirmaciones aparentemente contradictorias requieren explicación.
Veamos primero la eficiencia.
En
economía se entiende que un modo de organización es más
eficiente que otros, cuando con los mismos recursos o factores es capaz
de crear mayor valor económico, o de generar más riqueza.
Dicho de otro modo, un sistema de producción es superior a otro
si rinde más producción con los mismos factores. Digámoslo
aún de una tercera forma: un modo de organización de empresas
es eficiente si no hay otro modo en que sus factores puedan generar
mayor valor económico; y es ineficiente cuando los factores disponibles
pueden organizarse de otro modo que generen mayor valor o riqueza.
Pues
bien, la simple observación de los hechos, así como también
su más sofisticado análisis, demuestran que las unidades
económicas solidarias -aquellas organizadas conforme a la racionalidad
de la economía de solidaridad y trabajo- es notablemente más
eficiente que las empresas o unidades económicas capitalistas.
No
tenemos tiempo ahora para una demostración completa y acabada
de esta afirmación, que hemos efectuado ampliamente en varios
libros; pero una demostración intuitiva y simple la podemos encontrar
observando que las unidades económicas solidarias son capaces
de hacer productivos recursos y factores que están desocupados
en el mercado, o sea que han sido desechados por las empresas capitalistas
y otras formas de organización económicas dominantes porque
ellas no pueden obtener de esos factores una adecuada rentabilidad que
justifique emplearlos.
El
capitalismo es selectivo: sus empresas funcionan, y son viables, sólo
cuando logran utilizar aquellos factores de mayor calidad y productividad.
Las empresas capitalistas que no empleen a los mejores trabajadores,
a las tecnologías más avanzadas, a los ejecutivos más
capaces, a los capitales de menor costo, y a los recursos materiales
de mayor rendimiento, son rápidamente desplazadas del mercado,
y quiebran o caen en bancarrota. Eso demuestra la ineficiencia de la
forma de organización capitalista, que es capaz de obtener utilidades
sólo cuando logra emplear los mejores factores existentes.
La
economía solidaria, en cambio, no necesita "descremar"
el mercado para funcionar y generar producción y beneficios.
Al contrario, ella es capaz de volver productivos los factores improductivos,
o sea aquellos que por su menor rendimiento han sido desechados por
la economía y el mercado capitalista. Da empleo a trabajadores
desocupados, e incluso a fuerza de trabajo secundaria. Logra beneficios
incluso utilizando materias primas e insumos de segunda mano, ya desechados,
que ella misma recicla. Aprovecha conocimientos y tecnologías
consideradas obsoletas, anticuadas, fragmentarias, de baja productividad.
Es sabido que sus gestores no son quienes tienen una elevada experiencia
y formación gestionaria. E incluso son capaces de funcionar,
producir, generar valor y obtener ganancias, en organizaciones o empresas
en que el financiamiento y el capital son insignificantes.
E
inyécteles usted un poquito de factores de mejor calidad. Pronto
comprobará la insólita eficiencia de la economía
solidaria. Yo he conocido numerosas organizaciones económicas
solidarias en que basta incorporarles unos pocos conocimientos tecnológicos
y algunos criterios básicos de gestión, para que la productividad
en ellas se incremente varias veces. Y en cuanto a la productividad
del factor financiero, no hay forma económica que se le pueda
comparar. Las microempresas asociativas y solidarias logran ingresos
y beneficios para sus trabajadores y socios, que anualmente multiplican
en varias veces el capital empleado en ellas. Y microcréditos
o donaciones de, por ejemplo, 500 mil pesos, invertidos en estas unidades
económicas, a menudo permiten incrementar sus ganancias anuales
en varias veces esa cantidad. ¿Qué empresa capitalista
podría obtener una rentabilidad del capital del orden de varios
cientos por ciento anuales, como ocurre en muchas organizaciones económicas
solidarias?
Vale
la pena recordar que en Chile, en la tremenda crisis de los ochenta,
no obstante las dificultades que imponía el régimen militar
y a pesar de la falta de experiencias y la improvisación que
caracterizaron el proceso, las organizaciones económicas solidarias
permitieron la subsistencia de cientos de miles de personas y familias
que habían quedado fuera del mercado y ajenos a la entonces jibarizada
acción social del Estado.
Esta
elevada eficiencia, esta altísima productividad de la economía
solidaria, que la hace capaz de funcionar con los recursos más
pobres y desechados por la economía oficial, tiene una explicación
muy clara, que hemos también desarrollado analíticamente
en nuestros libros. En síntesis, ella se explica, básicamente:
uno, por la presencia en ellas del que llamamos Factor C, esto es, la
energía social que se constituye mediante la unión de
conciencias, voluntades y sentimientos tras un objetivo común,
o sea por la solidaridad convertida en fuerza productiva, que incrementa
la productividad de cada uno de los factores con que se combina; y dos,
por las importantes "economías de asociación",
que implican tanto una considerable reducción de costos y de
conflictos a consecuencia de la solidaridad interna, como una muy relevante
generación de beneficios adicionales por el hecho de hacer las
cosas juntos, satisfaciéndose con ello necesidades relacionales
y conviviales.
Tenemos,
pues, buenas razones para poner nuestra confianza en la economía
de solidaridad y trabajo. Desgraciadamente, esta eficiencia de la economía
de solidaridad y trabajo es sólo un lado de la realidad que debemos
considerar. El otro lado, es el de la ineficiencia habitualmente mostrada
por las formas económicas cooperativas y solidarias en cuanto
a su capacidad de captar e integrar a ella factores, en las cantidades
y de las calidades necesarias para consolidarse y operar establemente
en el mercado.
Porque
cabe preguntarse, ¿cómo es que formas económicas
tan eficientes como demuestran ser internamente las solidarias, no logran
afirmarse en el mercado, y no han llegado a predominar en él,
atrayendo e integrando a sí, a más abundantes y mejores
factores? Si son tan eficientes, ¿cómo es que no predominan?
En efecto, la teoría económica neoclásica sostiene
que una forma de organización de la producción se impone
en el mercado y desplaza a las otras cuando es más eficiente
que ellas. A esto habría que dar una respuesta, si queremos sostener
que la forma solidaria de organizar la producción es más
eficiente que la forma capitalista de hacerlo, aunque no se haya aún
impuesto en el mercado.
Hace
algunos años Stephen A. Marglis, profesor de economía
en la Universidad de Harvard, demostró empíricamente que
no es cierto que la división capitalista del trabajo se implantó
por su superioridad tecnológica, y que un nuevo método
de producción no tiene necesariamente que ser más eficiente
que los otros para ser adoptado, y que esto depende, en gran medida,
de las instituciones económicas y sociales, de quién tiene
el control de la producción, y bajo qué condiciones y
limitaciones se ejerce ese control. (Stephen A. Marglis, Perdiendo el
Contacto, Bolivia 2002) Esta explicación es válida, en
alguna medida, en relación a nuestro asunto; pero hay cosas que
agregar y explicaciones que profundizar. Y ello es fundamental para
generar confianzas y disponer de recursos y financiamientos para el
desarrollo de la economía solidaria, que requiere la integración
de más y de mejores factores. Esto les permitiría manifestar
toda su eficiencia en empresas y actividades menos pobres, más
grandes y mejor provistas de recursos, contribuyendo así a superar
los problemas sociales y asentando sólidamente en el mercado
una nueva, más justa y solidaria forma de organizar la economía.
Pero no sabremos cómo organizar las finanzas sociales de modo
que faciliten y amplíen el acceso de más y mejores factores
a las empresas solidarias, sin antes haber comprendido en profundidad
las razones de su actual ineficiencia para hacerlo.
Hay
que partir reconociendo el hecho de que la economía solidaria
-las organizaciones y empresas del sector asociativo, cooperativo y
autogestionario- no suelen tener fácil acceso al financiamiento,
a las tecnologías más eficientes e innovadoras, a los
ejecutivos, gestores y administradores más capaces, y ni siquiera
a la fuerza de trabajo más capacitada y productiva. Atención,
decir que no tienen acceso no significa necesariamente que alguien se
lo impide, sino también, al menos en condiciones de un mercado
semi-libre, que ellas no son suficientemente atractivas y capaces de
convocar, motivar, seducir e interesar a quienes poseen dichos factores.
La
explicación del hecho tiene cuatro aspectos, que aquí
no podemos analizar en detalle pero sí brevemente mencionar.
Los dos primeros son estos:
1.
El contexto económico, político, institucional, jurídico
y cultural no facilita ni orienta a los individuos y grupos a relacionarse
con la economía solidaria y sus organizaciones.
2.
El modo de producir capitalista y sus empresas proporciona a los poseedores
de algunos de esos factores (capital, tecnología, gestión)
beneficios y utilidades extraordinarias, superiores a las que corresponden
a su efectiva productividad. Puede hacerlo, porque dicho modo de producir
extrae a los poseedores de otros de esos factores (los trabajadores,
la comunidad) una parte de las remuneraciones que les correspondería
según su productividad. Por eso, los dueños del capital,
los poseedores de conocimientos tecnológicos y de capacidades
gestionarias, prefieren integrarse y operar en empresas capitalistas
en vez de hacerlo en otras que, como las solidarias, sólo les
ofrecerían beneficios justos, equivalentes a sus aportes a la
producción.
Reconocer
estos dos primeros elementos de la explicación nos resulta fácil,
pues ellos implican que la "culpa es de otros", no de la economía
solidaria, ni de sus organizaciones, ni de sus integrantes. Pero la
explicación de la dificultad para integrar recursos y factores
en mayores cantidades y de mejor calidad no es completa, porque debemos
reconocer que a menudo hay recursos financieros disponibles para la
economía solidaria que no se emplean, y que hay también
conocimientos y personas de elevadas capacidades tecnológicas
y gestionarias que desearían integrarse a la economía
solidaria, por razones sociales, éticas y espirituales, que sin
embargo no encuentran las posibilidades u oportunidades dónde
hacerlo. Existen, además, profesionales, técnicos y trabajadores
desocupados, que no acceden a la economía solidaria para colocar
y hacer producir en ella sus recursos y factores disponibles. Llegamos
así el tercer punto de la explicación:
3.
La economía solidaria no está en condiciones de integrar
todos los recursos y factores que estarían disponibles para operar
en ella, porque el Factor C en base al cual se organizan sus unidades
económicas, no se encuentra suficientemente desarrollado, no
habiendo aún dado lugar a las empresas y unidades económicas
que podrían ocuparlos.
Para
comprender en profundidad este tercer aspecto de la explicación
habría que conocer más ampliamente la "teoría
económica comprensiva" que da razón de la economía
solidaria. Para quienes conocen la teoría: se trata del proceso
de "acumulación originaria de Factor C", y de la conversión
del Factor C en "categoría organizadora", que permite
generar y multiplicar empresas en que el trabajo y la comunidad se constituyen
como factores empresarios. Como la solidaridad y la asociatividad en
base a las cuáles y sobre cuya base se organizan las empresas
solidarias, pueden combinarse con los otros factores productivos conforme
al teorema de las "proporciones definidas", no es posible
que den ocupación e integren a otros factores sino en proporción
a la solidaridad existente y fundante de empresas asociativas. Para
quienes no conocen la "teoría económica comprensiva",
digamos en términos más sencillos que la economía
solidaria es capaz de atraer e integrar a otros factores, sólo
en proporción a la solidaridad internamente desplegada en sus
unidades económicas. Y además, que los factores que ella
ocupa, no pueden ser cualquiera de los que se ofrecen en el mercado;
es preciso, en efecto, que además de estar disponibles, quienes
los aportan tengan también un espíritu solidario, una
capacidad de compartir y de cooperar en función de objetivos
hechos propios.
Este
tercer punto de la explicación de la dificultad que manifiesta
la economía solidaria para integrar factores de elevada calidad
y productividad, es muy importante en relación al tema que aquí
nos convoca, a saber, la creación de confianzas para la economía
solidaria. En efecto, la disposición y provisión de recursos
financieros para las unidades y organizaciones asociativas, cooperativas
y solidarias, no puede efectuarse en las mismas formas y modos en que
se efectúa la financiación de la empresas de capital.
Puedo destacar dos elementos.
El primero, que es inútil
pretender crear organizaciones y empresas solidarias sobre la base de
un aporte financiero inicial. Esto, que demuestra la teoría,
está comprobado infinidad de veces en la práctica, por
la multitud de casos de falencias y fracasos de las organizaciones y
empresas asociativas que se forman a partir de un crédito o donación
financiera como impulso inicial, y que no suponen la existencia de un
grupo humano organizado y unido previamente que haya aportado
por sí mismo todos aquellos recursos y capacidades que están
originariamente a su alcance.
El segundo aspecto, es que
la provisión de recursos financieros, así como también
de otros factores (tecnológicos, gestionarios, materiales, de
trabajo), debe hacerse con solidaridad, con espíritu de cooperación,
con motivaciones generosas y no con mezquinos intereses y afanes de
lucro. Porque los factores que se integran a una empresa o unidad solidaria,
sólo armonizan con los ya existentes en ella, y aportan su productividad
potencial conforme a la eficiencia propia de la economía solidaria,
cuando comparten la conciencia, la voluntad y los sentimientos con que
se persiguen los objetivos comunes a sus integrantes. Con otro espíritu,
con otra lógica económica, los financiamientos y otros
factores que se alleguen a una empresa solidaria no harán sino
distorsionar su funcionamiento, crear roces, problemas y conflictos,
que afectarán negativamente su funcionamiento y eficiencia. Introducir
con espíritu capitalista financiamientos a una empresa solidaria,
la tenderá a convertir en capitalista, generando distorsiones
que la alejarán de su genuina y eficiente racionalidad.
Pero es preciso completar
aún la explicación de las dificultades existentes para
disponer en la economía solidaria factores productivos de mejor
calidad y en mayor cantidad. Hay un cuarto aspecto, que es tal vez aún
más importante que lo conozcamos en función de disponer
de eficaces y adecuadas políticas de financiación social.
Lo podemos enunciar de este modo:
4. Se han establecido en
la economía cooperativa, autogestionaria y solidaria, por razones
históricas, ideológicas, culturales, ciertos criterios
de tratamiento de los factores productivos, que implican inflexibilidades
de mercado, y que causan distorsiones y distanciamientos respecto a
la auténtica racionalidad de la economía de solidaridad
y trabajo, impidiendo que ésta se desenvuelva eficientemente.
El análisis y explicación
de este aspecto ha motivado gran parte de mis estudios y escritos. Me
limitaré a mostrarlo con algunos ejemplos, sabiendo que estos
son siempre insuficientes y algo imprecisos, pero la economía
de tiempo nos obliga a proceder de este modo.
Históricamente ha
existido una desconfianza, un temor, una crítica del capital
como factor económico necesario, que ha llevado a relacionarse
con él y a tratarlo de modos inapropiados. Por ejemplo, en el
cooperativismo, desde el comienzo, se estableció el principio
del "interés limitado al capital". Un temor a la fuerza
avasallante del capital capitalista llevó a pensar que en las
cooperativas el capital debía controlarse jurídicamente,
mediante una norma rigurosa y estricta que indicaba que los aportes
productivos del capital debían remunerarse en la forma más
limitada que fuera posible. Naturalmente, esto ahuyenta el capital de
estas empresas, y hace huir de las cooperativas incluso el propio capital
cooperativo. Es así que para evitar la descapitalización
y consiguiente tendencia a no invertir, las cooperativas debieron adoptar
una norma jurídica compensatoria, cual era la de destinar un
porcentaje fijo (habitualmente un 20 %) de la utilidades a incrementar
el capital social. Ineficiente la limitación de la remuneración
del capital, e ineficiente la norma compensatoria, pues nada indica
que una empresa, independientemente de su funcionamiento y de las condiciones
del mercado, deba necesariamente capitalizar en una proporción
anual fija. Reducir la flexibilidad de las empresas solidarias en su
manejo del factor financiero significa inevitablemente perder eficiencia.
Además, ¿tiene
acaso sentido, y es coherente con la racionalidad solidaria, castigar
el capital fijándole un interés limitado? Cierto, no se
trata de fijarle un interés capitalista. Pero ¿es que
el interés solidario consiste en limitarlo normativamente? Ante
todo hay que pensar en qué consiste el capital en una empresa
cooperativa o solidaria en general. Veamos. El capital cooperativo se
forma, en primera instancia, con los aportes de los socios. ¿Y
qué es ese dinero que los socios destinan para financiar su empresa,
sino su propio trabajo anterior, acumulado como ahorro, sacrificando
consumo individual y familiar en beneficio de la organización
solidaria? ¿Por qué castigar ese trabajo acumulado
y ese sacrificio de consumo individual y familiar, generosamente
efectuado en función de una empresa común, remunerándolo
de manera insuficiente?
No
es difícil comprender que con este criterio, no solamente se
dificulta la captación de financiamientos y capitales en el mercado,
e incluso de parte de los mismos socios, sino que además a estas
empresas les costará acumular capital propio -que necesitan para
crecer y emprender nuevas iniciativas- reservando a ello una parte de
sus excedentes. Jaroslav Vanek demostró que en muchas cooperativas
se manifiesta una "tendencia a sub-invertir", porque los socios
prefieren distribuir las utilidades en vez de reinvertirlas en la empresa,
debido a que a dicho capital reinvertido -que es el fruto del propio
trabajo y esfuerzo- no se le reconocerá ni recompensará
por su futuro aporte a la producción. Tanto es así que
una muy extendida manera de concebir el cooperativismo rechaza incluso
la idea de que las cooperativas sean empresas, reconociéndoles
solamente el carácter de asociaciones económicas "sin
fines de lucro", que no deben obtener utilidades, y que si generan
excedentes operacionales deben repartirlos o devolverlos a los socios
con el criterio "a prorrata" de las operaciones que hayan
efectuado en ella.
Otro ejemplo de inadecuado
tratamiento de los factores productivos que es consecuencia de concepciones
ideológicas que no son consecuentes con la racionalidad solidaria
eficiente, es la distribución ingualitaria de los excedentes,
y la remuneración igualitaria del trabajo, independientemente
del aporte que efectúe cada integrante y de la calificación
e intensidad del trabajo que realice cada uno. La idea y el valor de
la igualdad tiene mucha fuerza en los ambientes solidarios interesados
en el cambio y la justicia social. Sin embargo, aplicada la noción
de igualdad a la remuneración del trabajo y a la distribución
de los excedentes en organizaciones y empresas solidarias, el resultado
es no sólo ineficiente sino también injusto y, por ende,
mala y falsamente solidario. Lo solidario no puede negar ni contradecir
lo que es justo; al contrario, la solidaridad es un perfeccionamiento
de la justicia, en ningún caso su negación. Y lo justo
es reconocer a cada cual sus aportes y sus esfuerzos, y recompensar
más los aportes mayores y los trabajos mejor efectuados, o de
mayor productividad. No se trata de aceptar las desigualdades y desequilibrios
del mercado capitalista; pero el rechazo de éstas no debe llevarnos
a otro tipo de injusticias. Por lo demás, la lógica de
la economía solidaria tiene sus propios modos de corregir las
desigualdades y desequilibrios que surjan en su interior.
Pero no tenemos tiempo para
exponer los modos de tratamiento del capital, de distribución
de beneficios y de remuneración del trabajo que corresponden
a una racionalidad solidaria consecuente y eficiente. Nos limitamos
a concluir, de este cuarto elemento explicativo de la dificultad de
las organizaciones de la economía solidaria y del trabajo para
integrar y dotarse de más y mejores factores que necesita para
crecer, que la economía solidaria requiere de solidaridad y Factor
C para existir; pero para crecer y expandir todas sus potencialidades
debe fundarse en algo más que la buena voluntad y la generosidad
de quienes la promueven y participan en ella. Es necesario que en las
empresas y organizaciones solidarias se organicen y operen internamente
los procesos financieros, tecnológicos y de gestión, con
criterios rigurosos de economía solidaria, y no en base a concepciones
ideológicas derivadas de un abstracto anticapitalismo. Yo no
me canso de insistir en esto, precisamente porque estoy convencido de
la extraordinaria eficiencia y potencialidades de la economía
solidaria, que demasiadas veces no se manifiesta, frustrando esfuerzos
y limitando las confianzas y las esperanzas que crea, porque se actúa
sin el suficiente y apropiado conocimiento.
En este sentido, hay dos
errores que superar. El primero, creer que es suficiente la superioridad
ética de la economía solidaria, y una consecuente conducción
ideológica y valórica de sus organizaciones y actividades,
para que haga su aporte decisivo a la superación de la pobreza,
al desarrollo humano y social, a la restauración de la justicia
y la construcción de una sociedad más fraterna. El segundo
error, es pensar que la eficiencia de la economía solidaria y
de sus organizaciones y empresas, pueda lograrse integrando a sus actividades
financieras, de gestión, tecnológicas, de comercialización,
etc., los criterios de eficiencia que se han elaborado a partir del
modo de ser y de actuar y de relacionarse y funcionar en el mercado,
que son propios del capitalismo y de sus empresas e instituciones. Aplicados
a la economía solidaria, esos conocimientos de economía
y de administración capitalistas no hacen sino integrar a la
economía solidaria la ineficiencia del capitalismo, con consecuencia
aún más graves pues le introducen confusión e inconsecuencias
que la debilitan. La economía de solidaridad y trabajo tiene
su propia racionalidad económica, de la más elevada eficiencia,
en correspondencia con su superioridad ética y axiológica.
Si en la crisis de los ochenta
la economía de solidaridad y trabajo demostró, en la precariedad
de los medios que pudo disponer entonces, algo de su eficiencia y capacidad
de resolver los problemas más urgentes de la pobreza y la exclusión,
los aprendizajes teóricos y prácticos realizados a partir
de aquellas experiencias y hasta el presente permiten postular que,
en la actual crisis y frente a su previsible agudización, la
economía solidaria podría ser capaz de ofrecer una real
y verdadera alternativa, de mucho más vasto alcance.
(Ponencia
presentada en el Seminario Construyendo Confianzas para una Economía
Solidaria, 17-18 octubre de 2001, Santiago de Chile)
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