LA CONSTRUCCIÓN DE CONFIANZAS PARA LA ECONOMÍA SOLIDARIA.

  Luis Razeto.

      


      Quiero ante todo agradecer a los organizadores de este Seminario por la oportunidad de compartir con ustedes reflexiones y experiencias sobre un tema de gran importancia para el desarrollo de la economía de solidaridad, y felicitarlos a todos por participar en este encuentro, que se realiza en un momento en que muy lamentables hechos de violencia y de guerra están destruyendo confianzas en todo el mundo, y el fantasma de una crisis económica profunda y prolongada (consecuencia de la desconfianza que crece) se cierne sobre el sistema global.

      No es necesario insistir, aquí entre nosotros, que el actual funcionamiento de la economía globalizada mantiene fuera de los circuitos normales del mercado a una parte considerable de la población, que en consecuencia carece de ingresos suficientes para asegurar la satisfacción de sus necesidades fundamentales, una vida digna y posibilidades de progreso. Pero tal vez debamos aún tomar plena conciencia de que los atroces hechos del once de septiembre recién pasado, con su secuela de represalias militares y demás consecuencias, están desencadenando una recesión mundial que podría ser tan profunda y prolongada que no se descarta incluso la posibilidad de una depresión económica. Lo que está ocurriendo, en todo caso, no es sino que el "sistema global" se reduce aún más, se achica otro poco, en el sentido que expulsará a más trabajadores, hará quebrar a nuevas empresas pequeñas, medianas e incluso grandes, reducirá el consumo de grandes sectores sociales, desvalorizará las monedas de los países dependientes, tornará más escasos los capitales, recortará los presupuestos reales disponibles por los Estados para hacer frente a las demandas ciudadanas, y en síntesis podrá cobijar y proporcionar satisfacción de necesidades y oportunidades de progreso y desarrollo a un porcentaje aún menor de la población.

      En este contexto caracterizado por la pérdida de confianzas y en que debemos prepararnos para una crisis profunda y prolongada, el tema de este Seminario es de extraordinaria actualidad e importancia, toda vez que la economía de solidaridad y trabajo se presenta tal vez como la única vía para superar la pobreza y la inequidad social, y para avanzar hacia una economía y una sociedad más justa y fraterna, distinta a las que se recorrieron sin éxito durante el siglo recién terminado.

      Quiero abordar aquí dos cuestiones. La primera: ¿Por qué la economía solidaria merece confianza como camino para enfrentar los problemas sociales y económicos que tenemos y que amenazan con agravarse? La segunda: Si en lo específicamente económico la confianza se expresa en la aportación de recursos y en el acceso a financiamientos, ¿qué evaluación y qué proyecciones podemos hacer respecto a la financiación y la provisión de recursos para el desarrollo de la economía solidaria?

      Ya entrando al tema, comenzaré destacando dos características de estas formas de organización de recursos, actividades y esfuerzos que llamamos "economía de solidaridad y trabajo" (una expresión sintética que enfatiza los elementos de racionalidad económica que tienen en común las múltiples y diversas formas económicas alternativas, autogestionadas, asociativas, basadas en el trabajo y la cooperación). Me refiero a dos características que, constituyendo simultáneamente la fuerza y la debilidad que las distingue - esa curiosa mezcla de eficiencia y de ineficiencia que parecen caracterizar a las empresas asociativas y solidarias-, veremos que son los elementos o aspectos más importantes de tener en cuenta al plantearnos la cuestión de las confianzas y de los recursos y financiamientos para la economía solidaria. En efecto (y permítanme que plantee el tema del Seminario en estos términos económicos estrictos y rigurosos), en economía la confianza y la desconfianza se correlacionan estrechamente con la eficiencia y la ineficiencia, y la primera manifestación de que se confía en algo es la disposición a colocar en ello los propios recursos y factores, lo cual se expresa especialmente en las operaciones financieras, que suponen confianza y credibilidad en aquellos sujetos a quienes se da crédito.

      Pues bien, la primera de las dos características señaladas - que es la fortaleza de las formas económicas solidarias, por la que merecen confianza- es la extraordinaria eficiencia que manifiestan en el uso de los recursos y factores que emplean. La segunda característica -constitutiva de su gran debilidad en el mercado, por la que despiertan desconfianzas y presentan diversas limitaciones-, es su extraordinaria ineficiencia en cuanto a la captación e integración de factores productivos nuevos, de buena calidad y en las cantidades necesarias, y la notable dificultad que encuentran para hacerlos crecer al interior de las mismas unidades económicas solidarias. Por cierto, estas afirmaciones aparentemente contradictorias requieren explicación. Veamos primero la eficiencia.

      En economía se entiende que un modo de organización es más eficiente que otros, cuando con los mismos recursos o factores es capaz de crear mayor valor económico, o de generar más riqueza. Dicho de otro modo, un sistema de producción es superior a otro si rinde más producción con los mismos factores. Digámoslo aún de una tercera forma: un modo de organización de empresas es eficiente si no hay otro modo en que sus factores puedan generar mayor valor económico; y es ineficiente cuando los factores disponibles pueden organizarse de otro modo que generen mayor valor o riqueza.

      Pues bien, la simple observación de los hechos, así como también su más sofisticado análisis, demuestran que las unidades económicas solidarias -aquellas organizadas conforme a la racionalidad de la economía de solidaridad y trabajo- es notablemente más eficiente que las empresas o unidades económicas capitalistas.

      No tenemos tiempo ahora para una demostración completa y acabada de esta afirmación, que hemos efectuado ampliamente en varios libros; pero una demostración intuitiva y simple la podemos encontrar observando que las unidades económicas solidarias son capaces de hacer productivos recursos y factores que están desocupados en el mercado, o sea que han sido desechados por las empresas capitalistas y otras formas de organización económicas dominantes porque ellas no pueden obtener de esos factores una adecuada rentabilidad que justifique emplearlos.

      El capitalismo es selectivo: sus empresas funcionan, y son viables, sólo cuando logran utilizar aquellos factores de mayor calidad y productividad. Las empresas capitalistas que no empleen a los mejores trabajadores, a las tecnologías más avanzadas, a los ejecutivos más capaces, a los capitales de menor costo, y a los recursos materiales de mayor rendimiento, son rápidamente desplazadas del mercado, y quiebran o caen en bancarrota. Eso demuestra la ineficiencia de la forma de organización capitalista, que es capaz de obtener utilidades sólo cuando logra emplear los mejores factores existentes.

      La economía solidaria, en cambio, no necesita "descremar" el mercado para funcionar y generar producción y beneficios. Al contrario, ella es capaz de volver productivos los factores improductivos, o sea aquellos que por su menor rendimiento han sido desechados por la economía y el mercado capitalista. Da empleo a trabajadores desocupados, e incluso a fuerza de trabajo secundaria. Logra beneficios incluso utilizando materias primas e insumos de segunda mano, ya desechados, que ella misma recicla. Aprovecha conocimientos y tecnologías consideradas obsoletas, anticuadas, fragmentarias, de baja productividad. Es sabido que sus gestores no son quienes tienen una elevada experiencia y formación gestionaria. E incluso son capaces de funcionar, producir, generar valor y obtener ganancias, en organizaciones o empresas en que el financiamiento y el capital son insignificantes.

      E inyécteles usted un poquito de factores de mejor calidad. Pronto comprobará la insólita eficiencia de la economía solidaria. Yo he conocido numerosas organizaciones económicas solidarias en que basta incorporarles unos pocos conocimientos tecnológicos y algunos criterios básicos de gestión, para que la productividad en ellas se incremente varias veces. Y en cuanto a la productividad del factor financiero, no hay forma económica que se le pueda comparar. Las microempresas asociativas y solidarias logran ingresos y beneficios para sus trabajadores y socios, que anualmente multiplican en varias veces el capital empleado en ellas. Y microcréditos o donaciones de, por ejemplo, 500 mil pesos, invertidos en estas unidades económicas, a menudo permiten incrementar sus ganancias anuales en varias veces esa cantidad. ¿Qué empresa capitalista podría obtener una rentabilidad del capital del orden de varios cientos por ciento anuales, como ocurre en muchas organizaciones económicas solidarias?

      Vale la pena recordar que en Chile, en la tremenda crisis de los ochenta, no obstante las dificultades que imponía el régimen militar y a pesar de la falta de experiencias y la improvisación que caracterizaron el proceso, las organizaciones económicas solidarias permitieron la subsistencia de cientos de miles de personas y familias que habían quedado fuera del mercado y ajenos a la entonces jibarizada acción social del Estado.

      Esta elevada eficiencia, esta altísima productividad de la economía solidaria, que la hace capaz de funcionar con los recursos más pobres y desechados por la economía oficial, tiene una explicación muy clara, que hemos también desarrollado analíticamente en nuestros libros. En síntesis, ella se explica, básicamente: uno, por la presencia en ellas del que llamamos Factor C, esto es, la energía social que se constituye mediante la unión de conciencias, voluntades y sentimientos tras un objetivo común, o sea por la solidaridad convertida en fuerza productiva, que incrementa la productividad de cada uno de los factores con que se combina; y dos, por las importantes "economías de asociación", que implican tanto una considerable reducción de costos y de conflictos a consecuencia de la solidaridad interna, como una muy relevante generación de beneficios adicionales por el hecho de hacer las cosas juntos, satisfaciéndose con ello necesidades relacionales y conviviales.

      Tenemos, pues, buenas razones para poner nuestra confianza en la economía de solidaridad y trabajo. Desgraciadamente, esta eficiencia de la economía de solidaridad y trabajo es sólo un lado de la realidad que debemos considerar. El otro lado, es el de la ineficiencia habitualmente mostrada por las formas económicas cooperativas y solidarias en cuanto a su capacidad de captar e integrar a ella factores, en las cantidades y de las calidades necesarias para consolidarse y operar establemente en el mercado.

      Porque cabe preguntarse, ¿cómo es que formas económicas tan eficientes como demuestran ser internamente las solidarias, no logran afirmarse en el mercado, y no han llegado a predominar en él, atrayendo e integrando a sí, a más abundantes y mejores factores? Si son tan eficientes, ¿cómo es que no predominan? En efecto, la teoría económica neoclásica sostiene que una forma de organización de la producción se impone en el mercado y desplaza a las otras cuando es más eficiente que ellas. A esto habría que dar una respuesta, si queremos sostener que la forma solidaria de organizar la producción es más eficiente que la forma capitalista de hacerlo, aunque no se haya aún impuesto en el mercado.

      Hace algunos años Stephen A. Marglis, profesor de economía en la Universidad de Harvard, demostró empíricamente que no es cierto que la división capitalista del trabajo se implantó por su superioridad tecnológica, y que un nuevo método de producción no tiene necesariamente que ser más eficiente que los otros para ser adoptado, y que esto depende, en gran medida, de las instituciones económicas y sociales, de quién tiene el control de la producción, y bajo qué condiciones y limitaciones se ejerce ese control. (Stephen A. Marglis, Perdiendo el Contacto, Bolivia 2002) Esta explicación es válida, en alguna medida, en relación a nuestro asunto; pero hay cosas que agregar y explicaciones que profundizar. Y ello es fundamental para generar confianzas y disponer de recursos y financiamientos para el desarrollo de la economía solidaria, que requiere la integración de más y de mejores factores. Esto les permitiría manifestar toda su eficiencia en empresas y actividades menos pobres, más grandes y mejor provistas de recursos, contribuyendo así a superar los problemas sociales y asentando sólidamente en el mercado una nueva, más justa y solidaria forma de organizar la economía. Pero no sabremos cómo organizar las finanzas sociales de modo que faciliten y amplíen el acceso de más y mejores factores a las empresas solidarias, sin antes haber comprendido en profundidad las razones de su actual ineficiencia para hacerlo.

      Hay que partir reconociendo el hecho de que la economía solidaria -las organizaciones y empresas del sector asociativo, cooperativo y autogestionario- no suelen tener fácil acceso al financiamiento, a las tecnologías más eficientes e innovadoras, a los ejecutivos, gestores y administradores más capaces, y ni siquiera a la fuerza de trabajo más capacitada y productiva. Atención, decir que no tienen acceso no significa necesariamente que alguien se lo impide, sino también, al menos en condiciones de un mercado semi-libre, que ellas no son suficientemente atractivas y capaces de convocar, motivar, seducir e interesar a quienes poseen dichos factores.

      La explicación del hecho tiene cuatro aspectos, que aquí no podemos analizar en detalle pero sí brevemente mencionar. Los dos primeros son estos:

      1. El contexto económico, político, institucional, jurídico y cultural no facilita ni orienta a los individuos y grupos a relacionarse con la economía solidaria y sus organizaciones.

      2. El modo de producir capitalista y sus empresas proporciona a los poseedores de algunos de esos factores (capital, tecnología, gestión) beneficios y utilidades extraordinarias, superiores a las que corresponden a su efectiva productividad. Puede hacerlo, porque dicho modo de producir extrae a los poseedores de otros de esos factores (los trabajadores, la comunidad) una parte de las remuneraciones que les correspondería según su productividad. Por eso, los dueños del capital, los poseedores de conocimientos tecnológicos y de capacidades gestionarias, prefieren integrarse y operar en empresas capitalistas en vez de hacerlo en otras que, como las solidarias, sólo les ofrecerían beneficios justos, equivalentes a sus aportes a la producción.

      Reconocer estos dos primeros elementos de la explicación nos resulta fácil, pues ellos implican que la "culpa es de otros", no de la economía solidaria, ni de sus organizaciones, ni de sus integrantes. Pero la explicación de la dificultad para integrar recursos y factores en mayores cantidades y de mejor calidad no es completa, porque debemos reconocer que a menudo hay recursos financieros disponibles para la economía solidaria que no se emplean, y que hay también conocimientos y personas de elevadas capacidades tecnológicas y gestionarias que desearían integrarse a la economía solidaria, por razones sociales, éticas y espirituales, que sin embargo no encuentran las posibilidades u oportunidades dónde hacerlo. Existen, además, profesionales, técnicos y trabajadores desocupados, que no acceden a la economía solidaria para colocar y hacer producir en ella sus recursos y factores disponibles. Llegamos así el tercer punto de la explicación:

      3. La economía solidaria no está en condiciones de integrar todos los recursos y factores que estarían disponibles para operar en ella, porque el Factor C en base al cual se organizan sus unidades económicas, no se encuentra suficientemente desarrollado, no habiendo aún dado lugar a las empresas y unidades económicas que podrían ocuparlos.

      Para comprender en profundidad este tercer aspecto de la explicación habría que conocer más ampliamente la "teoría económica comprensiva" que da razón de la economía solidaria. Para quienes conocen la teoría: se trata del proceso de "acumulación originaria de Factor C", y de la conversión del Factor C en "categoría organizadora", que permite generar y multiplicar empresas en que el trabajo y la comunidad se constituyen como factores empresarios. Como la solidaridad y la asociatividad en base a las cuáles y sobre cuya base se organizan las empresas solidarias, pueden combinarse con los otros factores productivos conforme al teorema de las "proporciones definidas", no es posible que den ocupación e integren a otros factores sino en proporción a la solidaridad existente y fundante de empresas asociativas. Para quienes no conocen la "teoría económica comprensiva", digamos en términos más sencillos que la economía solidaria es capaz de atraer e integrar a otros factores, sólo en proporción a la solidaridad internamente desplegada en sus unidades económicas. Y además, que los factores que ella ocupa, no pueden ser cualquiera de los que se ofrecen en el mercado; es preciso, en efecto, que además de estar disponibles, quienes los aportan tengan también un espíritu solidario, una capacidad de compartir y de cooperar en función de objetivos hechos propios.

      Este tercer punto de la explicación de la dificultad que manifiesta la economía solidaria para integrar factores de elevada calidad y productividad, es muy importante en relación al tema que aquí nos convoca, a saber, la creación de confianzas para la economía solidaria. En efecto, la disposición y provisión de recursos financieros para las unidades y organizaciones asociativas, cooperativas y solidarias, no puede efectuarse en las mismas formas y modos en que se efectúa la financiación de la empresas de capital. Puedo destacar dos elementos.

      El primero, que es inútil pretender crear organizaciones y empresas solidarias sobre la base de un aporte financiero inicial. Esto, que demuestra la teoría, está comprobado infinidad de veces en la práctica, por la multitud de casos de falencias y fracasos de las organizaciones y empresas asociativas que se forman a partir de un crédito o donación financiera como impulso inicial, y que no suponen la existencia de un grupo humano organizado y unido previamente que haya aportado por sí mismo todos aquellos recursos y capacidades que están originariamente a su alcance.

      El segundo aspecto, es que la provisión de recursos financieros, así como también de otros factores (tecnológicos, gestionarios, materiales, de trabajo), debe hacerse con solidaridad, con espíritu de cooperación, con motivaciones generosas y no con mezquinos intereses y afanes de lucro. Porque los factores que se integran a una empresa o unidad solidaria, sólo armonizan con los ya existentes en ella, y aportan su productividad potencial conforme a la eficiencia propia de la economía solidaria, cuando comparten la conciencia, la voluntad y los sentimientos con que se persiguen los objetivos comunes a sus integrantes. Con otro espíritu, con otra lógica económica, los financiamientos y otros factores que se alleguen a una empresa solidaria no harán sino distorsionar su funcionamiento, crear roces, problemas y conflictos, que afectarán negativamente su funcionamiento y eficiencia. Introducir con espíritu capitalista financiamientos a una empresa solidaria, la tenderá a convertir en capitalista, generando distorsiones que la alejarán de su genuina y eficiente racionalidad.

      Pero es preciso completar aún la explicación de las dificultades existentes para disponer en la economía solidaria factores productivos de mejor calidad y en mayor cantidad. Hay un cuarto aspecto, que es tal vez aún más importante que lo conozcamos en función de disponer de eficaces y adecuadas políticas de financiación social. Lo podemos enunciar de este modo:

      4. Se han establecido en la economía cooperativa, autogestionaria y solidaria, por razones históricas, ideológicas, culturales, ciertos criterios de tratamiento de los factores productivos, que implican inflexibilidades de mercado, y que causan distorsiones y distanciamientos respecto a la auténtica racionalidad de la economía de solidaridad y trabajo, impidiendo que ésta se desenvuelva eficientemente.

      El análisis y explicación de este aspecto ha motivado gran parte de mis estudios y escritos. Me limitaré a mostrarlo con algunos ejemplos, sabiendo que estos son siempre insuficientes y algo imprecisos, pero la economía de tiempo nos obliga a proceder de este modo.

      Históricamente ha existido una desconfianza, un temor, una crítica del capital como factor económico necesario, que ha llevado a relacionarse con él y a tratarlo de modos inapropiados. Por ejemplo, en el cooperativismo, desde el comienzo, se estableció el principio del "interés limitado al capital". Un temor a la fuerza avasallante del capital capitalista llevó a pensar que en las cooperativas el capital debía controlarse jurídicamente, mediante una norma rigurosa y estricta que indicaba que los aportes productivos del capital debían remunerarse en la forma más limitada que fuera posible. Naturalmente, esto ahuyenta el capital de estas empresas, y hace huir de las cooperativas incluso el propio capital cooperativo. Es así que para evitar la descapitalización y consiguiente tendencia a no invertir, las cooperativas debieron adoptar una norma jurídica compensatoria, cual era la de destinar un porcentaje fijo (habitualmente un 20 %) de la utilidades a incrementar el capital social. Ineficiente la limitación de la remuneración del capital, e ineficiente la norma compensatoria, pues nada indica que una empresa, independientemente de su funcionamiento y de las condiciones del mercado, deba necesariamente capitalizar en una proporción anual fija. Reducir la flexibilidad de las empresas solidarias en su manejo del factor financiero significa inevitablemente perder eficiencia.

      Además, ¿tiene acaso sentido, y es coherente con la racionalidad solidaria, castigar el capital fijándole un interés limitado? Cierto, no se trata de fijarle un interés capitalista. Pero ¿es que el interés solidario consiste en limitarlo normativamente? Ante todo hay que pensar en qué consiste el capital en una empresa cooperativa o solidaria en general. Veamos. El capital cooperativo se forma, en primera instancia, con los aportes de los socios. ¿Y qué es ese dinero que los socios destinan para financiar su empresa, sino su propio trabajo anterior, acumulado como ahorro, sacrificando consumo individual y familiar en beneficio de la organización solidaria? ¿Por qué castigar ese trabajo acumulado y ese sacrificio de consumo individual y familiar, generosamente efectuado en función de una empresa común, remunerándolo de manera insuficiente?

      No es difícil comprender que con este criterio, no solamente se dificulta la captación de financiamientos y capitales en el mercado, e incluso de parte de los mismos socios, sino que además a estas empresas les costará acumular capital propio -que necesitan para crecer y emprender nuevas iniciativas- reservando a ello una parte de sus excedentes. Jaroslav Vanek demostró que en muchas cooperativas se manifiesta una "tendencia a sub-invertir", porque los socios prefieren distribuir las utilidades en vez de reinvertirlas en la empresa, debido a que a dicho capital reinvertido -que es el fruto del propio trabajo y esfuerzo- no se le reconocerá ni recompensará por su futuro aporte a la producción. Tanto es así que una muy extendida manera de concebir el cooperativismo rechaza incluso la idea de que las cooperativas sean empresas, reconociéndoles solamente el carácter de asociaciones económicas "sin fines de lucro", que no deben obtener utilidades, y que si generan excedentes operacionales deben repartirlos o devolverlos a los socios con el criterio "a prorrata" de las operaciones que hayan efectuado en ella.

      Otro ejemplo de inadecuado tratamiento de los factores productivos que es consecuencia de concepciones ideológicas que no son consecuentes con la racionalidad solidaria eficiente, es la distribución ingualitaria de los excedentes, y la remuneración igualitaria del trabajo, independientemente del aporte que efectúe cada integrante y de la calificación e intensidad del trabajo que realice cada uno. La idea y el valor de la igualdad tiene mucha fuerza en los ambientes solidarios interesados en el cambio y la justicia social. Sin embargo, aplicada la noción de igualdad a la remuneración del trabajo y a la distribución de los excedentes en organizaciones y empresas solidarias, el resultado es no sólo ineficiente sino también injusto y, por ende, mala y falsamente solidario. Lo solidario no puede negar ni contradecir lo que es justo; al contrario, la solidaridad es un perfeccionamiento de la justicia, en ningún caso su negación. Y lo justo es reconocer a cada cual sus aportes y sus esfuerzos, y recompensar más los aportes mayores y los trabajos mejor efectuados, o de mayor productividad. No se trata de aceptar las desigualdades y desequilibrios del mercado capitalista; pero el rechazo de éstas no debe llevarnos a otro tipo de injusticias. Por lo demás, la lógica de la economía solidaria tiene sus propios modos de corregir las desigualdades y desequilibrios que surjan en su interior.

      Pero no tenemos tiempo para exponer los modos de tratamiento del capital, de distribución de beneficios y de remuneración del trabajo que corresponden a una racionalidad solidaria consecuente y eficiente. Nos limitamos a concluir, de este cuarto elemento explicativo de la dificultad de las organizaciones de la economía solidaria y del trabajo para integrar y dotarse de más y mejores factores que necesita para crecer, que la economía solidaria requiere de solidaridad y Factor C para existir; pero para crecer y expandir todas sus potencialidades debe fundarse en algo más que la buena voluntad y la generosidad de quienes la promueven y participan en ella. Es necesario que en las empresas y organizaciones solidarias se organicen y operen internamente los procesos financieros, tecnológicos y de gestión, con criterios rigurosos de economía solidaria, y no en base a concepciones ideológicas derivadas de un abstracto anticapitalismo. Yo no me canso de insistir en esto, precisamente porque estoy convencido de la extraordinaria eficiencia y potencialidades de la economía solidaria, que demasiadas veces no se manifiesta, frustrando esfuerzos y limitando las confianzas y las esperanzas que crea, porque se actúa sin el suficiente y apropiado conocimiento.

      En este sentido, hay dos errores que superar. El primero, creer que es suficiente la superioridad ética de la economía solidaria, y una consecuente conducción ideológica y valórica de sus organizaciones y actividades, para que haga su aporte decisivo a la superación de la pobreza, al desarrollo humano y social, a la restauración de la justicia y la construcción de una sociedad más fraterna. El segundo error, es pensar que la eficiencia de la economía solidaria y de sus organizaciones y empresas, pueda lograrse integrando a sus actividades financieras, de gestión, tecnológicas, de comercialización, etc., los criterios de eficiencia que se han elaborado a partir del modo de ser y de actuar y de relacionarse y funcionar en el mercado, que son propios del capitalismo y de sus empresas e instituciones. Aplicados a la economía solidaria, esos conocimientos de economía y de administración capitalistas no hacen sino integrar a la economía solidaria la ineficiencia del capitalismo, con consecuencia aún más graves pues le introducen confusión e inconsecuencias que la debilitan. La economía de solidaridad y trabajo tiene su propia racionalidad económica, de la más elevada eficiencia, en correspondencia con su superioridad ética y axiológica.

      Si en la crisis de los ochenta la economía de solidaridad y trabajo demostró, en la precariedad de los medios que pudo disponer entonces, algo de su eficiencia y capacidad de resolver los problemas más urgentes de la pobreza y la exclusión, los aprendizajes teóricos y prácticos realizados a partir de aquellas experiencias y hasta el presente permiten postular que, en la actual crisis y frente a su previsible agudización, la economía solidaria podría ser capaz de ofrecer una real y verdadera alternativa, de mucho más vasto alcance.

      (Ponencia presentada en el Seminario Construyendo Confianzas para una Economía Solidaria, 17-18 octubre de 2001, Santiago de Chile)