POBREZA, DESARROLLO SOCIAL Y   ECONOMIA DE SOLIDARIDAD.
  Luis Razeto M.

 

      A.     Cinco constataciones claves para comprender la realidad de la pobreza en América Latina .


       En los últimos años, en los documentos oficiales de los Gobiernos y los organismos internacionales, el interés y preocupación por la pobreza ha asumido una connotación fundamentalmente estadística. Se discute cuántos son los pobres, con qué indicadores identificar sus diversos niveles, cuáles tendencias se manifiestan en la distribución de los ingresos, etc. Y los datos que se proporcionan para América Latina como un todo y para la mayor parte de sus países en particular, son alarmantes. En efecto, desde hace tres décadas, la pobreza está aumentado en América Latina. En términos relativos, en cuanto la distribución del ingreso se torna cada vez más desigual. En términos absolutos, porque aumenta el número de pobres y extremadamente pobres: actualmente más de 200 millones de latinoamericanos no alcanzan a satisfacer sus necesidades básicas.

      Pero el enfoque estadístico del tema deja en la sombra, no solamente la realidad humana que se esconde detrás de las cifras, sino también un conjunto de hechos, fenómenos y procesos que están caracterizando actualmente el mundo de los pobres, y que han dado lugar a una verdadera transformación de la pobreza, a partir de la cual ella es hoy una realidad cualitativamente distinta a la que se manifestaba treinta años atrás. Entre tales fenómenos y procesos podemos constatar los siguientes:

     1.     De la marginalidad por defecto de integración a la pobreza por exclusión activa.

       El mundo de los pobres, profundamente impactado por los cambios que se han verificado en todo el mundo en las últimas décadas, no es el mismo que el que existía hace algunos años atrás. La mencionada "transformación de la pobreza" tiene connotaciones económicas, sociales, políticas y culturales.

       Hasta hace dos décadas, cuando se hablaba de los pobres se hacía referencia a aquella parte de la población que no había logrado integrarse a la vida moderna debido a que las infraestructuras urbanas, productivas y de servicios (educación, salud, vivienda, etc.) no crecían lo suficientemente rápido como para absorver la masa social urbana que aumentaba aceleradamente por causas demográficas, migraciones del campo a la ciudad, etc. Los extremadamente pobres eran quienes no habían experimentado un desarrollo cultural y laboral como el requerido por el proceso social moderno, y constituían un cierto porcentaje de la sociedad que se aglomeraba en la periferia de las grandes ciudades.

       En última síntesis, aquella marginación resultaba de la reorganización de la economía y la estructura social que se verificaba por la expansión de las formas industriales y estatales modernas, que fueron desplazando y desarticulando el tejido social y las actividades de producción, distribución y consumo tradicionales, afectando especialmente a los grupos sociales indígenas, campesinos y artesanales. Como el sector moderno crecía y manifestaba capacidades para absorber fuerzas de trabajo y satisfacer demandas de consumo, se producía adicionalmente un efecto de atracción para muchos que abandonaron prematuramente sus formas de vida tradicionales y emigraron hacia las ciudades en busca de otros modos de vida. Pero los que no lograron integrarse, no pudiendo tampoco darle en el contexto marginal urbano un uso a sus capacidades y destrezas laborales correspondientes a esos modos de producción campesinos y artesanales, encontraban sólo en la acción social del sector público sus posibilidades de sobrevivencia y de reinserción. Su actividad social tendía a expresarse, entonces, fundamentalmente en términos reivindicativos y de presión social.

       Aquella pobreza y marginación residual (por nombrarla de algún modo), sigue existiendo en la actualidad. Pero el mundo de los pobres es hoy mucho más numeroso, porque ha sido engrosado por una masa de personas que, habiendo anteriormente alcanzado algún grado de participación en el mundo laboral y en el consumo y la vida moderna, han experimentado luego procesos de exclusión: cesantía, pérdida de beneficios sociales, subempleo, precarización, etc. Lo que ha sucedido es, en síntesis, que el proceso industrial y estatal moderno, no sólo no pudo absorber todas las fuerzas de trabajo y las necesidades sociales que crecían junto con la población, sino que incluso comenzó a expeler a una parte de quienes había en algún momento incorporado. Este fenómeno de la exclusión no solamente afecta a los sectores populares y al mundo obrero, sino también a capas sociales medias que se han visto rápidamente empobrecidas por la pérdida del empleo y de beneficios sociales que habían mantenido en muchos casos por períodos prolongados. La pobreza en que caen estas familias resulta en ocasiones extremadamente dura, pues la experimentan por primera vez y no han desarrollado las estrategias de sobrevivencia cotidiana que son connaturales a la experiencia de la pobreza vivida desde la infancia. Se verifica también un proceso que puede entenderse como de inversión del ascenso social de una generación a otra: muchos jóvenes populares que habían accedido a la educación moderna y que adquieren por su intermedio las destrezas necesarias para insertarse en el mundo del trabajo, no encuentran las oportunidades de hacerlo y recaen en la pobreza.

     2.     La segregación de los pobres y la segmentación de la sociedad.

       Como nunca antes, la pobreza en América Latina se ha concentrado en zonas urbanas y suburbanas de alta densidad poblacional. Diversos fenómenos de reorganización urbana han desplazado territorialmente a los pobres hacia comunas periféricas desprovistas de servicios básicos de educación, salud, pavimentación, alcantarillado, transporte, etc. Comunas y poblaciones marginales donde prácticamente no existen industrias, donde el comercio es precario, donde los servicios públicos están a menudo ausentes; y donde, en general, la distancia y el aislamiento respecto a los centros residenciales de elevados niveles de vida reduce al mínimo las oportunidades de acceder a empleos, ingresos y beneficios derivados de la proximidad a zonas de mayor desarrollo y riqueza.

       En tal contexto, a la desocupación y el subempleo que implican reducidas oportunidades de ingresos, se agrega una exclusión multidimensional, en cuanto las necesidades que permanecen insatisfechas son múltiples. La pobreza deja de ser una situación relativamente transitoria derivada de la falta de empleo, revertible cuando éste vuelve a encontrarse, sino que se convierte en una condición de vida global y permanente, incluyéndose en esto una exclusión de ciudadanía política.

       La concentración y segregación espacial de la pobreza la torna al mismo tiempo invisible para el resto de la sociedad. La vida cotidiana de los sectores sociales empobrecidos se desenvuelve integramente en territorios segregados, dando lugar a formas de vida, relaciones sociales, pautas culturales donde se van recomponiendo identidades sociales y formas de comportamiento que tienden a perpetuar un modo de ser y de vivir caracterizado por la frustración y la falta de esperanzas. En estas condiciones, las ciudades latinoamericanas se encuentran profundamente segmentadas, existiendo entre sus sectores modernos y dinámicos y los territorios marginales una fractura profunda, una discontinuidad no solamente económica sino también social, política y cultural.

     3.     De la pobreza como potencial político a la pobreza como debilidad y carencias.

       Actualmente los pobres están prácticamente solos frente a sus problemas. Veinte años atrás se pensaba que las naciones del Tercer Mundo constituían un potencial de desarrollo y conflicto, capaz de hacer valer sus fuerzas en el concierto internacional. Y dentro de estas naciones, se creía que los pobres eran importantes, porque los "movimientos populares" constituían una fuerza y una amenaza real al sistema establecido.

       Muchos -intelectuales, partidos políticos, artistas- estaban con los pobres porque creían en su liberación, y con ella, en la transformación social, sea en términos revolucionarios o evolutivos. Actualmente el mundo de los pobres ha perdido gran parte de su fuerza, su organización y su capacidad de lucha. La pobreza, en cuanto fenómeno social, se manifiesta en su cruda condición de debilidad y carencias. Los pobres no tienen fuerza social y política. Por eso se han quedado solos. El que se pone al lado de los pobres no obtiene ventajas, ni siquiera reconocimiento genuino. Hace treinta años hacer una "opción por los pobres" constituía para muchos un motivo de orgullo. Hoy se la considera, en el mejor de los casos, un acto que deja irremediablemente al que lo hace, fuera de la historia. Como decía un teólogo, "ahora nadie va a ganar un Premio Nóbel porque defienda a los pobres en América Latina. No se va a conquistar ninguna gloria ni poder político por estar al lado de los pobres hoy día". Por eso los pobres han dejado de interesar a los partidos políticos, a las universidades, a los intelectuales. Si en la década de los sesenta la pobreza y la liberación de los pobres era el gran tema de los sociólogos e intelectuales, que produjeron bibliotecas sobre la cuestión social, hoy lo que interesa es la modernidad y el paso a la postmodernidad. No ya la transformación, sino la globalización.

       Los Gobiernos y los partidos políticos hablan todavía de la pobreza; pueden incluso afirmar que es su gran preocupación. Pero no actúan consecuentemente con el interés manifestado. Basta considerar dónde son colocados y tras qué objetivos se utilizan los recursos del sector público; la principal preocupación es mantenerse vinculados a los mercados internacionales y sus sofisticadas dinámicas: la revolución de la informática, las innovaciones bio-ingenieriles, las nuevas tecnologías, el consumo sofisticado, los nuevos instrumentos de la especulación financiera...

      4.      La pobreza como amenaza a la seguridad y al medio ambiente.

       Aunque se encuentre concentrada y segregada territorialmente, y aunque haya perdido gran parte de su potencial de lucha y acción, la pobreza continúa presentándose como un peligro para el resto de la sociedad. Por un lado, la pobreza crea inseguridad ciudadana, porque genera delincuencia. Sin expectativas de ocupación y de ingresos mínimos, sin esperanzas de progreso e integración por conductos normales, toman cuerpo en el seno del mundo popular comportamientos y actitudes de rechazo y rebeldía social, que no se encauzan por medios políticos sino a través de acciones inorgánicas que se expresan a menudo por medios violentos y antisociales que atentan contra las personas y la propiedad. Para muchos, la acción delictual se presenta como el más fácil y accesible expediente para resolver los problemas de la subsistencia y para acceder a niveles de consumo a los que son excitados por la publicidad y los medios de comunicación de masas. Como consecuencia de ello, toda América Latina se encuentra afectada por crecientes fenómenos de inseguridad ciudadana. La mayor parte de los habitantes de las grandes ciudades viven atemorizados por la delincuencia, ante la cual reaccionan desplegando comportamientos defensivos que reducen consistentemente sus márgenes de libertad.

       Por otro lado, la pobreza contamina y amenaza el equilibrio del medio ambiente. La pobreza agrava el problema ecológico. Grupos humanos extremadamente pobres concentrados en zonas densamente pobladas de precaria urbanización, carecen de medios para cuidar y limpiar su medio ambiente inmediato. El efecto negativo del polvo que se levanta en calles sin pavimentar, del humo que libera la combustión de la madera, de los desechos y basuras que no obtienen adecuada canalización, se expande por la atmósfera y las aguas contaminando la ciudad y su entorno agrícola, con consecuencias muy serias para la salud de toda la población.

       Todo esto hace volver la mirada a los pobres. Pero no por una genuina preocupación por ellos sino con la intención de defender el propio bienestar alcanzado. Y la respuesta tiende a ser en gran medida represiva: contener a los pobres en sus estrictos límites, acentuar su segregación, impedir que su amenaza potencial trascienda hacia otros sectores sociales y urbanos, fortaleciendo las fronteras que separan la pobreza del resto de la sociedad.

      5.      La activación económica de los pobres y la economía popular.

       No todas las transformaciones experimentadas por la realidad de la pobreza tienen connotación negativa. Y para comprenderlo, es preciso mirar no solamente lo que le pasa a los pobres, sino especialmente lo que ellos hacen para enfrentar sus necesidades y problemas. Mirada la pobreza desde fuera, se la visualiza fundamentalmente en lo que tiene de carencias, y se la entiende como resultado de procesos estructurales, o en cuanto recaen sobre ella los efectos de fenómenos, procesos y acciones que se generan en otras esferas de la sociedad y que la impactan. Pero el mundo de los pobres está constituido por personas, familias y grupos humanos que tienen capacidades y que despliegan constantemente acciones e iniciativas tendientes a hacer frente a los problemas que los desafían.

      La acción que se despliega actualmente en los sectores populares pobres es diferente a la que se verificaba en el pasado, correspondiendo a las nuevas circunstancias y condiciones de la pobreza transformada en los términos que hemos señalado. Cuando la marginalidad era vivida como una situación transitoria que sería superada por el camino de la integración a la modernidad, los pobres se organizaban para reivindicar sus derechos y presionar al Estado para acelerar las soluciones esperadas: empleo, vivienda, servicios de educación y salud, etc. Cuando el mundo popular estaba acompañado por quienes veían en él un potencial de lucha y transformación política, la organización y movilización popular tenía las características de un proceso de activación política.

      Aún cuando tales formas de acción y organización permanecen en alguna medida vigentes, la orientación principal que manifiestan desde hace veinte años los esfuerzos de integración y superación de su propia pobreza, se desenvuelven en un plano que podemos considerar directamente económico. En efecto, el semblante de las más grandes ciudades de todos los países latinoamericanos ha cambiado en los últimos años por la irrupción de un fenómeno social y económico que, si no es nuevo en términos absolutos porque en alguna medida siempre ha existido, lo es por la extensión que ha adquirido: la formación y establecimiento de numerosas pequeñas actividades productivas y comerciales cuyos protagonistas son los grupos sociales empobrecidos de los barrios y poblaciones marginales.

      Para referirse a este fenómeno, economistas y sociólogos han acuñado diferentes expresiones: economía informal, pequeña producción popular urbana, economía sumergida, economía invisible, economía de subsistencia, economía popular. No siempre estos diferentes términos aluden exactamente al mismo fenómeno pues establecen diversos "cortes" en la realidad que identifican. Pero todos ellos engloban un universo de iniciativas y experiencias que incluye, al menos, lo siguiente:

       a) El trabajo por cuenta propia de innumerables trabajadores independientes que producen bienes, prestan servicios o comercializan en pequeña escala, en las casas, calles, plazas, medios de locomoción colectiva, ferias populares y otros lugares de aglomeración humana. Una investigación realizada en Chile sobre estos trabajadores por cuenta propia llegó a identificar más de 500 "oficios" distintos ejercidos informalmente.

      b) Las microempresas familiares, unipersonales o de dos o tres socios, que elaboran productos o comercializan en pequeña escala, aprovechando como lugar de trabajo y local de operaciones alguna habitación de la vivienda que se habita o adyacente a ella. En los barrios populares de las grandes ciudades de América Latina el fenómeno de la microempresa ha llegado a ser tan extendido que es normal que exista una de ellas cada cuatro o cinco viviendas.

       c) Las organizaciones económicas populares, esto es, pequeños grupos o asociaciones de personas y familias que juntan y gestionan en común sus escasos recursos para desarrollar en común, actividades generadoras de ingresos o provisionadoras de bienes y servicios que satisfacen necesidades básicas de trabajo, alimentación, salud, educación, vivienda, etc. Talleres laborales solidarios, comités de vivienda, "comprando juntos", centros de abastecimiento comunitario, "construyendo juntos", huertos familiares, programas comunitarios de desarrollo local, etc., son algunos de los tipos de organizaciones económicas populares más difundidos.

       El tamaño relativo de este vasto y heterogéneo universo de actividades económicas populares o informales es distinto en los diferentes países de la región. Pero en todos ellos es muy relevante en cuanto es a través de esta economía popular que un elevado porcentaje de la población (alrededor del 50 %) tiene la oportunidad de efectuar sus aportaciones y obtener sus retribuciones económicas. Todas las investigaciones realizadas en América Latina coinciden en destacar su relevancia cuantitativa desde el punto de vista del empleo y de la obtención de medios de vida para los sectores más pobres. Sin embargo, el tamaño exacto del fenómeno resulta muy difícil de precisar en razón de su propia naturaleza y características.

      Desde un punto de vista cualitativo el hecho más interesante, sorprendente y novedoso manifestado por esta notable multiplicación de pequeñas iniciativas, organizaciones y experiencias económicas populares, es la movilización y activación económica del mundo de los pobres, en búsqueda de solución autónoma a sus propias necesidades y carencias.

      B.    Catorce Tesis fundamentales sobre el Desarrollo Social.

       Más allá de alguna definición académica del "desarrollo social", que en términos sencillos entendemos como un proceso de superación estructural de la pobreza en su sentido más amplio, podemos sintetizar lo que dicho proceso implica formulando una serie de proposiciones o tesis fundamentales.

      Tesis 1. El desarrollo social no tiene que ver con las cosas sino con las personas.

       Naturalmente, la superación de la pobreza y el desarrollo social requieren bienes de consumo y una adecuada dotación de recursos materiales y financieros; pero en ningún caso ellos son suficientes. Más importante que los bienes concretos y las provisiones de capital, son el desarrollo de las capacidades humanas, el aprendizaje de los modos de hacer las cosas, los conocimientos necesarios para organizar y gestionar los procesos y actividades, el "saber hacer", la acumulación de informaciones crecientemente complejas, la organización eficiente de las actividades, por parte de los sujetos que ha de utilizar los recursos sociales disponibles.

       Proveer a las personas de cosas y bienes materiales puede satisfacer transitoriamente sus necesidades; pero ello no los saca de la pobreza ni los desarrolla, pues las necesidades son recurrentes y consumidos los bienes las carencias vuelven a manifestarse.

      El desarrollo social no supone tanto la satisfacción de las necesidades, sino el desarrollo de las capacidades propias para hacer frente a necesidades recurrentes y en expansión.

      Tesis 2. El desarrollo social no consiste en la movilidad ascendente de algunas personas o familias aisladas, sino que es un proceso comunitario en que participan grandes grupos humanos.

      Las pobreza es un fenómeno social, multitudinario, que afecta a grandes grupos de personas que comparten muy precarias condiciones de vida. Que algunos individuos y familias encuentren oportunidades de ascenso social es positivo, pero ello no resuelve el problema de fondo, especialmente en las actuales condiciones de concentración y segregación territorial de la pobreza. En este contexto, las mismas oportunidades de movilidad individual se encuentran fuertemente reducidas. Los individuos y familias inmersos en un mundo de carencias y pobreza de todo orden, aunque tengan ocasionalmente ingresos superiores que les permitan incrementar su consumo, terminan irremediablemente atraídos por el medio de pobreza en que viven, a menos que tengan la oportunidad de cambiar radicalmente de ambiente. Obviamente, esto resulta posible a muy pocas personas.

      El desarrollo social será comunitario, compartido, un proceso en que participen conjuntamente millones de personas, o simplemente no existirá.

      Tesis 3. El desarrollo social supone la organización, la solidaridad y el esfuerzo activo de los mismos grupos y comunidades que lo experimentan.

      La experiencia es abundante y reiterada en el sentido de que la organización popular es un requisito de la superación de la pobreza. La organización refuerza las iniciativas, multiplica las energías, facilita la obtención de los indispensables recursos. Un pueblo desorganizado no podrá jamás salir de la pobreza; lo más probable es que, por el contrario, se sumerja en un proceso de deterioro tendencial, en que la apatía, la desesperanza y la pérdida de energías reproduzcan las condiciones de la marginalidad y la exclusión.

      Siendo el desarrollo un proceso inherente a los sujetos, no puede lograrse sin la participación activa de éstos, que movilicen sus propias capacidades y esfuerzos para alcanzarlo.

      En este sentido, la solidaridad y la cooperación constituyen la más potente fuerza movilizadora del progreso social, en cuanto ella estimula las iniciativas, hace descubrir recursos y capacidades ocultas existentes en las personas y grupos, refuerza la voluntad, activa la conciencia, y da lugar a la formulación y puesta en marcha de proyectos que movilizan esas mismas capacidades y recursos.

       Tesis 4. El desarrollo social es un proceso a la vez económico, político y cultural.

      La expansión de las capacidades para hacer frente a las carencias económicas, la obtención de los medios indispensables para satisfacer las necesidades básicas, son parte y condición ineludible del desarrollo social. Pero éste no se agota en la dimensión económica. Tanto o más importante que la obtención de ingresos y la inserción en los procesos económicos, lo es la expansión de los espacios de participación y poder, que signifiquen la recuperación de la ciudadanía política real por parte de los grupos excluidos. Y aún más importante que esto, es el desarrollo cultural, pues solo él posibilita que los eventuales logros económicos y políticos sean estables y permanentes.

      El carácter "integral" de la pobreza a que hemos hecho referencia, plantea la necesidad de que también su proceso de superación resulte integral y polivalente.

       Tesis 5. No se puede esperar del funcionamiento "automático" del mercado la solución de la pobreza ni el desarrollo social.

       El mercado puede ser eficiente en la asignación de los recursos dados, pero tiende a reproducir las desigualdades en la distribución de la riqueza. En efecto, en el mercado se participa en la medida de lo que se tiene: recursos, ingresos, bienes. Los que carecen de una fuerza de trabajo en condiciones de proporcionar elevada rentabilidad al capital que puede contratarlos; los que no poseen bienes que vender; los que tienen escasos ingresos para comprar; esto es, los pobres, no participan en el mercado o lo hacen muy precariamente: el mercado los excluye.

      El mismo mercado, que refuerza el poder de contratación de los que poseen mucho y debilita el de quienes poseen muy poco, acrecienta la desigualdad en la distribución de la riqueza socialmente producida. En este sentido puede decirse que el mercado es eficiente en la producción de riqueza, pero lo es también en la producción y reproducción de la pobreza.

      La reinserción de los pobres en el mercado, requiere el accionar de fuerzas y energías que, operando por fuera de los circuitos mercantiles, active su proceso de integración mediante la provisión de recursos y el despliegue de las capacidades que les permitan sucesivamente operar en él con algún grado de eficiencia.

      Tesis 6. La superación de la pobreza y el desarrollo social no se pueden esperar tampoco de la sola acción del Estado.

       La acción subsidiaria del Estado es indudablemente necesaria en la atención de los grupos más desvalidos y carentes, en función de los cuales tiende actualmente a focalizarse el gasto social. Los gobiernos cuentan con importantes recursos y capacidades de acción, con los cuales pueden paliar la pobreza extrema de ciertos sectores; pero no pueden sacar de la pobreza a millones de personas cuyas necesidades fundamentales se encuentran mal satisfechas.

      Es un hecho que una parte relevante de tales recursos quedan atrapados en los complejos vericuetos de la burocracia, y terminan favoreciendo más a los sectores medios que tienen mayor poder de presión, que a los verdaderamente pobres carentes de fuerza y de adecuada representación ciudadana. Existen abundantes evidencias de que los servicios públicos de salud, educación, previsión social, vivienda, aún siendo necesarios y habiendo alcanzado una gran cobertura, son notablemente deficientes en cuanto a la calidad y cuantía de las prestaciones, y no se encuentran dimensionados a la situación de pobreza existente. En las actuales condiciones fiscales en que se debaten los Estados, y con las tendencias ideológicas actualmente predominantes, es impensable esperar que los programas públicos se desarrollen en forma tal que lleven a resolver el problema multitudinario de pobreza existente en América Latina.

      Por otro lado, cuando se atribuye al Estado la responsabilidad de resolver los problemas sociales, los grupos sociales potencialmente beneficiarios desarrollan comportamientos pasivos, en espera de soluciones venidas de arriba, y se ven desincentivados a generar aquellos procesos autónomos que, como hemos visto, sólo ellos significan verdadero desarrollo social.

      Tesis 7. La superación de la pobreza y el desarrollo social son responsabilidad de toda la sociedad.

      La pobreza no es solamente un problema de los pobres, sino de la sociedad entera. Vivimos en un mundo en que, no obstante la segregación e incluso guetización de los pobres, las magnitudes de la pobreza son tales que de un modo u otro afectan a toda la población, cuya calidad de vida se siente resentida incluso para los sectores de altos ingresos. En busca de subsistencia, los pobres se han tomado las calles, las plazas, los parques, los accesos a los servicios públicos e incluso al comercio. Ya nos referimos a la inseguridad ciudadana y al problema ecológico que se agravan en condiciones de tan abundante pobreza. Definitivamente, si en una sociedad hay muchos pobres, toda la sociedad es pobre y subdesarrollada.

       Si el problema es de todos, la superación de la pobreza y el desarrollo social son también responsabilidad de todos: los organismos internacionales, las iglesias, los gobiernos, las empresas de todos los tamaños, los diversos grupos y categorías sociales y profesionales, los mismos sectores sociales más pobres. De hecho, todos pueden hacer algo, más o menos relevante según las posibilidades de cada uno. En todo caso, el problema es tan amplio y agudo que sin la cooperación y solidaridad de todos no será posible resolverlo. Tarea relevante es concitar esos esfuerzos, coordinarlos, hacerlos más eficientes.

      Tesis 8. Agente principal del desarrollo social y de la superación de la pobreza son las propias comunidades y grupos pobres afectados.

       Entender el desarrollo social como un proceso engógeno del que son protagonistas principales los sectores populares más pobres, es la más importante conclusión que enseña la experiencia de innumerables ONGs e instituciones públicas y privadas empeñadas en esta tarea. La acción asistencial puede ser necesaria para ciertas categorías y grupos desvalidos que carecen de lo indispensable para activar sus propias capacidades; pero el asistencialismo no conduce al desarrollo, permitiendo en el mejor de los casos la subsistencia.

      El protagonismo de los sectores populares empobrecidos implica, entre otras cosas, que los objetivos de las acciones y proyectos de desarrollo social sean definidos por ellos mismos, a partir del relevamiento de sus propias necesidades, aspiraciones e intereses. Los medios para el desarrollo social deben consecuentemente ser puestos a su disposición, de modo que puedan gestionarlos autónomamente, implicándose en ello un proceso de aprendizaje que es parte esencial del desarrollo mismo. La ejecución de las acciones ha de ser igualmente responsabilidad de los beneficiarios, quienes evaluarán sus resultados conforme a propios criterios de costo-beneficios.

       En este sentido, las múltiples y heterogéneas experiencias de la economía popular, sean individuales, familiares o colectivas, pueden considerarse como el más genuino comienzo del desarrollo social y de la superación de la pobreza.

       Tesis 9. El desarrollo social implica transferencias y donaciones, las que sin embargo deben respetar y favorecer la autonomía de los grupos beneficiarios.

       Reconocer el protagonismo de los sectores populares pobres no significa que ellos deban ser dejados solos en su proceso de desarrollo. Es evidente, en efecto, que en las actuales condiciones de precariedad, desorganización y carencia de recursos en que se encuentran, resulta indispensable el acompañamiento, el apoyo y la acción promocional de quienes pueden hacer algo o mucho por colaborar en su desarrollo.

       En este sentido resultan decisivas las donaciones y subvenciones, los servicios profesionales, y otras transferencias a través de las cuales se acopian y canalizan significativos recursos para la acción social.

      Las donaciones (internacionales, gubernamentales y privadas) presentan sin embargo una compleja problemática, que exige un proceso de aprendizaje a fin de que resulten eficientemente distribuidas y utilizadas. ¿Qué y cuánto donar? ¿A quienes donar? ¿Para qué donar? ¿Cómo donar? son preguntas económicas claves de cuya correcta resolución depende la efectividad de los procesos por ellas promovidos. La preocupación principal ha de ser que las donaciones sean efectivamente solidarias, que se canalicen hacia quienes están realmente haciendo algo eficaz por enfrentar los problemas de la pobreza y por efectuar una genuina promoción y desarrollo social, que no limiten sino que fomenten la autonomía de los beneficiarios, que los recursos disponibles lleguen a quienes más los necesitan.

      Tesis 10. Elementos centrales del desarrollo social son la educación popular y la economía popular, estrechamente relacionadas.

       El desarrollo social es un proceso múltiple en sus dimensiones y polivante en sus contenidos. Se despliega a través de acciones económicas, políticas y culturales, en los más variados ámbitos de la experiencia humana: alimentación, salud, vivienda, educación, tecnologías, investigación, trabajo, etc. Pero la eficacia exige que los proyectos y acciones de desarrollo social se concentren en aquellas actividades que manifiesten un más potente efecto multiplicador. Al respecto, la experiencia de las ONGs indica que los mejores y más permanentes resultados se obtienen a través de una adecuada combinación de procesos de educación y capacitación por un lado, y de fomento de las iniciativas económicas de subsistencia por el otro.

      Mediante la educación popular y la capacitación se desarrolla la autoestima, se toma conciencia de los propios problemas o conflictos y de las energías disponibles para enfrentarlos; se expande el conocimiento de la realidad y de las propias capacidades y recursos; se perfecciona la información sobre las condiciones en que se desenvuelve la acción; se desarrolla la capacidad de tomar decisiones y de gestionar con eficiencia los recursos disponibles; se facilita, en general, un proceso de crecimiento personal y comunitario que es parte esencial y a la vez condición necesaria del desarrollo social.

      Mediante la economía popular se actúan concretamente los procesos a través de los cuáles las necesidades pueden ser satisfechas, implicando la activación y potenciamiento de los propios recursos. Los talleres familiares, las microempresas, las organizaciones económicas populares, las organizaciones solidarias de consumo y abastecimiento popular, constituyen espacios concretos de acción en los que se expanden las capacidades de los participantes, a la vez que se alcanzan soluciones concretas a los problemas más urgentes.

       Educación popular y economía popular, convergentes en los objetivos del desarrollo social, se necesitan y potencian mutuamente. Separadas y sin vincularse estrechamente, reducen su eficacia promocional. Por ejemplo, programas de crédito para microempresas, no acompañados de una adecuada formación y capacitación que hagan crecer a las personas y acrecentar sus capacidades de gestión y relacionamiento, a menudo fracasan. Iniciativas de formación y capacitación, no acompañadas de la provisión de medios y la organización de recursos indispensables para desarrollar acciones eficaces, no sacan a las personas en la inactividad e incluso pueden acrecentar su frustración. Cuando en cambio, las acciones de apoyo a la economía popular van acompañadas de procesos formativos, o cuando las experiencias de educación popular se prolongan en organizaciones económicas, se verifican procesos de desarrollo social que se prolongan en el tiempo.

      Tesis 11. La dimensión territorial de la pobreza urbana plantea la dimensión de lo local como esencial al desarrollo social.

       Concentrada la pobreza en ámbitos territoriales marginados de los procesos de desarrollo, las iniciativas de familias o de grupos particulares corren el riesgo de ser reabsorbidas por el contexto de pobreza en que se desenvuelven. Ello plantea la necesidad de que los programas de desarrollo social se asienten localmente, concentrando las actividades promocionales, de educación popular y de apoyo a las experiencias económicas, de manera que sus efectos se extiendan a toda la comunidad local.

       El desarrollo local exige el involucramiento de múltiples personas y organizaciones en iniciativas polivalentes, económicas, políticas, culturales, que se van conectando y articulando unas con otras, generando un proceso que va transformando paulatinamente el estado de ánimo y el ambiente social de toda la comunidad definida por el territorio poblacional en que se asienta.

      Tesis 12. El desarrollo social es un proceso lento, que puede ser acelerado mediante proyectos y programas de largo plazo.

      Para la inmensa mayoría de los pobres, la pobreza no es una situación transitoria, sino un estado en el que se ha nacido o en el que se ha permanecido durante un largo período de la vida. Para ellos, la pobreza se ha hecho costumbre y se manifiesta en comportamientos que arraigan hondamente en la personalidad. Salir de este estado no puede ser sino el resultado de esfuerzos largamente sostenidos en el tiempo. Incluso para quienes han caído en la pobreza en forma más o menos repentina, superarla se convierte en tarea de años, porque la pobreza succiona a quienes caen en ella.

       Si esto es válido para las personas y familias particulares, con mayor razón lo es para enteras poblaciones y asentamientos humanos que viven en un ambiente de carencias integrales. Nadie puede pretender alcanzar el desarrollo social de los pobres mediante acciones puntuales y proyectos de corto plazo.

       En este sentido, si bien las acciones de emergencia pueden ser necesarias para enfrentar situaciones coyunturales extremas, el desarrollo social requiere programas que se sostengan en el tiempo, durante años y décadas. La inestabilidad de las políticas sociales de los Gobiernos, así como los cambios de orientación que se suceden en los apoyos y acciones promocionales de la cooperación al desarrollo, son uno de los más graves problemas que dificultan el logro de resultados estables que se consoliden.

       Tesis 13. La superación de la pobreza y el desarrollo social son incompatibles con los actuales procesos y modelos de desarrollo económico. Ellos plantean la urgente necesidad de un desarrollo alternativo.

      La pobreza que afecta actualmente a cientos de millones de personas en el mundo y en América Latina, no corresponde al hecho de que ellos no hayan sido aún alcanzados por el desarrollo en curso en otros sectores de la sociedad. Es, al contrario, producto del mismo desarrollo, unilateral, parcial, concentrador y excluyente en que se encuentran embarcadas nuestras sociedades. Puede decirse, en este sentido, que la pobreza y el subdesarrollo han sido creados por el desarrollo y se extienden y crecen junto con éste.

      Una de las conclusiones que pueden extraerse del análisis de todos los modelos y vías de desarrollo aplicados en América Latina, es que sus resultados benefician a quienes lo realizan y gestionan, extendiéndose sus efectos secundarios sobre quienes participan aunque sea subordinadamente en su ejecución. De aquí deriva la necesidad de que, si se espera el desarrollo social de quienes permanecen en la pobreza, estos mismos sectores se constituyan como protagonistas y agentes del desarrollo. Tal es la esencia de lo que podemos entender como "desarrollo alternativo": un desarrollo gestado desde la base social, el cual ha de tener características distintas al desarrollo conocido. El desarrollo social y la superación de la pobreza han de entenderse, pues, como parte y expresión del desarrollo alternativo, que es económico, político, social y cultural a la vez.

      Tesis 14. La superación de la pobreza y el desarrollo social se conectan indisolublemente a procesos globales de transformación y democratización económica y política.

      La pobreza y el subdesarrollo social no son fenómenos secundarios o marginales de las sociedades latinoamericanas; constituyen, al contrario, la más extendida realidad y el más grave de los problemas que afectan a nuestros países. Enfrentarlos no es simplemente cuestión de crecimiento, de "más de lo mismo", siendo evidente la necesidad del cambio y la transformación de las estructuras fundamentales de la sociedad: su sistema económico y político, y el sistema de ideas y valores que lo amalgama.

       Pareciera que actualmente los movimientos impulsores de cambios y transformaciones históricas profundas se encontraran desactivados o estuvieran en vías de desarticulación. Aunque ello pueda ser efectivo en razón de múltiples circunstancias, no es menos cierto que los problemas que han motivado los más fuertes movimientos y luchas transformadoras, no solamente no se hayan resueltos sino que en muchos casos se han acentuado: pobreza, injusticias, marginación, ignorancia, deterioro del medio ambiente y de las condiciones de vida, etc. Probablemente las ideas orientadoras y las formas de la acción y organización transformadoras que veremos en el futuro no serán las mismas que en el pasado; pero es impensable la hipótesis de que la pobreza, las injusticias, la falta de libertad y participación que se reproducen e incluso se extienden en la región, puedan permanecer largo tiempo sin ser resueltas y sin suscitar nuevos movimientos por cambios sociales, económicos y políticos profundos.

      La lucha contra la pobreza y la promoción del desarrollo social, protagonizadas por los propios sectores sociales afectados, pueden constituir -y es ésta la mejor de las hipótesis y el más constructivo de los escenarios- las más adecuadas y eficientes formas de canalización de las energías transformadoras que brotan de la pobreza, la injusticia y la opresión. Pero esta orientación constructiva tiene sentido y podrá adquirir la fuerza suficiente para resolver los problemas, solamente si sus esfuerzos y acciones se acompañan y tienen efectos significativos en términos de un proceso más amplio de democratización de la economía y el Estado, los más importantes objetivos del cambio social necesario.

       C.     La Economía de Solidaridad como proyecto integrador de los esfuerzos de desarrollo social y superación de la pobreza.

       Si se nos pidiera describir en concreto lo que es la economía de solidaridad, las actividades que implica, sus orientaciones ideales y valóricas esenciales, podríamos hacerlo en base a las mismas catorce tesis sobre el desarrollo social que acabamos de plantear.

      En efecto, la economía de solidaridad no está centrada en las cosas sino en las personas, constituyendo un modo de hacer economía que pone al centro al ser humano, y al trabajo por sobre el capital, el dinero y los productos (tesis 1). Implica la organización comunitaria y la realización de emprendimientos asociativos, y no persigue como objetivo central la utilidad o el lucro individual sino el beneficio compartido y social (tesis 2). Ella no solamente supone sino que se basa de modo esencial en la organización, la solidaridad y el esfuerzo activo de los mismos grupos y comunidades que optan por ella (tesis 3). La economía de solidaridad no es "economicista" sino integral, constituyendo un proceso a la vez económico, político y cultural (tesis 4). La economía de solidaridad no rechaza el mercado, se inserta en él; pero no se funda en sus "leyes" y automatismos supuestamente objetivos que generan concentración y exclusión. Puede decirse en tal sentido que en su operar "corrige" al mercado, sustituyendo las férreas exigencias de la competencia por los superiores procedimientos de la cooperación, la ayuda mutua, la participación, la asociatividad, la autogestión, etc. (tesis 5). La economía solidaria no es un proyecto estatal, ni se basa en la acción de los Gobiernos y organismos públicos. Aunque se relaciona con ellos y aprovecha las oportunidades que le ofrezcan los servicios públicos, su espacio de acción y desarrollo es la sociedad civil, en la cual forma parte de lo que algunos han empezado a llamar el "tercer sector" de la economía (tesis 6). La economía de solidaridad no es exclusiva de algunos grupos sociales particulares, no se limita siquiera al extenso mundo de los pobres, sino que convoca a toda la sociedad, siendo posible que todos participen en ella (tesis 7). Pero es un hecho que la economía de solidaridad surge desde los sectores populares empobrecidos, y que su agente principal son las comunidades y personas que buscan salir de la pobreza mediante actividades económicas desplegadas asociativamente y con una lógica solidaria (tesis 8). Un componente de la economía de solidaridad son las donaciones, que ella misma suscita, las que vienen en su apoyo evitando sin embargo que se generen dependencias sino, al contrario, buscando favorecer el desarrollo de la autonomía en los grupos beneficiarios (tesis 9). Elementos centrales de la economía de solidaridad son la educación popular y la economía popular, que en la economía de solidaridad se relacionan estrechamente, orientándose y haciéndolas converger en experiencias de base popular que integran el desarrollo personal y la realización de emprendimientos económicos eficientes (tesis 10). Las experiencias de economía de solidaridad buscan integrar la vida familiar y comunitaria con las actividades orientadas a generar los recursos y medios económicos que las sostengan. Así, ellas otorgan especial importancia al territorio local en que se insertan las iniciativas, buscando siempre favorecer su desarrollo y perfeccionamiento. En otros términos, la economía de solidaridad asume como propio objetivo el desarrollo local (tesis 11). La economía de solidaridad no es una propuesta coyuntural o de corto plazo, sino una perspectiva orientada hacia el futuro, destinada a permanecer en el tiempo, a crecer y perfeccionarse ampliando progresivamente el campo de sus realizaciones. Por ello no se desalienta por las dificultades encontradas en sus fases iniciales, siempre las más complejas y poco comprendidas dado un contexto tan diverso a ella que incluso a veces se plantea adverso a su existencia (tesis 12). La economía de solidaridad procede conforme a una racionalidad económica distinta a la del capitalismo predominante, y no aprueba ni promueve el actual modelo de desarrollo, buscando por el contrario crear las bases y ser parte de un desarrollo alternativo (tesis 13). Si bien en sí misma la economía solidaria no se presenta como una propuesta macroeconómica ni como un "sistema" global, persiguiendo más bien la conformación de un "sector" dentro de una economía pluralista en que también ocupen un lugar y roles importantes los sectores privado y público, el proyecto de la economía solidaria no se concibe desconectado de procesos más amplios y globales de transformación y democratización económica y política. Específicamente, a nivel macroeconómico la economía de solidaridad se concibe como parte de un proceso de democratización del mercado (tesis 14).

      Como síntesis de todo lo anterior, podemos afirmar que en la economía de solidaridad encontramos un proyecto integrador de los esfuerzos de desarrollo social y superación de la pobreza, efectuados en la perspectiva indicada. Pero es conveniente precisar el concepto y definir más exactamente los objetivos y los modos de este proyecto que llamamos economía de solidaridad, que en realidad van mas allá de lo que hemos expresado descriptivamente.

      Economía de solidaridad es un concepto reciente y no simple de comprender. Lo componen dos palabras, "economía" y "solidaridad", que siendo habituales tanto en el lenguaje común como en el pensamiento culto, forman parte de "discursos" separados. "Economía", inserta en un lenguaje fáctico y en un discurso científico; "solidaridad", en un lenguaje valórico y un discurso ético. Al juntarlos en una sola expresión -economía de solidaridad- se produce un efecto que en primera instancia sorprende y que suscita de inmediato la pregunta: ¿qué es eso?.

      La separación entre la economía y la solidaridad radica en el contenido que suele darse a ambas nociones. Cuando hablamos de economía nos referimos espontáneamente a la utilidad, la escasez, los intereses, la propiedad, las necesidades, la competencia, el conflicto, la ganancia. Y aunque no son ajenas al discurso económico las referencias a la ética, los valores que habitualmente aparecen en él son la libertad de iniciativa, la eficiencia, la creatividad individual, la justicia distributiva, la igualdad de oportunidades, los derechos personales y colectivos. No la solidaridad o la fraternidad; menos aún la gratuidad. Podemos leer numerosos textos de teoría y análisis económico de las más variadas corrientes y escuelas sin encontrarnos nunca con la palabra solidaridad.

      Algo similar nos ocurre cuando hablamos de la solidaridad. La idea de solidaridad se inserta habitualmente en el llamado ético y cultural al amor y la fraternidad humana, o hace referencia a la ayuda mutua para enfrentar problemas compartidos, a la benevolencia o generosidad para con los pobres y necesitados de ayuda, a la participación en comunidades integradas por vínculos de amistad y reciprocidad. Este llamado a la solidaridad, enraizado en la naturaleza humana y siendo por tanto connatural al hombre cualquiera sea su condición y su modo de pensar, ha encontrado sus más elevadas expresiones en las búsquedas espirituales y religiosas, siendo en el mensaje cristiano del amor donde la solidaridad es llevada a su más alta y sublime valoración. Sin embargo, desde la ética del amor y la fraternidad la relación con la economía no ha sido simple ni carente de conflictos. Como en las actividades económicas prima el interés individual y la competencia, la búsqueda de la riqueza material y del consumo abundante, quienes enfatizan la necesidad del amor y la solidaridad han tendido a considerar con distancia y a menudo sospechosamente la dedicación a los negocios y actividades empresariales. Desde el discurso ético, espiritual y religioso lo común ha sido establecer respecto de esas actividades una relación "desde fuera": como denuncia de las injusticias que se generan en la economía, como ejercicio de una presión tendiente a exigir correcciones frente a los modos de operar establecidos, o bien en términos de acción social, como esfuerzo por paliar la pobreza y la subordinación de los que sufren injusticias y marginación, a través de actividades promocionales, organizativas, de concientización, etc. La realización de actividades económicas en primera persona, la construcción y administración de empresas, con dificultad es percibida como un modo de actuación práctica del mensaje cristiano, como una vocación peculiar en la cual puedan concretizarse los valores, principios y compromisos evangélicos. Es así que por mucho tiempo los llamados a la solidaridad, la fraternidad y el amor han permanecido exteriores a la economía misma.

      Poner unidas en una misma expresión la economía y la solidaridad aparece, pues, como un llamado a un proceso intelectual y práctico complejo que debiera desenvolverse paralela y convergentemente en dos direcciones: por un lado, se trata de desarrollar un proceso interno al discurso ético y axiológico, por el cual se recupere la economía como espacio de realización y actuación de los valores y fuerzas de la solidaridad; por otro, de desarrollar un proceso interno a la ciencia de la economía que le abra espacios de reconocimiento y actuación a la idea y el valor de la solidaridad.

      Cuando decimos "economía de solidaridad" estamos planteando la necesidad de introducir la solidaridad en la economía, de incorporar la solidaridad en la teoría y en la práctica de la economía. Ello implica producir con solidaridad, distribuir con solidaridad, consumir con solidaridad, acumular con solidaridad. Y que se introduzca y comparezca también en la teoría económica, superando una ausencia muy notoria en una disciplina en la cual el concepto de solidaridad pareciera no encajar apropiadamente.

      Si tal es el sentido profundo y el contenido esencial de la economía de solidaridad nos preguntamos entonces en qué formas concretas se manifestará esa presencia activa de la solidaridad en la economía. Podemos decir inicialmente que al incorporar la solidaridad en la economía suceden cosas sorprendentes en ésta. Aparece un nuevo modo de hacer economía, una nueva racionalidad económica.

      Pero como la economía tiene tantos aspectos y dimensiones y está constituida por tantos sujetos, procesos y actividades, y como la solidaridad tiene tantas maneras de manifestarse, la economía de solidaridad no será un modo único de organizar actividades y unidades económicas. Por el contrario, muchas y muy variadas serán las formas y modos de la economía de solidaridad. Se tratará de poner más solidaridad en las empresas, en el mercado, en el sector público, en las políticas económicas, en el consumo, en el gasto social y personal, etc.

      Si la economía de solidaridad se constituye poniendo solidaridad en la economía, ella se manifestará en distintas formas, grados y niveles según la forma, el grado y el nivel en que la solidaridad se haga presente en las actividades, unidades y procesos económicos. Por esto podemos diferenciar en ella y en el proceso de su desarrollo dos grandes dimensiones.

      Por un lado, habrá economía de solidaridad en la medida que en las diferentes estructuras y organizaciones de la economía global vaya creciendo la presencia de la solidaridad por la acción de los sujetos que la organizan. Por otro lado, identificaremos economía de solidaridad en una parte o sector especial de la economía: en aquellas actividades, empresas y circuitos económicos en que la solidaridad se haya hecho presente de manera intensiva y donde opere como elemento articulador de los procesos de producción, distribución, consumo y acumulación.

      Distinguiremos de este modo dos componentes que aparecen en la perspectiva de la economía solidaria: un proceso de solidarización progresiva y creciente de la economía global, y un proceso de construcción y desarrollo paulatino de un sector especial de economía de solidaridad.

      Ambos procesos se alimentarán y enriquecerán recíprocamente. Un sector de economía de solidaridad consecuente podrá difundir sistemática y metódicamente la solidaridad en la economía global, haciéndola más solidaria e integrada. A su vez, una economía global en que la solidaridad esté más extendida, proporcionará elementos y facilidades especiales para el desarrollo de un sector de actividades y organizaciones económicas consecuentemente solidarias

      Muchos hombres y mujeres, numerosos grupos humanos, han emprendido caminos prácticos de incorporación de solidaridad en la economía, y así se ha venido y está construyendo economía de solidaridad tanto a nivel global como en un sector económico especial. Tales procesos, por cierto, enfrentan múltiples obstáculos y dificultades y deben hacer frente a tendencias adversas que parecen ser hoy las predominantes. Pero lo que hacen no deja de dar resultados y abrir huellas que otros podrán después seguir con mayores facilidades. Conocer sus motivaciones y los caminos que están siguiendo en sus experiencias nos puede proporcionar abundantes estímulos y razones para no obstaculizarlos en su trabajo, para apoyarlos positivamente y para sumarnos a sus búsquedas. Conocer esos motivos y caminos y aproximarnos a sus experiencias nos llevará a comprender cuáles son las formas y contenidos de la economía de solidaridad más consecuentemente desarrollada.

      En efecto, pensamos la economía de solidaridad como un gran espacio al que se converge desde diferentes caminos, que se originan a partir de diversas situaciones y experiencias; o como una gran casa a la que se entra con distintas motivaciones por diferentes puertas. Diversos grupos humanos comparten esas motivaciones y transitan esos caminos, experimentando diversas maneras de hacer economía con solidaridad. Miremos, pues, esos caminos y a quienes transitan por ellos.

     1.     El camino de los pobres y de la economía popular.

      Un primer camino hacia la economía de solidaridad parte desde la situación de pobreza y marginalidad en que se encuentran grandes grupos sociales, en un contexto en que se han reducido las capacidades de los Estados para proporcionar soluciones a los problemas sociales, y en que se ha acentuado el papel del mercado en la asignación de los recursos y la distribución de los ingresos. Como consecuencia de ello los pobres, marginados de la economía oficial, se ven en la necesidad de desplegar verdaderas estrategias de sobrevivencia, realizando cualquier tipo de actividades económicas informales y por cuenta propia para obtener los ingresos que les aseguren la satisfacción de sus necesidades básicas.

      Ha surgido así desde la realidad de la pobreza la economía popular, que constituye un verdadero proceso de activación y movilización económica del mundo popular. En sus varias manifestaciones y formas, esta economía popular contiene importantes elementos de solidaridad que es importante reconocer y destacar. Hay solidaridad en ella, en primer lugar porque la cultura de los grupos sociales más pobres es naturalmente más solidaria que la de los grupos sociales de mayores ingresos. La experiencia de la pobreza, de la necesidad experimentada como urgencia cotidiana de asegurar la subsistencia, lleva a muchos a vivenciar la importancia de compartir lo poco que se tiene, de formar comunidades y grupos de ayuda mutua y de recíproca protección. El mundo popular, puesto a hacer economía, la hace "a su modo", con sus valores, con sus modos de pensar, de sentir, de relacionarse y de actuar.

       A ello se agrega el hecho de que cada persona o familia, al disponer de tan escasos recursos para realizar sus actividades económicas, necesita de los cercanos que enfrentan igual necesidad para complementar la fuerza de trabajo, los medios materiales y financieros, los conocimientos técnicos, la capacidad de gestión y organización y, en general, la dotación mínima de factores indispensable para crear la pequeña unidad económica que les permita una operación viable. Así, no es difícil encontrar elementos significativos de solidaridad en las ferias populares, entre los artesanos pobres, entre los pequeños negocios y sus clientelas locales. Incluso, al menos una parte de estas organizaciones económicas parecen ser portadoras de una racionalidad económica especial, de una lógica interna sustentada en un tipo de comportamientos y de prácticas sociales en que la solidaridad ocupa un lugar y una función central. Estas experiencias demuestran que existen abundantes beneficios que pueden obtenerse mediante la asociación y cooperación entre personas y actividades económicas individuales y pequeñas. Operando juntos es posible desplegar actividades de mayor envergadura: se puede, por ejemplo, acceder a mejores precios en el abastecimiento de insumos, o llegar a complementar actividades productivas reduciendo costos, o sustituir intermediarios mediante la comercialización conjunta, o acceder a créditos mediante avales cruzados, o aprender nuevas técnicas productivas y de gestión a través del intercambio de experiencias, etc. Todo esto es economía de solidaridad.

     2.     El camino de la solidaridad con los pobres y los servicios de promoción social.

       La realidad de la pobreza abre camino a la economía de solidaridad no sólo por el esfuerzo de los mismos pobres para hacer frente a sus necesidades y problemas. El conocimiento y contacto directo con el mundo de los pobres, por parte de personas e instituciones que se sienten privilegiadas por las oportunidades que han tenido de acceder a mejores condiciones de vida, mueve a muchos a incorporar solidaridad en su actuar económico. En cierto sentido podemos decir que este camino parte de alguna situación de riqueza -personas que tienen abundancia de recursos, un nivel profesional elevado, etc.- que lleva a los más generosos a asumir un compromiso solidario.

      En términos económicos, la solidaridad de estos sectores se manifiesta en la forma de donaciones, y ha dado lugar a numerosas instituciones sin fines de lucro, que canalizan, distribuyen, intermedian y ejecutan donaciones, y a la conformación de complejos circuitos producción y distribución de bienes y servicios que pueden ser considerados como una verdadera economía de donaciones institucionales

       Cada institución que intermedia donaciones puede considerarse como una unidad económica que forma parte de la economía de solidaridad y que tiene gran relevancia para el desarrollo de ésta. Las instituciones llamadas sin fines de lucro son verdaderas empresas solidarias, que se diferencian de las empresas del mercado de intercambios básicamente en que persiguen beneficios para terceros y no para ellas mismas, y en que manifiestan en sus modos de ser y de actuar una racionalidad económica solidaria.

     3.     El camino del trabajo.

      Un tercer camino hacia la economía de solidaridad parte del mundo del trabajo. Siendo el trabajo una actividad social, genera naturalmente vínculos de solidaridad entre quienes lo realizan. Esta solidaridad se verifica por varios motivos que se refuerzan mutuamente. Por un lado, en razón de la propia necesidad técnica de complementación entre tareas, funciones y roles que se hacen recíprocamente necesarios. Por otro, debido a que la condición de trabajador homogeniza y pone en un plano de igualdad y horizontalidad a quienes participan en un mismo proceso productivo. Finalmente, en cuanto es una experiencia humana general que el hacer algo juntos, el compartir similares objetivos e intereses, el tener parecidas condiciones de vida, el experimentar los mismos problemas, necesidades y situaciones prácticas, el convivir en un mismo lugar por períodos prolongados y el comprometerse y colaborar en la producción de una misma obra, son situaciones que llevan al establecimiento de relaciones de compañerismo y amistad entre quienes las viven.

       Por el camino que conduce desde el trabajo a la economía de solidaridad transitan distintas experiencias. Unas son las de aquellos trabajadores que no encuentran empleo satisfactorio en el mercado laboral, o que buscando otro modo de trabajo en que puedan encontrar mejores condiciones para realizarlo, experimentan formas de trabajo autónomo o independiente, mediante la creación de sus propias pequeñas unidades económicas. Muchas de esas experiencias de organización autónoma del trabajo constituyen un inicio de formas económicas solidarias en que el trabajo asume posiciones centrales. Otras son las de quienes aspirando a recuperar la dignidad y plenitud humana del trabajo, despliegan experiencias de trabajo asociativo, en empresas autogestionadas y cooperativas de trabajadores. En fin, en el marco del trabajo asalariado y dependiente, están las organizaciones sindicales y gremiales en que los trabajadores defienden y promueven sus intereses y aspiraciones comunes, y que dan lugar a múltiples formas de participación y acción solidarias. A través de estas distintas expresiones asociativas y comunitarias el trabajo está permanentemente introduciendo algo de solidaridad en las empresas y en la economía en general.

     4.    El camino de la participación social.

       Un cuarto camino conducente a la economía de solidaridad se origina en las búsquedas de participación que muchas personas, grupos, organizaciones y comunidades despliegan en los más variados ámbitos de la vida social. Desde situaciones y vivencias de marginación y extrañamiento emergen constantemente iniciativas tendientes a motivar, promover y efectuar la participación social en diferentes niveles, dando lugar a organizaciones sociales que adoptan los más variados tipos y modos de funcionamiento.

       La participación es expresión de solidaridad a la vez que la crea y refuerza. Es expresión de solidaridad en la medida que por ella se ejerce una actividad integradora, que compromete a las personas en una empresa y proyecto común, en cuya realización y desarrollo asumen y comparten responsabilidades. La participación configura sujetos colectivos, asociativos o comunitarios, que hacen pesar su conciencia y voluntad, sus ideas, objetivos, intereses y aspiraciones, en la toma de decisiones respecto de actividades y procesos que le conciernen. A su vez, la participación crea y refuerza vínculos, relaciones y valores de solidaridad entre quienes la realizan y en las organizaciones implicadas o afectadas por su ejercicio y por las mismas decisiones emanadas por su intermedio. La participación social implica esencialmente un proceso de constante comunicación, de intercambio de experiencias y de informaciones, de buscar el consenso a través de la puesta en común de los objetivos, ideas, intereses y aspiraciones de cada uno. En el proceso de participación y de búsqueda de las decisiones más apropiadas, se produce una aproximación de la conciencia y la voluntad de los sujetos intervinientes.

      La participación social puede concebirse de dos modos: como cooperación de los dirigidos en el ejercicio de la autoridad, y como forma de gestión asociativa y solidaria. En ambos sentidos, en cualquier nivel de la organización social en que se verifique, la participación incorpora solidaridad en la economía al hacerla presente y operante en aquella función y factor tan relevante y central como es la gestión y dirección de los procesos.

     5.     El camino de la acción transformadora y de la lucha por cambios sociales.

       Un quinto camino que lleva hacia la economía de solidaridad parte de aquella "conciencia social" que se expresa en la acción o la lucha por el cambio de las estructuras sociales. Gran parte de la inteligencia humana se ha ocupado en elaborar proyectos de "nueva sociedad" y en identificar las vías y estrategias para realizarlos. Existe en toda sociedad humana una energía transformadora que genera tensiones, búsquedas, acciones y conflictos que dinamizan la sociedad, impiden la autocomplacencia del orden establecido y orientan la experiencia humana por nuevos derroteros

      Independientemente del juicio que puedan merecernos los distintos proyectos de transformación social que se han experimentado en la época moderna, de sus reiterados fracasos e insuficiencias, de sus deformaciones ideológicas y políticas, no puede desconocerse que prácticamente todos ellos han estado presididos por la intención de construir una sociedad más justa y solidaria, y que en su desarrollo han dado lugar a expresiones notables de solidaridad.

      Cuando actualmente diversos grupos que aspiran a profundos cambios sociales se encuentran desorientados; cuando los proyectos que han guiado las luchas por una mejor sociedad han sido derrotados; cuando los resultados de tanta lucha y tanto esfuerzo orientado según la lógica de la política y del poder han mostrado su precariedad e insuficiencia; cuando, no obstante todo eso, un proceso de cambios sociales profundos se hace aún más necesario y urgente; cuando un nuevo modo de acción transformadora empieza a vislumbrarse en sus contenidos y formas, enfatizando la importancia de la acción que se realiza en y desde la sociedad civil, las búsquedas orientadas en la perspectiva de la economía de solidaridad abren un camino original y una nueva esperanza que comienza a ser perseguida por muchos.

      Las motivaciones que generan energías transformadoras encuentran en ella cauces coherentes. En la economía de solidaridad, en efecto, encuentran cabida y oportunidades de superación y participación los sectores sociales postergados o desmedrados en el orden económico y social establecido, y en ella pueden entregar todo su aporte creativo quienes aspiran a concretizar e impregnar la vida y el orden social con ideas y valores más altos.

     6.    El camino del desarrollo alternativo.

      Un sexto camino que orienta en la perspectiva de la economía de solidaridad surge de la preocupación por el desarrollo económico. Desde hace un tiempo se ha empezado a hablar de la necesidad de "otro desarrollo", de un desarrollo alternativo, sustentable, integral. Ello porque el desarrollo económico tal como se ha dado en el mundo moderno, parece haber llegado a límites, superados los cuales comienza a generar más problemas que beneficios: desequilibrios ecológicos, desintegración social, deterioro tendencial de la calidad de vida, pérdida del sentido humano del proceso, etc.

      Otro desarrollo significa otra economía. Y esa otra economía que pueda conducirnos al desarrollo deseado, se descubre desde varios ángulos y por convergentes razones que ha de ser más solidaria que la actual. Cuando se piensa en un desarrollo alternativo, parece obvio que ha de implicar el desarrollo de los sectores sociales menos desarrollados económicamente; que ha de ser ecológicamente sustentable; que debe conducir a niveles superiores de integración social; que ha de estar presidido por valores de justicia y solidaridad. En todos estos sentidos, la economía de solidaridad se presenta como un camino apropiado desde el cual puede efectuar una contribución sustancial, indispensable y eficiente. Quienes buscan "otro desarrollo" porque han comprendido que el actual modo de desarrollo ya no es un proceso que garantice el logro de las aspiraciones fundamentales de los seres humanos, han empezado a encontrar en la economía de solidaridad un camino y un modo apropiado de contribuir a su realización.

     7.    El camino de la ecología.

      Un séptimo camino hacia la economía de solidaridad surge de la creciente preocupación por el deterioro del medio ambiente, y de la conciencia de que los desequilibrios ecológicos se originan en la economía. Entre el hombre y la naturaleza se levantan, en efecto, los complejos y dinámicos procesos de producción, distribución, consumo y acumulación. La economía es, en esencia, un proceso de intercambio vital entre el hombre y la naturaleza, por el cual ambos resultan transformados. Pero los deterioros del medio ambiente nos hacen descubrir dolorosamente que el proceso de transformación de la naturaleza por la economía no siempre resulta positivo, pudiendo al contrario provocar desequilibrios que afectan al hombre mismo y que podrían incluso destruir la habitabilidad de la tierra.

      Pues bien, si la transformación de la naturaleza y del hombre que se verifica a través del intercambio vital entre ambos puede ser humanizador y destructor al mismo tiempo, decisivo será el modo de hacer y organizar la economía. Si la ecología depende de la economía, la existencia de un serio problema ecológico pone de manifiesto la existencia de muy serios problemas en la economía tal como se encuentra organizada actualmente, al tiempo que plantea la necesidad y urgencia de desarrollar otros modos de organizarla.

      Ahora bien, la indagación de las causas económicas del deterioro ecológico está poniendo en evidencia cada vez más claramente, que ellas se encuentran fundamentalmente en el modo individualista, competicional y conflictivo, concentrador y excluyente, de una economía muy poco solidaria, que no se hace cargo de graves efectos sociales y medioambientales. Y cuando se buscan soluciones concretas a los problemas medioambientales, también cada vez con mayor claridad y frecuencia se piensa en modos de producir, de distribuir, de consumir y de acumular más solidarios que los actuales. Cuando se introduce la solidaridad en la economía, parece que las actividades económicas se tornan ecológicamente sanas.

      Así lo están empezando a experimentar quienes han comprendido los orígenes y profundidad de los problemas ecológicos y buscan consecuentemente los medios eficaces para superarlos. Tales búsquedas vienen a coincidir en la misma dirección en que procede la economía de solidaridad.

     8.    El camino de la mujer y de la familia.

      El octavo camino hacia la economía de solidaridad surge de la problemática de género y de la familia. Desde la realidad de la familia en crisis y desde la situación de la mujer, surge la posibilidad de un proceso de recuperación de personalidad y comunidad a la vez; proceso que por diversas razones se orienta también en la perspectiva de la economía de solidaridad. En efecto, la crisis de la familia ha impulsado a ciertos grupos de personas a experimentar otras formas de trabajo, producción y consumo. Si en gran medida la reducción y crisis de la familia, así como la discriminación de género, ha sido resultado de un modo de organización de la economía, será en otro modo de organización económica que la mujer y la familia podrán realizar su vocación de manera más plena. Y muchos empiezan a descubrir que en el marco de la economía de solidaridad se torna posible crear condiciones para una recuperación de la familia como unidad social que realiza su verdadera vocación y plenitud de sentido, y para una nueva inserción de la mujer, no subordinada ni discriminatoria, en el trabajo y la sociedad.

     9.    El camino de los pueblos antiguos.

      Un noveno camino hacia la economía de solidaridad es el que se origina en los pueblos y etnias originarios del continente, en las diversas comunidades indígenas que buscan rescatar sus propias culturas ancestrales y reconstituir sus tradicionales modos de vida.

       En los últimos años los pueblos indígenas han visto acentuarse su marginación económica, social y cultural, como consecuencia de la reestructuración de las economía nacionales en el marco de los procesos de modernización y de los concomitantes esfuerzos tendientes a reinsertar las economías latinoamericanas en los mercados mundiales. Esta vivencia de la marginación está despertando en muchos de ellos cierta tendencia a revalorizar sus modos tradicionales de hacer economía, sea por reacción contra un modelo económico que los excluye o por la simple necesidad de subsistir en un contexto adverso. Es también la forma en que los mismos pueblos indígenas, o sectores dentro de ellos, reafirman su identidad ante la amenaza que les plantea la homogenización cultural inducida por los medios de comunicación social. Esas culturas seculares, no obstante su progresiva desarticulación, conservan aún la vitalidad suficiente para proporcionar identidad social a esas comunidades y pueblos empobrecidos, que encuentran en ella también las motivaciones y fuerzas necesarias para luchar por su sobrevivencia.

       El esfuerzo por recuperar sus valores e identidad cultural se vincula estrechamente a la revalorización de formas de trabajo, tecnología, organización, distribución y reproducción económica que objetivan aquella cultura. Formas económicas que se distinguen por consistentes elementos comunitarios y de integración solidaria. En efecto, las economías de los pueblos originarios de América Latina se caracterizaban por tener como sujeto principal a la comunidad, integrada en base a formas de propiedad comunitaria, al trabajo colectivo y a relaciones de reciprocidad y cooperación.

     10.     El camino del espíritu.

       La observación de la realidad económica desde la óptica de los valores y principios defendidos por las grandes religiones y por las búsquedas humanistas y espirituales en general, pone de manifiesto la existencia de una grave explotación del hombre, su reducción a mero factor instrumental de producción, la exacerbación del individualismo en las relaciones sociales, la búsqueda de la riqueza material y del éxito económico como meta que suplanta la persecución racional de la felicidad, el sometimiento de los hombres a las supuestas leyes objetivas del mercado o de la planificación, la alienación y objetivación del sujeto. Así, frente a la economía, esas búsquedas espirituales y religiosas desarrollaron una actitud crítica más o menos sistemática. La relación que se ha tendido a establecer con la economía ha sido más bien externa y conflictual: como denuncia de las injusticias que en ella se producen, como ejercicio de una presión moral que exige correcciones en los modos de operar establecidos, o bien en términos de acción social, como esfuerzo por paliar la pobreza de los que sufren injusticias y marginación mediante actividades asistenciales, promocionales o de concientización, o buscando rescatar el valor del trabajo y revertir su objetiva subordinación al capital mediante la organización de los trabajadores.

       Pero actualmente muchos comprenden que no es suficiente la valoración espiritual y cristiana del trabajo, aunque sin duda es importante todo esfuerzo que se haga por dignificarlo y obtener para él un trato justo. No es suficiente porque en la economía el trabajo no puede existir solo sino en relación con los demás elementos necesarios para la producción, combinado y organizado en unidades económicas o empresas, y todas ellas formando parte de un complejo sistema económico de producción, distribución, consumo y acumulación. Por otro lado, no es suficiente tampoco formar la conciencia interior de los empresarios, aunque sea importante que sus decisiones lleguen a estar influidas por principios y valores humanistas y cristianos. No es suficiente porque ellos operan en un tipo de organización -la empresa- y de articulación económica -el mercado-, que los condicionan con tal fuerza que no pueden dejar de actuar y decidir conforme a los criterios predominantes en la economía sin correr el riesgo de verse seriamente perjudicados y finalmente excluidos de ella por ineficientes.

       Lo que hoy comienza a percibirse con creciente claridad desde la óptica de quienes aspiran a vivir la economía en conformidad con los valores y principios espirituales y cristianos, es la necesidad de comprometerse comunitaria o asociativamente en la creación y desarrollo de empresas de nuevo tipo, organizadas conforme a una racionalidad económica especial, según la cual las formas de propiedad, distribución de excedentes, tratamiento del trabajo y demás factores, acumulación, expansión y desarrollo, y en general todos los aspectos relevantes, queden definidos y organizados de manera coherente con las exigencias que derivan de aquellos principios y valores. Y también la necesidad de iniciar y desarrollar procesos transformadores de la economía global, tanto mediante la presencia y la acción de estas mismas empresas alternativas como a través de acciones que se desenvuelvan a nivel del mercado y de las políticas económicas que inciden en la economía global y en sus dinámicas de desarrollo.

       Pues bien, no es difícil comprender que tales modos nuevos de organizar y realizar las actividades económicas van encaminadas en la perspectiva de la economía de solidaridad. En efecto, las búsquedas espirituales y religiosas promueven los valores del amor y la solidaridad entre los hombres, destacan el trabajo humano como expresión de la dignidad del hombre y fuente de importantes virtudes, fomentan el sentido de comunidad, resaltan la gratuidad, la reciprocidad y la cooperación como expresiones superiores de fraternidad, promueven un cierto desapego de los bienes materiales y un consumo responsable de éstos en función de satisfacer con equilibrio y de manera integral las necesidades humanas. Se plantean, así, en el núcleo mismo de la economía de solidaridad.

       La economía de solidaridad, realidad y proyecto multifacético.

       Hemos visto diez principales caminos hacia la economía de solidaridad. Ellos parten de distintas situaciones y problemas que involucran a inmensas multitudes de personas: los pobres y marginados, los privilegiados y los ricos, los trabajadores, los que quieren participación, los que aspiran a una sociedad mejor, los que promueven el desarrollo, las mujeres, las familias, los que están preocupados por los problemas ecológicos, las etnias y pueblos originarios, los que buscan vivir una fe y el amor fraterno. Desde estas distintas situaciones, al interior de estos grandes conjuntos humanos, surgen grupos de personas que haciéndose cargo de problemas reales y actuales de su propia realidad, empiezan a experimentar nuevas formas económicas centradas en el trabajo y la solidaridad.

       Los que empiezan a transitar por esos caminos, en una primera etapa son pocos: los más audaces, los pioneros, los que primero se dan cuenta de que es posible. Ellos enfrentan las mayores dificultades, los más grandes obstáculos, porque todo comienzo es difícil: hay que aprenderlo todo, avanzar a tientas, experimentar y por tanto errar, sufrir la incomprensión de los que no creen o no quieren, disponer de pocos medios y de escasa colaboración y apoyo. Pero a medida que van realizando lo que quieren, su testimonio invita a otros que se suman y el grupo que marcha se irá engrosando. Para éstos el camino es ya más fácil porque pueden aprender de los primeros que están dispuestos a compartir sus experiencias y a enseñar lo que han aprendido.

       Además, a poco andar, los que iniciaron la búsqueda por una motivación y por uno de los caminos se van encontrando con los que se orientan en la misma dirección por motivos y caminos diferentes. Entonces aprenden unos de otros y, sobre todo, se refuerzan recíprocamente en sus motivaciones. Los que van construyendo economía de solidaridad buscando superar su pobreza y marginación, se encuentran con quienes lo hacen buscando una sociedad más justa y fraterna; los que aspiran a la participación social se encuentran con las mujeres que buscan su desarrollo integral y su plena inserción en la sociedad; los que están preocupados por la ecología se encuentran con los que están motivados por una búsqueda espiritual superior, aprendiendo ambos que una cosa no puede ir separada de la otra; los que se proponen un trabajo digno, autónomo y autogestionado se encuentran con el apoyo de profesionales e instituciones que les aportan recursos y el saber indispensables; los que están interesados en otro desarrollo perciben que los pueblos originarios poseen el secreto de su realización. Unos se encuentran con otros, y los diez grupos se van unificando, descubriendo la coherencia de sus esfuerzos y la complementariedad de sus objetivos: van profundizando juntos el sentido de lo que hacen, y entonces se vinculan, se apoyan, organizan encuentros, forman redes.

       Han partido de distinto lugar, las organizaciones que crean son diferentes, pero todos ellos van introduciendo solidaridad en sus experiencias económicas y en la economía en general. Los procesos que impulsan asumen diferentes nombres: economía popular, autogestión, cooperativismo, organización de base, desarrollo local, economía alternativa, movimiento ecológico, desarrollo de la mujer, microempresas familiares, identidad étnica, artesanía popular, economía cristiana, gandhiana, etc. Es la expresión de la riqueza de contenidos y formas de esta búsqueda polivalente.

       Se dirá que en todo nuestro planteamiento de la economía de solidaridad hay una gran dosis de idealismo y utopismo; que la realidad de esas diferentes experiencias no es tan solidaria como se dice o se quiere creer; que son todas experiencias pequeñas y casi siempre marginales. Pero no estamos hablando de metas logradas ni de realidades perfectas, sino de caminos, de iniciativas, de experiencias, de proyectos. Se trata, en verdad, de un proceso incipiente pero real, cuyos caminos recién empiezan a ser recorridos pero que muestran ya numerosas realizaciones y logros. Lo que puedo afirmar con certeza es que la economía de solidaridad no es utópica. Utópico es lo que no está en ningún lugar, y la economía de solidaridad está un poco en todas partes, y desde allí donde está nos invita a desarrollarla, por las diez importantes razones mencionadas.