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En
atención a las limitaciones del tiempo disponible para mi ponencia,
la resumiré en algunas tesis, cuya fundamentación teórica,
analítica y empírica es mucho más amplia de lo
que me será posible exponer respecto a cada una de ellas.
Primera
tesis: En razón de su naturaleza y de su propia racionalidad
económica especial, la economía de solidaridad no le teme
a los TLC ni se intimida ante la llamada "globalización",
ni mucho menos se plantea contraria al libre comercio.
La
economía de solidaridad es una forma económica autónoma
y superior, más eficiente que cualquiera otra forma de organización
económica, y en particular más eficiente que las formas
capitalistas de producción, distribución, consumo y acumulación.
Por
consiguiente, la economía de solidaridad no precisa del proteccionismo
que ciertas formas de economía capitalista y estatista postulan
a nivel de los Estados nacionales, ni requiere aquellas particulares
protecciones y beneficios fiscales y tributarios con los que se ha intentado
fomentarla en el pasado, pero que en los hechos la han debilitado y
desviado de su particular racionalidad y eficiencia económica.
Las
empresas de economía de solidaridad estructuradas coherentemente
conforme a sus propios criterios de racionalidad económica (a
saber, mediante formas de propiedad personal repartida incluyente, modalidades
de gestión participativa, tecnologías socialmente apropiables,
trabajo autónomo y asociativo, financiamiento cooperativo, remuneración
de los factores a prorrata de sus aportaciones, y sobre todo con un
consistente Factor C que las potencie en sus operaciones), pueden alcanzar
tales niveles de eficiencia que se tornan competitivas en el mercado
abierto, sin necesidad de recurrir a la subremuneración del trabajo
ni a prácticas concentradoras de capital y excluyentes de grandes
sectores de la población.
Hay
que tener en cuenta que la evaluación de la eficiencia en la
economía solidaria es un proceso de apreciación que los
integrantes de la unidad hacen sobre el logro de sus objetivos complejos
y el uso de los medios disponibles; apreciación que incluye aspectos
cuantitativos y cualitativos, elementos objetivos y subjetivos. Las
unidades económicas solidarias ofrecen a sus integrantes un conjunto
de beneficios y satisfacciones extraeconómicas que se suman a
la cuenta o apreciación global que cada miembro realiza. Cuando
se mide el producto generado por estas organizaciones, se ha de considerar
no solamente la producción física sino también
un conjunto de servicios que, si no hubieran sido generados en la misma
organización, las personas habrían tenido que adquirir
en el mercado.
También
por el lado de los costos, la operación implica un conjunto de
ahorros importantes la gestión asociativa basada en el trabajo,
la ausencia de elevados costos de información y comunicación,
el autocontrol del trabajo, el aporte de la creatividad social, un uso
del tiempo que puede presentarse a la vez como un costo y como el logro
de ciertos objetivos, etc., constituyen aspectos que llevan a las unidades
económicas solidarias a operar con menores costos de factores.
Por
todo lo anterior, estas organizaciones muchas veces están en
condiciones de ofrecer su producción de bienes y servicios a
precios competitivos incluso de la oferta equivalente de empresas que
operan con altas economías de escala y tecnologías modernas.
Segunda
tesis: La economía de solidaridad no necesita de TLC
para desarrollarse, crecer y perfeccionarse.
Las
ventajas comparativas de la economía de solidaridad, en cuanto
sector económico especial, distinto y complementario de los sectores
capitalista y de economía pública o estatal, la orientan
en la perspectiva de procesos de desarrollo local y nacional, aunque
no excluyen su participación en dinámicas económicas
internacionales.
La
economía de solidaridad capta y dinamiza preferentemente recursos
y factores productivos locales, que las empresas encuentran disponibles,
a menudo desocupados y abundantes, en su entorno social. Se financia
habitualmente con el aporte de sus asociados y con financiamientos éticos
captados y colocados con criterios de cooperación, y no busca
acceder al gran capital transnacional que genera dependencias y experimenta
acelerados procesos de concentración y exclusión.
Del
mismo modo, la economía solidaria orienta su producción
de bienes y servicios hacia la satisfacción de las necesidades
humanas y sociales que identifica en sus áreas de proximidad,
y ante todo en sus mismos asociados y participantes del sector, generando
mercados solidarios, integrados y asociativos.
Uno
de sus rasgos distintivos es que el objetivo de quienes participan en
ella es enfrentar unidamente un conjunto de necesidades humanas, individuales
y sociales, de subsistencia y desarrollo corporal, de convivencia y
relación con los demás, de capacitación y perfeccionamiento
cultural, de crecimiento personal y de identidad social, de autonomía
y de integración crítica a la sociedad. La participación
en sus empresas y organizaciones implica no solamente trabajar, producir,
vender y comprar, sino un modo de vida, una práctica social y
grupal compleja que tiende a ser integral.
En
su racionalidad está el establecer un vínculo estrecho
o de proximidad entre producción, distribución y consumo.
En la economía solidaria existen relaciones comerciales y procesos
monetarios de distribución; pero lo característico que
tienen en sus relaciones internas y con otras organizaciones similares,
es que se comparte y se coopera a fin de que las mediaciones monetarias
entre la producción y el consumo sean las menores posibles, evitando
en lo posible la acción de intermediarios.
Tercera
tesis: Los procesos de globalización en curso, la internacionalización
de los mercados, los tratados de libre comercio, la reducción
de las funciones y del tamaño relativo de los Estados, la hipercompetencia,
el predominio del capital financiero, los procesos de flexibilización
laboral, las nuevas regulaciones ambientales, etc., plantean desafíos
inéditos a la economía de solidaridad, que requiere alcanzar
superiores niveles de eficiencia y competitividad.
Las
organizaciones cooperativas tradicionales, que han contado de hecho
con protecciones y apoyos del Estado, en las nuevas condiciones del
mercado en que dichas protecciones y apoyos tienden a desaparecer, están
exigidas a experimentar importantes transformaciones internas, la superación
de antiguas prácticas ineficientes, un proceso de perfeccionamiento
y renovación profundos, que sólo puede cumplir cabalmente
en la medida que las empresas y organizaciones de economía solidaria
acentúen la coherencia de sus estructuras, instituciones, modos
de funcionamiento y lógicas operacionales, con su propia racionalidad
económica.
En
este sentido, hay concepciones y prácticas incrustadas en el
cooperativismo pero que provienen de orientaciones ideológicas
ajenas, que le generan restricciones e inflexibilidades que deben ser
abandonadas. Por ejemplo, la dificultad de asumir en plenitud el concepto
de empresa, el considerarse como organizaciones non profit o sin fines
de lucro, el restringirse a operar solo con los asociados y no en el
mercado abierto, la tendencia a subremunerar el capital sin considerar
que el capital cooperativo se constituye con el trabajo acumulado y
el sacrificio del consumo de los propios socios, el concepto de propiedad
social que desvincula el patrimonio cooperativo de los individuos que
lo han constituido, son concepciones y prácticas derivadas de
una cultura socialista y crítica que no corresponden a una genuina
racionalidad solidaria, y que son fuente permanente de inflexibilidades
e ineficiencias operacionales.
Del
mismo modo, deben ser abandonadas concepciones y prácticas tomadas
de las experiencias y enfoques capitalistas, que también interfieren
en la operación de las empresas de economía solidaria
generándole ineficiencias. Por ejemplo, la adopción de
formas de contabilidad que restringen la estimación de los costos
y los beneficios, sobrevalorando aquellos que pueden expresarse en términos
monetarios; la adopción de formas de marketing y comunicación
que siendo ambiguas y a veces engañosas, impiden el establecimiento
de confianzas y vínculos solidarios entre proveedores, productores,
clientes y usuarios; ciertas formas de gestión que separan los
procesos decisionales de los reales intereses de los asociados titulares
de las empresas solidarias, etc., tampoco corresponden a una genuina
racionalidad solidaria y generan roces, dificultades internas e ineficiencias
operacionales.
Cuarta
tesis: Los procesos de globalización, internacionalización
de los mercados, hipercompetencia, redimensionamiento del Estado, que
tenderán a verse reforzados mediante los tratados de libre comercio
impulsados por las potencias hegemónicas, probablemente incrementarán
la concentración del capital y la dependencia económica
y cultural de las naciones y pueblos de América Latina.
Muchas
empresas que se establecieron en un contexto económico más
protegido, y diversos sectores de producción nacional que no
presentan ventajas competitivas propias, no podrán sostenerse
en un mercado más abierto, tendrán que cerrar sus puertas
o reducir sus operaciones, o podrán mantenerse competitivas solamente
a través de reducir el empleo y las remuneraciones de la fuerza
de trabajo, con el consiguiente incremento de la exclusión y
marginación social.
Todo
ello representa una oportunidad de desarrollo para la economía
solidaria, pues en tales circunstancias y contexto de crisis, constituye
tal vez la única respuesta viable, que pueda hacerse cargo de
rescatar y reintegrar a cada vez más amplios sectores sociales
y recursos humanos desempleados, pues sólo ella estará
en condiciones de reinsertarlos dinámicamente en la producción
y el consumo.
Quinta
tesis: Los TLC constituyen un proceso de consolidación
y garantización de las actuales estructuras del mercado, impulsado
especialmente por las potencias hegemónicas, que se proponen
hacer permanente las relaciones de fuerza (dominio, dependencia, términos
de intercambio, etc.) existentes a nivel internacional.
Para
comprenderlo en profundidad se hace necesaria recurrir a la teoría
económica comprensiva, que nos ofrece del mercado un concepto
diferente al que formula la teoría económica convencional.
Desde nuestro marco teórico comprensivo entendemos que "el
mercado determinado es una determinada relación de fuerzas sociales
en una determinada estructura del aparato de producción, relación
garantizada (es decir, hecha permanente) por una determinada superestructura
política, moral, jurídica" (A. Gramsci).
El
mercado no es un mecanismo automático de asignación de
recursos y distribución de bienes y servicios, sino la más
compleja construcción social donde se coordinan los intereses
y las decisiones de todos los agentes económicos, no solamente
los individuos y las empresas privadas, sino también las asociaciones,
los Estados, las instituciones públicas, los organismos internacionales,
etc., que forman parte de una cierta formación económico-política
en relación a cuyos procesos de producción, distribución,
consumo y acumulación, persiguen la satisfacción de sus
necesidades, el logro de sus aspiraciones, el cumplimiento de sus intereses.
El
mercado es un sistema de relaciones de fuerza, porque todos los sujetos
que participan en él, incluidas las naciones y los estados, luchan
por los recursos, bienes y servicios. En el proceso de esta lucha, los
distintos sujetos pueden actuar independientemente y también
asociarse, establecer alianzas, buscar protecciones, actuar correctamente,
engañar y hacer trampas, y siempre empleando el poder y la fuerza
que puedan desplegar en función de sus propios intereses, necesidades
y aspiraciones. El comercio internacional y todos los procesos económicos
que se le asocian, forman parte de esta confrontación y de esta
relación de fuerzas; las relaciones de cambio, la fijación
de aranceles y de protecciones, las relaciones de intercambio entre
países, expresan también la interacción y la lucha
entre los estados y los distintos grupos nacionales.
Las
propuestas de libre comercio, así como los proteccionismos y
en general las regulaciones de la producción y del comercio,
son propuestas de política que se explican en el contexto de
estas relaciones de fuerza y de esta confrontación de intereses
y de voluntades, estructuradas en dimensiones territoriales, nacionales
y/o internacionales.
La
"superestructura" jurídica, institucional y política
que regula e institucionaliza las relaciones económicas en y
entre los países y regiones, tienden a garantizar y consolidar
las dadas correlaciones de fuerzas entre los distintos sujetos colectivos
que constituyen el mercado.
En
tal sentido es que las propuestas de tratados de libre comercio pueden
ser cabalmente comprendidas. En efecto, en el contexto de un proceso
de internacionalización de los mercados, mal llamado "globalización",
las regulaciones e instituciones que garanticen las relaciones de fuerza
existentes son actualmente muy débiles e insuficientes. De ahí
que los grandes grupos económicos y las potencias hegemónicas
estén interesadas en constituir aquella "superestructura"
institucional y jurídica que garantice la relación de
fuerzas económicas existentes, y sujete a las naciones a las
reglas de comportamiento y de relaciones económicas acordes con
sus propias necesidades.
La
forma que sería la más natural y democrática de
establecer estas regulaciones e institucionalidad que garantice el funcionamiento
de los mercados a nivel global, serían instituciones multilaterales
y normativas en cuya definición participen todos los países
y naciones del mundo en similares condiciones. Pero las potencias hegemónicas
no están disponibles para someterse a regulaciones definidas
internacional y multilateralmente con la participación de todas
las naciones. Al contrario, buscan establecer las regulaciones y la
institucionalidad requerida, mediante tratados bilaterales o que involucren
en cada caso grupos de países que no puedan constituir un contrapeso
a su poder hegemónico.
Nada
más firme y garantizador que los tratados, cuya fortaleza institucional
deriva del hecho que tradicionalmente se establecen después de
grandes conflictos y guerras entre países, de modo que los tratados
reflejan las condiciones que los vencedores pueden imponer a los vencidos.
De esta manera los poderosos pueden ir estableciendo, mediante estos
tratados llamados de libre comercio (pero que de hecho son simplemente
tratados que regulan las relaciones comerciales entre naciones con distinto
poder y fuerza), aquellas instituciones y normativas jurídicas
que garanticen y tornen permanente la relación de fuerzas existente
a nivel internacional en el marco de la "globalización"
en curso.
Hay
que tener en cuenta que los tratados son las formas que regulan relaciones
internacionales más estables y difíciles de cambiar, pues
para ello requieren el consenso de las partes que los adoptan, y no
pueden ser modificados por leyes internas de cada país. Cuando
se firma un tratado, se permanece sujeto a un acuerdo que tenderá
a ser permanente, o al menos, inmodificable sin el consenso de las contrapartes.
Y como las actuales relaciones de fuerza son de dependencia y subordinación,
o en todo caso obviamente desiguales e inequitativas, los TLC consolidan
un estado de cosas que se proyectará en el largo plazo.
Sexta
tesis: La economía solidaria tiene propuestas alternativas
que hacer en orden a la regulación de las relaciones económicas
internacionales, y en el marco de los actuales procesos de "globalización".
Tal perspectiva solidaria nos orienta primeramente a pensar en nuestra
América Latina, como sujeto a construir históricamente,
a integrar en base a la elaboración de una nueva forma que nos
integre como civilización regional, de modo que pueda participar
con la identidad y la fuerza indispensable, en la generación
de la institucionalidad económica global.
El
concepto fundamental de la economía de solidaridad, su esencia
constitutiva, consiste en la incorporación de solidaridad en
la economía. Que la solidaridad se introduzca y opere en las
diversas fases del ciclo económico, o sea en la producción,
la distribución, el consumo y la acumulación, haciendo
de este modo surgir una nueva racionalidad económica. Poner solidaridad
en las empresas, y también en el mercado, en el sector público,
en las políticas económicas, en las relaciones internacionales,
en el comercio internacional. También, entonces, en las regulaciones
y en la institucionalidad que coordine las decisiones entre los países,
las naciones y los pueblos a nivel internacional, y en el marco de la
actual "globalización".
En
el proyecto de la economía de solidaridad está la propuesta
de democratización del mercado, en cualquier dimensión
geográfica y social en que se estructure. Distinguimos, en efecto,
dos dimensiones de la economía de solidaridad. En una primera
que podemos considerar microeconómica y sectorial, se trata de
crear y desarrollar empresas, circuitos y articulaciones económicas
con creciente presencia de solidaridad entre sus componentes y participantes.
En otra dimensión que podemos considerar macroeconómica,
se trata de un proceso paulatino y creciente de solidarización
de la economía global y de los mercados en general.
Si
algo puede plantear la economía de solidaridad a los actores
que gestionan los acuerdos y tratados económicos internacionales,
es la conveniencia y urgente necesidad de poner más solidaridad
en las relaciones económicas globales, para hacer frente a la
pobreza, la exclusión, las desigualdades e inequidades del comercio
internacional.
Pero
más allá de esto, la economía de solidaridad nos
orienta en la perspectiva de la creación de mercados latinoamericanos
crecientemente integrados, pues es en esta dimensión regional
que podemos realmente pensar en relaciones de mercado relativamente
democráticas, solidarias, y donde las relaciones de fuerza no
impliquen la dominación y hegemonía de parte de actores
inmensamente más poderosos que los otros. Sólo en base
a la conformación de una unidad económica latinoamericana
podemos pensar en integrarnos con equidad y sin dependencias en un proceso
global o mundial de institucionalización y regulación
de las relaciones de fuerza internacionales.
¿Es
posible pensar en tal proceso? Creo que hoy es posible porque se nos
empieza a presentar por primera vez en nuestra historia, como una necesidad.
Lo podemos comprender si profundizamos en el diagnóstico de lo
que nos ocurre actualmente a los latinoamericanos.
Basta
recorrer las últimas décadas de la historia de nuestros
países, y extender la mirada sobre la situación actual
de la gran mayoría de ellos, para comprender que ya no cabe continuar
simplemente hablando de crisis (esa palabra central de todos los análisis
efectuados en Latinoamérica en los últimos 50 años),
siendo necesario reconocer más bien que estamos ya ante el fracaso
de nuestros países, al nivel de nuestros Estados nacionales y
de nuestras economías. Estados con enormes e insalvables déficits
fiscales, economías endeudadas por montos que no pueden razonablemente
ser pagadas, aparatos productivos que mantienen desocupados o subocupados
a más de la mitad de la población económicamente
activa, sistemas financieros y empresariales enajenados al capital foráneo,
países completamente dependientes hasta para entretenernos, para
no hablar de nuestra dependencia política, cultural e incluso
cognoscitiva, estamos llegando a una situación en que los propios
poderes mundiales de los cuales dependemos están próximos
a considerarnos inviables, de excesivos riesgos, no aptos para invertir,
como ya ocurrió antes con extensas regiones del continente africano.
Lo
que estuvo en crisis por 50 años y que finalmente fracasó,
no es otra cosa, ni nada menos, que la aplicación a América
Latina de la civilización moderna, aquella civilización
industrial-capitalista y nacional-estatista, que llegó a nuestro
continente desde Europa y Norteamérica, y que fuera implantada
mediante una mezcla de fuerza y de seducción, sobre una región
que para ello tuvo que vender su alma, o sea, perder su identidad y
su cultura.
Del
diagnóstico del fracaso de una civilización deriva la
necesidad de que el proyecto transformador y constructor se oriente
en la perspectiva de una civilización nueva. El tema así
planteado, trasciende todo lo que podamos decir en los pocos minutos
en que podemos extender aún esta presentación.
Aquí
solo cabe, a manera de incitación más que de conclusiones,
mencionar algunos elementos que apuntan a hacer visible y digna de atención
la tesis de que el proyecto macrosocial de la economía de solidaridad,
en América Latina, puede ser, si lo queremos intensamente y lo
impulsamos consecuentemente, la construcción de una nueva civilización
solidaria, que tiene raíces profundas en las culturas y la historia
de nuestros pueblos.
Construir
una nueva civilización implica encontrar una forma integradora
de la vida social, en dimensiones latinoamericanas, capaz de recoger
en un sistema unificado y coherente de significados, los esfuerzos de
los pueblos y naciones del subcontinente orientados hacia el desarrollo
económico-social y la autonomía político-cultural.
Sostenemos
que la elaboración histórica de esta forma integradora
latinoamericana debe proceder, no en contraposición respecto
a las unidades nacionales establecidas, pero según una lógica
de búsqueda completamente diferente de aquella que fue seguida
en la construcción de la forma estatal-nacional. Lógica
de elaboración de la forma unificante, diferente en tres aspectos
esenciales:
a)
A diferencia de las unidades estatal-nacionales que se constituyeron
mediante la afirmación de la unidad negando las diferenciaciones,
o sea mediante el ocultamiento de las particularidades étnicas,
culturales, económicas internas, la unidad latinoamericana deberá
buscarse y construirse a través de un proceso de recuperación
de todas las diferenciaciones y de todas las complejidades, el pluralismo
y la heterogeneidad estructural existente en la región en lo
político, económico, demográfico y cultural.
b)
Mientras en la construcción de los Estados nacionales no era
posible mirar al pasado y a las tradiciones para encontrar la identidad
(siendo entonces la entidad estatal-nacional algo completamente nuevo
y traído desde fuera), la forma integrativa latinoamericana podrá
ser individualizada y construida precisamente mediante una reinterpretación
crítica de su historia desde los orígenes. Al respecto
hay que reconocer que la cultura latinoamericana todavía no ha
tomado plena conciencia y aceptado sus orígenes indígenas
y su pasado colonial, y ello le impide alcanzar una adecuada comprensión
y una justa valoración de su propia identidad.
c)
Una tercera diferencia en la lógica de construcción de
la forma integradora latinoamericana respecto a la forma estatal nacional
se refiere al modo de alcanzar la institucionalización y de lograr
la conformación de las personas y grupos al nuevo sistema ético-político.
Los estados nacionales fueron inaugurados mediante un acto central de
tipo político, consistente en la formación de un gobierno
y en la promulgación de una constitución y de leyes a
que debían conformarse los comportamientos, relaciones y actividades.
La forma integradora latinoamericana, sin rechazar por cierto la oportunidad
de determinados actos de tipo jurídico predispuestos desde arriba,
debiera organizarse, adquirir formas y contenidos y conformar los comportamientos,
desde abajo, esto es a través de un proceso muy complejo y multiforme
de agregación social, cultural y política protagonizado
por las comunidades y los grupos sociales de variados tipos que llegan
a ser sujetos de nuevas relaciones sociales.
La
nueva civilización latinoamericana será construida desde
la base mediante la articulación organizativa y la unificación
cultural de sus componentes individuales, comunitarios y colectivos.
Desde las comunidades y organizaciones de base habrían de surgir
nuevos grupos dirigentes así como los elaboradores de una cultura
superior, que den coherencia y que potencien los movimientos históricamente
significativos y los valores populares latinoamericanos, evitando la
ruptura entre cultura culta y cultura popular, entre dirigentes y dirigidos.
Es
obvio que una civilización no se construye arbitrariamente ni
en base a proyectos inventados por personas o grupos más o menos
distanciados de los reales problemas e intereses de la sociedad, sino
a partir de iniciativas y procesos que partan de las fuerzas sociales
existentes y que, comprendiendo los problemas derivados del fracaso
de la civilización anterior, tengan posibilidades efectivas de
darles solución. Los movimientos cooperativos y las diversas
formas de economía de solidaridad, son en tal sentido actores
relevantes.
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