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1.
Etimología y significado original.
Las palabras
tienen un origen y una acepción etimológica, que las determinan
con un cierto significado y contenido original o primero que parece
irrenunciable. Pero hay que reconocer también que los conceptos
de los cuales los términos son portadores no son estáticos
y evolucionan históricamente, de modo que el significado de las
palabras a menudo se amplía, otras veces se torna más
preciso y riguroso, en ciertos casos se difumina o desvanece. Normalmente
las palabras enriquecen y profundizan sus contenidos, en ocasiones diversifican
o multiplican sus acepciones, y siempre se relacionan unas con otras
alterándose de algún modo su significado. Por todo ello,
difícilmente pueden los términos definirse y entenderse
con claridad y distinción, ni comunicar con propiedad y precisión
las ideas y/o contenidos de cualquier tipo que están llamados
a exponer, cuando se los quiera capturar aislados de los "discursos"
de que forman parte y de los contextos humanos y sociales en que se
utilizan. Todo esto ocurre con el término "solidaridad",
lo que nos impele a indagar en sus orígenes, vicisitudes y procesos.
El Diccionario
de la Real Academia Española indica que etimológicamente
la palabra solidaridad viene del vocablo latino "solidus",
del que se conocen tres acepciones: 1. Firme, macizo, denso y fuerte.
2. Dicho de un cuerpo que, debido a la gran cohesión de sus moléculas,
mantiene forma y volumen constante. 3. Asentado, establecido con razones
fundamentales y verdaderas. El mismo diccionario recuerda que en el
lenguaje jurídico dícese "solidario" para referirse
al modo de derecho u obligación in solidum,
que implica un compromiso asumido en conjunto por varias personas que
se obligan a responder cada una por el conjunto de ellas. Como otra
acepción de la palabra solidario, se menciona finalmente la adhesión
a la causa o a la empresa de otros, que se asume como propia.
En los diccionarios
italianos, que en sus definiciones suelen recoger con mayor proximidad
que en castellano la etimología latina de las palabras de tal
origen, se define la "solidarietà"
de estos modos: 1. Un vínculo que une a varios individuos entre
sí, para colaborar y asistirse recíprocamente frente a
las necesidades. 2. El conjunto de los vínculos que unen a la
persona singular con la comunidad de la que forma parte, y a ésta
con cada persona singular. 3. Solidaridad humana, social, es el compartir
con otros sentimientos, opiniones, dificultades, dolores, y actuar en
consecuencia. 4. En lenguaje jurídico, es un vínculo que
caracteriza las obligaciones entre varios deudores, según el
cual cada uno de estos puede responder por la totalidad de las deudas,
y el cumplimiento por alguno libera a los demás frente a los
acreedores.
Podemos
decir, pues, que en su significado original y académicamente
riguroso la solidaridad es una relación horizontal entre
personas que constituyen un grupo, una asociación o una comunidad,
en la cual los participantes se encuentran en condiciones de
igualdad. Tal relación o vínculo interpersonal
se constituye como solidario en razón de la fuerza o
intensidad de la cohesión mutua, que ha de ser mayor
al simple reconocimiento de la común pertenencia a una colectividad.
Se trata, en la solidaridad, de un vínculo especialmente
comprometido, decidido, que permanece en el
tiempo y que obliga a los individuos del colectivo que se dice solidario,
a responder ante la sociedad y/o ante terceros, cada uno por
el grupo, y al grupo por cada uno.
2. Evolución del significado de la solidaridad, para
superar la degradación mediática de que está siendo
objeto.
Estos contenidos
fuertes y comprometidos que tiene la palabra solidaridad desde sus orígenes,
no parecen estar presentes en cierto empleo liviano que se ha hecho
habitual en muchos medios de comunicación, que a su vez se hacen
eco del uso y abuso de ella en algunos ambientes sociales y políticos.
En efecto, se ha vuelto común emplear la palabra solidaridad
para referirse al asistencialismo y a las donaciones de caridad, como
también a ciertas políticas públicas y/o estatales
de subsidio a los pobres y a ciertos grupos de personas discapacitadas,
minusválidas o marginadas.
Tales empleos
de la palabra modifican y en cierto modo deforman y degradan el sentido
de la solidaridad, al despojarla de cinco principales contenidos de
su acepción original: a) la solidez de la interacción
grupal que lleva a constituir el hecho o la realidad solidaria como
un cuerpo sólido (algo consistente, denso, que no es líquido,
fluido ni gaseoso); b) la igualdad de situación y de compromiso
u obligación en que se encuentran las personas que solidarizan;
c) el relacionamiento de todas ellas mediante un vínculo de mutualidad,
reciprocidad y participación en un colectivo o comunidad (conformado
por quienes solidarizan; d) la intensidad de la unión mutua que
hace constituir al grupo como algo fuerte, definido, establecido por
razones fundamentales y verdaderas; e) el carácter no ocasional
sino estable y permanente de la cohesión solidaria.
Dijimos que
los conceptos que expresan las palabras no son estáticos y que
el significado de los términos evoluciona. Especialmente aquellos
que se refieren a comportamientos humanos, relaciones sociales, estructuras
y procesos socio-culturales y políticos, y muy en particular
aquellos que expresan ideas provistas de connotaciones éticas,
axiológicas y estéticas, asumen y adquieren significados,
contenidos y sentidos diversos según los contextos culturales
e ideológicos en que se expresan y emplean. Más aún,
tales términos son habitualmente objeto de debates, discusiones
y conflictos entre personas, especialmente entre los intelectuales,
y también entre los actores o movimientos sociales y políticos,
que los exponen e insertan en discursos elaborados en función
de intereses, propuestas, ideologías y proyectos predeterminados.
En este sentido, y como los términos son conductores de ideas
y éstas generan acciones, procesos y proyectos, observamos que
muchas veces términos y expresiones que se han cargado de contenido
crítico y aspiraciones de alteridad, con el tiempo son despojados
de su fuerza combativa, reinterpretados en el marco de discursos legitimados
y aceptables para los poderes establecidos, y en cierto modo "domesticados".
Así ocurre, por ejemplo, con términos y conceptos como
capitalismo y socialismo, libertad y justicia social, democracia y legitimidad,
sociedad y comunidad, revolución y cambio, autoridad y poder,
organización y conflicto, utopía e ideología, y
tantos otros. Entre los muchos términos que han experimentado
y sufren tales manipulaciones podemos contar el de "solidaridad",
que no es ajeno a dicha multiplicación de sentidos ni ha estado
libre de controversias y manipulaciones como las señaladas.
Es oportuno,
pues, revisar la evolución de la palabra con el fin de comprender
sus más auténticos sentidos y recuperar la riqueza de
sus contenidos.
La palabra
"solidaridad" era poco utilizada antiguamente y estuvo por
mucho tiempo ausente del lenguaje popular corriente, quedando reservada
para referirse al hecho jurídico ya mencionado. Fue así
hasta que en el tardo medioevo la solidaridad fuera recuperada por los
gremios y agrupaciones profesionales y de oficios, que la emplearon
para referirse a la unión de personas que comparten condiciones
de vida y trabajos afines, y que por tal motivo son llevados a organizarse
e integrarse en agrupamientos corporativos y en asociaciones de varios
tipos. Es desde allí que la palabra se transfiere después,
y será asumida con un fuerte contenido social, por los movimientos
obreros y sindicales modernos. Estas organizaciones la emplearon para
referirse, en particular, a la unión entre los gremios y sindicatos
de una misma localidad, región o país que deriva de su
afinidad de intereses y que los lleva a apoyarse y asumir mutuamente
como propias las reivindicaciones de cada gremio o sindicato, considerándolas
como partes o componentes de una causa que los aglutina.
Hasta mediados
del siglo XX y aún más recientemente, hablar de solidaridad
en el discurso ideológico implicaba referirse a una causa
común, a intereses compartidos, y al
apoyo mutuo que se deben unos grupos y organizaciones
con otros grupos y organizaciones, en las luchas sociales y políticas
que emprenden. Especialmente en la primera mitad del siglo XX, cuando
se invocaba la solidaridad en el seno de los movimientos obreros, se
entendía "solidaridad de clase", asumiendo la palabra
un fuerte contenido combativo. Al menos hasta fines la década
de los setenta el término se reservaba para expresar la unión
y mutuo apoyo de unos gremios y sindicatos con otros, cuando emprendían
acciones de reivindicación y lucha social.
En aquél
período la palabra solidaridad empezó a ser utilizada
también en el contexto de la cultura y el pensamiento cristiano,
donde fue introducida por autores de profunda inquietud social y política
como J. Lebret y E. Mounier. En este contexto, la palabra solidaridad
rápidamente adquirió gran centralidad, al derivar su significado
hacia el que podemos considerar como el centro gravitacional de la ética
cristiana. En efecto, la solidaridad llegó a emplearse como un
sinónimo, y en ciertos ambientes incluso como un sustituto, del
término fraternidad, expresándose con ella tanto la común
e igual condición de "hijos de Dios" que vincula a
los seres humanos, como el hecho de formar todos parte de un mismo cuerpo
social y espiritual, cuya vida y destino son compartidos por toda la
humanidad. En este sentido, la palabra pierde el contenido "clasista"
o de grupo social que asumió en la cultura marxista y sindicalista,
y se postula como un vínculo y compromiso que se extiende a la
humanidad en su conjunto. Es siempre cierto que en este contexto del
pensamiento cristiano, las referencias a la solidaridad siguen insertas
en la temática de la justicia social y de la cuestión
obrera, aunque se la propone más como solución a los problemas
que como medio o estrategia a emplear en las luchas sociales. Es así
que llega a adquirir carta de ciudadanía en el marco oficial
de la Doctrina Social de la Iglesia.
En efecto,
el pensamiento o Doctrina Social de la Iglesia, que con la Encíclica
Rerum Novarum del papa León XIII comenzó
a definir posiciones y principios sobre la cuestión obrera y
la justicia social, vino a darle a la palabra solidaridad nuevos matices
y significados, o más exactamente, a agregarle ciertos contenidos
originales. Sin embargo, ello no ocurrió explícitamente
en la mencionada Rerum Novarum y ni siquiera
cuarenta años después en la Quadragesimun
Annum de Pío XI, que de hecho no emplean el vocablo
solidaridad (aunque hacen referencia a la legitimidad y validez de las
asociaciones obreras y sindicatos con sus reivindicaciones de un salario
justo, como también a la ayuda mutua y a la necesaria cooperación
entre organizaciones y grupos sociales). El proceso de aceptación
e incorporación de la palabra solidaridad, vinculada a la cuestión
social y a la búsqueda de un orden justo, se cumple lentamente,
hasta que finalmente, en la Encíclica Sollicitudo
Rei Socialis de Juan Pablo II, adquiere nada menos que
el rango de uno de los principios fundamentales de la Doctrina Social
Cristiana. Este "principio de solidaridad", complementario
del "principio de subsidiaridad", nos invita a incrementar
nuestra sensibilidad hacia los demás, especialmente hacia quienes
sufren. Pero el Pontífice añade que la solidaridad no
es simplemente un sentimiento, sino una «virtud» real, que
permite asumir personal y grupalmente las responsabilidades de unos
con otros. El Santo Padre escribía que no es «un sentimiento
superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al
contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse
por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno,
para que todos seamos verdaderamente responsables de todos».
De este modo
en la cultura social cristiana la solidaridad se constituye con un contenido
esencialmente ético, como un valor y una virtud particular que
expresan contenidos muy cercanos a los que se identifican con las nociones
de fraternidad y de amor universal, pero que contextualizados en la
llamada "cuestión social" no se limitan a manifestaciones
individuales o privadas sino que buscan plasmarse en un orden social
justo, e incluso en una civilización solidaria (Lebret). Sin
embargo debe reconocerse que, al insertarse en un discurso ético
y sólo genéricamente social, particularmente referido
a la necesidad de aliviar la pobreza y asumir las necesidades ajenas
como propias, ocurre a menudo en la predicación y en la propuesta
que se hace a los fieles de comportamientos individuales consecuentes,
que con demasiada facilidad el significado de la solidaridad se desliza
hacia la mera caridad que han de manifestar las personas satisfechas
o privilegiadas para con sus hermanos desposeidos, marginados o carentes
de salud, educación o un adecuado o digno nivel de vida.
3.
La solidaridad como concepto sociológico.
Otra fuente
importante de explorar en la búsqueda de significados de la solidaridad
son las ciencias sociales modernas. La palabra solidaridad adquiere
carta de ciudadanía científica con Durkheim, considerado
fundador de la sociología moderna, que en La División
Social del Trabajo busca dar a la solidaridad, como hecho
sociológico, un estatuto científico. Considerando la proveniencia
de la palabra en el lenguaje social, analiza la solidaridad en cuanto
inserta en la problemática que plantean a la sociología
las "agrupaciones profesionales", pero al hacerlo la proyecta
más allá de éstas, otorgándole un sentido
teórico general. Resulta altamente ilustrativo y esclarecedor
detenernos aunque sea brevemente en esta formulación sociológica.
El hecho
del que parte Durkheim es la constatación de que con el surgimiento
de la sociedad y la economía modernas se cumplen dos procesos
simultáneos, aparentemente contradictorios. Por un lado, la emergencia
de la individualidad, o sea el proceso de individuación que comporta
hacer de cada individuo un sujeto de derechos e intereses legítimos;
por el otro, la estructuración de un sistema social que vincula
y hace depender crecientemente a las personas individuales del orden
social y de las instituciones públicas. "¿Cómo
es posible –se pregunta Durkheim- que al mismo tiempo que se hace
más autónomo, dependa el individuo más estrechamente
de la sociedad? ¿Cómo puede ser a la vez más personal
y más solidario?; pues es indudable que esos dos movimientos,
por contradictorios que parezcan, paralelamente se persiguen."
(Prefacio de La División Social del Trabajo).
Como sociólogo que considera los hechos sociales en sí,
descarta recurrir a la noción abstracta de "sociedad"
como constitutiva de la integración humana real; si por "sociedad"
entendemos una supuesta colectividad general que integra a todos los
seres humanos en una unidad societal, debemos entender que ella no existe
realmente. Lo que existe son los agrupamientos concretamente constituidos
por individuos determinados que han estrechado relaciones, que comparten
acciones y espacios territoriales, que trabajan y tienen cierta vida
grupal que los une, y que se vinculan por un orden moral y jurídico
de normas, reglas y leyes generadas por ellos mismos y que les imponen
ciertas conductas compartidas. Tales agrupamientos no se constituyen
como resultado de un supuesto "pacto social", que tampoco
existe ni ha existido nunca en la historia. Ellos surgen, en cambio,
cuando se construyen vínculos reales que Durkheim identifica
como "solidaridad social". "Lo que existe, y realmente
vive -sostiene- son las formas particulares de la solidaridad, la solidaridad
doméstica, la solidaridad profesional, la solidaridad nacional,
la de ayer, la de hoy, etc. Cada una tiene su naturaleza propia. (...)
El estudio de la solidaridad depende, pues, de la Sociología.
Es un hecho social que no se puede conocer bien sino por intermedio
de sus efectos sociales".
"Desde
el momento que -escribe Durkheim- en el seno de una sociedad política,
un cierto número de individuos encuentran que tienen ideas comunes,
intereses, sentimientos, ocupaciones que el resto de la población
no comparte con ellos, es inevitable que, bajo el influjo de esas semejanzas,
se sientan atraídos los unos por los otros, se busquen, entren
en relaciones, se asocien, y que así se forme poco a poco un
grupo limitado, con su fisonomía especial, dentro de la sociedad
general. Pero, una vez que el grupo se forma, despréndese de
él una vida moral que lleva, como es natural, el sello de las
condiciones particulares en que se ha elaborado, pues es imposible que
los hombres vivan reunidos, sostengan un comercio regular, sin que adquieran
el sentimiento del todo que forman con su unión, sin que se liguen
a ese todo, se preocupen de sus intereses y los tengan en cuenta en
su conducta. Ahora bien, esa unión a una cosa que sobrepasa al
individuo, esta subordinación de los intereses particulares al
interés general, es la fuente misma de toda actividad moral.
(...) Al mismo tiempo que ese resultado se produce por sí mismo
y por la fuerza de las cosas, es útil, y el sentimiento de su
utilidad contribuye a confirmarlo. (...) He aquí por qué
cuando los individuos que encuentran que tienen intereses comunes, se
asocian, no lo hacen solo por defender esos intereses, sino por asociarse,
por no sentirse más perdidos en medio de sus adversarios, por
tener el placer de comunicarse, de constituir una unidad con la variedad,
en suma, por llevar juntos una misma vida moral".
Este es el
concepto que Durkheim propone de la solidaridad social, que -dice- "es
un fenómeno completamente moral que, por sí mismo, no
se presta a observación exacta ni, sobre todo, al cálculo",
pero que podemos identificar a través de un hecho externo que
la simbolice. En efecto, "allí donde la solidaridad social
existe, a pesar de su carácter inmaterial, no permanece en estado
de pura potencia, sino que manifiesta su presencia mediante efectos
sensibles. Allí donde es fuerte, inclina fuertemente a los hombres
unos hacia otros, los pone frecuentemente en contacto, multiplica las
ocasiones que tienen de encontrarse en relación. Hablando exactamente,
es difícil decir si es ella la que produce esos fenómenos,
o, por el contrario, si es su resultado; si los hombres se aproximan
porque ella es enérgica, o bien si es enérgica por el
hecho de la aproximación de éstos. Mas, por el momento,
no es necesario dilucidar la cuestión, y basta con hacer constar
que esos dos órdenes de hechos están ligados y varían
al mismo tiempo y en el mismo sentido. Cuanto más solidarios
son los miembros de una sociedad, más relaciones diversas sostienen,
bien unos con otros, bien con el grupo colectivamente tomado, pues,
si sus encuentros fueran escasos, no dependerían unos de otros
más que de una manera intermitente y débil. Por otra parte,
el número de esas relaciones es necesariamente proporcional al
de las reglas jurídicas que las determinan. En efecto, la vida
social, allí donde existe de una manera permanente, tiende inevitablemente
a tomar una forma definida y a organizarse, y el derecho no es otra
cosa que esa organización, incluso en lo que tiene de más
estable y preciso."
Durkheim
atribuye una gran importancia a estas formas de solidaridad social.
Pues - indica - "una sociedad compuesta de una polvareda infinita
de individuos inorganizados, que un Estado hipertrofiado se esfuerza
en encerrar y retener, constituye una verdadera monstruosidad sociológica.
La actividad colectiva es siempre muy compleja para que pueda expresarse
por el solo y único órgano del Estado; además,
el Estado está muy lejos de los individuos, tiene con ellos relaciones
muy externas e intermitentes para que le sea posible penetrar bien dentro
de las conciencias individuales y socializarlas interiormente. (...)
Una nación no puede mantenerse como no se intercale, entre el
Estado y los particulares, toda una serie de grupos secundarios que
se encuentren lo bastante próximos de los individuos para atraerlos
fuertemente a su esfera de acción y conducirlos así en
el torrente general de la vida social".
4.
La solidaridad como concepto económico.
Es interesante
observar que mientras el reconocimiento sociológico de la solidaridad
se verifica desde los orígenes mismos de esta disciplina, su
reconocimiento como hecho económico ocurre tardíamente
y sólo ha empezado a cumplirse recientemente, con la formulación
de la denominada economía de solidaridad o "economía
solidaria".
En efecto,
la ciencia económica moderna se ha construido sobre un supuesto
antropológico individualista, y específicamente sobre
la noción del homo oeconomicus, esto es, el individuo egoísta,
ávido, que persigue exclusivamente su propio interés y
utilidad, que se esfuerza en maximizar siempre y a toda costa, sin importarle
sacrificar los intereses ajenos ni el bien común. De hecho, hasta
hace poco más de veinte años, cuando comenzamos a formular
la concepción de la economía de solidaridad, esta palabra
estaba ausente del lenguaje económico y no tenía reconocimiento
alguno como hecho económico real. Por ello causó sorpresa
asociar en una sola expresión los dos términos.
Las palabras
"economía" y "solidaridad" formaban parte
de lenguajes y "discursos" separados. Ponerlas unidas en una
misma expresión constituyó entonces un llamado a un proceso
intelectual complejo que debía desenvolverse paralela y convergentemente
en dos direcciones: por un lado, había que desarrollar un proceso
interno al discurso ético y axiológico, por el cual se
recuperara la economía como espacio de realización y actuación
de los valores y fuerzas de la solidaridad; por otro, se trataba de
desarrollar un proceso interno a la ciencia de la economía que
la abriera al reconocimiento y actuación de la idea y el valor
de la solidaridad.
Un elemento
indispensable para actuar este doble proceso intelectual era reconocer
que, aunque ausente intelectualmente, la solidaridad no ha sido ni es
ajena a la economía real: a las empresas, al mercado, a las políticas
económicas, etc. Pero más allá de ello, el análisis
de diferentes tipos de empresas asociativas, cooperativas, mutualistas
y de beneficio social, llevó a reconocer que existía una
racionalidad económica solidaria común a muchas de ellas,
cuyo fundamento finalmente identificamos en la presencia activa de la
solidaridad social, operante no de modo accesorio y ocasional sino central
y establemente. Y como dicho elemento solidario es constitutivo de las
realidades económicas en referencia, fue preciso reconocerla
empleando conceptos y terminologías propias de la ciencia económica.
Es así que identificamos la solidaridad económica activa
y operante al interior de las empresas solidarias, como un factor económico,
al que denominamos "Factor C".
Lo llamamos
"Factor", porque se hace presente como una fuerza productiva,
a la que debe reconocércele un aporte específico en la
creación de valor económico. En tal sentido, se constituye
como factor económico en el mismo sentido en que lo son los factores
trabajo, capital, tecnología y gestión La letra C obedece
al hecho que dicha fuerza productiva se hace presente en la cooperación,
colaboración, comunicación, comunidad, compartir, y muchas
otras palabras que empiezan con la letra "c", en razón
del prefijo "co" que significa "juntos", "unidos",
"asociados".
Dicho Factor
C es, pues, la solidaridad en cuanto presente en la economía,
formulada en el lenguaje de la ciencia económica. La expresamos,
sintéticamente, indicando que la unión de conciencias,
voluntades y sentimientos tras un objetivo compartido genera una energía
social que se manifiesta eficientemente, dando lugar a efectos positivos
e incrementando el logro de los objetivos de la organización
en que opera.
En lo específicamente económico, se manifiesta en el hecho
de poner en común recursos materiales, fuerzas de trabajo, conocimientos
técnicos, capacidades organizativas y gestionarias, y otros variados
recursos de los asociados, esperándose que de su combinación
técnica y gestión comunitaria se verifiquen efectos positivos
en cuanto a producción, ingresos y bienestar, para cada uno de
los participantes, y también para la comunidad (o colectividad)
como tal.
La presencia
activa de este "Factor C" se constituye como
un hecho que caracteriza y distingue a las formas de empresas solidarias,
presencia que puede considerarse extensiva a todo un sector de economía
de solidaridad, e incluso a una más general estrategia de desarrollo
alternativo. Siendo así, es conveniente hacer algunas precisiones
sobre los contenidos y los efectos económicos de esta solidaridad
económica.
Un primer
contenido de la solidaridad en la economía es la cooperación
en el trabajo, que puede acrecentar el rendimiento de cada uno de los
integrantes de la fuerza laboral y la eficiencia de ésta en su
conjunto. De este modo, la comunidad proporciona beneficios superiores
a los que cada integrante alcanzaría recurriendo exclusivamente
a la propia fuerza individual. Hay que tener en cuenta que son cada
vez más los trabajos que no pueden ser emprendidos sino por un
sujeto colectivo; en tales casos la cooperación voluntariamente
buscada y aceptada permite el más perfeccionado grado de integración
del sujeto laboral capaz de asumir su realización y control.
Otro contenido
importante es el uso compartido de conocimientos e informaciones, tanto
de carácter técnico como de gestión, y relativos
a las funciones de producción, comercialización, administración,
etc.; ello implica beneficios adicionales, como también ahorro
de costos (dado que las informaciones no suelen ser gratuitas en el
mercado, teniendo al contrario costos significativos).
El uso compartido
de los conocimientos se expresa en otro contenido importante del "Factor
C", cual es la adopción colectiva de las decisiones,
que pueden resultar más eficientes (cuando se adoptan bajo ciertas
condiciones organizativas apropiadas), especialmente debido a que quienes
las adoptan son los mismos que se responsabilizan de su ejecución.
Una buena planificación colectiva de las actividades resulta
especialmente ventajosa, porque los planes son buenos cuando son actuables,
y son actuables cuando los que participan en su realización práctica
están impregnados de sus objetivos, conocen el lugar y el significado
de la propia acción en el conjunto, están personalmente
interesados en su buen cumplimiento, y adhieren por su propia voluntad
en la ejecución de lo planificado por haber participado en su
elaboración.
Vinculado
a lo anterior, destaca como otro contenido importante el logro de una
más equitativa y mejor distribución de los beneficios
logrados por la unidad económica entre sus integrantes, lo cual
indudablemente colabora en la motivación del esfuerzo y de los
aportes que cada uno hace a la obra común.
Otro contenido
del "Factor C" digno de ser tenido en cuenta,
se relaciona con los incentivos psicológicos que derivan de ciertos
rituales propios del trabajo en equipo o comunitario, que se expresan
tanto en el mismo proceso de trabajo como en las actividades anexas
que inciden sobre las distintas funciones necesarias al funcionamiento
de la empresa. Estos rituales o hábitos de grupo colaboran en
la creación de un clima social favorable al desarrollo de las
actividades, y facilitan los procesos de adaptación y socialización
indispensables.
Un no menos
importante contenido es la reducción de la conflictualidad social
al interior de la unidad económica comunitaria, debido a que
al menos los conflictos derivados de intereses antagónicos quedan
excluidos, mientras que otros conflictos inevitables pueden encontrar
adecuados canales de resolución. Este elemento puede resultar
significativo en términos económicos, pues los costos
de los conflictos laborales y empresariales suelen ser elevados en las
empresas privadas.
A todo lo
anterior hay que agregar que el mismo hecho comunitario o asociativo
constituye de por sí un beneficio especial para cada integrante,
que debe sumarse a la cuenta subjetiva (e incluso objetiva, cuando dicho
beneficio permite ahorrar los costos de su logro alternativo fuera de
la comunidad laboral) de los resultados globales de la actividad. Tal
beneficio especial dice relación con la satisfacción de
un conjunto de necesidades relacionales y de convivencia, que los miembros
de la organización pueden alcanzar en el mismo proceso de trabajo
y gestión asociativa.
Vinculado
con esto cabe destacar también que el hecho comunitario, y específicamente
la presencia operante del "Factor C", es
uno de los elementos que explican que las unidades económicas
alternativas tengan una tendencia a la integralidad en cuanto a la combinación
de los aspectos culturales y sociales con los económicos. Además
de los ya mencionados efectos de este hecho, cabe destacar que implica
que la comunidad o grupo organizado se constituye como parte integrante
de las estrategias de subsistencia, modos de vida y estilos de desarrollo,
asumidos por cada integrante y sus familias.
La solidaridad
económica tiene, así, un significativo impacto sobre el
desarrollo personal de los individuos asociados, pues la cooperación
se convierte en un elemento favorable al desarrollo de una personalidad
más integrada, capaz de articular las distintas dimensiones de
la vida en un proceso de crecimiento que es a la vez personal y comunitario.
Un último
pero no menos importante contenido de la presencia de la solidaridad
en la economía son los beneficios de la acción comunitaria
y colectiva sobre la comunidad más amplia y sobre la sociedad
global en que opera la unidad económica. Tales beneficios son
de muy variados tipos y características, pero pueden resumirse
en el impacto de las unidades económicas alternativas en la transformación
y desarrollo hacia una sociedad más justa, libre y solidaria.
Los mencionados
no son los únicos aspectos relativos al contenido y a los efectos
económicos del que llamamos "Factor C";
pero ellos nos dan una idea precisa de su significado e importancia
en las empresas alternativas y en la economía de solidaridad.
Podemos intentar una definición económica sintética.
En síntesis,
el "Factor C" significa que la formación
de un grupo, asociación o comunidad, que opera cooperativa y
coordinadamente, proporciona un conjunto de beneficios a cada integrante,
y un mejor rendimiento y eficiencia a la unidad económica como
un todo, debido a una serie de economías de escala, economías
de asociación y externalidades positivas implicadas en la acción
común y comunitaria.
Ahora bien,
la economía tiene muchos y variados aspectos y dimensiones y
está constituída por múltiples sujetos, procesos
y actividades. A su vez, la solidaridad tiene tantas maneras de manifestarse.
Por ello, la economía de solidaridad no es un modo definido y
único de organizar actividades y unidades económicas,
pues en ella se hacen presente muchas y muy variadas formas y modos
de hacer economía solidaria. En todos los casos, se tratará
de introducir y hacer operante la solidaridad en las empresas, en el
mercado, en el sector público, en las políticas económicas,
en el consumo, en el gasto social y personal, etc.
Si la economía
de solidaridad se constituye poniendo solidaridad en la economía,
ella se manifestará en distintas formas, grados y niveles según
la forma, el grado y el nivel en que la solidaridad se haga presente
en las actividades, unidades y procesos económicos. Por esto
podemos diferenciar en ella y en el proceso de su desarrollo dos grandes
dimensiones.
Por un lado, habrá economía de solidaridad en la medida
que en las diferentes estructuras y organizaciones de la economía
global vaya creciendo la presencia de la solidaridad por la acción
de los sujetos que la organizan. Por otro lado, identificaremos economía
de solidaridad en una parte o sector especial de la economía:
en aquellas actividades, empresas y circuitos económicos en que
la solidaridad se haya hecho presente de manera intensiva y donde opere
como elemento articulador de los procesos de producción, distribución,
consumo y acumulación.
Distinguimos,
de este modo, dos componentes que aparecen en la perspectiva de la economía
solidaria: un proceso de solidarización progresiva y creciente
de la economía global, y un proceso de construcción y
desarrollo paulatino de un sector especial de economía de solidaridad.
Ambos procesos se alimentarán y enriquecerán recíprocamente.
Un sector de economía de solidaridad consecuente podrá
difundir sistemática y metódicamente la solidaridad en
la economía global, haciéndola más solidaria e
integrada. A su vez, una economía global en que la solidaridad
esté más extendida, proporcionará elementos y facilidades
especiales para el desarrollo de un sector de actividades y organizaciones
económicas consecuentemente solidarias.
En uno u
otro nivel la economía de solidaridad nos invita a todos. Ella
no podrá extenderse sino en la medida que los sujetos que actuamos
económicamente seamos más solidarios, porque toda actividad,
proceso y estructura económica es el resultado de la acción
del sujeto humano individual y social.
5.
¿Es posible incrementar la solidaridad social y económica?
Considerada
la importancia de la solidaridad tanto en la vida personal como en los
procesos sociales y en las actividades económicas, surge la interrogante
de sí ella sea susceptible de ser fomentada, promovida y desplegada,
mediante acciones sistemática y consecuentemente orientadas a
lograrlo.
Sabemos que,
en la práctica, las organizaciones sociales solidarias y las
empresas o unidades económicas provistas de Factor C,
se constituyen como resultado de procesos sociales y culturales complejos.
Hay múltiples evidencias, además, de que el potencial
de solidaridad es siempre mayor que la solidaridad que se manifiesta
efectivamente, tanto por parte de los individuos como al interior de
los pequeños grupos y de las sociedades mayores. En efecto, existen
muchas organizaciones, asociaciones y agrupamientos sociales que no
llegan a manifestar los vínculos de integración que permitiría
reconocerlas como efectivamente solidarias. Igualmente, y así
como a menudo permanecen desocupados e inactivos los recursos cognitivos,
laborales, organizativos, etc., disponibles socialmente, sin convertirse
en factores económicos propiamente tales, siempre existe una
importante cantidad de "energía social" como recurso
que permanece económicamente inactivo, sin convertirse en "factor
C" como tal.
Conviene,
pues, examinar cuáles sean las condiciones que hacen posible
activar la solidaridad potencial, tanto para la generación de
organizaciones sociales solidarias como para la creación de empresas
y actividades de economía de solidaridad.
Expresadas
sintéticamente, entendiendo que se trata de condiciones independientes
entre sí, de modo que cada una de ellas, o varias conjuntamente,
pueden por sí ser suficientes para favorecer el surgimiento y
desarrollo de vínculos solidarios, podemos enumerar las siguientes:
a. La existencia
de una necesidad económica imperiosa, o de un problema de subsistencia
que enfrenten personas que comparten un mismo territorio, una vecindad,
o condiciones de vida que les implican relacionarse cotidianamente.
En tal sentido, la desocupación y la marginación, que
constituyen fenómenos estructurales en los países subdesarrollados,
derivados del modo en que se encuentra organizada la economía,
son generadoras de procesos organizativos que se despliegan, tanto en
un sentido de organización social con fines de reivindicación
y defensa de derechos conculcados, como de iniciativas económicas
tendientes a enfrentar asociativa y solidariamente las necesidades y
problemas compartidos. A menudo es la común experiencia de la
exclusión y marginación lo que en muchos casos motiva
la cooperación y solidaridad que se traduce en la gestación
de organizaciones sociales y de iniciativas colectivas de producción,
distribución y consumo solidarios.
b. La presencia
previa de organización de individuos con propósitos que
no siendo inicialmente de carácter solidario, permite el establecimiento
de relaciones sociales y el estrechamiento de vínculos grupales,
que a menudo se refuerzan frente a obstáculos, amenazas o presiones
externas. Ante cambios en la situación en que operan y junto
al surgimiento de demandas de participación por sus integrantes,
muchas organizaciones sociales creadas con otros fines se plantean el
objetivo de realizar en conjunto actividades solidarias, sociales y/o
económicas organizadas. Se expresa en tal sentido lo que Albert
Hirschman ha denominado "el principio de conservación y
transformación de la energía social", según
el cual ciertos movimientos sociales organizados cambian de carácter
luego de experiencias de lucha social fracasada, o terminada por el
éxito en el logro de sus primitivos objetivos. Lo que se señala
es que la experiencia en anteriores organizaciones puede cumplir la
función básica de reunir a personas con problemas comunes
e ideas similares, en una empresa común. En cualquier caso, la
condición mínima para la emergencia de una organización
social o económica solidaria es un proceso previo en que se supere
el aislamiento y la desconfianza mutua, y se compartan ciertos intereses
y aspiraciones.
c. La intervención
de un estímulo externo orientado a promover la organización
con fines de autoayuda, de cooperación y de solidaridad. Hay
en tal sentido una extendida práctica de apoyo a la generación
de actividades colectivas, que se manifiesta tanto en donación
de financiamientos para proveer a los grupos de los recursos materiales
y de operación indispensables, como en servicios de capacitación,
asistencia técnica, asesoría y acompañamiento organizacional.
Debe reconocerse en este estímulo externo un elemento importante
en la gestación y desarrollo tanto de organizaciones sociales
como de formas económicas solidarias o de tipo comunitario.
d. Las motivaciones
ideológicas y axiológicas, que llevan a muchas personas
y grupos a buscar formas de vida, de organización y de acción
alternativas respecto a las predominantes basadas en las opuestas tendencias
hacia el individualismo y hacia la masificación despersonalizante.
Las ideas y valores humanistas, solidarios y cooperativistas tienen
a menudo concreción y aplicación práctica en organizaciones
sociales y económicas de los más variados tipos y características.
En muchos casos encontramos que el origen de la organización
solidaria es un estímulo interno, proveniente del grupo como
tal o de algunos de sus integrantes más conscientes e inquietos.
Cabe incluir en este sentido la ampliación de ciertas experiencias
asociativas, cooperativas y solidarias como resultado del esfuerzo hecho
por ellas mismas para difundir, socializar y extender los propios modos
de organizarse y de actuar.
Son estas
las principales condiciones que pueden detectarse al origen de la mayoría
de las organizaciones sociales y de las experiencias de acción
económica cooperativa y solidaria. Cabe advertir -además
de que es posible que surjan grupos por otras razones que no hemos contemplado-,
que a menudo es la presencia de más de una de las señaladas,
o una combinación de todas ellas, lo que hace germinar aquella
energía social que se transforma en el "Factor C"
de contenido económico, cuya importancia en toda organización
económica solidaria hemos destacado.
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