|
ÍNDICE.
I.
FORMULANDO LA PREGUNTA
II.
HETEROGENEIDAD Y UNIDAD
III.
BUSCANDO LA IDENTIDAD
IV. LA HIPÓTESIS
MÍNIMA, CON UNA VARIANTE
V. LA HIPÓTESIS
INTERMEDIA, CON OTRA VARIANTE
VI. LA HIPÓTESIS
MÁXIMA, CON EXPLICACIONES ADICIONALES.
VII. COMENTARIOS
FINALES.
I.
FORMULANDO LA PREGUNTA
Los temas
que nos proponemos reflexionar despiertan –desde hace tiempo-
el interés y el debate entre quienes participan directamente
o desde instituciones y actividades de servicio, en el proceso de organización
y desarrollo de la que podemos llamar economía popular de solidaridad.
Y es lógico que así sea, porque desde hace ya trece años
gran parte de las energías morales, intelectuales, organizativas,
económicas e incluso físicas de quienes aspiran y buscan
activamente cambios profundos en nuestra realidad nacional, han venido
canalizando en torno a iniciativas y experiencias que pueden ser vistas
como una naciente economía popular fundada en relaciones y valores
solidarios.
Entre las
realidades surgidas de este esfuerzo podemos mencionar: organizaciones
económicas populares de variados tipos (talleres laborales, comprando
juntos, huertos orgánicos, comunidades campesinas, etc.), tanto
en sectores poblacionales urbanos como en zonas agrarias y campesinas;
formas cooperativas y autogestionarias en distintos ámbitos de
actividad y de servicios; recuperación de tecnologías
tradicionales, desarrollo de artesanías, intentos de socializar
formas tecnológicas alternativas y apropiadas; actividades de
educación popular, desarrollo comunitario y organizativo a nivel
local, etc., que se traducen en la gestación de iniciativas varias
que tienen un componente de actividad económica, que tiende a
ser creciente dada la gravedad de los problemas de subsistencia; esfuerzos
de variados tipos de promoción y organización de grupos
y comunidades de base volcados hacia la recuperación del control
local de las condiciones de vivienda, hábitat, medio ambiente,
salud y condiciones de vida en general; y otras iniciativas afines.
Si pudiéramos
sumar toda esta compleja y heterogénea realidad, veríamos
que la componen y que en torno a ella se mueven: algunos miles de organizaciones
de base, varios cientos de miles de integrantes, más de doscientas
instituciones y varios miles de profesionales, agentes pastorales, promotores,
etc., que no sólo solidarizan con ellas sino que las consideran
como parte relevante o central de su actividad y preocupación.
El que participa
como integrante en una de estas experiencias, y el que presta servicios
o apoya a algunas de ellas, se encuentra inmerso, comprometido e intensamente
ocupado en estas realidades particulares y locales, constituidas por
personas y grupos concretos, con todas sus cualidades, defectos, características
y problemas propios. Intuye que lo que está haciendo tiene un
valor intrínseco, y que al participar en o con ellas es consecuente
con sus aspiraciones y su voluntad hacia el cambio social. Sabe –aunque
no tenga una visión del conjunto- que como él hay muchos
otros y muchas otras experiencias que tienen un sentido similar. Pero
también se hace muchas preguntas –las reflexiones, sólo
las conversa al interior de su organización o institución,
las plantea cada vez que alguien organiza un seminario o encuentro de
intercambio de experiencias o de reflexión sobre ellas-, preguntas
muchas de las cuales le surgen al percatarse de que lo que hace él
y su organización no parece adecuarse o corresponder bien a la
idea que tiene y que se ha formado anteriormente, sobre el modo en que
se han hecho y se hacen las transformaciones sociales, económicas
y políticas, o sobre el modo en que las sociedades se han desarrollado.
La interrogante
principal que surge entonces es la que hemos puesto en el título:
¿Cómo se insertan, y qué aporte hacen, estas experiencias
y organizaciones, en un proyecto de transformación social y en
un proceso de desarrollo? Es una pregunta que se plantea con mucha fuerza
y sin retórica, porque quienes participan sumergidos en estas
experiencias particulares y concretas sienten que ellas serían
un simple paliativo de los problemas sociales, o no irían más
allá de solucionar problemas coyunturales –que incluso
podrían ser acusadas desde cierta ideología de amortiguar
conflictos o descomprimir tensiones sociales que de otro modo podrían
acumularse hasta emerger revolucionariamente-, a menos que cada una
de estas distintas organizaciones y experiencias, conscientemente o
no, participen de hecho en un proceso de conjunto, y sean parte de un
proyecto más amplio orientado en sentido transformador que le
dé sentido, perspectivas y proyección.
II.
HETEROGENEIDAD Y UNIDAD
La primera
cuestión que surge de este planteamiento del problema pregunta
si las experiencias y organizaciones mencionadas, tan distintas y heterogéneas
como son en sus manifestaciones y formas concretas, pueden ser concebidas
unidamente, como formando parte de un mismo proceso capaz de integrarse
en un mismo proyecto transformador; y junto a ello la cuestión
de cuál sea la identidad que tengan y que las caracterice. De
cómo respondamos a estas preguntas dependerá en gran medida
cómo podamos entender las potencialidades transformadoras y de
desarrollo que tengan estas experiencias.
Sobre las
cuestiones relativas a la unidad e identidad de todas ellas también
se ha debatido bastante, y hay opiniones diferentes. Pero en muchos
casos el asunto ha sido mal planteado, como si se tratase de opta”
por la heterogeneidad y diversidad o por la unidad e integración.
Heterogeneidad
y unidad (e identidad) no son conceptos de un mismo nivel. La realidad
es heterogénea, de esto no cabe ninguna duda. No hay dos experiencias
iguales. Las situaciones sociales de sus integrantes, los problemas
y situaciones específicas de cada organización, las etapas
vividas, el modo de su formación, sus relaciones con otras organizaciones
e instituciones, las ideas que tienen los miembros de los grupos y que
guían su accionar, las formas organizativas que adoptan, el tipo
de actividades que realizan, etc., son propios de cada grupo y por lo
tanto distintos de caso a caso. Esta inmensa heterogeneidad debe ser
reconocida –y también valorada por lo que significa como
experimentación social de iniciativas populares creativas-, y
puede dar lugar a la formulación de diferentes tipologías.
Saber, en
cambio, si todas estas variadas experiencias y formas organizativas
pueden ser concebidas unidamente y entendidas como parte de un mismo
proceso organizativo, consiste en identificar los aspectos, características
y elementos que son comunes a ellas; y después de eso, en ver
si esos aspectos y elementos que tienen en común son suficientes
como para fundar una cierta identidad compartida que permita considerarlas
y referirnos a ellas como un todo, al menos en relación con algunas
preguntas importantes.
Podemos enumerar
provisoriamente algunas de estas características y aspectos que
encontramos presentes en los varios tipos de experiencias que mencionamos
al comienzo:
1. Son iniciativas
que se desarrollan en los sectores populares (lo cual
puede expresarse de varias maneras: entre los pobres del campo y la
ciudad, en las clases subordinadas, en los grupos de menores ingresos,
etc.).
2. No son iniciativas puramente individuales sino asociativas,
que involucran a grupos de personas y de familias (podemos decir que
se trata de pequeños grupos o comunidades, cuyos integrantes
son fácilmente individuables, señalando con ello que tampoco
se trata de multitudes anónimas ni de “masas” populares).
3. Son iniciativas
organizativas que dan lugar a organizaciones,
lo cual supone que explícita o informalmente el grupo se plantea
objetivos, se da una estructura y normalmente una directiva o modo de
tomar decisiones, programa sus actividades, asigna tareas, maneja recursos,
etc.
4. Son iniciativas
creadas para enfrentar un conjunto de carencias y necesidades
concretas, de aquellas que habitualmente se considera como
necesidades económicas: alimentación,
vivienda, salud, educación, trabajo, ingresos, ahorro, etc.,
y que se presentan como apremiantes (los recursos para satisfacerlas
son “escasos”).
5. En estas
organizaciones se busca enfrentar estos problemas y necesidades a través
de una acción encaminada directamente a resolverlas, o sea, mediante
el propio esfuerzo y con la utilización de los recursos
que para tal propósito se logran juntar.
6. Son iniciativas
que implican relaciones y valores solidarios, en el
sentido de que en sus actividades las personas establecen lazos de ayuda
mutua, cooperación, comunidad o solidaridad, no como algo accesorio
o secundario sino como inherente al modo en que se busca enfrentar los
problemas, satisfacer las necesidades o desplegar las actividades propias
de la organización.
7. Son organizaciones
que quieren ser participativas, democráticas, autogestionarias
y autónomas, en el sentido de que el grupo de
sus integrantes se considera como el único llamado a tomar decisiones
sobre lo que se hace, derecho que resulta del esfuerzo y del trabajo
que cada uno y el grupo en su conjunto realizan; aunque de hecho los
grupos tengan que experimentar varias formas de dependencia y sujeción
frente a sujetos externos, lo que resaltamos aquí es que las
decisiones deben ser de un modo u otro legitimadas al interior del grupo
con un criterio de participación democrática o de autogestión.
8. Son iniciativas
que no se limitan a un solo tipo de actividad, sino que tienden a ser
integrales, en el sentido que combinan actividades
económicas, sociales, educativas, de desarrollo personal y grupal,
de solidaridad, y a menudo también de acción política
y pastoral (en otras palabras, buscan satisfacer una amplia gama de
necesidades y aspiraciones humanas).
9. Son iniciativas
en las que se pretende ser distintos y alternativos
respecto del sistema imperante (definido como capitalista, individualista,
consumista, autoritario, etc.), y aportar así aunque sea en pequeñísima
escala a un cambio social, en la perspectiva de una sociedad mejor o
más justa.
10. Son experiencias
que, surgiendo de los sectores populares para hacer frente a sus necesidades,
habitualmente son apoyadas por actividades de promoción, capacitación,
asesoría, donación de recursos materiales, etc., que realizan
instituciones religiosas u organizaciones no-gubernamentales interesadas
en el desarrollo social, cultural, político, económico,
espiritual o humano integral de los sectores populares.
Estos diez
elementos –y probablemente varios otros que se nos quedan sin
mencionar- que comparten tantas experiencias y organizaciones no obstante
su heterogeneidad de formas y modalidades concretas, no son características
secundarias y de poca importancia en ellas, sino que se presentan como
inherentes a su modo de ser, a las razones de su formación, a
su manera de funcionar, a sus estructuras internas y a los criterios
con que toman las decisiones. Por cierto, tomadas cada una o varias
de estas características independientemente, las podemos encontrar
en muchos tipos de experiencias distintas a las señaladas; pero
lo distintivo de las que aquí nos interesa comprender es que
no sólo las comparten todas sino que en ellas estos elementos
se articulan unos con otros de manera tal que se refuerzan, se solicitan,
se combinan casi diríamos por necesidad. Dicho de otro modo,
los diez elementos señalados parecen formar parte de una
racionalidad especial, de una lógica interna
sustentada en un tipo de comportamientos y de prácticas sociales
distinto de otros con los que se podrían comparar; por
ejemplo, distinto al de las experiencias y organizaciones sindicales,
o al de las organizaciones reivindicativas de masas, a las pequeñas
empresas y negocios del llamado “sector informal”, a los
movimientos campesinos, etc. Si quisiéramos encontrar elementos
comunes a todos estos fenómenos sociales tendríamos que
descubrirlos en características más externas y menos centrales
de sus respectivos modos de ser y de actuar.
III.
BUSCANDO LA IDENTIDAD
En conexión
intima a la cuestión de la unidad que exista entre estas variadas
experiencias se presenta la cuestión de su identidad.
El matiz de diferencia entre ambas cuestiones es que, mientras con la
primera tratamos de identificar los elementos y características
comunes presentes de hecho en ellas, con la segunda nos preguntamos
más directamente qué son, cuál es su identidad
más esencial; y a partir de allí nos preocupamos por la
posibilidad de que en ellas se desarrolle un sentido de pertenencia
a un proceso organizativo especial. Esto último supone el tomar
conciencia de esos rasgos compartidos y el desplegar esfuerzos tendientes
a estrechar relaciones entre las experiencias distintas, de modo de
resaltar y proyectar los intereses, aspiraciones y objetivos inherentes
al propio modo de ser y de actuar. Así entendida, la identidad
de estas organizaciones consiste en una toma de conciencia colectiva
de lo que ellas son, y de sus potencialidades, o sea, un conocerse a
sí mismos en lo que tienen en común y en lo que pueden
llegar a realizar consideradas en conjunto.
La identidad
es, entonces, un proceso, que nunca puede considerarse
completo y terminado: es el proceso de un sujeto social que se constituye
a sí mismo, resistiendo y luchando al mismo tiempo contra las
fuerzas que quisieran su disgregación y desconstitución.
Desarrollar
un sentido de identidad supone que todas estas organizaciones tengan
y profundicen aquellas características que les son comunes y
las definen; y supone también que ellas se insertan en un proyecto
compartido de transformación social y de desarrollo. Porque la
identidad la adquieren los sujetos no sólo en la conciencia de
lo que han sido y de lo que son, sino también en la perspectiva
de lo que quieren ser y hacer, o sea, de los objetivos o fines que orientan
su accionar y que llegando a ser comunes a todas ellas las van unificando
y proyectando hacia el futuro. Por lo demás, las potencialidades
de alguien –un sujeto, una organización, un movimiento-
se pueden descubrir sólo si lo consideramos en la perspectiva
de un proyecto respecto del cual esas potencialidades sirven y pueden
desplegarse; a la inversa, las potencialidades latentes o dormidas de
un sujeto resultan activadas cuando ese sujeto se pone en tensión
y en acción hacia objetivos conocidos y queridos.
La identidad
de un conjunto de organizaciones y experiencias sociales es un proceso,
también en el sentido de que se van definiendo a sí mismas,
van adquiriendo y madurando los rasgos que les son propios, a lo largo
del tiempo. En el ámbito de lo social, una realidad es lo que
está llegando progresivamente a ser; su esencia íntima
no está dada por su pasado, ni está siempre en el presente,
sino que a menudo se encuentra en construcción y se precisará
en el futuro (siempre que por esto se entienda que se trata de algo
que está en constitución separándose lentamente
de las realidades distintas en que se encontraba inmerso ya antes; por
eso, lo dicho es especialmente válido para las realidades sociales
nuevas, alternativas, transformadoras). Por esto, el estudio y comprensión
de estas realidades implica considerar simultáneamente lo que
son (como resultado de su pasado o historia anterior) y sus potencialidades
(que nos hacen entrever lo que serán cuando vayan completando
y madurando su esencia propia, su identidad).
Es por esto
también que el descubrir la identidad y las potencialidades de
estas organizaciones supone estar interesados en su desarrollo, adherir
a sus experiencias y vivencias, quererlas, buscar y esperar realmente
su expansión y potenciamiento, y no verlas con prejuicios, desde
fuera, en la perspectiva de un proyecto que se deseara imponerles o
en función del cual se buscara instrumentalizarlas. (Pero también
es cierto que un exceso de entusiasmo, o de un compromiso no crítico,
podría llevarnos a “ver” posibilidades y valores
que no existen. Es el peligro en que caen todas las ideologías).
La identidad
de estas experiencias y organizaciones es, pues, algo que ya comenzamos
a comprender cuando nos preguntamos por los elementos y características
que les son comunes, y algo que iremos profundizando y precisando junto
con el análisis de las potencialidades transformadoras y de contribución
al desarrollo que tengan.
IV.
LA HIPÓTESIS MÍNIMA, CON UNA VARIANTE
Sobre el
significado de estas experiencias, y sobre sus potencialidades de contribuir
a un proceso de transformación social y de desarrollo, se han
ido formulando y sedimentando diferentes concepciones. Sintetizando
los distintos puntos de vista, hace ya varios años identificamos
la existencia de tres hipótesis interpretativas
que enfocan diversamente el significado, el valor y el potencial de
estas organizaciones. Las llamamos hipótesis “mínima”,
hipótesis “intermedia” e hipótesis “máxima”,
dependiendo de la menor, intermedia o mayor importancia y valor que
se reconoce en estas experiencias.
Cabe señalar
que estas distintas valoraciones responden sólo en parte a un
análisis o reflexión sobre lo que de hecho son las organizaciones
mismas, sino que están basadas también en distintos diagnósticos
de la realidad social, económica y política en que vivimos,
y en distintas concepciones sobre el sentido de los cambios o alternativas
que se han de impulsar. En efecto, quien tiene un cierto diagnóstico
de la realidad observa y ve estas experiencias de acuerdo a ese diagnóstico,
le atribuye causas y motivaciones en conformidad con esas ideas generales;
y quien piense la alternativa y las transformaciones necesarias de una
determinada manera, tiende a valorar y a percibir en estas organizaciones
aquellas potencialidades que sirvan para esa alternativa, para esas
determinadas transformaciones que busca.
Según
la hipótesis mínima estas experiencias
serían predominantemente defensivas, resultado y reacción
frente a la extrema pobreza y a la gran desmovilización que ha
vivido el mundo popular. En sus orígenes está la represión
y las duras condiciones en que los sectores populares han tenido que
reorganizarse y replantear su acción. En lo económico,
serían estrategias de subsistencia mínima, como última
defensa ante la extrema necesidad. Por lo tanto no constituirían
ninguna alternativa puesto que la gente que participa en estas organizaciones,
apenas encuentren un modo distinto de resolver sus problemas, se van
a ir tras ellas; o apenas se abran posibilidades de acción y
organización de tipo político, van a dejar estas organizaciones
que no permiten canalizar eficazmente los deseos de cambio social. Se
trataría, por lo tanto, de organizaciones puramente coyunturales,
transitorias. Su validez coincidiría con el tiempo en que se
mantengan las actuales coordenadas de una economía concentradora
y excluyente y de un Estado autoritario y represivo. El valor principal
de estas organizaciones sería el ayudar a pasar esta situación
tan grave que se vive, paliando los problemas y reduciendo sus costos
sociales y organizativos.
En esta reducida
valoración de las experiencias solidarias el diagnóstico
de que se parte es que estamos viviendo en el país una crisis
que, aunque se haya ido prolongando más de lo supuesto inicialmente,
es coyuntural y transitoria. La crisis estaría dada por la ruptura
institucional que experimentó el país en 1973, por el
autoritarismo implantado sucesivamente, y por la política neo-liberal
extrema. Un retorno a la democracia y a las prácticas tradicionales
de participación del Estado en la regulación de la economía,
permitiría superar progresiva y rápidamente la crisis,
con la consiguiente reabsorción de los sectores populares excluidos;
como consecuencia de ello, las experiencias de organización económica
popular y solidaria tenderían a desaparecer.
En una variante
de esta hipótesis mínima, algunos piensan que las experiencias
económicas solidarias perdurarán probablemente por varios
años después de una recuperación democrática,
pues las condiciones en que se encuentra la economía son tan
graves que no sería realista esperar que ni el Estado ni una
re-industrialización serían suficientes para resolver
la gravedad de los problemas sociales existentes; así, los sectores
marginados y excluidos continuarán sirviéndose de organizaciones
económicas propias, que incluso podrán tener algún
crecimiento en eficiencia y posibilidad de consolidarse, en la medida
que operen bajo condiciones más favorables que las que han tenido
hasta ahora, o que puedan verse favorecidas por políticas públicas
de promoción y apoyo.
Según
el enfoque de la hipótesis mínima, tanto en su primera
versión como en su variante más reciente, los aspectos
y las actividades económicas son esenciales en estas organizaciones
pues constituyen el objetivo fundamental de sus integrantes; pero la
actividad económica se mantiene a nivel de formas de subsistencia
o con muy escasas posibilidades de desarrollo. En resumidas cuentas,
la hipótesis mínima es una hipótesis que podemos
considerar también como “economicista”.
V.
LA HIPÓTESIS INTERMEDIA, CON OTRA VARIANTE
Según
la hipótesis intermedia, estamos en presencia
de un fenómeno que en sus formas y manifestaciones actuales es
coyuntural y transitorio, pero que es parte de un proceso de organización
popular más amplio, en el que se inserta y que le da sentido.
Si bien estas organizaciones –en cuanto específicamente
económicas para enfrentar necesidades básicas insatisfechas-
desaparecerían cuando cambie la situación política
y económica en que surgieron, quedará de ellas el resultado
organizativo alcanzado, que se desplegará en un proceso de politización
y movilización masiva, que constituiría su fase superior.
Aunque serían el reflejo de una fase de repliegue del movimiento
popular, estas experiencias tendrían el gran valor de mantener
cierto grado de organización poblacional, de permitir y canalizar
ciertas acciones de denuncia y de reivindicación social importantes
en esta etapa, y de formar nuevos dirigentes populares. El proceso iría
adelante en la medida que se vaya pasando a niveles de acción
más de carácter reivindicativo y político, de lucha
de masas y de acción directa.
En esta valoración
parcial de las experiencias solidarias el diagnóstico de que
se parte es que la crisis que nos afecta no es sólo por el actual
régimen político y económico, sino que es una crisis
profunda del capitalismo en las naciones periféricas y subdesarrolladas.
Desde el punto de vista de esta hipótesis la alternativa estaría
clara: el socialismo. Las fuerzas que van a sacarnos de esta crisis
serían la clase obrera, los trabajadores organizados apoyados
por otros sectores menos conscientes pero cuantitativamente importantes.
En lo económico la solución sería la planificación
centralizada, la socialización de los grandes medios de producción
y su control por el Estado; pero ello supone una etapa y un proceso
previo, de conquista del poder político, por lo cual la tarea
principal es de tipo político. Desde este diagnóstico
de la crisis y de la alternativa, estas organizaciones no son de primordial
importancia puesto que no son organizaciones de la clase obrera organizada,
sino de cesantes, pobladores, mujeres; no son tampoco organizaciones
que generen grandes potenciales de lucha social ni de masas, pero pueden
hacer a todo ello algún aporte, y siendo organizaciones reales,
populares, muy numerosas, no deben despreciarse sino que se debe trabajar
en y con ellas para su concientización, politización y
movilización.
En una variante
de esta hipótesis intermedia, algunos piensan que todas estas
experiencias de organización solidaria tienen aportes más
significativos que hacer, no sólo en lo coyuntural sino en una
perspectiva de renovación política de mediano y largo
plazo. Sería así porque el análisis de los procesos
históricos contemporáneos indica que las respuestas tradicionales
del movimiento popular frente al capitalismo deben ser profundamente
renovadas, revalorizando la democracia, apuntando hacia un socialismo
descentralizado o autogestionario, renovando la propia ideología,
cuestionando los roles tan centrales que en la transformación
se atribuía a la clase obrera, al Estado, a las formas de propiedad.
En esta perspectiva se ha llegado a valorizar estas organizaciones –más
que por su aporte intrínseco- por sus potencialidades de llegar
a constituir un nuevo protagonista social, un sujeto o movimiento social
de nuevo tipo, capaz de aportar al movimiento popular y democrático
en su conjunto algunas importantes lecciones: la participación
real, la búsqueda de la autonomía, relaciones más
horizontales entre dirigentes y dirigidos, etc.
Según
el enfoque de la hipótesis intermedia, tanto en su versión
primera como en esta variante más abierta, lo específicamente
económico de estas organizaciones no es importante; ello interesa
en cuanto puede ser necesario para que las personas se motiven y para
que las organizaciones se consoliden. Pero más importante que
todo ello es el potencial de concientización y movilización
política, sea en una perspectiva tradicional o en otra renovada.
En resumidas cuentas, la hipótesis intermedia es una hipótesis
que podemos considerar como “politicista”.
VI.
LA HIPÓTESIS MÁXIMA, CON EXPLICACIONES ADICIONALES.
Según
la hipótesis máxima, el fenómeno
que estamos analizando sería portador de un nuevo modo de organización
y de acción transformadora, al menos en forma germinal o embrionaria.
Aunque ha surgido como respuesta ante situaciones determinadas, la novedad
que trae es un aporte decisivo, que implica potencialmente la superación
de los modos tradicionales de organización popular. Su valor
no se limitaría al hecho de ser una respuesta adaptada a la realidad
de los problemas actuales, sino que se proyecta más allá
de éstos, como un proceso que desde la base social se extiende
hacia la implementación de formas y relaciones humanas y sociales
alternativas y superiores. El contexto económico y político
actual es limitante de su desarrollo, de modo que el cambio de estas
condiciones no las haría desaparecer sino que, por el contrario,
permitiría un despliegue más rápido y amplio de
sus potencialidades; en tal sentido, se le considera como un fenómeno
que tiene perspectivas de permanencia y de autonomía, siendo
esperable que se modifique por crecimiento y desarrollo cualitativo
de sus propias características y no por absorción dentro
de otros modos de organización y de acción.
Para llegar
a esta valoración máxima de las experiencias y organizaciones
solidarias se parte de un diagnóstico según el cual la
crisis que vivimos no es solamente la de éste régimen
económico-político, o sólo del capitalismo subdesarrollado,
sino una crisis de civilización. Estaría en crisis la
sociedad industrial y las formas estatales modernas, es decir, una civilización
que se ha construido en torno a dos grandes pilares: la gran industria
en lo económico, y el Estado en lo político. Sería
la crisis de una civilización basada en la competencia, en el
conflicto y en la lucha; de una civilización que pone en la conquista
del poder estatal y en el desarrollo de grandes conglomerados económicos
la solución a las necesidades humanas y sociales. En consecuencia,
sería una crisis que afecta a los distintos modelos o sistemas
de organización socio-políticos, incluidos los modelos
socialistas que también son sociedades fundadas en esos mismos
dos grandes pilares de la gran industria y del Estado.
¿En
base a qué puede pensarse que estas organizaciones de base y
estas experiencias solidarias constituyen una forma de respuesta ante
una crisis tan global y profunda? La pregunta es decisiva, porque mientras
mayor sea la crisis y más complejo y amplio el desafío
que nos pone, más se hace patente la desproporción que
puede haber entre la tarea por realizar y el desarrollo real alcanzado
por estas pequeñas organizaciones, o sus potencialidades efectivas
para cumplirla. Es conveniente profundizar un poco más el tema,
porque el planteamiento de esta tercera hipótesis es menos conocido
que el que subyace bajo las dos hipótesis anteriores, y porque
nos aporta importantes elementos cognoscitivos para responder a la interrogante
principal que nos ocupa.
Lo peculiar
de la crisis que vivimos sería su integralidad, su “organicidad”,
en el sentido de que abarca todos los aspectos de la vida humana (aspectos
económico, social, político, cultural y moral) y que afecta
los distintos planos o niveles en que se organiza la experiencia del
hombre y de la sociedad contemporánea, desde lo individual a
lo planetario. Encontramos manifestaciones de estas crisis en varios
planos:
a) En el
plano individual, se manifiesta como deterioro tendencial de los equilibrios
psicológicos de las personas, fenómeno que se expresa
en el incremento de las neurosis y otras psicopatías, en los
comportamientos anómicos y en la pérdida de sentido de
la vida, en la drogadicción y otros “escapismos”,
etc.
b) En el
plano social a nivel de los países, la crisis se manifiesta como
deterioro tendencial de los equilibrios socio-políticos, que
se expresa en el incremento de las pugnas corporativas, en la expansión
del terrorismo, de la tortura, de la marginación y exclusión
social, en la creciente ingobernabilidad de los Estados nacionales,
en la carencia de alternativas políticas basadas en las formas
tradicionales de acción; sucede incluso que lo que se postula
como respuestas opositoras al status quo lleva
a agudizar los problemas y desequilibrios, y a menudo se traduce en
un incremento del poder y de la fuerza de los adversarios, sin que se
abran caminos claros de superación de los antagonismos.
c) En el
plano mundial, la crisis se manifiesta como deterioro tendencial de
los equilibrios internacionales, que se expresa en el armamentismo,
el peligro nuclear, la pérdida de capacidad de acción
de los organismos internacionales, la agudización de los conflictos
económicos entre las naciones, etc.; los desequilibrios norte-sur,
entre los países desarrollados y subdesarrollados, son tan fuertes
que no es posible pensar en disminuir a mediano plazo la brecha que
existe entre unos y otros, puesto que mientras los primeros están
viviendo la tercera revolución industrial (revolución
cibernética o científico-técnica) los segundos
están viviendo procesos de desindustrialización, empobrecimiento
y endeudamiento creciente. Mientras esto sucede, tampoco se resuelve
el conflicto entre los países socialistas y capitalistas, porque
el gran problema es que mientras la vida económica tiende al
internacionalismo y al cosmopolitismo, la vida política sigue
desarrollándose en términos nacionalistas y de bloques.
d) En el
plano ecosocial y planetario, se manifiesta la crisis como deterioro
tendencial de los equilibrios ecológicos, que se expresa en la
contaminación de los ríos y aguas, la extinción
de especies vegetales y animales, la lluvia ácida, la deforestación,
la erosión, la polución en las ciudades, etc.; el modo
moderno y contemporáneo de las relaciones del hombre con la naturaleza
está provocando desequilibrios tan profundos que amenazan a los
mismos procesos que los generan: a la gran industria y a los Estados,
grandes poderes concentrados que tienen necesidad de grandes instrumentos,
de grandes aparatos, de grandes ejércitos y armamentos, de grandes
masas de energía cada vez más difíciles de mantener
bajo control.
Desde este
diagnóstico de la crisis el interés por las experiencias
de economía popular y solidaria se acrecienta. Porque es lógico
pensar que, si la crisis ha de tener solución, es probable que
ésta se encuentre ya presente, en germen, en la realidad. Y es
también lógico pensar que si una alternativa frente a
la crisis está emergiendo de alguna parte, será desde
los sectores que la están experimentando en sus formas más
agudas y radicales, o sea, desde los sectores populares más pobres.
Porque tienen menos participación y están menos comprometidos
con el orden establecido que está en crisis, y también
porque al experimentar los efectos de la crisis en formas más
extremas es natural que reaccionen a ella antes que otros sectores.
Si la crisis es generalizada todos seremos afectados, pero en distinto
grado, intensidad y momento; los primeros afectados son obviamente los
sectores más desprotegidos, los que tienen menos elementos de
poder, menos medios para defenderse; y por lo tanto comenzarán
también antes a reaccionar. Junto a ellos, también se
adelantarán en la búsqueda de alternativa personas de
otros sectores sociales que son particularmente sensibles, abiertos
y disponibles para cambiar de modos de pensar, de sentir y de comportarse,
asumiendo una responsabilidad y un compromiso en la búsqueda
y construcción de un modo distinto de hacer las cosas y de vivir.
Desde un
diagnóstico que afirma que la propia supervivencia de la humanidad
está amenazada crecientemente, las organizaciones que nacen para
enfrentar este problema porque lo empezaron a vivir antes adquieren
un significado nuevo y decisivo, pues podremos vislumbrar en ellas elementos
de respuesta más general, líneas de solución, caminos
de búsqueda que probablemente continuarán experimentándose
y extendiéndose en la medida que los efectos de la crisis sigan
expandiéndose hacia otros sectores. Desde un diagnóstico
que concibe la crisis como resultado de un cierto tipo de desarrollo
unilateral en lo económico, en lo político y en lo cultural,
y que la identifica como crisis de una civilización fundada en
el individualismo, la acumulación de riquezas y de poder, el
gigantismo industrial y burocrático, etc., es natural valorizar
y aspirar al desarrollo de formas de organización y de acción
en los que emergen como valores la comunidad y solidaridad, la descentralización
del poder y de los bienes, la pequeña escala y la participación,
la centralidad y preeminencia del trabajo y del hombre sobre el capital
y las cosas.
Si a la hipótesis
mínima y a la intermedia las pudimos considerar, respectivamente,
como economicista y politicista, esta tercera hipótesis interpretativa
del fenómeno que nos interesa la podemos denominar también
como “culturalista”, pues pone el énfasis en los
elementos valóricos y en el significado de las experiencias en
relación a la emergencia y desarrollo de nuevos modos de pensar,
de sentir, de relacionarse, de actuar y de hacer las cosas. Desde esta
hipótesis lo específicamente económico de estas
organizaciones populares solidarias ocupa un lugar y una importancia
fundamental; pero lo económico es entendido en términos
muy amplios, no sólo como la producción, distribución
y consumo de los bienes y servicios materiales sino como “la manera
de hacer las cosas” y de satisfacer las necesidades humanas en
su integralidad, en base a la utilización racional de los medios
disponibles que se presentan como escasos. Más que en las actuales
“estrategias de sobrevivencia” el pensamiento se proyecta
hacia su desarrollo en la perspectiva de llegar a constituirse como
“estrategias de vida”.
VII.
COMENTARIOS FINALES.
El plantear
tres hipótesis interpretativas diferentes frente a un mismo fenómeno
social, deja una cierta ambigüedad. Del conjunto de la exposición
del tema resalta por lo menos un interés especial que mostramos
por la “hipótesis máxima”, y hemos explícitamente
destacado que ella aporta importantes elementos cognoscitivos para responder
a la interrogante sobre la inserción y el aporte de la economía
de solidaridad en un proyecto de transformación social y de desarrollo.
Aún así, es importante decir que las tres hipótesis
contienen elementos reales, porque en la experiencia y en la práctica
de estas organizaciones y experiencias hay aspectos y características
que pueden ser rescatadas para cada una de las perspectivas o enfoques
individuados, con sus respectivas variantes. Y también es relevante
que en el seno de estas experiencias actúan personas que conciben
y proyectan estas organizaciones en las varias perspectivas señaladas,
lo cual influirá evidentemente sobre el destino que de hecho
tengan y las potencialidades que lleguen o no a concretizar. Lo que
en definitiva suceda depende de los protagonistas y de las organizaciones
mismas, de cuáles sean las opciones que vayan adoptando en su
concreto accionar.
Miradas en
profundidad, las tres hipótesis pueden considerarse como “ideológicas”,
en el sentido de que totalizan excesivamente la realidad, toman la parte
por el todo, y confunden elementos de respuesta con la respuesta completa.
De este modo, cada una ofrece un cuadro coherente, claro, simple, que
puede ser bastante dinamizador de la acción, pero que en cuanto
explicación de conjunto es demasiado apresurado, pre-científico.
En relación
con la hipótesis máxima convendría señalar,
por ejemplo, que el diagnóstico de la crisis aún cuando
sea válido en lo esencial puede ser engañoso si no se
tiene en cuenta que lo que se engloba bajo el concepto de crisis “orgánica”
o de civilización no es el derrumbamiento de la realidad entera,
de modo que el diagnóstico de ésta debiera incluir una
atenta consideración de aspectos positivos, tendencias y potencialidades
presentes también en nuestras sociedades y que no podríamos
definir como estando en crisis.
También
con respecto a la alternativa habría que pensar que junto a estas
experiencias emergentes hay muchas otras con las que pueden confluir
en una misma perspectiva de transformación y desarrollo; que
un proyecto orientado hacia la emergencia de una nueva civilización
debe incluir una multiplicidad de procesos económicos, sociales,
políticos y culturales, a través de una pluralidad de
sujetos y movimientos organizados, y a través de respuestas a
la crisis que se desplieguen en los varios planos en que ésta
se manifiesta: individual, social, nacional, internacional, planetario.
Sobre todos
estos aspectos no podemos ahondar ahora debiendo limitarnos a remitir
a los interesados a otros trabajos que hemos escrito al respecto(*).
Por lo demás, las preguntas que han guiado nuestro análisis
permanecen abiertas, y merecen y requieren la reflexión permanente
y el aporte de todos los que de una manera u otra participamos del proceso.
Nos parece oportuno terminar la exposición con dos breves reflexiones
suplementarias.
La primera
es que, cualquiera sea el enfoque con que nos aproximemos a estas experiencias,
y cualquiera sea la hipótesis o la variante que interprete mejor
nuestro punto de vista, estas organizaciones y experiencias podrán
hacer su contribución frente a los problemas reales y actuales
y en vistas de un proceso hacia una mejor sociedad, sólo si ellas
existen, se perfeccionan, van superando sus variadas y grandes dificultades,
consolidan su identidad y se desarrollan; y todo ello no depende tanto
de concepciones y opciones globales sino de acciones concretas, de las
pequeñas decisiones y actividades que a diario se van tomando
en cada grupo, del compromiso real que asuman sus integrantes y las
personas que los apoyan, del trabajo que se haga, de los encuentros
de reflexión, de las reuniones de coordinación, etc. Nuestras
reflexiones nos hacen volver entonces hacia las cuestiones prácticas,
y en particular a la búsqueda de la eficiencia tanto en las actividades
internas de las organizaciones como en aquellas que se despliegan desde
las instituciones de apoyo y de servicio. Pero en ese retorno a lo concreto
no olvidaremos que los criterios de eficiencia propios de una economía
popular y solidaria no son los mismos que rigen en las racionalidades
económicas predominantes.
La segunda
reflexión la hacemos desde un punto de vista específicamente
cristiano, y tiene validez sólo en este contexto. Enfrentados
a la tarea de construir una civilización del amor y del trabajo,
a la tarea de evangelizar la cultura, y también la economía
y la política, los cristianos queremos creer que tanto el proyecto
global como los pasos prácticos que orientemos en tal dirección
son posibles y "viables". ¿No consiste en ello la esperanza?
El Evangelio
nos pone en una situación paradójica muy especial. Por
un lado, nos plantea los ideales, objetivos y proyectos más grandiosos,
tales que desde un punto de vista puramente humano no vacilaríamos
en calificar como “utópicos” e irrealizables; por
otro lado, somos precisamente los cristianos los más conscientes
de las limitaciones intrínsecas del hombre, porque conocemos
el pecado que nos coarta la libertad, la solidaridad, la creatividad
y el esfuerzo de trabajar. Como sabemos esto, no mitificamos nunca las
experiencias sino que las miramos con ojos particularmente vigilantes
y críticos; pero por la misma razón debemos valorar como
un don precioso que cultivar, hasta las más pequeñas expresiones
de la solidaridad, la libertad la creatividad y el trabajo humanos.
Verdaderamente, para que la economía solidaria sea efectivamente
“viable” debemos esforzarnos por insertar en ella un “suplemento
de alma”: la fuerza transformadora de El que trabajó en
un pequeño taller solidario en Nazareth.
* Ver: Las
empresas alternativas, ediciones PET 1986; Las organizaciones
económicas populares más allá de la subsistencia,
documento PET 1985; El Cooperativismo y la autogestión
en la democratización del mercado y del Estado, documento
PET 1983; La civilización del amor y la economía
de solidaridad, Boletín “Fe y Cultura”,
diciembre 1985; Democratización económica y democratización
política, ediciones MINGA 1986; Economía
de solidaridad y mercado democrático (2 vol.), ediciones
PE T 1985-86.
|