SOBRE LA INSERCIÓN Y EL APORTE DE LA ECONOMÍA DE SOLIDARIDAD EN UN PROYECTO DE TRANSFORMACIÓN SOCIAL

Ponencia presentada en el Seminario Nacional "ARTESANÍA", Santiago, 25 al 27 de junio de 1986.

 

ÍNDICE.

I. FORMULANDO LA PREGUNTA

II. HETEROGENEIDAD Y UNIDAD

III. BUSCANDO LA IDENTIDAD

IV. LA HIPÓTESIS MÍNIMA, CON UNA VARIANTE

V. LA HIPÓTESIS INTERMEDIA, CON OTRA VARIANTE

VI. LA HIPÓTESIS MÁXIMA, CON EXPLICACIONES ADICIONALES.

VII. COMENTARIOS FINALES.

I. FORMULANDO LA PREGUNTA

Los temas que nos proponemos reflexionar despiertan –desde hace tiempo- el interés y el debate entre quienes participan directamente o desde instituciones y actividades de servicio, en el proceso de organización y desarrollo de la que podemos llamar economía popular de solidaridad. Y es lógico que así sea, porque desde hace ya trece años gran parte de las energías morales, intelectuales, organizativas, económicas e incluso físicas de quienes aspiran y buscan activamente cambios profundos en nuestra realidad nacional, han venido canalizando en torno a iniciativas y experiencias que pueden ser vistas como una naciente economía popular fundada en relaciones y valores solidarios.

Entre las realidades surgidas de este esfuerzo podemos mencionar: organizaciones económicas populares de variados tipos (talleres laborales, comprando juntos, huertos orgánicos, comunidades campesinas, etc.), tanto en sectores poblacionales urbanos como en zonas agrarias y campesinas; formas cooperativas y autogestionarias en distintos ámbitos de actividad y de servicios; recuperación de tecnologías tradicionales, desarrollo de artesanías, intentos de socializar formas tecnológicas alternativas y apropiadas; actividades de educación popular, desarrollo comunitario y organizativo a nivel local, etc., que se traducen en la gestación de iniciativas varias que tienen un componente de actividad económica, que tiende a ser creciente dada la gravedad de los problemas de subsistencia; esfuerzos de variados tipos de promoción y organización de grupos y comunidades de base volcados hacia la recuperación del control local de las condiciones de vivienda, hábitat, medio ambiente, salud y condiciones de vida en general; y otras iniciativas afines.

Si pudiéramos sumar toda esta compleja y heterogénea realidad, veríamos que la componen y que en torno a ella se mueven: algunos miles de organizaciones de base, varios cientos de miles de integrantes, más de doscientas instituciones y varios miles de profesionales, agentes pastorales, promotores, etc., que no sólo solidarizan con ellas sino que las consideran como parte relevante o central de su actividad y preocupación.

El que participa como integrante en una de estas experiencias, y el que presta servicios o apoya a algunas de ellas, se encuentra inmerso, comprometido e intensamente ocupado en estas realidades particulares y locales, constituidas por personas y grupos concretos, con todas sus cualidades, defectos, características y problemas propios. Intuye que lo que está haciendo tiene un valor intrínseco, y que al participar en o con ellas es consecuente con sus aspiraciones y su voluntad hacia el cambio social. Sabe –aunque no tenga una visión del conjunto- que como él hay muchos otros y muchas otras experiencias que tienen un sentido similar. Pero también se hace muchas preguntas –las reflexiones, sólo las conversa al interior de su organización o institución, las plantea cada vez que alguien organiza un seminario o encuentro de intercambio de experiencias o de reflexión sobre ellas-, preguntas muchas de las cuales le surgen al percatarse de que lo que hace él y su organización no parece adecuarse o corresponder bien a la idea que tiene y que se ha formado anteriormente, sobre el modo en que se han hecho y se hacen las transformaciones sociales, económicas y políticas, o sobre el modo en que las sociedades se han desarrollado.

La interrogante principal que surge entonces es la que hemos puesto en el título: ¿Cómo se insertan, y qué aporte hacen, estas experiencias y organizaciones, en un proyecto de transformación social y en un proceso de desarrollo? Es una pregunta que se plantea con mucha fuerza y sin retórica, porque quienes participan sumergidos en estas experiencias particulares y concretas sienten que ellas serían un simple paliativo de los problemas sociales, o no irían más allá de solucionar problemas coyunturales –que incluso podrían ser acusadas desde cierta ideología de amortiguar conflictos o descomprimir tensiones sociales que de otro modo podrían acumularse hasta emerger revolucionariamente-, a menos que cada una de estas distintas organizaciones y experiencias, conscientemente o no, participen de hecho en un proceso de conjunto, y sean parte de un proyecto más amplio orientado en sentido transformador que le dé sentido, perspectivas y proyección.

II. HETEROGENEIDAD Y UNIDAD

La primera cuestión que surge de este planteamiento del problema pregunta si las experiencias y organizaciones mencionadas, tan distintas y heterogéneas como son en sus manifestaciones y formas concretas, pueden ser concebidas unidamente, como formando parte de un mismo proceso capaz de integrarse en un mismo proyecto transformador; y junto a ello la cuestión de cuál sea la identidad que tengan y que las caracterice. De cómo respondamos a estas preguntas dependerá en gran medida cómo podamos entender las potencialidades transformadoras y de desarrollo que tengan estas experiencias.

Sobre las cuestiones relativas a la unidad e identidad de todas ellas también se ha debatido bastante, y hay opiniones diferentes. Pero en muchos casos el asunto ha sido mal planteado, como si se tratase de opta” por la heterogeneidad y diversidad o por la unidad e integración.

Heterogeneidad y unidad (e identidad) no son conceptos de un mismo nivel. La realidad es heterogénea, de esto no cabe ninguna duda. No hay dos experiencias iguales. Las situaciones sociales de sus integrantes, los problemas y situaciones específicas de cada organización, las etapas vividas, el modo de su formación, sus relaciones con otras organizaciones e instituciones, las ideas que tienen los miembros de los grupos y que guían su accionar, las formas organizativas que adoptan, el tipo de actividades que realizan, etc., son propios de cada grupo y por lo tanto distintos de caso a caso. Esta inmensa heterogeneidad debe ser reconocida –y también valorada por lo que significa como experimentación social de iniciativas populares creativas-, y puede dar lugar a la formulación de diferentes tipologías.

Saber, en cambio, si todas estas variadas experiencias y formas organizativas pueden ser concebidas unidamente y entendidas como parte de un mismo proceso organizativo, consiste en identificar los aspectos, características y elementos que son comunes a ellas; y después de eso, en ver si esos aspectos y elementos que tienen en común son suficientes como para fundar una cierta identidad compartida que permita considerarlas y referirnos a ellas como un todo, al menos en relación con algunas preguntas importantes.

Podemos enumerar provisoriamente algunas de estas características y aspectos que encontramos presentes en los varios tipos de experiencias que mencionamos al comienzo:

1. Son iniciativas que se desarrollan en los sectores populares (lo cual puede expresarse de varias maneras: entre los pobres del campo y la ciudad, en las clases subordinadas, en los grupos de menores ingresos, etc.).

2. No son iniciativas puramente individuales sino asociativas, que involucran a grupos de personas y de familias (podemos decir que se trata de pequeños grupos o comunidades, cuyos integrantes son fácilmente individuables, señalando con ello que tampoco se trata de multitudes anónimas ni de “masas” populares).

3. Son iniciativas organizativas que dan lugar a organizaciones, lo cual supone que explícita o informalmente el grupo se plantea objetivos, se da una estructura y normalmente una directiva o modo de tomar decisiones, programa sus actividades, asigna tareas, maneja recursos, etc.

4. Son iniciativas creadas para enfrentar un conjunto de carencias y necesidades concretas, de aquellas que habitualmente se considera como necesidades económicas: alimentación, vivienda, salud, educación, trabajo, ingresos, ahorro, etc., y que se presentan como apremiantes (los recursos para satisfacerlas son “escasos”).

5. En estas organizaciones se busca enfrentar estos problemas y necesidades a través de una acción encaminada directamente a resolverlas, o sea, mediante el propio esfuerzo y con la utilización de los recursos que para tal propósito se logran juntar.

6. Son iniciativas que implican relaciones y valores solidarios, en el sentido de que en sus actividades las personas establecen lazos de ayuda mutua, cooperación, comunidad o solidaridad, no como algo accesorio o secundario sino como inherente al modo en que se busca enfrentar los problemas, satisfacer las necesidades o desplegar las actividades propias de la organización.

7. Son organizaciones que quieren ser participativas, democráticas, autogestionarias y autónomas, en el sentido de que el grupo de sus integrantes se considera como el único llamado a tomar decisiones sobre lo que se hace, derecho que resulta del esfuerzo y del trabajo que cada uno y el grupo en su conjunto realizan; aunque de hecho los grupos tengan que experimentar varias formas de dependencia y sujeción frente a sujetos externos, lo que resaltamos aquí es que las decisiones deben ser de un modo u otro legitimadas al interior del grupo con un criterio de participación democrática o de autogestión.

8. Son iniciativas que no se limitan a un solo tipo de actividad, sino que tienden a ser integrales, en el sentido que combinan actividades económicas, sociales, educativas, de desarrollo personal y grupal, de solidaridad, y a menudo también de acción política y pastoral (en otras palabras, buscan satisfacer una amplia gama de necesidades y aspiraciones humanas).

9. Son iniciativas en las que se pretende ser distintos y alternativos respecto del sistema imperante (definido como capitalista, individualista, consumista, autoritario, etc.), y aportar así aunque sea en pequeñísima escala a un cambio social, en la perspectiva de una sociedad mejor o más justa.

10. Son experiencias que, surgiendo de los sectores populares para hacer frente a sus necesidades, habitualmente son apoyadas por actividades de promoción, capacitación, asesoría, donación de recursos materiales, etc., que realizan instituciones religiosas u organizaciones no-gubernamentales interesadas en el desarrollo social, cultural, político, económico, espiritual o humano integral de los sectores populares.

Estos diez elementos –y probablemente varios otros que se nos quedan sin mencionar- que comparten tantas experiencias y organizaciones no obstante su heterogeneidad de formas y modalidades concretas, no son características secundarias y de poca importancia en ellas, sino que se presentan como inherentes a su modo de ser, a las razones de su formación, a su manera de funcionar, a sus estructuras internas y a los criterios con que toman las decisiones. Por cierto, tomadas cada una o varias de estas características independientemente, las podemos encontrar en muchos tipos de experiencias distintas a las señaladas; pero lo distintivo de las que aquí nos interesa comprender es que no sólo las comparten todas sino que en ellas estos elementos se articulan unos con otros de manera tal que se refuerzan, se solicitan, se combinan casi diríamos por necesidad. Dicho de otro modo, los diez elementos señalados parecen formar parte de una racionalidad especial, de una lógica interna sustentada en un tipo de comportamientos y de prácticas sociales distinto de otros con los que se podrían comparar; por ejemplo, distinto al de las experiencias y organizaciones sindicales, o al de las organizaciones reivindicativas de masas, a las pequeñas empresas y negocios del llamado “sector informal”, a los movimientos campesinos, etc. Si quisiéramos encontrar elementos comunes a todos estos fenómenos sociales tendríamos que descubrirlos en características más externas y menos centrales de sus respectivos modos de ser y de actuar.

III. BUSCANDO LA IDENTIDAD

En conexión intima a la cuestión de la unidad que exista entre estas variadas experiencias se presenta la cuestión de su identidad. El matiz de diferencia entre ambas cuestiones es que, mientras con la primera tratamos de identificar los elementos y características comunes presentes de hecho en ellas, con la segunda nos preguntamos más directamente qué son, cuál es su identidad más esencial; y a partir de allí nos preocupamos por la posibilidad de que en ellas se desarrolle un sentido de pertenencia a un proceso organizativo especial. Esto último supone el tomar conciencia de esos rasgos compartidos y el desplegar esfuerzos tendientes a estrechar relaciones entre las experiencias distintas, de modo de resaltar y proyectar los intereses, aspiraciones y objetivos inherentes al propio modo de ser y de actuar. Así entendida, la identidad de estas organizaciones consiste en una toma de conciencia colectiva de lo que ellas son, y de sus potencialidades, o sea, un conocerse a sí mismos en lo que tienen en común y en lo que pueden llegar a realizar consideradas en conjunto.

La identidad es, entonces, un proceso, que nunca puede considerarse completo y terminado: es el proceso de un sujeto social que se constituye a sí mismo, resistiendo y luchando al mismo tiempo contra las fuerzas que quisieran su disgregación y desconstitución.

Desarrollar un sentido de identidad supone que todas estas organizaciones tengan y profundicen aquellas características que les son comunes y las definen; y supone también que ellas se insertan en un proyecto compartido de transformación social y de desarrollo. Porque la identidad la adquieren los sujetos no sólo en la conciencia de lo que han sido y de lo que son, sino también en la perspectiva de lo que quieren ser y hacer, o sea, de los objetivos o fines que orientan su accionar y que llegando a ser comunes a todas ellas las van unificando y proyectando hacia el futuro. Por lo demás, las potencialidades de alguien –un sujeto, una organización, un movimiento- se pueden descubrir sólo si lo consideramos en la perspectiva de un proyecto respecto del cual esas potencialidades sirven y pueden desplegarse; a la inversa, las potencialidades latentes o dormidas de un sujeto resultan activadas cuando ese sujeto se pone en tensión y en acción hacia objetivos conocidos y queridos.

La identidad de un conjunto de organizaciones y experiencias sociales es un proceso, también en el sentido de que se van definiendo a sí mismas, van adquiriendo y madurando los rasgos que les son propios, a lo largo del tiempo. En el ámbito de lo social, una realidad es lo que está llegando progresivamente a ser; su esencia íntima no está dada por su pasado, ni está siempre en el presente, sino que a menudo se encuentra en construcción y se precisará en el futuro (siempre que por esto se entienda que se trata de algo que está en constitución separándose lentamente de las realidades distintas en que se encontraba inmerso ya antes; por eso, lo dicho es especialmente válido para las realidades sociales nuevas, alternativas, transformadoras). Por esto, el estudio y comprensión de estas realidades implica considerar simultáneamente lo que son (como resultado de su pasado o historia anterior) y sus potencialidades (que nos hacen entrever lo que serán cuando vayan completando y madurando su esencia propia, su identidad).

Es por esto también que el descubrir la identidad y las potencialidades de estas organizaciones supone estar interesados en su desarrollo, adherir a sus experiencias y vivencias, quererlas, buscar y esperar realmente su expansión y potenciamiento, y no verlas con prejuicios, desde fuera, en la perspectiva de un proyecto que se deseara imponerles o en función del cual se buscara instrumentalizarlas. (Pero también es cierto que un exceso de entusiasmo, o de un compromiso no crítico, podría llevarnos a “ver” posibilidades y valores que no existen. Es el peligro en que caen todas las ideologías).

La identidad de estas experiencias y organizaciones es, pues, algo que ya comenzamos a comprender cuando nos preguntamos por los elementos y características que les son comunes, y algo que iremos profundizando y precisando junto con el análisis de las potencialidades transformadoras y de contribución al desarrollo que tengan.

IV. LA HIPÓTESIS MÍNIMA, CON UNA VARIANTE

Sobre el significado de estas experiencias, y sobre sus potencialidades de contribuir a un proceso de transformación social y de desarrollo, se han ido formulando y sedimentando diferentes concepciones. Sintetizando los distintos puntos de vista, hace ya varios años identificamos la existencia de tres hipótesis interpretativas que enfocan diversamente el significado, el valor y el potencial de estas organizaciones. Las llamamos hipótesis “mínima”, hipótesis “intermedia” e hipótesis “máxima”, dependiendo de la menor, intermedia o mayor importancia y valor que se reconoce en estas experiencias.

Cabe señalar que estas distintas valoraciones responden sólo en parte a un análisis o reflexión sobre lo que de hecho son las organizaciones mismas, sino que están basadas también en distintos diagnósticos de la realidad social, económica y política en que vivimos, y en distintas concepciones sobre el sentido de los cambios o alternativas que se han de impulsar. En efecto, quien tiene un cierto diagnóstico de la realidad observa y ve estas experiencias de acuerdo a ese diagnóstico, le atribuye causas y motivaciones en conformidad con esas ideas generales; y quien piense la alternativa y las transformaciones necesarias de una determinada manera, tiende a valorar y a percibir en estas organizaciones aquellas potencialidades que sirvan para esa alternativa, para esas determinadas transformaciones que busca.

Según la hipótesis mínima estas experiencias serían predominantemente defensivas, resultado y reacción frente a la extrema pobreza y a la gran desmovilización que ha vivido el mundo popular. En sus orígenes está la represión y las duras condiciones en que los sectores populares han tenido que reorganizarse y replantear su acción. En lo económico, serían estrategias de subsistencia mínima, como última defensa ante la extrema necesidad. Por lo tanto no constituirían ninguna alternativa puesto que la gente que participa en estas organizaciones, apenas encuentren un modo distinto de resolver sus problemas, se van a ir tras ellas; o apenas se abran posibilidades de acción y organización de tipo político, van a dejar estas organizaciones que no permiten canalizar eficazmente los deseos de cambio social. Se trataría, por lo tanto, de organizaciones puramente coyunturales, transitorias. Su validez coincidiría con el tiempo en que se mantengan las actuales coordenadas de una economía concentradora y excluyente y de un Estado autoritario y represivo. El valor principal de estas organizaciones sería el ayudar a pasar esta situación tan grave que se vive, paliando los problemas y reduciendo sus costos sociales y organizativos.

En esta reducida valoración de las experiencias solidarias el diagnóstico de que se parte es que estamos viviendo en el país una crisis que, aunque se haya ido prolongando más de lo supuesto inicialmente, es coyuntural y transitoria. La crisis estaría dada por la ruptura institucional que experimentó el país en 1973, por el autoritarismo implantado sucesivamente, y por la política neo-liberal extrema. Un retorno a la democracia y a las prácticas tradicionales de participación del Estado en la regulación de la economía, permitiría superar progresiva y rápidamente la crisis, con la consiguiente reabsorción de los sectores populares excluidos; como consecuencia de ello, las experiencias de organización económica popular y solidaria tenderían a desaparecer.

En una variante de esta hipótesis mínima, algunos piensan que las experiencias económicas solidarias perdurarán probablemente por varios años después de una recuperación democrática, pues las condiciones en que se encuentra la economía son tan graves que no sería realista esperar que ni el Estado ni una re-industrialización serían suficientes para resolver la gravedad de los problemas sociales existentes; así, los sectores marginados y excluidos continuarán sirviéndose de organizaciones económicas propias, que incluso podrán tener algún crecimiento en eficiencia y posibilidad de consolidarse, en la medida que operen bajo condiciones más favorables que las que han tenido hasta ahora, o que puedan verse favorecidas por políticas públicas de promoción y apoyo.

Según el enfoque de la hipótesis mínima, tanto en su primera versión como en su variante más reciente, los aspectos y las actividades económicas son esenciales en estas organizaciones pues constituyen el objetivo fundamental de sus integrantes; pero la actividad económica se mantiene a nivel de formas de subsistencia o con muy escasas posibilidades de desarrollo. En resumidas cuentas, la hipótesis mínima es una hipótesis que podemos considerar también como “economicista”.

V. LA HIPÓTESIS INTERMEDIA, CON OTRA VARIANTE

Según la hipótesis intermedia, estamos en presencia de un fenómeno que en sus formas y manifestaciones actuales es coyuntural y transitorio, pero que es parte de un proceso de organización popular más amplio, en el que se inserta y que le da sentido. Si bien estas organizaciones –en cuanto específicamente económicas para enfrentar necesidades básicas insatisfechas- desaparecerían cuando cambie la situación política y económica en que surgieron, quedará de ellas el resultado organizativo alcanzado, que se desplegará en un proceso de politización y movilización masiva, que constituiría su fase superior. Aunque serían el reflejo de una fase de repliegue del movimiento popular, estas experiencias tendrían el gran valor de mantener cierto grado de organización poblacional, de permitir y canalizar ciertas acciones de denuncia y de reivindicación social importantes en esta etapa, y de formar nuevos dirigentes populares. El proceso iría adelante en la medida que se vaya pasando a niveles de acción más de carácter reivindicativo y político, de lucha de masas y de acción directa.

En esta valoración parcial de las experiencias solidarias el diagnóstico de que se parte es que la crisis que nos afecta no es sólo por el actual régimen político y económico, sino que es una crisis profunda del capitalismo en las naciones periféricas y subdesarrolladas. Desde el punto de vista de esta hipótesis la alternativa estaría clara: el socialismo. Las fuerzas que van a sacarnos de esta crisis serían la clase obrera, los trabajadores organizados apoyados por otros sectores menos conscientes pero cuantitativamente importantes. En lo económico la solución sería la planificación centralizada, la socialización de los grandes medios de producción y su control por el Estado; pero ello supone una etapa y un proceso previo, de conquista del poder político, por lo cual la tarea principal es de tipo político. Desde este diagnóstico de la crisis y de la alternativa, estas organizaciones no son de primordial importancia puesto que no son organizaciones de la clase obrera organizada, sino de cesantes, pobladores, mujeres; no son tampoco organizaciones que generen grandes potenciales de lucha social ni de masas, pero pueden hacer a todo ello algún aporte, y siendo organizaciones reales, populares, muy numerosas, no deben despreciarse sino que se debe trabajar en y con ellas para su concientización, politización y movilización.

En una variante de esta hipótesis intermedia, algunos piensan que todas estas experiencias de organización solidaria tienen aportes más significativos que hacer, no sólo en lo coyuntural sino en una perspectiva de renovación política de mediano y largo plazo. Sería así porque el análisis de los procesos históricos contemporáneos indica que las respuestas tradicionales del movimiento popular frente al capitalismo deben ser profundamente renovadas, revalorizando la democracia, apuntando hacia un socialismo descentralizado o autogestionario, renovando la propia ideología, cuestionando los roles tan centrales que en la transformación se atribuía a la clase obrera, al Estado, a las formas de propiedad. En esta perspectiva se ha llegado a valorizar estas organizaciones –más que por su aporte intrínseco- por sus potencialidades de llegar a constituir un nuevo protagonista social, un sujeto o movimiento social de nuevo tipo, capaz de aportar al movimiento popular y democrático en su conjunto algunas importantes lecciones: la participación real, la búsqueda de la autonomía, relaciones más horizontales entre dirigentes y dirigidos, etc.

Según el enfoque de la hipótesis intermedia, tanto en su versión primera como en esta variante más abierta, lo específicamente económico de estas organizaciones no es importante; ello interesa en cuanto puede ser necesario para que las personas se motiven y para que las organizaciones se consoliden. Pero más importante que todo ello es el potencial de concientización y movilización política, sea en una perspectiva tradicional o en otra renovada. En resumidas cuentas, la hipótesis intermedia es una hipótesis que podemos considerar como “politicista”.

VI. LA HIPÓTESIS MÁXIMA, CON EXPLICACIONES ADICIONALES.

Según la hipótesis máxima, el fenómeno que estamos analizando sería portador de un nuevo modo de organización y de acción transformadora, al menos en forma germinal o embrionaria. Aunque ha surgido como respuesta ante situaciones determinadas, la novedad que trae es un aporte decisivo, que implica potencialmente la superación de los modos tradicionales de organización popular. Su valor no se limitaría al hecho de ser una respuesta adaptada a la realidad de los problemas actuales, sino que se proyecta más allá de éstos, como un proceso que desde la base social se extiende hacia la implementación de formas y relaciones humanas y sociales alternativas y superiores. El contexto económico y político actual es limitante de su desarrollo, de modo que el cambio de estas condiciones no las haría desaparecer sino que, por el contrario, permitiría un despliegue más rápido y amplio de sus potencialidades; en tal sentido, se le considera como un fenómeno que tiene perspectivas de permanencia y de autonomía, siendo esperable que se modifique por crecimiento y desarrollo cualitativo de sus propias características y no por absorción dentro de otros modos de organización y de acción.

Para llegar a esta valoración máxima de las experiencias y organizaciones solidarias se parte de un diagnóstico según el cual la crisis que vivimos no es solamente la de éste régimen económico-político, o sólo del capitalismo subdesarrollado, sino una crisis de civilización. Estaría en crisis la sociedad industrial y las formas estatales modernas, es decir, una civilización que se ha construido en torno a dos grandes pilares: la gran industria en lo económico, y el Estado en lo político. Sería la crisis de una civilización basada en la competencia, en el conflicto y en la lucha; de una civilización que pone en la conquista del poder estatal y en el desarrollo de grandes conglomerados económicos la solución a las necesidades humanas y sociales. En consecuencia, sería una crisis que afecta a los distintos modelos o sistemas de organización socio-políticos, incluidos los modelos socialistas que también son sociedades fundadas en esos mismos dos grandes pilares de la gran industria y del Estado.

¿En base a qué puede pensarse que estas organizaciones de base y estas experiencias solidarias constituyen una forma de respuesta ante una crisis tan global y profunda? La pregunta es decisiva, porque mientras mayor sea la crisis y más complejo y amplio el desafío que nos pone, más se hace patente la desproporción que puede haber entre la tarea por realizar y el desarrollo real alcanzado por estas pequeñas organizaciones, o sus potencialidades efectivas para cumplirla. Es conveniente profundizar un poco más el tema, porque el planteamiento de esta tercera hipótesis es menos conocido que el que subyace bajo las dos hipótesis anteriores, y porque nos aporta importantes elementos cognoscitivos para responder a la interrogante principal que nos ocupa.

Lo peculiar de la crisis que vivimos sería su integralidad, su “organicidad”, en el sentido de que abarca todos los aspectos de la vida humana (aspectos económico, social, político, cultural y moral) y que afecta los distintos planos o niveles en que se organiza la experiencia del hombre y de la sociedad contemporánea, desde lo individual a lo planetario. Encontramos manifestaciones de estas crisis en varios planos:

a) En el plano individual, se manifiesta como deterioro tendencial de los equilibrios psicológicos de las personas, fenómeno que se expresa en el incremento de las neurosis y otras psicopatías, en los comportamientos anómicos y en la pérdida de sentido de la vida, en la drogadicción y otros “escapismos”, etc.

b) En el plano social a nivel de los países, la crisis se manifiesta como deterioro tendencial de los equilibrios socio-políticos, que se expresa en el incremento de las pugnas corporativas, en la expansión del terrorismo, de la tortura, de la marginación y exclusión social, en la creciente ingobernabilidad de los Estados nacionales, en la carencia de alternativas políticas basadas en las formas tradicionales de acción; sucede incluso que lo que se postula como respuestas opositoras al status quo lleva a agudizar los problemas y desequilibrios, y a menudo se traduce en un incremento del poder y de la fuerza de los adversarios, sin que se abran caminos claros de superación de los antagonismos.

c) En el plano mundial, la crisis se manifiesta como deterioro tendencial de los equilibrios internacionales, que se expresa en el armamentismo, el peligro nuclear, la pérdida de capacidad de acción de los organismos internacionales, la agudización de los conflictos económicos entre las naciones, etc.; los desequilibrios norte-sur, entre los países desarrollados y subdesarrollados, son tan fuertes que no es posible pensar en disminuir a mediano plazo la brecha que existe entre unos y otros, puesto que mientras los primeros están viviendo la tercera revolución industrial (revolución cibernética o científico-técnica) los segundos están viviendo procesos de desindustrialización, empobrecimiento y endeudamiento creciente. Mientras esto sucede, tampoco se resuelve el conflicto entre los países socialistas y capitalistas, porque el gran problema es que mientras la vida económica tiende al internacionalismo y al cosmopolitismo, la vida política sigue desarrollándose en términos nacionalistas y de bloques.

d) En el plano ecosocial y planetario, se manifiesta la crisis como deterioro tendencial de los equilibrios ecológicos, que se expresa en la contaminación de los ríos y aguas, la extinción de especies vegetales y animales, la lluvia ácida, la deforestación, la erosión, la polución en las ciudades, etc.; el modo moderno y contemporáneo de las relaciones del hombre con la naturaleza está provocando desequilibrios tan profundos que amenazan a los mismos procesos que los generan: a la gran industria y a los Estados, grandes poderes concentrados que tienen necesidad de grandes instrumentos, de grandes aparatos, de grandes ejércitos y armamentos, de grandes masas de energía cada vez más difíciles de mantener bajo control.

Desde este diagnóstico de la crisis el interés por las experiencias de economía popular y solidaria se acrecienta. Porque es lógico pensar que, si la crisis ha de tener solución, es probable que ésta se encuentre ya presente, en germen, en la realidad. Y es también lógico pensar que si una alternativa frente a la crisis está emergiendo de alguna parte, será desde los sectores que la están experimentando en sus formas más agudas y radicales, o sea, desde los sectores populares más pobres. Porque tienen menos participación y están menos comprometidos con el orden establecido que está en crisis, y también porque al experimentar los efectos de la crisis en formas más extremas es natural que reaccionen a ella antes que otros sectores. Si la crisis es generalizada todos seremos afectados, pero en distinto grado, intensidad y momento; los primeros afectados son obviamente los sectores más desprotegidos, los que tienen menos elementos de poder, menos medios para defenderse; y por lo tanto comenzarán también antes a reaccionar. Junto a ellos, también se adelantarán en la búsqueda de alternativa personas de otros sectores sociales que son particularmente sensibles, abiertos y disponibles para cambiar de modos de pensar, de sentir y de comportarse, asumiendo una responsabilidad y un compromiso en la búsqueda y construcción de un modo distinto de hacer las cosas y de vivir.

Desde un diagnóstico que afirma que la propia supervivencia de la humanidad está amenazada crecientemente, las organizaciones que nacen para enfrentar este problema porque lo empezaron a vivir antes adquieren un significado nuevo y decisivo, pues podremos vislumbrar en ellas elementos de respuesta más general, líneas de solución, caminos de búsqueda que probablemente continuarán experimentándose y extendiéndose en la medida que los efectos de la crisis sigan expandiéndose hacia otros sectores. Desde un diagnóstico que concibe la crisis como resultado de un cierto tipo de desarrollo unilateral en lo económico, en lo político y en lo cultural, y que la identifica como crisis de una civilización fundada en el individualismo, la acumulación de riquezas y de poder, el gigantismo industrial y burocrático, etc., es natural valorizar y aspirar al desarrollo de formas de organización y de acción en los que emergen como valores la comunidad y solidaridad, la descentralización del poder y de los bienes, la pequeña escala y la participación, la centralidad y preeminencia del trabajo y del hombre sobre el capital y las cosas.

Si a la hipótesis mínima y a la intermedia las pudimos considerar, respectivamente, como economicista y politicista, esta tercera hipótesis interpretativa del fenómeno que nos interesa la podemos denominar también como “culturalista”, pues pone el énfasis en los elementos valóricos y en el significado de las experiencias en relación a la emergencia y desarrollo de nuevos modos de pensar, de sentir, de relacionarse, de actuar y de hacer las cosas. Desde esta hipótesis lo específicamente económico de estas organizaciones populares solidarias ocupa un lugar y una importancia fundamental; pero lo económico es entendido en términos muy amplios, no sólo como la producción, distribución y consumo de los bienes y servicios materiales sino como “la manera de hacer las cosas” y de satisfacer las necesidades humanas en su integralidad, en base a la utilización racional de los medios disponibles que se presentan como escasos. Más que en las actuales “estrategias de sobrevivencia” el pensamiento se proyecta hacia su desarrollo en la perspectiva de llegar a constituirse como “estrategias de vida”.

VII. COMENTARIOS FINALES.

El plantear tres hipótesis interpretativas diferentes frente a un mismo fenómeno social, deja una cierta ambigüedad. Del conjunto de la exposición del tema resalta por lo menos un interés especial que mostramos por la “hipótesis máxima”, y hemos explícitamente destacado que ella aporta importantes elementos cognoscitivos para responder a la interrogante sobre la inserción y el aporte de la economía de solidaridad en un proyecto de transformación social y de desarrollo. Aún así, es importante decir que las tres hipótesis contienen elementos reales, porque en la experiencia y en la práctica de estas organizaciones y experiencias hay aspectos y características que pueden ser rescatadas para cada una de las perspectivas o enfoques individuados, con sus respectivas variantes. Y también es relevante que en el seno de estas experiencias actúan personas que conciben y proyectan estas organizaciones en las varias perspectivas señaladas, lo cual influirá evidentemente sobre el destino que de hecho tengan y las potencialidades que lleguen o no a concretizar. Lo que en definitiva suceda depende de los protagonistas y de las organizaciones mismas, de cuáles sean las opciones que vayan adoptando en su concreto accionar.

Miradas en profundidad, las tres hipótesis pueden considerarse como “ideológicas”, en el sentido de que totalizan excesivamente la realidad, toman la parte por el todo, y confunden elementos de respuesta con la respuesta completa. De este modo, cada una ofrece un cuadro coherente, claro, simple, que puede ser bastante dinamizador de la acción, pero que en cuanto explicación de conjunto es demasiado apresurado, pre-científico.

En relación con la hipótesis máxima convendría señalar, por ejemplo, que el diagnóstico de la crisis aún cuando sea válido en lo esencial puede ser engañoso si no se tiene en cuenta que lo que se engloba bajo el concepto de crisis “orgánica” o de civilización no es el derrumbamiento de la realidad entera, de modo que el diagnóstico de ésta debiera incluir una atenta consideración de aspectos positivos, tendencias y potencialidades presentes también en nuestras sociedades y que no podríamos definir como estando en crisis.

También con respecto a la alternativa habría que pensar que junto a estas experiencias emergentes hay muchas otras con las que pueden confluir en una misma perspectiva de transformación y desarrollo; que un proyecto orientado hacia la emergencia de una nueva civilización debe incluir una multiplicidad de procesos económicos, sociales, políticos y culturales, a través de una pluralidad de sujetos y movimientos organizados, y a través de respuestas a la crisis que se desplieguen en los varios planos en que ésta se manifiesta: individual, social, nacional, internacional, planetario.

Sobre todos estos aspectos no podemos ahondar ahora debiendo limitarnos a remitir a los interesados a otros trabajos que hemos escrito al respecto(*). Por lo demás, las preguntas que han guiado nuestro análisis permanecen abiertas, y merecen y requieren la reflexión permanente y el aporte de todos los que de una manera u otra participamos del proceso. Nos parece oportuno terminar la exposición con dos breves reflexiones suplementarias.

La primera es que, cualquiera sea el enfoque con que nos aproximemos a estas experiencias, y cualquiera sea la hipótesis o la variante que interprete mejor nuestro punto de vista, estas organizaciones y experiencias podrán hacer su contribución frente a los problemas reales y actuales y en vistas de un proceso hacia una mejor sociedad, sólo si ellas existen, se perfeccionan, van superando sus variadas y grandes dificultades, consolidan su identidad y se desarrollan; y todo ello no depende tanto de concepciones y opciones globales sino de acciones concretas, de las pequeñas decisiones y actividades que a diario se van tomando en cada grupo, del compromiso real que asuman sus integrantes y las personas que los apoyan, del trabajo que se haga, de los encuentros de reflexión, de las reuniones de coordinación, etc. Nuestras reflexiones nos hacen volver entonces hacia las cuestiones prácticas, y en particular a la búsqueda de la eficiencia tanto en las actividades internas de las organizaciones como en aquellas que se despliegan desde las instituciones de apoyo y de servicio. Pero en ese retorno a lo concreto no olvidaremos que los criterios de eficiencia propios de una economía popular y solidaria no son los mismos que rigen en las racionalidades económicas predominantes.

La segunda reflexión la hacemos desde un punto de vista específicamente cristiano, y tiene validez sólo en este contexto. Enfrentados a la tarea de construir una civilización del amor y del trabajo, a la tarea de evangelizar la cultura, y también la economía y la política, los cristianos queremos creer que tanto el proyecto global como los pasos prácticos que orientemos en tal dirección son posibles y "viables". ¿No consiste en ello la esperanza?

El Evangelio nos pone en una situación paradójica muy especial. Por un lado, nos plantea los ideales, objetivos y proyectos más grandiosos, tales que desde un punto de vista puramente humano no vacilaríamos en calificar como “utópicos” e irrealizables; por otro lado, somos precisamente los cristianos los más conscientes de las limitaciones intrínsecas del hombre, porque conocemos el pecado que nos coarta la libertad, la solidaridad, la creatividad y el esfuerzo de trabajar. Como sabemos esto, no mitificamos nunca las experiencias sino que las miramos con ojos particularmente vigilantes y críticos; pero por la misma razón debemos valorar como un don precioso que cultivar, hasta las más pequeñas expresiones de la solidaridad, la libertad la creatividad y el trabajo humanos. Verdaderamente, para que la economía solidaria sea efectivamente “viable” debemos esforzarnos por insertar en ella un “suplemento de alma”: la fuerza transformadora de El que trabajó en un pequeño taller solidario en Nazareth.

 

* Ver: Las empresas alternativas, ediciones PET 1986; Las organizaciones económicas populares más allá de la subsistencia, documento PET 1985; El Cooperativismo y la autogestión en la democratización del mercado y del Estado, documento PET 1983; La civilización del amor y la economía de solidaridad, Boletín “Fe y Cultura”, diciembre 1985; Democratización económica y democratización política, ediciones MINGA 1986; Economía de solidaridad y mercado democrático (2 vol.), ediciones PE T 1985-86.