LOS MOTIVOS DE LA ECONOMÍA DE SOLIDARIDAD

Luis Razeto

Ponencia presentada en el Seminario-Consulta ¿Hacia una Nueva Economía Interdependiente? Deuda Externa y Esquemas Culturales en Latinoamérica. Santiago, noviembre de 1990.

El tema que los organizadores del seminario han puesto a mi exposición –la economía de solidaridad- no puede ser adecuadamente enfocado en los veinte minutos previstos para hacerlo. Podemos intentar una especie de introducción al tema, repasando las diferentes motivaciones que llevan a interesarse y comprometerse en esta búsqueda. ¿Cuáles son las situaciones y motivos que hacen hoy necesaria la solidaridad económica, o más precisamente, que plantean la exigencia de introducir la solidaridad en la economía?

Dije “introducir la solidaridad en la economía” con una muy precisa intención. Estamos habituados a pensar la relación entre la economía y la solidaridad de otra manera. Se nos ha dicho muchas veces que debemos solidarizar como un modo de paliar algunos defectos de la economía, o de resolver ciertos problemas que la economía no ha podido superar. Tendemos así a suponer que la solidaridad debe hacerse después que la economía ha cumplido su tarea y completado su ciclo. Primero estaría el tiempo de la economía, en que los bienes y servicios son producidos y distribuidos. Una vez efectuada la producción y distribución, sería el momento de la solidaridad, para compartir y ayudar a los que resultaron desfavorecidos o que están más necesitados. La solidaridad empezaría cuando la economía haya terminado su tarea y función específica.

Lo que sostengo es distinto a eso, a saber, que la solidaridad se introduzca en la economía misma, y que opere en las diversas fases del proceso económico, o sea en la producción, distribución, consumo y acumulación. Y que así como la solidaridad debe hacerse presente en la práctica de los procesos económicos, se introduzca y haga presente también en la teoría económica, superando una ausencia muy notoria en una disciplina en que se habla habitualmente de valores humanos y sociales como los de libertad, justicia y eficiencia, pero en la cual la solidaridad pareciera no encajar espontáneamente.

Encuentro al menos seis situaciones y motivos, de distinto nivel y sentido, que nos indican la necesidad de incorporar la solidaridad en la teoría y en la práctica de la economía, y que al mismo tiempo constituyen como vías por las que diferentes personas acceden o se aproximan a buscar alguna participación en la economía de solidaridad.

La primera situación a que aludo es la pobreza, que en los últimos quince años en Chile y en toda América Latina se ha incrementado y se ha transformado. Por un lado ha crecido notoriamente la cantidad de personas, familias y grupos sociales que no alcanzan una adecuada satisfacción de sus necesidades esenciales. Ha crecido la distancia que separa a los ricos y a los pobres. Por otro lado, se ha verificado una transformación en la realidad de la pobreza.

La pobreza ha crecido en cuanto existe una masa social de personas que han sido excluidas del empleo y del consumo después de haber experimentado algún nivel de participación e integración; pero con ello el mundo de los pobres también se ha enriquecido de capacidades y competencias técnicas y de organización, las que no han permanecido inactivas por el hecho de que las empresas y el Estado no las ocupen.

Se viene verificando, así, el surgimiento de una ingente cantidad y variedad de actividades y organizaciones económicas, a través de las cuales, en los diferentes países latinoamericanos, numerosos sectores populares han desplegado iniciativas personales, familiares, asociativas y comunitarias, generando una increíblemente variada economía popular.

Es el pueblo pobre y marginado que se ha activado económicamente y que espera satisfacer sus necesidades y abrirse caminos en la vida no sólo mediante la oferta pasiva de sus fuerzas de trabajo en el mercado, o mediante la pura reivindicación de sus derechos ante el Estado y los organismos públicos, sino basándose en sus propias fuerzas y recursos y a menudo asociándose y organizándose grupal y comunitariamente.

La pobreza y esta economía popular que emerge de ella constituyen un primer motivo que nos orienta en la perspectiva de la economía de solidaridad, porque los modos de hacer economía que surgen del pueblo, espontáneamente o por inducción de agentes externos que los apoyan, no corresponden a aquellas formas del comportamiento teorizadas por las teorías económicas convencionales. Observamos, en efecto, que al menos una parte de esta economía de los pobres da lugar a comportamientos que no corresponden a los del homo oeconomicus supuesto por las teorías neoclásicas, sino en otros que expresan una cultura mejor predispuesta a encontrar en la comunidad y en el entorno social más próximo los medios necesarios para vivir. Esta economía popular de solidaridad ha sido y está siendo capaz de suscitar, además, el movimiento de solidaridad de personas e instituciones que están dispuestas a colaborar con ella mediante la aportación de recursos, ideas y trabajo.

Una segunda situación que indica la necesidad de introducir más solidaridad en la economía y que también motiva una búsqueda en torno a la economía de solidaridad, es la percepción –que hoy se impone con la fuerza de la evidencia- del fracaso definitivo de los intentos históricos de superar el capitalismo por la vía de las transformaciones estructurales que llevaron al establecimiento de modelos económicos estatales y regulados por mecanismos centralizadores de planificación. Junto a dicho fracaso –que es práctico y teórico a la vez-, asistimos a una reafirmación del capitalismo a través de expresiones neo-liberales bastante radicalizadas, que nos muestran que este sistema económico no sólo se mantiene sino que es capaz de proporcionar incrementos considerables de la producción de bienes materiales y de reivindicar por ello eficiencia; pero no resuelve los graves problemas de la extrema pobreza, de la marginación de sectores y categorías sociales numerosas, y que lejos de encaminarnos hacia una real superación de la crisis de sociedad que nos afecta, parece llevarnos hacia una aún más profunda crisis de civilización. La convicción de muchos en tal sentido indica la necesidad de continuar buscando caminos económicos alternativos tanto al capitalismo como al socialismo. En esa búsqueda surgen experiencias que van abriendo un camino y que establecen interesantes nexos con el fenómeno mencionado de la economía popular.

Una tercera situación que propicia la elaboración práctica y teórica de la economía de solidaridad se origina en los movimientos cooperativo y de autogestión. Ambos movimientos han constituido por muchas décadas los principales procesos de construcción de formas económicas alternativas, sociales y humanistas, y probablemente seguirán siéndolo. Pero, aunque es cierto que estos movimientos se han extendido por todas las ramas de la economía y por todos los países del mundo, el Cooperativismo y la autogestión han manifestado límites y crisis en su crecimiento, y no han llegado a imponerse como sujetos históricos autónomos dotados de efectiva capacidad de dirección de los cambios económicos y del desarrollo. Aunque no han dejado de gozar de un muy elevado consenso moral, hemos de reconocer que se mantienen en un plano subordinado respecto de las grandes tendencias de la economía y la política

.Es pertinente interrogarse, entonces, cuáles sean las potencialidades que subsisten para que el Cooperativismo y la autogestión desarrollen fuerzas propias de respuesta a la crisis económico-social contemporánea y de transformación económico-política. Ello requiere profundizar las causas que explican el desarrollo parcial y los problemas encontrados en su expansión. Y plantea la necesidad de indagar más a fondo, y más allá de las orientaciones más doctrinarias que científicas que hasta ahora han predominado en el seno de los movimientos cooperativos y autogestionarios, sí acaso es posible el desarrollo de nuevas formas económicas alternativas que, manteniendo los principios y valores de cooperación y autogestión, resulten más eficientes para operar en el mercado y en las economías actuales.

La cuarta situación que induce a la búsqueda de una economía de solidaridad es la percepción de que en América Latina no terminamos de enrielar por una vía de desarrollo eficaz. Que sea necesaria una estrategia alternativa de desarrollo, resulta evidente dado el fracaso de las estrategias conocidas y aplicadas; pero además, es cada día es más clara la necesidad de que lo alternativo sea no sólo la estrategia, sino también el desarrollo perseguido. Primero, porque la pobreza en que se mantienen multitudes crecientes no alude sólo a una insuficiente integración a un proceso dinámico, sino a la incapacidad estructural de la economía tal como se encuentra organizada, para absorber las capacidades de trabajo y las necesidades de consumo de esa población marginalizada. Segundo, porque aquel segmento de nuestras economías que ha logrado crecer y modernizarse manifiesta perfiles de notable unilateralidad, de modo que quienes tienen acceso a sus beneficios materiales no encuentran sin embargo oportunidades reales de satisfacer otras necesidades y aspiraciones superiores de la persona y de la comunidad, permaneciendo en la pobreza y el subdesarrollo respecto a necesidades culturales, relacionales y espirituales cuya satisfacción requeriría otra organización de la economía.

La demanda de un desarrollo alternativo, que ofrezca respuestas a ambas formas de la pobreza, es otra fuerza que orienta hacia la solidaridad en la economía.

El quinto motivo (razón y vía de acceso) para buscar la economía de solidaridad es el problema de la crisis ecológica, que cada vez más se manifiesta como cuestión económica estructural, parte de un problema más profundo de la civilización industrial, materialista y consumista en que vivimos. Los desequilibrios ecológicos enraízan en el modo en que se realiza el intercambio vital entre el hombre y la naturaleza que se verifica en el trabajo y el consumo, o sea en la economía. Un incremento de la solidaridad en el trabajo, en la distribución y en el consumo, comienza a ser percibido como la forma más eficaz de superar una vasta gama de los problemas ecológicos que nos amenazan.

La última –pero no menos importante- de las motivaciones que llevan a buscar teórica y prácticamente en la perspectiva de la economía de solidaridad es una preocupación específicamente cristiana. El campo de las actividades y estructuras económicas es un ámbito donde se ponen en juego y a prueba los principales valores y principios del cristianismo. Y el panorama que presenta la economía enfocado desde la óptica de dichos valores y principios resulta altamente insatisfactorio. Por un lado, la ingente pobreza extrema que afecta a multitudes; por otro, el individualismo y la búsqueda apasionada de la riqueza material; en fin, el sometimiento de los hombres a estructuras, leyes y planes supuestamente objetivos. Todo ello hace pensar que es quizás en la economía donde podemos observar los mayores distanciamientos en el comportamiento y en las formas de pensar y de sentir, respecto a los criterios del evangelio.

Frente a esto, surge también la búsqueda de formas nuevas de hacer economía. Ello puede formar parte del esfuerza por desplegar una más profunda evangelización de la cultura, que implica también evangelizar la economía y la política. Un estímulo muy directo y específico hacia la economía de solidaridad provino de Juan Pablo II hace dos años, cuando en la sede de la CEPAL y enfocando directamente nuestra realidad económica latinoamericana, instó a “construir en la región una economía de la solidaridad”, añadiendo que “en esa economía solidaria ciframos todas nuestras mejores esperanzas para la región".

Al enunciar estas seis principales situaciones que motivan la búsqueda de una economía de solidaridad estamos ya indicando cuáles son sus contenidos y orientaciones más relevantes, así como las tareas indispensables para promoverla. Entre éstas, quisiera reiterar la importancia del estudio, la reflexión y la indagación, no porque sean más relevantes que las actividades prácticas y de servicio o promoción, sino porque en nuestro medio suele prestárseles menos atención.

Ustedes saben que en las diferentes teorías económicas existentes escaso espacio se ha dado a la cooperación y la comunidad. La gravitación que el fenómeno está llamado a alcanzar plantea entonces la exigencia de llenar el vacío. Pero no se trata solamente de efectuar una aplicación de los conceptos, fórmulas y modelos que han sido formulados a partir de realidades económicas tan distintas a las que aquí nos interesan, pues con ello avanzaríamos demasiado poco. Debemos asumir que estamos realmente buscando y desplegando una distinta racionalidad económica, cuya comprensión exige nuevos conceptos y una nueva teoría económica.

Cualquier proyecto de cambio necesita un gran despliegue de la reflexión, porque el puro esfuerzo práctico y organizativo no acompañado de la indispensable elaboración y estudio que otorgue coherencia, orientación y potenciamiento a las experiencias prácticas, probablemente lo haría permanecer en un plano subordinado. Es la reflexión y el trabajo intelectual el que puede conducir los movimientos y procesos prácticos a la verdadera autonomía, guiándolos a niveles de realización más eficientes y amplios, potenciándolos en sí mismos, legitimándolos socialmente, llevándolos a un nivel de superior coherencia, proporcionándoles el indispensable fundamento conceptual.

Del estudio, la reflexión y el intercambio de experiencias e ideas en torno a la economía de solidaridad emerge la posibilidad de una profunda renovación de la teoría económica general; pero no se crea que ello sea tarea exclusiva para los especialistas. Y no sólo porque, como se ha dicho, los asuntos de la economía son demasiado importantes para todos como para dejárselos sólo a los economistas. Más aún, da la impresión de que desde la disciplina institucionalizada no provendrá esta renovación en la amplitud y con la urgencia requerida.

Por lo demás, la ciencia económica no es una disciplina autónoma que tenga en sí misma todos los elementos indispensables para su desarrollo, sino que encuentra en otras ramas del saber bases y fundamentos necesarios para su formulación. Así, en cuanto indaga en torno a la racionalidad y se interroga por las necesidades y el bienestar del hombre, hunde sus raíces en la filosofía; en cuanto es un saber que se refiere a las opciones y alternativas que enfrentan los individuos, grupos y sociedades, a los cuales aporta también indicaciones normativas, convoca y recurre a la ética y la axiología; en cuanto estudia el comportamiento de los hombres, requiere fundarse en la antropología y la psicología social; en cuanto los fenómenos y procesos que investiga tienen un carácter social inherente, supone conocimientos que son proporcionados por la historia, la sociología y la ciencia política.

Pero más allá de todo esto, y en la base de cualquier elaboración intelectual que sirva, se encuentra la experiencia humana, multifacética y permanentemente enriquecida con nuevos elementos, reflexionada en diversos grados por los mismos que la van desplegando, compartida en innumerables conversaciones, encuentros y ocasiones de las más variadas. Desde dicha experiencia emerge el pensamiento y el concepto, y sólo en referencia a ella el trabajo intelectual encuentra su pleno sentido.

De todas maneras, la economía de solidaridad no ha de surgir a partir de la pura reflexión y el estudio, ni tampoco de la experiencia práctica, por más intensa que sea, sino de la unión mutuamente enriquecedora entre ambas.

En la época moderna se ha hablado tanto de la unión entre la teoría y la práctica, pero quizás como nunca ellas han transitado por caminos separados. Lo que suele olvidarse es que el nexo entre la teoría y la práctica no es algo inherente a la teoría o a la práctica en sí mismas, sino que es un vínculo ético. Se sabe que la unidad de teoría y práctica requiere autenticidad, compromiso, consecuencia. Me atrevo aquí a agregar que l nexo que une teoría y práctica es un vínculo profundo de solidaridad, que se construye cuando hay solidaridad entre las personas involucradas en una práctica, una experiencia y un ideal compartidos.

Termino, pues, apuntando que no podemos introducir la solidaridad en la teoría y en la práctica de la economía si no somos nosotros mismos solidarios. Vivir la solidaridad nos hace perfeccionar nuestra experiencia, enriquecer nuestra reflexión, y nos lleva a unir ambas en un proceso de desarrollo integral; ésta es también una invitación a hacerlo.