PARA COMPRENDER EL MERCADO, LA RECESIÓN Y LOS AJUSTES AUTOMÁTICOS

Luis Razeto

Artículo publicado en la revista Proposiones, octubre de 1982.

“La economía es la ciencia que debe mostrar las relaciones y el movimiento de las multitudes”.

“Es interesante observar como en economía
todas las conexiones son reactivas,
como los grupos e intereses particulares se asocian,
tienen influencias unos sobre otros
y experimentan recíprocamente su fuerza y su oposición”.
F.G.W. Hegel.


Los análisis de algunos economistas sobre la “coyuntura”, la “recesión”, la “inflación”, “los ajustes automáticos” y demás fenómenos del mercado parecen suponer que la realidad económica es un conjunto de cosas, cantidades, variables y tendencias que interactúan mecánicamente en una especie de universo especial, donde rige una extraña lógica objetiva que funciona independientemente de la voluntad de los hombres. “Si disminuye la cantidad de dinero, sube la tasa de interés y caen las ventas, consiguientemente tienden a reducirse las importaciones, de modo que disminuye el déficit de la balanza comercial; entonces el flujo de créditos externos, aumentará la cantidad de dinero, bajará la tasa de interés y la economía se habrá equilibrado automáticamente”. Razonamientos de este tipo pueden seguir distintos recorridos lógicos, según se incorporen nuevas y distintas variables.

Con tal modo de analizar los fenómenos económicos, se llega a considerar “explicado” un proceso, una coyuntura o un hecho particular, cuando se ha presentado la interconexión existente entre las variables más importantes que los determinan. Pero al proceder de este modo el análisis permanece exterior y superficial. Y las predicciones que se hagan proyectando hacia el futuro las líneas de tendencia pasadas y presentes pueden resultar sustancialmente equivocadas, a veces.

En este artículo nos proponemos examinar algunos conceptos claves del análisis económico, descentrando ciertos elementos estructurales que habitualmente quedan fuera de los análisis de coyuntura y que, sin embargo, son constitutivos de los procesos que se estudian. Ello nos permitirá comprender también por qué fallan, a veces, las proyecciones y predicciones de los economistas (1).

¿QUÉ ES EL MERCADO?

Vivimos en una economía “de mercado”, y es en el mercado donde se originan, desarrollan y encuentran o no solución los fenómenos, procesos y problemas que nos interesa comprender. Versarán sobre el mercado nuestras primeras reflexiones.

Los economistas ofrecen distintas definiciones del mercado. Unos lo conciben como un mecanismo de regulación de la oferta y demanda de bienes, servicios y factores económicos a través del sistema de precios. Otros subrayan que el mercado es un mecanismo de asignación de recursos y de distribución de los ingresos en una economía determinada. Otros, en fin, lo consideran como un mecanismo de coordinación de las decisiones económicas.

Estas tres concepciones del mercado, en cierto modo complementarias, tienen una indiscutible validez para determinados niveles de análisis de los procesos económicos; cada una de ellas pone de manifiesto elementos distintos de la realidad representada. Todos ellos presentan, también, limitaciones intrínsecas vinculadas al grado de abstracción que les es propio.

El primero de los conceptos mencionados es el más “abstracto” en el sentido de que hace abstracción más plena de los factores sociales y subjetivos de la realidad económica. En él se identifican dos grandes variables principales –la oferta y la demanda-, cuyas relaciones cambiantes inciden en la formación de los precios –un dato monetario- y en la regulación de los circuitos de la producción, circulación y distribución que en su evolución manifiestan tendencias objetivas. Se representan así, en términos de variables, interrelaciones entre variables, datos y tendencias, lo que en la realidad está constituido por sujetos, actividades, fuerzas conscientes y relaciones sociales.

En efecto, las variables económicas no son en último análisis sino una representación abstracta de conjuntos relativamente homogéneos de sujetos de acción: empresarios, comerciantes, consumidores, asalariados, financistas, ahorrantes, poder público, etc., que toman decisiones económicamente racionales; los datos económicos son en definitiva el resultado de sus decisiones y actividades, así como las tendencias económicas no son sino la representación de las direcciones definidas por la confluencia y composición de fuerzas subjetivas reales.

La “cosificación” de los procesos económicos ha sido criticada por muchos. Oscar Morgenstern, por ejemplo, en relación al concepto de competencia que ocupa un lugar tan central en la teoría del mercado, señala: “La competencia significa lucha, pelea, maniobra, engaño, ocultamiento de información, y precisamente esa palabra se emplea para describir una situación en que nadie tiene influencia alguna sobre nada, donde no hay ganancia ni pérdida, donde todos afrontan condiciones fijas, precios dados, y sólo deben adaptarse a ellos para alcanzar un máximo individual que aún puede ser cero como en el caso de los beneficios. Y sin embargo. ¡esto es lo que fundamentalmente interesa a la mayoría de los teóricos económicos y sus libros de texto!” (2)

El error de muchos críticos está, sin embargo, en creer que habiendo criticado el concepto pueden prescindir de él, y lo rechazan. Cuando la teoría económica ha aislado las variables y hechos económicos de las combinaciones sociales e intersubjetivas en las que realmente se presentan, y establecido relaciones de causa y efecto, de premisa y consecuencia, lo que ha hecho ha sido proporcionar un esquema abstracto, un modelo teórico de una determinada sociedad económica; esto es legítimo y científicamente relevante. El problema se produce –y es esto lo que la crítica denuncia- cuando el economista “olvida” la relación de las variables y tendencias económicas con los procesos sociales y subjetivos y convierte en absolutos los nexos abstractos, como si operaran independientemente de la voluntad de los hombres.

Menos abstractos, aunque también menos operacionales, son los otros conceptos de mercado que mencionamos. En ellos las dimensiones sociales, subjetivas y conflictivas aparecen, si bien veladamente y en forma parcial. En efecto, la asignación de recursos y la distribución de los ingresos son procesos sociales que implican fuerzas subjetivas que disputan entre sí recursos limitados e ingresos socialmente producidos. Del mismo modo, al concebir las relaciones económicas en términos de decisiones coordinadas por el mercado, se pone en evidencia la voluntad de los sujetos que actúan con cierto grado de imprevisibilidad frente a las alternativas que enfrentan.

Tal reconocimiento permanece, sin embargo, implícito y velado: en vez de explicitar el conflicto social, subjetivo, presente en el funcionamiento del mercado, más bien se lo oculta con el uso de la expresión “mecanismo”, metáfora que sugiere la idea de un procedimiento objetivo y automático. No obstante esto, el reconocimiento implícito de las dimensiones subjetivas y sociales que en tales conceptos se hace, sumado a la identificación del referente empírico que subyace tras las variables, nexos y tendencias del primero de los conceptos mencionados, nos pone en condiciones de comprender la realidad del mercado a un nivel a la vez más profundo y concreto.

Podemos percibirlo ahora, como un complejo sistema de relaciones de fuerza entre todos los sujetos, individuales y colectivos (personas, familias, empresas, instituciones, organismos públicos, grupos intermedios, organizaciones y asociaciones, etc.), que ocupan diferentes lugares en la estructura económico-social, realizan distintas actividades, cumplen distintas funciones y participan con distintos fines e intereses en un determinado circuito económico relativamente integrado, o sea, que forman parte de una cierta formación económico-política en el ámbito de cuyos procesos de producción e intercambio persiguen la satisfacción de las propias necesidades, aspiraciones e intereses.

Cada uno de los sujetos individuales y colectivos que forman parte del mercado despliega en éste sus propias fuerzas con el objeto de participar en la distribución de bienes y servicios producidos socialmente, y en la asignación de los recursos disponibles, de la forma más amplia, conveniente y adaptada a su modo de ser que sea posible. Es un sistema de relaciones de fuerza porque los distintos sujetos que en él se relacionan luchan por los recursos, bienes y servicios, actuando independientemente o asociándose, estableciendo alianzas, buscando protecciones y privilegios, siguiendo distintas estrategias y utilizando diferentes tácticas.

El mercado, por otra parte, no es una realidad solamente económica; los sujetos que despliegan en él sus acciones son fuerzas sociales que potencian sus posiciones organizándose, adquiriendo coherencia ideológica y cultural, tomando conciencia de sus propios intereses y posibilidades, actuando políticamente sobre la sociedad y el Estado para incrementar su poder de presión y dirección.

La institucionalidad jurídica y política regula el accionar de los distintos sujetos sociales y económicos, garantizando los derechos y deberes, estableciendo los límites y posibilidades de un accionar legítimo, favoreciendo algunos sectores sociales sobre otros, subsidiando y protegiendo, etc. En tal sentido, ella es también parte integrante –relevante- del mercado.

En síntesis, la competencia es lucha, y el mercado es un sistema de relaciones de fuerza, como lo define A. Gramsci: “El mercado determinado es una determinada correlación de fuerzas sociales en una determinada estructura del aparato de producción, relación garantizada (es decir, hecha permanente) por una determinada superestructura política, moral, jurídica”.

INFLACIÓN

Los procesos y tendencias del mercado son expresiones de esta lucha y de esta correlación de fuerzas. Los son, por ejemplo, los fenómenos conocidos como inflación y recesión.

La inflación, en efecto, no es un simple fenómeno de precios sino que, más profundamente, consiste en un proceso de redistribución de la riqueza social, y expresa en tal sentido un movimiento o un cambio en la correlación de las fuerzas sociales. Cambio que puede favorecer persistentemente a algunos sectores y agentes económicos determinados, o bien implicar alternativamente el enriquecimiento de sectores socioeconómicos diferentes. En este último caso, la inflación pondría en evidencia una inestabilidad en las relaciones de fuerza, un equilibrio inestable.

Si bien la inflación se mide como un incremento tendencial de una variable única (el índice de precios), su significado económico social puede ser distinto e incluso opuesto dependiendo de las circunstancias económicas y políticas generales en que se verifica. Habría que examinar cada caso de inflación para identificar su significado particular desde el punto de vista de las relaciones de fuerza que se alteran con ella (3).

Los economistas suelen distinguir dos fenómenos fundamentales de inflación: aquella que se verifica cuando la demanda agregada de bienes y servicios supera la capacidad productiva de la economía, lo que se produce cuando la cantidad de dinero circulante crece más rápidamente que el producto; y aquella en que el incremento continuo del nivel general de los precios es consecuencia de la acción de grupos importantes de la economía (monopolios, sindicatos, etc.) que están en condiciones de modificar precios y salarios.

Esta distinción ha dado lugar a una interminable discusión entre “monetaristas” y “estructuralistas”, que en la explicación de los procesos inflacionarios reales ponen el acento en una u otra de las alternativas teóricamente definidas. Pues bien, tanto la distinción entre “inflación de demanda” e “inflación de poder de mercado” como la discusión entre monetaristas y estructuralistas descansan en una insuficiente comprensión del mercado determinado y de la esencia del fenómeno inflacionario.

No cabe duda de que en todos los procesos inflacionarios reales se verifica tanto un desproporcionado incremento del circulante y de la demanda respecto del producto, como también la influencia sobre los precios ejercida por quienes tienen un poder de mercado. Los dos fenómenos son inseparables y se encadenan en una interacción recíproca; pero siendo así, la distinción entre los dos tipos de inflación carece de verdadero sentido.

La explicación simplemente monetaria de la inflación es, en su estado puro, lógicamente inconsecuente. En efecto, esta explicación supone que los precios están determinados automáticamente por el mercado mediante el juego concurrencial de la oferta y la demanda, sin interferencias arbitrarias de poderes discrecionales. Esta situación sería, por definición, la de un mercado de competencia perfecta. Ahora bien, en un mercado de competencia perfecta, allí donde todos los precios resultan de la interrelación entre oferta y demanda, no hay razón alguna que justifique y explique un exceso de demanda y una desproporción en el crecimiento del circulante. Si éste se verificara por alguna especie de error administrativo todo el sistema de precios se elevaría sin que se produjera alguna alteración en los precios relativos. Ello no tendría ningún significado económico real, y la “inflación” no constituiría un problema.

La otra explicación de los procesos inflacionarios, que concibe el incremento tendencial de los precios como consecuencia de la acción de grupos financieros, empresariales y laborales que usan su poder de mercado para mejorar en éste su posición relativa, identifica un elemento esencial del fenómeno; pero esta explicación resulta también insuficiente en cuanto la simple acción monopolista o semimonopolista de estos grupos no da cuenta cabal del hecho que la inflación se manifiesta como un fenómeno persistente y continuo, y del hecho que todos los precios tienden a subir, si bien en proporciones distintas. En efecto, si el incremento de los precios fuese resultado exclusivo de la acción de estos grupos, se verificaría un incremento de aquellos precios que les interesan particularmente, y simultáneamente un descenso de aquellos otros que les conviene mantener deprimidos; tales alteraciones no requerirían necesariamente que el circulante creciera más rápidamente que el producto, y se verificaría un nuevo equilibrio de los precios a nivel macroeconómico que reflejaría el peso relativo de aquellos grupos y su acción. No habría verdadera inflación sino sólo una deformación relativamente estable en el sistema de precios respecto de aquél que existiría en condiciones hipotéticas de competencia perfecta.

El concepto de mercado como un complejo sistema de relaciones de fuerza entre todos los sujetos, privados y públicos, que cumplen funciones económicas, nos abre una comprensión más amplia y unitaria de los fenómenos inflacionarios. Los precios son un resultado de la lucha y acción permanente de todos los actores económicos, que tienen, cada uno, un poder distinto pero siempre mayor que cero. La correlación de fuerzas es inestable, y el hecho de que de ella formen parte las instancias políticas e ideológicas de la lucha incide en la inflexibilidad a la baja que manifiestan los precios de algunos factores, como el trabajo, que repercuten directamente sobre todo el sistema de precios. Frente a alteraciones relevantes en los precios relativos como resultado de una organización de la lucha económica, el Estado tiende a actuar como factor moderador e integrador; ello no sólo porque la suya sea una función unificadora esencia, sino también porque sobre él recaen las presiones y acciones políticas de los sectores que se ven afectados negativamente por el cambio y de aquellos que quisieran ver consolidada su nueva posición relativa.

El Estado interviene en la regulación de la lucha en el mercado, como una parte integrante del mismo, y su intervención es siempre redistribuidora de ingresos y recursos. Para tal efecto, controla una herramienta fundamental, cual es la emisión de moneda. El hecho mismo de emitir tiene inmediatamente un efecto redistributivo, pues el aumentar la liquidez global de la economía pierde una parte de su valor el dinero anteriormente existente; de esta manera, quienes tienen su riqueza en dinero, resultan inmediatamente “expropiados” con la emisión, transfiriéndose al Estado en el primer momento aquella parte de valor que pierden automáticamente. Por cierto, el Estado no conserva para sí ese valor sino que lo utiliza y transfiere a los diferentes grupos y agentes económicos, sea a través de la concesión de créditos, de aumentos salariales, de obras sociales, de inversiones públicas, etc. Con ello el ciclo redistributivo se cierra, pero no termina el proceso, porque todos los sujetos de acción económica continuarán su lucha, sea en vistas de apropiarse de una cuota más alta del valor que el Estado ha vuelto a poner en circulación, sea en la lucha inmediata por los precios de los bienes, servicios y factores que resultan afectados.

En los procesos inflacionarios la mayor parte de los precios tiende a subir, pero la tasa de incremento de los diferentes precios es distinta, y estos se reajustan con distintos ritmos y diferentes tiempos. Así, la inflación produce importantes transferencias de riqueza y cambios en la distribución del ingreso de las familias y grupos sociales. Los que perciben utilidades se verán normalmente beneficiados porque los ajustes en los costos de producción generalmente se verifican después que de los precios al consumidor; los asalariados probablemente serán perjudicados –especialmente si la inflación es creciente- porque sus salarios se reajustan con retraso a las variaciones de los demás precios; los rentistas y quienes reciben intereses pueden resultar muy perjudicados si los pagos están fijados por contratos que tienen vigencia por períodos largos de tiempo; los deudores quedarán beneficiados y los ahorrantes perjudicados, etc.

No son sólo los cambios en la distribución de los ingresos y en la relación de fuerzas al interior del país los que se verifican, sino también a nivel internacional. En efecto, los mercados nacionales no son nunca completamente cerrados, sino que se integran en un complejo sistema de relaciones de fuerza a nivel internacional, a través de las relaciones comerciales y financieras entre los países. Así, los procesos inflacionarios producen modificaciones en la posición relativa y en la jerarquía entre los Estados y sus respectivos actores y sujetos económicos, lo que se manifiesta en forma evidente en las fluctuaciones en el valor de las distintas monedas nacionales. Si los productos que algunos países controlan y comercian internacionalmente suben los precios relativos –el petróleo, por ejemplo- con la exportación de una misma cantidad de dicho producto tales países podrán importar cantidades mayores de otros productos que necesitan. Estos cambios en los precios del mercado internacional, asociados a las fluctuaciones en el valor de las monedas nacionales, se traducen en modificaciones en la correlación de fuerzas entre las economías nacionales y entre los Estados, incidiendo también, en forma directa, en los precios internos de los bienes y servicios transables y los no transables, beneficiando a unos y perjudicando a otros grupos y sujetos económicos nacionales.

Que la inflación provoca cambios en la posición relativa de los diferentes agentes económicos es fácilmente observable. Menos evidente pero igualmente cierto es que la inflación no es una simple tendencia objetiva, sino el resultado de decisiones conscientes tomadas, y de luchas dadas, por grupos importantes de la economía, entre ellos el Estado, que ejercitan su poder de mercado en función de sus propios intereses y objetivos. Las dificultades que existen para detener los procesos inflacionarios son expresión de la fuerza de resistencia de múltiples sujetos y grupos, y de la imposibilidad de modificar ciertas conductas económicas que reproducen tendencias inflacionarias en acto, a lo que se suman las acciones de sectores especuladores y medidas de comportamiento precaucionales que la tendencia a las alzas de precios suscita en todos los sujetos económicos.

RECESIÓN

A partir del concepto de mercado expuesto, es posible también una lectura nueva del fenómeno conocido con el término “recesión”.

Por recesión se entiende habitualmente una caída progresiva en los niveles de producción, ventas, ingresos y empleo, cuyo origen puede encontrarse en diferentes desajustes que se han ido acumulando: un exceso del gasto, una desproporción entre la cuota consumida y la cuota ahorrada del ingreso total, un déficit de la balanza de pagos, una disminución de la demanda y de la inversión, etc. El ajuste recesivo consistiría en un retorno a la situación de equilibrio mediante la contracción de ciertas variables que habían experimentado un crecimiento desproporcionado, y que al redimensionarse arrastran consigo, en la caída, a otras variables claves de la economía.

La observación empírica de la historia de las economías de mercado ha llevado a la conclusión de que los procesos de crecimiento económico siguen una evolución cíclica, conforme a la cual períodos expansivos son seguidos por fases de contracción, al término de las cuales tiene inicio un nuevo período de expansión. La observación de estos “ciclos económicos” –si bien ellos no se producen con igual intensidad ni con la misma sucesión cronológica. Ha reforzado la convicción de que la economía evoluciona conforme a leyes objetivas independientes de la voluntad de los hombres.

Sin embargo es posible encontrar una explicación de los ciclos económicos y de las fases recesivas más profundas, que tenga en cuenta el carácter esencialmente social y subjetivo de los procesos económicos, y que al mismo tiempo permita identificar a los sujetos reales y las acciones que los originan.

Como las recesiones implican una disminución de la actividad y pérdidas globales para la economía de un país, se tiende a pensar que nadie las provoca conscientemente y que responden a causas técnicas y leyes objetivas, que cuando se producen son sufridas pasivamente por los agentes económicos que sólo reaccionan para paliar sus efectos y adaptarse a la nueva situación, mientras esperan que la fase recesiva termine. Pero no es así. Como todos los fenómenos del mercado, las recesiones son el resultado de decisiones y actividades determinadas y expresan cambios en la correlación de fuerzas sociales.

Más concretamente, las recesiones económicas constituyen un momento de control de los procesos económicos por parte de grupos que, ocupando una posición más fuerte o predominante en el mercado, buscan consolidar y estabilizar una relación de fuerzas favorable que han conquistado durante el precedente período de expansión. En la mayor parte de las recesiones que se han producido en las economías capitalistas modernas, los sujetos que “provocan” la contracción son los detentores del capital financiero que deciden consolidar las ganancias obtenidas –el derecho de propiedad que les corresponde sobre el capital- y su poder de conducción del proceso económico global.

El hecho fundamental que hay que considerar para comprender los fenómenos recesivos es la separación entre el capital productivo y el capital financiero. Quienes financian la expansión productiva son en gran parte sujetos distintos de quienes la organizan y gestionan a nivel de las empresas. Los que poseen el dinero con el que se financian las inversiones y la operación empresarial, lo ponen a disposición de los productores esperando recuperar posteriormente los créditos concedidos con los intereses correspondientes.

Transcurre un lapso de tiempo en el que el capital financiero se transforma en capital productivo incrementándose en un proceso de valorización. Durante este lapso permanece bajo el control, administración y gestión de los productores, pero el financista mantiene latente un derecho de propiedad sobre todo el capital aportado por él y también sobre una parte del incremento correspondiente a los intereses establecidos. El proceso productivo requerirá, en los procesos de expansión económica, un flujo creciente de nuevos aportes de capital, que el financista estará dispuesto a otorgar en las condiciones normales del mercado de capitales, recibiendo entre tanto sólo una pequeña parte de lo que le corresponde. De este modo, la deuda del productor se va haciendo creciente, o lo que es equivalente, se va incrementando el derecho de propiedad latente del financista sobre el capital y las ganancias de la empresa.

El proceso de transferencia de capital del financista al empresario, y la consecuente expansión económica, no puede continuar indefinidamente, pues en tal caso e control del capital por parte del productor se perpetuaría, con la consiguiente pérdida del financista. Llega, pues, el momento en que los propietarios del capital financiero –sea porque consideran crítico el nivel de endeudamiento de las empresas o excesivo el riesgo-, deciden consolidar las posiciones conquistadas, esto es, la parte que les pertenece del crecimiento económico habido en el período. Para tal efecto, procederán a contraer el flujo financiero y a acelerar el retorno de los créditos entregados. Las inversiones entonces disminuirán, algunas empresas deberán enfrentar la quiebra porque no pueden responder a los compromisos contraídos, la economía experimentará una fase de contracción. Se verificará una consolidación de la nueva relación de fuerzas sociales que se ha ido creando durante la fase de expansión económica.

En ciertas fases del desarrollo económico, tal “consolidación” conduce a la formación de grupos económicos y holdings, que son productivos y financieros a la vez. Es la dinámica del desarrollo económico dirigido y controlado por el capital, y en particular por el capital financiero, quien da lugar a estos procesos de concentración; pero es en el transcurso de las fases recesivas del ciclo que se concretiza la formación de los grupos, su reforzamiento y ampliación.

Esto es, por cierto, un esquema simple que supone sólo dos grupos de sujetos económicos, los financistas y los empresarios. Nos ha servido para reformular el concepto de recesión económica, para identificar su significación esencial. Por cierto, en los mercados reales los actores son muchos más, y existen diferentes procesos paralelos de transferencia de riqueza entre los distintos sectores económicos. Por otra parte, el fenómeno recesivo puede ser mitigado o desviado en varias formas: los empresarios pueden intentar transferir implícitamente sus deudas –el pago de ellas- a los trabajadores, rentistas, consumidores, subiendo los precios y generando o acentuando procesos inflacionarios en acto. El Estado puede intervenir en favor de los sectores productivos, emitiendo dinero, actuando diversas políticas anticoyunturales, postergando o extendiendo en el tiempo los momentos de control recesivo de la economía. En este sentido se han elaborado y experimentado diferentes herramientas de política económica, lo que ha hecho que en las economías modernas las fases recesivas y en general la evolución de los ciclos se manifiesten notablemente mitigadas.

Entendidas las recesiones como momentos de control de los procesos económicos y de consolidación de nuevas correlaciones de fuerzas sociales, es oportuno identificar más específicamente los sujetos económicos que las originan. De lo dicho hasta aquí podría parecer que son los bancos, o más concretamente, los grupos económicos que los organizan y dirigen, los responsables últimos de los momentos contractivos. Sin embargo, no siempre es así, y en todo caso el análisis debe tener en cuenta otras realidades.

Los bancos, en efecto, son fundamentalmente instituciones de intermediación financiera más que fuente última del financiamiento de las inversiones y actividades económicas. Sólo una pequeña proporción de los créditos son efectuados con recursos propios. El negocio específico de los bancos e instituciones financieras consiste en captar fondos de distintos orígenes y en colocarlos en aquellas empresas y actividades que les ofrezcan garantías suficientes. Por esta actividad obtienen ganancias equivalentes a la diferencia entre las tasas de interés que cobran por las colocaciones y las que pagan por captaciones, menos los costos totales de su propia operación. Una gestión prudente y adecuada de este negocio debiera generar un flujo constante de ganancias netas, y en consecuencia no debiera presentarse la necesidad de detener el proceso expansivo para recuperar y consolidar posiciones ganadas en el tiempo. Puede suceder más bien lo contrario, a saber, que en las fases recesivas los bancos enfrenten dificultades particulares, pues son ellos, en su función intermediadora, quienes deben actuar el proceso inverso al que efectuaron en el período expansivo: transferir capitales desde los productores a quienes financiaron las actividades, disminuyendo el flujo del crédito y acelerando el flujo de los retornos.

Sería erróneo entender esto en el sentido de que los bancos e instituciones financieras sean esencialmente pasivas respecto de la evolución del ciclo económico. Ellos, en efecto, toman permanentemente decisiones tanto respecto a las actividades económicas y empresas que han de ser beneficiadas e impulsadas con los créditos, como respecto al ritmo de la circulación del capital financiero, determinando los plazos del crédito y de los ahorros y fijando las respectivas tasas de interés. De este modo inciden sobre el volumen del capital financiero (a través del multiplicador bancario), sobre la duración de las fases expansivas y sobre el momento oportuno del control recesivo. Por cierto, ninguna de éstas es objeto de su simple arbitrio, pues sus decisiones se encuentran condicionadas por los ofertantes y demandantes del financiamiento.

Para encontrar los sujetos que realmente están al origen del proceso recesivo de consolidación de las relaciones de fuerza creadas durante el proceso expansivo, es preciso encontrar las fuentes últimas del financiamiento. Aquí encontramos, fundamentalmente, tres sujetos o sectores económicos claves, cuya importancia relativa será distinta dependiendo de las características y del modo de operación de las economías determinadas: a) los grupos financieros internacionales que han otorgado créditos en divisas; b) los ahorrantes internos, sean personas particulares, fondos mutuos o sociedades de inversión; y c) el Estado, sea con recursos propios o con los recursos que resultan transferidos mediante las emisiones inflacionarias. Dependiendo de cual sea la composición del financiamiento global, la recesión tendrá distintas características: consolidará las posiciones relativas de distintos sujetos económicos.

Dicho muy sintéticamente, si el financiamiento proviene principalmente del crédito externo, se verificará una nueva jerarquía entre los Estados (y entre los sujetos económicos privados de los distintos países), cuyas manifestaciones más obvias pueden ser un cambio en el valor relativo de las monedas (devaluación de la moneda nacional respecto de las del comercio internacional), y una alteración de los precios relativos de los productos y servicios que se comercian con el exterior (menor valor de las exportaciones o incremento del precio de las importaciones). Tales cambios en las relaciones de comercio internacional implican de hecho traspaso “gratuito” de mercancías y servicios entre un país y otros, y traen como consecuencia una disminución transitoria del comercio internacional del país deudor.

Si el financiamiento ha provenido principalmente del ahorro interno, se verificará una nueva jerarquía entre grupos sociales al interior del país, y particularmente entre los sectores que ahorran y financian y los que gastan e intervienen productivamente. Las manifestaciones más obvias de este cambio son las transferencias de capitales líquidos y el traspaso de la propiedad y del patrimonio de las empresas.

Cuando el proceso expansivo ha sido financiado por el estado a través de un incremento del gasto público y de la concesión de créditos de fomento a la producción acompañados de subsidios al consumo, los efectos de la contracción económica sobre las relaciones de fuerza pueden ser muy variados, dependiendo de las orientaciones de la política económica y de las particulares relaciones políticas existentes. Pero es preciso tener en cuenta que cuando es el Estado el principal financista del crecimiento económico, difícilmente decidirá contraer el volumen de actividad para recuperar su aporte sino que tenderá a soportar un déficit fiscal que cubrirá (o transferirá en forma difusa) mediante políticas redistributivas o inflacionarias.

SIGNIFICADO DE LOS MECANISMOS DE AJUSTE AUTOMÁTICO

La concepción del mercado como un sistema de relaciones de fuerza entre sujetos sociales, y de los fenómenos inflacionarios y recesivos como procesos de cambio y consolidación de dichas relaciones, pareciera contradecir la existencia de los “automatismos” del mercado, que operarían especialmente en las situaciones de desequilibrio económico produciendo los ajustes necesarios en forma espontánea y eficiente.

Como no parece posible desconocer que los “mecanismos automáticos” del mercado existen y (a veces) funcionan, es oportuno profundizar su significado e identificar qué es lo que hay detrás de ellos.

Una economía de libre mercado es aquella en que los procesos económicos son el resultado de una multitud de iniciativas individuales y de grupos autónomos que deciden, en función de sus propios intereses y proyectos, las actividades –de trabajo, inversión, producción, comercio, ahorro, consumo, etc.- mediante las cuales buscan satisfacer sus necesidades y ampliar su posición relativa en el sistema de relaciones de fuerza (el mercado) de una sociedad determinada. Podemos decir, pues, que en las economías de mercado operan infinitos arbitrios individuales, y el conjunto se mueve y es causado por decisiones y actividades independientes que se entrelazan e influencias recíprocamente. Nada más distinto de esto que la imagen de una máquina cuyos mecanismos funcionan con regularidad y automatismo.

Sin embargo esta multitud de arbitrios, decisiones y actividades independientes no se resuelven en un caos sino que confluyen en un sistema ordenado y (relativamente) coherente, cuyo funcionamiento de conjunto, a nivel macroeconómico, puede ser formalizado teóricamente y dirigido conscientemente.

La interrogante es, entonces, la siguiente: ¿cómo es que la multitud de actividades y decisiones independientes y libres es reducida a unidad y coherencia, y la economía no se desenvuelve en el caos sino en el orden?

En el caso de las economías planificadas o dirigidas por un órgano estatal centralizado el problema no existe o, mejor, es de fácil solución (teórica). La coordinación de las decisiones y actividades se explica allí, evidentemente, por la acción dirigente de este sujeto de decisión y control central que, habiendo excluido a los individuos y a los grupos intermedios de las principales decisiones relativas a los objetivos y los medios de su actividad (o al menos, de la posibilidad de tomar decisiones en función de sus intereses particulares), impone al proceso económico una racionalidad y un orden determinado.

Para explicitar la coordinación y el orden de las economías de mercado, la teoría económica –desde Ricardo a Marx y los neoclásicos- ha postulado que el mercado funciona y evoluciona conforme a leyes objetivas y mecanismos automáticos que regulan las decisiones y acciones independientes coordinándolas en una estructura macroeconómica racional.

Sin negar que ese planteamiento puede ser válido para un cierto nivel de análisis, debe sin embargo reconocerse que es insuficiente en cuanto explicación de la racionalidad y coherencia de los procesos macroeconómicos. En efecto, las llamadas “leyes” y “automatismos” del mercado no son sino una formalización y exposición abstracta de la racionalidad del mercado que hay que explicar; de ese modo, lo que se hace es, simplemente, considerar primero la racionalidad como fenómeno o hecho real y luego como “ley” o modelo abstracto. Pero generalizar o expresar abstractamente un fenómeno no es aún explicarlo: quedan por explicar las “leyes” mismas.

En las relaciones humanas y sociales, precisamente porque son siempre el resultado de actividades intersubjetivas, la explicación de los fenómenos y de sus regularidades se alcanza sólo cuando se logra identificar aquellas fuerzas humanas y sociales que los producen mediante acciones determinadas.

Pues bien, las “leyes” y los “automatismos” del libre mercado se instauran y funcionan cuando las decisiones y actividades de los distintos sujetos económicos y sociales se desenvuelven conforme a modos de comportamiento relativamente constantes, y por tanto predecibles. El mercado, entonces, parece experimentar una regulación “espontánea”, como si funcionase bajo la conducción de una “racionalidad objetiva” independiente de la voluntad de los hombres y de las intervenciones gubernamentales. Lo que en realidad sucede, es que determinados grupos sociales relativamente homogéneos han introducido un cierto comportamiento económico “racional” (una lógica de la acción) que es adoptada por, o impuesta a, el resto de los individuos y grupos.

Son esos grupos dirigentes o dominantes quienes en tal forma, poniendo en práctica iniciativas individuales basadas en un cálculo individual, según un homogéneo comportamiento de grupo, regulan y coordinan el mercado: predominan en el sistema de relaciones de fuerzas sociales, y subordinan y funcionalizan a los demás sectores y sujetos de la sociedad.

Esta explicación de los “automatismos” en los procesos económicos como resultado de la estandarización y generalización de los comportamientos económicos de los individuos y grupos sociales, fue expresada por Gramsci, coherentemente con el concepto de mercado citado, con estos términos: “dada la actividad solidaria y coordinada de un grupo social, que opera conforme a principios adoptados por convicción (libremente) en vista de ciertos fines, se tiene un desarrollo que se puede llamar automático, y que puede ser entendido como desenvolvimiento de ciertas leyes reconocibles y aislables con el método de las ciencias exactas. En cada momento hay una opción libre que se realiza según ciertas líneas directrices idénticas para una gran multitud de individuos y voluntades particulares, en la medida que éstas han llegado a ser homogéneas en un determinado clima ético-político. No quiere decir que todos actúan de modo idéntico: los arbitrios individuales son en realidad múltiples, pero la parte homogénea predomina y ´dicta ley´”.

AUTOMATISMO, RECESIÓN Y CRISIS ECONÓMICA

Si los automatismos del mercado operan en la medida en que los sujetos que lo constituyen se comportan de acuerdo con la específica racionalidad requerida por los grupos predominantes o que dirigen la economía, no es difícil entender por qué el funcionamiento “automático” del mercado se verifica más plenamente en los períodos de expansión económica que en aquellos de contracción y recesión. Cuando hay expansión, los distintos agentes económicos confían en la racionalidad (en el modelo) imperante, y actúan como de ellos se espera: si los bancos suben las tasas de interés las personas decidirán incrementar sus ahorros; si las tasas normales de ganancia son elevadas los empresarios tratarán de incrementar la inversión; etc.

Por el contrario, en los momentos de contracción y recesión económica, el mercado ofrece menos seguridades a las personas y al mismo tiempo les exige comportamientos que implican sacrificios: disminución de los gastos, menores utilidades, reducción de los créditos e inversiones, pago de intereses y amortización de los créditos, etc. Comportamientos necesarios para que los mecanismos automáticos operen.

Pero al mismo tiempo, los sectores subordinados (productores, consumidores, trabajadores) se mostrarán menos dispuestos a adoptar tales comportamientos que les significan redimensionar su posición relativa y acrecentar la posición dominante de otros sectores.

Como consecuencia de esta cierta resistencia, los “automatismos” comenzarán a mostrar una menor eficacia, al mismo tiempo que las distintas categorías económicas y grupos sociales tenderán a desplegar presiones de distinto tipo sobre el Estado y los responsables de la política económica, con el objeto de transferir a otros o de diluir en el tiempo las inevitables contracciones y las eventuales pérdidas.

En períodos de recesión, el Estado se ve fuertemente presionado para que cambie de política económica, y más concretamente, para que intervenga más directamente en la regulación del mercado, reactivando la economía, creando nuevas fuentes de trabajo, actuando políticas proteccionistas, produciendo inflación. Todo ello, muy distinto y distante de lo que es la regulación automática del mercado (4).

Ahora bien, cuando el desequilibrio económico ha sido muy grande y el ajuste recesivo necesario debe ser muy intenso, la economía enfrenta el riesgo de una crisis.

Las situaciones recesivas dan lugar a crisis cuando se dan las siguientes dos condiciones: a) que el Estado y los responsables de la política económica no están dispuestos a alterar las reglas del juego, lo que se verificará probablemente cuando existe un vínculo muy estrecho entre el poder público y los sectores económicamente dominantes (o que existe una dependencia muy fuerte del Gobierno respecto de las fuentes de financiamiento externo o interno); y b) que los sectores que en la fase recesiva deben contraer su nivel de actividad e ingresos no estén dispuestos a mantener voluntariamente en funcionamiento los automatismos del mercado, y comiencen masivamente a comportarse en forma anómala (no conforme a la racionalidad esperada): los que deben pagar créditos suspenden o postergan la cancelación de sus obligaciones, los que ahorran dinero en las instituciones financieras dejan de hacerlo y retiran sus depósitos aunque les ofrezcan altas tasas de interés, los consumidores postergan las compras aunque se reduzcan los precios, etc.

Se produce, entonces, una crisis en el sentido más estricto del término, esto es, una ruptura en el proceso de circulación, dada por la escisión entre los dos momentos de la oferta y la demanda.

Pero como a la luz de cuanto hemos dicho anteriormente, la crisis es más que esto, como la hemos definido en un trabajo teórico anterior: “una crisis económica consiste en un desequilibrio de las relaciones de fuerza en el mercado determinado tan acentuada que provoca una ruptura de los automatismos dominantes (en los comportamientos colectivos), o sea que hace emerger comportamientos negativos, anómalos, especulación, acaparamiento, teorización, etc.). Estos comportamientos son de carácter regresivo, sin embargo la ruptura de los “automatismos dados” es lo que hace posible que nuevos comportamientos colectivos se elaboren y difundan, o sea que, frente a los nuevos problemas, nuevas respuestas teóricas y prácticas maduren al interior de ciertos grupos y les lleven a reorganizar su actividad” (5).

Se comprende, además, por qué fallan, a veces, las proyecciones y previsiones de los economistas, lo que sucede especialmente en las situaciones de crisis. En efecto, las predicciones económicas se basan en los cálculos de los “efectos” que producen las interrelaciones regulares de las distintas “variables” económicas. Suponen como, por tanto, la mantención de comportamientos constantes y “racionales” por parte de los diferentes sujetos de acción y decisión económica. Pero cuando tales comportamientos se alteran –cuando los distintos grupos sociales salen de la rutina y de la pasividad-, trabando el funcionamiento de los “mecanismos automáticos”, los resultados de la confluencia de fuerzas sociales y de la composición de todas las decisiones y acciones independientes, se tornan imprevisibles.

 

NOTAS

(1) Aunque la motivación para estas reflexiones teóricas surge de la actual situación económica chilena, debe ser claro que en este artículo no se pretende hacer un análisis de la misma. Se trata sólo de una discusión sobre algunos instrumentos para el análisis, cuya utilización deber de tener en cuenta la existencia de una “caja de herramientas” bastante amplia.

(2) O. Morgernstern, Trece puntos críticos de la teoría económica contemporánea: una interpretación, en AA.VV., Metodología y Crítica Económica, selección de C. Dagum, Fondo de Cultura Económica, México 1978, p.333.

(3) Por ejemplo, el proceso inflacionario que se verificó en Chile los años 1971-1973, y el que se dio entre 1974-1976, expresaban ambos alteraciones en la relación de fuerzas sociales, pero los sectores que incrementaban su peso relativo en tales procesos eran muy distintos. Escaso sentido tiene, entonces, comparar las cifras de inflación de ambos períodos como si se tratara de una tendencia continua.

(4) Es interesante observar que es precisamente en las fases recesivas cuando los automatismos parecen funcionar con mayor dificultad, que se hace patente como a la base de los “automatismos” están comportamientos subjetivos asumidos libremente o impuestos a los distintos grupos sociales. Analizando la coyuntura recesiva que atraviesa la economía chilena el economista Rolf Lüders Sch., que se cuenta entre los más fervientes partidarios de la regulación automática del mercado, escribe: “En el fondo, las alternativas consisten en ceder a las presiones naturales por posponer parcialmente el ajuste requerido por nuestro nivel de gasto excesivo, pero con toda seguridad se paga por ello un alto precio en términos de estabilidad, prosperidad y/o libertad y justicia económica, o en inducir a los agentes a que acepten la realidad, y adapten lo antes posible su comportamiento al óptimo social requerido bajo las actuales circunstancias económicas, lo que tiene evidentes beneficios económicos, políticos y sociales en el mediano y largo plazo. En este último evento, mientras más rápido se produzcan los ajustes de precios requeridos, menos dolorosa será esta etapa de nuestro desarrollo. Ello sin duda requiere –para tener éxito sin un costo de corto plazo “excesivo”- la colaboración de todos u cada uno de los agentes económicos privados. Además, parece altamente conveniente –dadas la gravedad del problema y la novedad del esquema- una activa participación del Gobierno en la difusión del comportamiento esperado de estos agentes”. (En La Tercera de la Hora, 24 de febrero 1982, “De yerbateros y ortodoxos”, p. 3. El subrayado es nuestro).

(5) Luis Razeto M y Pasquale Misuraca, Sociologia e marxismo nella critica di Gramsci. De Donato editore, Bari 1978, p. 87.