"FACTOR C": LA SOLIDARIDAD CONVERTIDA EN FUERZA PRODUCTIVA Y EN FACTOR ECONÓMICO

(Ponencia presentada en el Simposio Internacional "Globalización de la Solidaridad", Lima, Perú, 1° al 4 de julio de 1997)

Con diferentes nombres –cooperativismo, autogestión, mutualismo, economía asociativa, comunitaria, social, solidaria, etc.- grupos humanos de todos los países han experimentado formas de producir, distribuir, consumir y acumular, tratando de sustituir el individualismo por el espíritu social, la competencia por la ayuda mutua y la cooperación. Tales experiencias –antiguas, recientes y nuevas- han tenido un importante desarrollo en todo el mundo, han alcanzado resultados económicos y sociales significativos y, en muchos casos, despliegan procesos que trascienden más allá de sus participantes directos, teniendo un impacto relevante en el desarrollo integral de la localidad en la que están insertos.

En todas estas experiencias y procesos se manifiesta una esencia común, una cualidad compartida por todos ellos, independientemente de la denominación con que se identifican. Tal esencia y cualidad distintiva consiste en el hecho de hacer economía con solidaridad. El espíritu y la práctica solidaria constituyen, en efecto, la motivación y el impulso principal de las búsquedas de modos de producir, distribuir, consumir y acumular asociativos y, por ello, son considerados éticamente superiores a los de tipo capitalista predominante, esperándose al mismo tiempo que sean capaces de proporcionar a sus integrantes, y de difundir en su entorno, una mejor calidad y un más alto nivel de vida que los que socialmente ofrecen o permiten las formas individualistas y competitivas de hacer economía.

Las iniciativas, que dan lugar a estas experiencias de economía solidaria, surgen normalmente a partir de situaciones y contextos especialmente problemáticos: alta desocupación, grave pobreza, creciente marginación, deterioro de la convivencia social y del medio ambiente, etc. Frente a tales problemas, las búsquedas económicas alternativas se proponen efectuar aportes sustanciales, mediante un esfuerzo asociativo por superarlos. Hay en ellas, en consecuencia, una doble fuerza impulsora: por un lado la necesidad, las sugerencias, los problemas inmediatos reales y actuales; por el otro, los ideales, los proyectos societales, la apertura de caminos y perspectivas de esperanza y futuro, a menudo las utopías.

América Latina ha sido y continua siendo tierra especialmente fértil para estas búsquedas y experiencias, porque en nuestros países abundan tanto las necesidades y problemas de sus agentes como los ideales y esperanzas de su población etárea y espiritualmente juvenil.

Un hecho que caracteriza a estas variadas experiencias económicas y que las limita en su desarrollo ha sido históricamente el carecer de adecuados instrumentos de análisis económico que las guíen en su proceso de toma de decisiones, en su operación en los mercados y en su proceso de crecimiento.

Al desarrollarse estas experiencias por la urgencia de las necesidades y problemas inmediatos y al ser impulsadas por motivaciones doctrinarias, ideológicas, éticas y, a menudo, por proyectos utópicos, suelen caracterizarse por ser el resultado de una extraordinaria voluntad de realización, que en muchos casos implica sacrificio y esfuerzos enormes de parte de sus integrantes. A menudo se las considera expansión del “voluntarismo” de sus protagonistas. Ellas mismas, tal vez debido al convencimiento de la superioridad ética de sus principios, no han desarrollado una teoría económica e instrumentos de análisis al nivel de las elaboraciones propias de la ciencia económica. Los cultores de ésta, por su parte, no han contribuido eficiente con elementos conceptuales apropiados, que expresen la racionalidad económica especial de esta economía fundada en la solidaridad, pues la disciplina económica se ha desarrollado predominantemente en función de las empresas y mercados de tipo capitalista y estatal, que han constituido los referentes empíricos de la elaboración teórica y analítica de la disciplina académica.

A partir de una vasta experiencia de trabajo y apoyo junto a experiencias de economía cooperativa, autogestionaria, de comunidades, de organizaciones económicas populares y de desarrollo local, y al conocimiento de numerosas empresas de economía asociativa existentes en América Latina y en otras regiones del mundo, se ha desarrollado una teoría económica de la “economía de solidaridad” y de las “formas alternativas de empresa”. En ella se propone una conceptualización especial de la racionalidad económica que las distingue por sus modos de inserción y participación en los mercados, así como por una serie de instrumentos para su análisis cuantitativo y para la evaluación de su eficiencia.

EL “FACTOR C”: LA SOLIDARIDAD CONVERTIDA EN FUERZA PRODUCTIVA

El concepto de “Factor C” se refiere específicamente al hecho de que la unión de voluntades, tras objetivos económicos compartidos y conscientes, genera una energía social cuya aplicación en las actividades económicas, en combinación con los demás factores, tiene efectos positivos directos, incrementando la productividad y la eficiencia de las operaciones. Se trata, en otros términos, de la solidaridad convertida en fuerza productiva y en factor económico. Factor en el más estricto significado que el término asume en el lenguaje de la ciencia económica, según el cual “factor económico” es todo elemento que, presente en la actividad económica, genera algún incremento de productividad que debe ser reconocido como aporte propio y especial.

La letra “C”, con la que identificamos esta energía económica, alude a que con ella comienzan, en nuestro y en varios idiomas, numerosas palabras que significan: colaboración, cooperación, comunidad, compañerismo, comunión, compartir, confianza, y muchas otras que comienzan con el prefijo “co”, que expresa el hacer y el estar “juntos”, el hacer algo solidariamente.

Para entender adecuadamente el sentido de esta expresión es necesario precisar el significado que asume el término “solidaridad” en este análisis. Ante todo, cabe advertir que la solidaridad no es sinónimo de gratitud ni de donación, aunque éstas sean también formas de solidaridad. Más distinta es aún la solidaridad de la beneficencia y el asistencialismo, que se relacionan más bien con el sentido que actualmente ha asumido el concepto de caridad. La solidaridad, en su acepción genuina, se refiere ante todo al hecho de estar y hacer cosas juntos, en beneficio común o compartido, implicando relaciones horizontales de ayuda mutua y cooperación. La solidaridad nace del vivir una misma situación, enfrentar similares problemas, ser parte de una misma organización o asociación que se crea para alcanzar objetivos que todos los integrantes comparten. En este sentido, entre la solidaridad y el trabajo existen vínculos estrechos, toda vez que el trabajo se concibe y realiza como una actividad grupal, social, en la que muchos colaboran para el logro de un resultado común. El concepto de solidaridad tiene raíces antiguas, asociadas a la idea de comunidad (común unidad), y más recientes, vinculadas a las experiencias de organización y lucha de los trabajadores por superar las injusticias de que son víctimas.

La solidaridad económica, según la experiencia de numerosas formas de asociación micro y macroeconómicas, demuestra ser más eficiente en el logro de mejores resultados que si las cosas se hacen de manera individual y no cooperativamente. La observación de que donde existen relaciones y comportamientos solidarios la productividad se incrementa y el beneficio para todos se maximiza, lleva a formular el concepto económico del “Factor C”.

En la actividad económica, el “Factor C” y la solidaridad se manifiestan de múltiples formas y con variados contenidos: en el propio compartir o uso común de los medios de producción, en la autogestión o participación de todos en la administración y toma de decisiones, en el intercambio fluido de la información tecnológica que se hace disponible para todos, en el compartir conocimientos y experiencias, en la colaboración en el trabajo, en la cooperación entre trabajadores y productores asociados, en la comercialización conjunta, en el pago de cuotas o realización de actividades grupales para financiar actividades, en consumir asociativamente para maximizar la utilidad que presten los bienes y recursos, en distribuir los resultados de la operación económica de manera justa y equitativa, en acumular asociativamente excedentes que serán utilizados en beneficio de todos, en preocuparse de los efectos que puede tener la propia actividad económica sobre la comunidad y el medio ambiente en que están insertos, en la formación de asociaciones y gremios para impulsar objetivos compartidos y defender intereses comunes, etc.

Precisamente, la presencia de este conjunto de características distintivas asociadas con el hecho solidario permite comprender que las organizaciones económicas a las que hacemos referencia, son portadoras de una racionalidad económica especial, de una lógica interna sustentada en un tipo de comportamiento y de prácticas sociales y económicas que colocan a la solidaridad en estrecha relación con el trabajo y que permiten hablar de economía solidaria.

Al respecto, cabe advertir que para formar parte de la economía de solidaridad no se precisa que se den simultáneamente todas las situaciones y comportamientos mencionados como manifestaciones del Factor C, siendo suficiente que esté presente alguna o varias de ellas; ni tampoco que esas relaciones y comportamientos solidarios se manifiesten de manera completa y excelente, bastando que sean lo suficientemente operantes como para tener efectos reales en la organización y operación económica. El nivel de actuación de la solidaridad debe, sin embargo, ser tan eficaz como para impactar la racionalidad económica y la lógica operacional de la unidad económica, haciendo predominar la cooperación sobre la competencia, la reciprocidad y la justicia sobre la explotación de unos a otros.

El concepto de “economía de solidaridad” surgió precisamente del análisis sobre el modo de ser y operar de numerosas experiencias de producción, distribución y consumo en las que el “Factor C” se encuentra presente y operando de manera intensiva, cumpliendo en la unidad económica, junto al factor trabajo, una función organizadora decisiva.

Indudablemente, no todas las unidades y actividades económicas que se definen como cooperativas constituyen una genuina economía de solidaridad. Si bien en ellas existe seguramente mayor solidaridad que en otros tipos de empresa, también existe el individualismo, el egoísmo y la injusticia. A menudo la solidaridad es el resultado de la simple conveniencia de hacer las cosas juntos, porque cada uno por sí solo carece de los medios suficientes para lograr lo que se requiere. En tales casos, tan corrientes en la economía popular, también reconocemos solidaridad, aunque la motivación subjetiva pueda ser exclusivamente individual; la experiencia demuestra que la práctica de la solidaridad, cualesquiera que sean sus motivaciones, termina incorporando el valor de la solidaridad en la conciencia y la voluntad de las personas y grupos.

LA CUESTIÓN DEL DESARROLLO LOCAL

Junto a la temática específica de la economía de solidaridad como forma particular de organización económica, interesa en la presente investigación la perspectiva del desarrollo local. La conexión entre ambas cuestiones resulta evidente, en cuanto se comprende que la economía de solidaridad no se agota en lo interno de las experiencias que las realizan, sino que normalmente tiene impactos significativos sobre el entorno comunitario y social en el que se inserta. En este sentido, el tema del desarrollo local puede ser considerado desde la óptica de los efectos del “Factor C” sobre la comunidad local más amplia, en término de los procesos económico-sociales que es capaz de dinamizar.

El tema es de gran relevancia. En efecto uno de los rasgos más preocupantes de los procesos de desarrollo económico en América Latina es la notable desigualdad que se evidencia en cuanto a su distribución geográfica y social. Se constata que el desarrollo tiende a concentrarse en determinadas regiones de cada país, y dentro de ellas en ciertas ciudades, y dentro de las ciudades en determinadas comunas, que manifiestan mayor dinamismo empresarial y donde tienden a establecer las inversiones más rentables. En contrapartida, permanecen en estado de subdesarrollo, marginalidad y pobreza, vastas regiones, zonas y sectores poblacionales, donde habitan los grupos sociales más numerosos de la población.

El fenómeno es suficientemente conocido, lo que hace innecesario abundar en su descripción y análisis. También sus causas han sido objeto de abundante estudio, estando identificadas, históricamente, en diversos planos: económicos, sociales, políticos y culturales.

En la actualidad, las localidades donde se ha acentuado un desarrollo dinámico parecen estar agotadas, y continúan atrayendo hacia sí los recursos de capital, tecnología, trabajo, mercado y capacidad empresarial. De este modo, mientras continúa el proceso de concentración geográfica del desarrollo, extensas regiones en cada país y comunas muy pobladas de las grandes ciudades, permanecen estacionarias e incluso experimentan procesos de acentuado empobrecimiento. Entre otras consecuencias del fenómeno, tiende a agravarse en nuestros países una estructura y distribución demográfica irracional, se agudiza la desintegración social y cultural de las sociedades y la pobreza que afecta a muy numerosos sectores, y grupos de la población experimentan una creciente marginalidad y segregación que desde lo económico-social trasciende a lo político y lo cultural.

En este contexto, mientras se pierde la esperanza que el desarrollo se difunda –por expansión e inclusión- desde las zonas más dinámicas hacia las atrasadas, la mirada se vuelca hacia el interior de éstas últimas, para descubrir en ellas mismas las potencialidades que tienen de generar procesos de autodesarrollo, de desarrollo endógeno, de desarrollos locales, con base a la activación de sus propias energías, recursos y necesidades.

Los esfuerzos por generar procesos de desarrollo local tienden, pues, a multiplicarse, tanto por parte de los gobiernos y autoridades regionales, comunales y locales como de las “agencias de desarrollo” y de las ONG´s, en la medida en que se ve, en el llamado desarrollo local, un camino –tal vez el único- por el cual puedan las zonas y comunas más pobres superar su marginalidad y pobreza e integrarse dinámicamente a los procesos de desarrollo nacional.

Ahora bien, generar desarrollo local desde el interior de las localidades subdesarrolladas y empobrecidas se presenta como un desafío extraordinariamente complejo, pues las mismas condiciones económicas, sociales, políticas y culturales que se han sedimentado histórica y estructuralmente en tales localidades no parece favorecer la emergencia y activación de las dinámicas que reviertan la situación. A ello se agrega la dificultad de que este desafío se enmarca hoy en el contexto de procesos de globalización e internacionalización de los mercados y las economías, que –aparentemente al menos- alejan más que aproximan las dinámicas económicas de las realidades particulares y dispersas de las regiones y localidades periféricas, por más que se anuncien como altamente deseables y necesarias la descentralización y la regionalización.

La necesidad y urgencia de desarrollos locales, el creciente interés en ello por parte de los sujetos públicos y privados preocupados por el futuro y por la superación de la pobreza, y la dificultad del desafío convergen en revelar la importancia del estudio e investigación en profundidad, de las condiciones y actores que pueden viabilizar y llevar al éxito las iniciativas que, en esta dirección del desarrollo local, se están emprendiendo actualmente en todos los países de Latinoamérica y del mundo. Hasta el momento, el tema del desarrollo local ha dado lugar a importantes estudios e investigaciones que ofrecen útiles orientaciones a la planificación y a la práctica de las iniciativas tendientes a promoverlo. Entre los avances cabe destacar:

a) La conceptualización de “lo local” como ámbito geográfico, social y comunitario, susceptible de constituirse en sujeto del proceso.

b) La conceptualización del “desarrollo local” como la postulación de un proceso endógeno basado en los recursos locales y orientado a las necesidades de las personas y grupos sociales del lugar involucrado.

c) La postulación de una estrategia de desarrollo “desde abajo”, que implica relevar la activa participación de “las bases” organizadas y organizables del lugar como actores principales de su propio desarrollo.

d) La identificación de los diferentes “agentes institucionales”, cuyas energías es indispensable modificar para el efecto.

e) La importancia de la “concertación” y coordinación de los esfuerzos de los agentes externos, en concomitancia con la necesidad de integración (redes) y cooperación (solidaridad) de los agentes locales internos.

f) El relevamiento de ciertos núcleos problemáticos en los cuales parece indispensable concentrar los esfuerzos, tales como programas de capacitación, líneas de créditos para la pequeña producción local, programas de comercialización, desarrollo de capacidades empresariales de los agentes locales, creación de espacios de concertación para los agentes externos e internos, procesos de organización e integración asociativa de los agentes locales, estableciendo las redes de información y coordinación.