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Muy buenos
días.
Agradezco a los organizadores de este evento la oportunidad de exponer
e intercambiar con ustedes ideas y puntos de vista sobre el tema que
me indicaron –austera y escuetamente- como "Perspectiva Económica".
Un título en que la palabra "perspectiva", que se aplica
también a otras ponencias, ofrece la posibilidad de que se realicen
esta Semana interesantes debates. En efecto, la perspectiva es por definición
un fenómeno óptico, determinado por la posición
en que se encuentra el observador y por el punto de vista desde el cual
mira y analiza la realidad, que en este caso es la realidad económica.
La posición del observador, su punto de vista, determina la estrechez
o amplitud de su mirada, el horizonte que abarca su visión, el
nivel de detalles que logra identificar y, sobre todo, lo que se le
presenta en primer plano, como lo más importante y destacado,
y aquello que disminuye ante su vista hasta incluso esfumarse completamente.
Por ello resulta siempre conveniente explicitar el propio lugar de observación,
para facilitar la comprensión y la calibración de lo que
se dice, por parte de quienes escuchan.
En mi caso,
el punto de vista no es el de un economista habituado a seguir y analizar
la coyuntura y que propone sus análisis para orientar a los actores
económicos, sean públicos o privados, en sus procesos
decisionales respecto a inversión, consumo, políticas
de desarrollo, gestión empresarial, etc. Diría incluso
que observo la realidad económica con mucho interés, atención
y dedicación, pero desde fuera de sus dinámicas cotidianas,
sin sentirme mayormente afectado por lo que ocurre en ella, ni cambiar
mis opciones según la marcha de las variables consideradas habitualmente
como relevantes para cualquier operador o actor económico. Aunque
enseño y escribo sobre economía desde los inicios de mi
vida profesional, algunos dicen que el mío es el enfoque de un
filósofo, que en realidad fue la primera orientación de
mis estudios. Por otro lado, por mis opciones y mi trabajo he estado
y permanezco en contacto con los sectores pobres de la sociedad, aunque
no estoy particularmente interesado ni en las políticas sociales
ni en las iniciativas de beneficencia, sino en los que aprecio como
los propios esfuerzos de los pobres por generarse oportunidades, recursos
y capacidades mediante iniciativas económicas independientes,
personales, familiares, asociativas o cooperativas.
Pues bien,
desde mi particular punto de vista lo primero que observo es que el
"modelo" económico imperante funciona con gran dinamismo,
generando crecimiento de la producción y de la productividad,
impulsando la economía hacia adelante con alta velocidad; y observo
también que en dicho crecimiento y dinamismo se va concentrando
la riqueza en cada vez un menor número de grandes o pequeñas
empresas altamente eficientes, y excluyendo progresivamente a cada vez
más amplios sectores de la sociedad. Veo esta economía
como un tren muy moderno que avanza a gran velocidad y que va acelerando
su marcha, pero que en cada estación y a medida que avanza va
dejando pasajeros en el camino, que son más que aquellos otros
que el mercado permite que se suban a los carros.
Algunos pensamos
que en su acelerada marcha, ese tren va destruyendo medio ambiente,
organización social, sociedad civil, valores y culturas tradicionales.
Pero eso no es visto desde la perspectiva de quienes conducen el tren
o viajan en su interior; o si se ve, no hay tiempo ni recursos para
ocuparse mucho en ello. Lo que más interesa es la velocidad,
el dinamismo, la eficiencia y la competitividad, que se sintetizan en
el porcentaje o la curva de crecimiento económico que va logrando
el país, o la propia empresa, o el individuo mismo.
En ese tren
hay tres tipos de carros. Está el carro de primera, donde viajan
las grandes empresas, los mejores negocios, los grandes inversionistas,
las economías avanzadas. Ahí encuentran comodidades y
riqueza; pero también en ese carro se compite duramente, y por
tanto se corre el riesgo de ser bajado del tren. Hoy no es fácil
permanecer vigentes ni siquiera para inversionistas globales y gigantescas
empresas transnacionales (líneas aéreas, automotrices,
bancos, cadenas de supermercados, etc.)
En carros
de segunda clase viajan las empresas medianas, los altos ejecutivos
y administradores de las empresas grandes, los profesionales más
exitosos que prestan servicios a los que viajan en primera, y países
de mediano desarrollo.. En estos carros hay muchas comodidades, ventajas
y privilegios, se viaja muy bien; pero hay que trabajar duro para permanecer
arriba pues la competencia puede ser muy aguda, de modo que los viajeros
no tienen mucho tiempo para gozar de lo que poseen y suelen estresarse
y agotarse por exceso de trabajo y preocupaciones.
Vienen después
los carros de tercera, reservado para los empleados y trabajadores que
tienen un sueldo mensual que les permite vivir sin comodidades, acceder
a cierto nivel básico de consumo de bienes, y a insuficientes
e inadecuados servicios de salud, educación y recreación.
En estos carros caben muchos, pero también hay competencia y
siempre se está en peligro de ser bajados en la próxima
estación, donde muchos tratarán de subirse. Conservar
el puesto de trabajo puede exigir esfuerzos notables, incluida la realización
de estudios vespertinos y capacitación.
La razón
de este modo de funcionamiento de la economía es muy fácil
de comprender. Se trata de una economía basada esencialmente
en la competencia; una competencia que se torna cada vez más
dura y exacerbada, entre todos los sujetos que participan en la producción
y la distribución de la riqueza. La competencia es la lucha de
todos contra todos, por ganar espacios en el mercado y por permanecer
vigentes. En esta competencia los sujetos económicos, especialmente
las empresas, hacen uso de toda su fuerza y su poder para no ser desplazados,
y ganar posiciones y crecer.
En esta competencia
y en este mercado en que todos luchan empleando todas sus capacidades,
su poder y su fuerza, van ganando siempre los más fuertes, los
más capaces para hacer negocios, los mejor posicionados, los
más inteligentes, los que tienen más recursos, los más
poderosos, los que tienen tecnologías más modernas, los
que disponen de mejores formas de gestión.
Así,
vemos que las empresas más eficientes (que a menudo son las más
grandes, pero no siempre es así) van absorbiendo a las de menor
dinamismo; los supermercados van desplazando a los almacenes y tiendas,
las cadenas de supermercados más eficientes van absorbiendo a
los supermercados menos eficientes; las líneas aéreas
más dinámicas eliminan del mercado a las que lo son menos;
los bancos más competitivos absorben a los menos; las universidades
mejor posicionadas expanden su participación en el mercado a
expensas de las menos innovadoras. Los profesionales más eficientes
desplazan a los menos eficientes. Los trabajadores más productivos
a los menos productivos; etc.
Es una competencia
que se agudiza, que se vuelve más dura, dejando cada vez menos
márgenes a los que no sean los óptimos. Esta competencia
genera dinamismo, y así vemos que la economía avanza a
creciente velocidad.
El problema
es que no todos podemos ser los mejores, no todos podemos ser los óptimos.
Las capacidades se encuentran distribuidas según una "curva
normal". Hay los muy capaces, los medianos, y los menos capaces.
Hay los que tienen mucho poder, los que tienen menos, y los que tienen
muy poco. Los que tienen muchos y buenos recursos, los que tienen menos,
y los que tienen poco. Están los muy eficientes, y los que no
lo son tanto.
Así,
mientras la competencia va concentrando la actividad económica,
va expandiéndose también la marginación y la exclusión.
En la campana o curva de distribución normal, están los
que se desplazan hacia el primer segmento, el de los mejores y más
capaces, y el de los que perdiendo posiciones son desplazados hacia
el otro lado de la curva, donde están los perdedores. Tendencialmente,
todos los que no son los "mejores" en la competencia, van
siendo desplazados, y ello parece inevitable.
Como así
funciona la economía, entonces se nos enseña a competir.
Y para ser competitivos, hay que ver cómo podemos desplazar a
los otros. Hace ya varios años vino a Chile un destacado experto
internacional en negocios, y el eslogan con que publicitó sus
conferencias decía: "El sentido de la estrategia es apropiarse
del negocio de los otros". Eso es lo que vino a enseñar
ese señor, y es parte importante de lo que se enseña en
los programas de formación en marketing, gestión, desarrollo
empresarial, etc. Apropiarse del negocio del otro, de la empresa de
otro, del mercado de otro, de la "pega" de otro. Eso es lo
que de hecho intentan hacer los actores económicos que compiten
en el mercado, cada uno en sus respectivos ámbitos de actividad.
Y no por maldad y ni siquiera por codicia, sino porque en la competencia
o se gana o se pierde, y perder resulta demasiado duro y costoso.
Es parecido
a lo que se muestra y se enseña en varios reality de la TV, en
que al comienzo hay muchos, y cada cierto tiempo van saliendo los que
no sean los más hábiles, competitivos, eficientes. Por
"talento" y por "convivencia", empleando todas las
artimañas y ardides, se trata de desplazar a otros, e ir dejando
sólo a los más capaces y eficientes y competitivos.
Así
en la economía, cada vez van quedando menos, ciertamente los
más eficientes y dinámicos, pero menos. El resultado de
esto es que mientras las empresas grandes y competitivas van absorbiendo
a las menos eficientes, y los profesionales más eficientes van
desplazando a los menos eficientes, y los trabajadores más productivos
logran conservar sus puestos de trabajo, se va creando una gran desocupación
de recursos y de fuerzas productivas en la sociedad.
Así,
hay actualmente mucha desocupación y cesantía, que no
es sólo la que dicen las estadísticas, pues en ellas se
considera como trabajadores ocupados a muchos que logran generarse algunos
ingresos realizando actividades informales en las calles, en las micros,
en las plazas. Y así como hay bastante fuerza de trabajo inactiva,
hoy vemos, recorriendo cualquier calle de nuestras ciudades, una gran
cantidad de locales cerrados, de propiedades en venta en busca de alguien
que se interese por utilizarlas económicamente. Y hay abundantes
capacidades profesionales inactivas, y capacidades de administración
y gestión desaprovechadas. E incluso hay muchos recursos financieros
que no se emplean productivamente, ahorros que no se sabe qué
hacer con ellos, y que depositados en los bancos no compensan la pérdida
de su valor por la inflación (que no es solo el IPC y el IPM
sino también los incrementos en los precios accionarios, inmobiliarios,
de los commodities, metales, etc.).
Cuando los
mercados se internacionalizan y "globalizan", también
los países y las economías nacionales entran en competencia,
por lo que deben desmontar protecciones arancelarias y cambiarias, bajar
los impuestos al capital y la inversión, etc.. Obviamente, las
empresas de todo el mundo pasan a ser competidores dentro del país;
tanto las empresas de los países desarrollados que compiten en
base al gran tamaño de sus operaciones y a las avanzadísimas
tecnologías que emplean, como las de los países llamados
"emergentes" como China y otros que se hacen competitivos
en base al sacrificio extremo de sus inmensas poblaciones, a quienes
se les pagan salarios miserables y se les mantiene en bajísimos
niveles de consumo.
Para los
que van siendo marginados de esta extrema y global competencia, el "modelo"
económico predispone solamente dos recetas: para los definitivamente
"inviables" y en consecuencia destinados a la extrema pobreza,
focalizar el gasto social a fin que puedan sobrevivir, aunque sea en
condiciones de completa dependencia. Y para los que tienen alguna capacidad
e iniciativa, provisionarles acceso a algún microcrédito
de modo que puedan crear una microempresa, la que debe buscar su propio
"nicho" de mercado.
Lo que se
intenta de este modo, es agregar al tren de la economía de competencia
capitalista una especie de último carro de cuarta clase, sin
asientos y donde puedan caber amontonados unos cuantos pasajeros más.
Pasajeros del mismo tren, o sea, microempresarios imbuidos de espíritu
competitivo, que luchen y compitan unos contra otros para sobrevivir,
o sea, para no ser de nuevo bajados del tren.
El problema
es que los "nichos" de mercado que dejan las grandes empresas
son escasos, muy pequeños, e insuficientes para dar oportunidad
a la enorme cantidad de microempresas y trabajadores independientes.
El hecho es que se espera que esas microempresas sean también
ellas competitivas, esto es, que compitan también duramente entre
ellas, de modo que puedan sobrevivir las más aptas. Es la misma
lógica de la concentración y la exclusión, sólo
que ahora en la pequeña escala de los pequeños nichos
del mercado aún no ocupados por las grandes empresas, esto es,
en el último carro del mismo tren de la competencia. Pero incluso
a esos "nichos" y a ese carro llegan poco a poco las empresas
grandes, desplazando una vez más a las micro y pequeñas
empresas que con tanto esfuerzo se habían por un tiempo abierto
un espacio de mercado.
Lo que he
expuesto no es, ciertamente, todo el panorama económico que observo;
pero es en verdad el "punto focal" de la perspectiva económica
que puedo ver desde mi particular punto de observación. Hacia
dicho "punto focal" me parece que convergen las tendencias
económicas que derivan de la competencia exacerbada en el marco
de la economía libre de mercado en curso de globalización.
Frente a
dicha realidad, o a la realidad económica vista con esta perspectiva
de mediano y largo plazo, puede que alguien quisiera preguntarme qué
podemos hacer. Al respecto, tendría que decir que hay una primera
opción que efectuar, tanto a nivel de país y de sociedad,
como a nivel personal. Y es, decidir si se quiere participar en ese
tren y en la competencia que determina su marcha, con todas las consecuencias,
exigencias y riesgos que implica, o si pudiera preferirse bajar del
tren y seguir por caminos diferentes, por ejemplo, el de la asociatividad,
la cooperación y la solidaridad.
Respecto
a la primera opción, la de continuar participando en la competencia,
hay mucho escrito, dicho y enseñado, y poquísimo podría
agregar yo aquí. En realidad mi trabajo en el ámbito de
la economía ha consistido, en lo principal, en elaborar pensamiento,
caminos, propuestas, alternativas, metodologías, para quienes
por las circunstancias que fuera, ya no están arriba del tren
de la competitividad.
¿Quiénes
son ellos? Diría, muy esquemáticamente, que allí
se encuentran tres tipos de personas. En un primer grupo podemos contar
a los que en realidad nunca se han subido al tren de la competitividad,
porque viven todavía fuera de la modernidad, o porque sus culturas
tradicionales los han orientado en otras direcciones, como es el caso
de algunos pueblos y comunidades indígenas y campesinas, que
no son pocos en nuestra América Latina. Están además,
en un segundo grupo, todos los que han participado y luchado en el tren
de la competitividad, pero que han sido excluidos y marginados como
consecuencia de haber sido menos eficientes, menos competitivos, productivos
e innovadores, tal vez menos esforzados, pero en general menos capaces
o aptos para los negocios, la productividad y la competencia. Son también
muchos, y se encuentran no solamente entre los que se contabilizan como
pobres, sino también en otros sectores socio-culturales. Y en
un tercer grupo encontramos a quienes por propia decisión, fundada
en razones y motivos éticos y sociales, han optado libremente
por bajarse del tren y vivir de otro modo, tal vez apoyando la promoción
de los más débiles, o simplemente buscando la que pueden
imaginarse como una mejor calidad de vida, más convivial, más
próxima a la naturaleza, menos estresada y quizá más
sustentable en el largo plazo. Estos son pocos, pero tengo la impresión
de que están aumentando.
Lo importante
que he querido hacer presente en este importante evento –y con
esto termino- es que no debemos olvidar que en esta tierra y en este
mundo debemos vivir todos, no solamente los mejores y más capaces,
eficientes y competitivos.
Muchas gracias.
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