LAS ORGANIZACIONES ECONÓMICAS POPULARES. MÁS ALLÁ DE LA SUBSISTENCIA*

Artículo publicado en la Revista Iberoamericana de Autogestión y Acción Comunal, primavera de 1986.

 

* Este documento fue preparado para el Seminario Crisis económica, catástrofe y movimiento laboral, organizado por el P.E.T. en Santiago, el 13 de abril de 1985.

SUMARIO

1. De la experiencia surgen nuevas interrogantes.
2. Es necesario un desarrollo alternativo.
3. Desarrollo no es industrialización, sino calidad de vida.
4. Desarrollo no es acumulación de capital, sino incremento del saber práctico.
5. Los sectores populares como sujeto principal del desarrollo.
6. Las organizaciones económicas populares como agentes de un desarrollo alternativo.
7. La evaluación de la eficiencia en la economía popular solidaria.
8. Sobre el modo de acumulación en las organizaciones económicas populares.

Algunas ideas en torno a los desafíos que se presentan en las OEP después del terremoto.

1. De la experiencia surgen nuevas interrogantes.

En otras ocasiones (1) hemos descrito la experiencia de las organizaciones económicas populares (OEP), los orígenes y motivos de su formación, el proceso de expansión del fenómeno y las varias etapas de su evolución en conexión con las sucesivas coyunturas económico-políticas nacionales; hemos reflexionado sobre su identidad como modo nuevo de organización y de acción, y hemos formulado una tipología de las distintas formas organizativas.

Las cuestiones principales que nos han preocupado, y que han sido tema de varios debates, se han centrado sobre las potencialidades transformadoras que tengan estas organizaciones respecto de los procesos económicos, políticos y culturales del país. Ese sigue siendo el interrogante crucial que surge desde la experiencia de las OEP a la reflexión teórica; pero su formulación tan amplia permite encontrar sólo respuestas generales, siendo necesario desglosarlo en preguntas más específicas y particulares para avanzar hacia respuestas más precisas.

Hasta ahora, la cuestión general se había especificado en aquella más simple sobre el grado de permanencia o de transitoriedad que tengan estas respuestas organizativas, entendidas como fenómeno social relativamente nuevo, complejo y heterogéneo. ¿Son las OEP un hecho transitorio que responde a una situación de crisis coyuntural prolongada; o un fenómeno consustancial al modelo económico-político en cuyo marco se formaron, y que en consecuencia perdurará tanto como, pero no más, que aquél; o se trata más bien de un proceso innovador destinado a permanecer más allá de las actuales condiciones, que es portador de comportamientos, valores y relaciones nuevas, un sistema de acción que vive actualmente apenas su fase germinal, logrando desarrollarse a pesar de las adversas condiciones económico-políticas en que se ha desenvuelto?

La clarificación del asunto, al nivel de la conciencia colectiva de los sujetos participantes e interesados en este proceso organizativo, parece haber avanzado más que entre quienes lo analizan desde fuera en función de preocupaciones políticas de corto plazo. Las tres hipótesis o puntos de vista con que se ha juzgado el proceso de las OEP, y que muchos consideran como recíprocamente excluyentes, se han ido mostrando en la práctica como elementos parciales de una concepción unitaria. En verdad, los tres contienen una parte de la realidad: no cabe duda de que las OEP son una respuesta popular al problema de la subsistencia y a la crisis económico-social que tan duramente afecta a los pobladores y trabajadores (hipótesis mínima); que se trata también de una respuesta condicionada por el actual contexto institucional y económico, adaptada a las circunstancias que han obligado a un repliegue de las formas tradicionales de organización popular, pero siendo las OEP una parte del movimiento laboral y un momento de la historia de la organización social de las clases subordinadas (hipótesis intermedia); y que las OEP son, además, portadoras de valores solidarios, de creatividad popular, de construcción práctica de grados crecientes de libertad y autonomía, de relaciones sociales democráticas y de participación, todo lo cual apunta a la construcción de un nuevo modo de vida, de una distinta estructura social, a una transformación histórica profunda (hipótesis máxima).

Para comprender e impulsar eficazmente este proceso organizativo es indispensable superar las visiones parciales, y ver en las OEP concretas –en cada una de ellas y en el proceso organizacional conjunto- la presencia simultánea de los tres niveles de su realidad, que no son tanto hipótesis, sino potencialidades parcialmente concretizadas.

Si en tal dirección se va resolviendo el debate anterior, de la experiencia que siempre se renueva y que no se detiene ante las dudas y perplejidades teóricas surgen nuevas preguntas. Como la muy concreta sobre los desafíos que se presentan a las OEP después del terremoto, y sobre el aporte que puedan hacer en la tarea de reconstrucción. Pero en el trasfondo de ésta, y desde antes de producirse la catástrofe, viene planteándose un interrogante crucial que puede expresarse así: ¿pueden las OEP, junto a otras formas cooperativas y autogestionadas de economía popular y solidaria, trascender su propio origen como estrategia de subsistencia, y alcanzar el nivel en que puedan ser reconocidas como un aporte real a una estrategia alternativa de desarrollo?

Esta pregunta se enlaza con la anterior sobre la transitoriedad o permanencia, y, como aquélla, es también una especificación de la cuestión general sobre las potencialidades transformadoras que tengan estas formas de organización y acción. Pero es una pregunta que requiere una respuesta específica y nueva, que no se puede deducir de la anterior, sino que debe ser teorizada mirando la experiencia. Intentaremos una primera aproximación teórica y buscaremos luego aterrizar en la coyuntura que se ha configurado con la reciente catástrofe.

2. Es necesario un desarrollo alternativo.

Para abordar la cuestión es preciso definir y redefinir algunos de los términos implicados en la pregunta. Por cierto, no es esta la ocasión para penetrar en profundidad ni para entrar en los detalles de un tema tan vasto como el del desarrollo; nos interesa solamente sugerir un cambio de enfoque, para asumir una actitud intelectual con que se pueda comprender adecuadamente el problema y el tipo de respuesta que buscamos.

Que sea necesaria una estrategia de desarrollo resulta evidente dado el fracaso de las estrategias conocidas y aplicadas; lo que precisa alguna mayor aclaración es la necesidad de que lo alternativo no sea sólo la estrategia, sino también el desarrollo perseguido. Ambas cosas, en realidad, están unidas, pues si se quiere un desarrollo distinto en sus contenidos y en sus formas no pueden seguirse las vías tradicionales, del mismo modo que la aplicación de una estrategia nueva no puede conducir a los mismos resultados conocidos, sino a un tipo de desarrollo distinto.

Según la concepción convencional más difundida, el desarrollo consistiría básicamente en un proceso de industrialización, que supone y a la vez implica una sustancial acumulación de capital, y cuyas fuerzas impulsoras pueden ser una clase empresarial o el Estado (o alguna combinación de ambos sujetos), entendidos como agentes organizadores de las actividades productivas principales y más dinámicas. En su realidad concreta (la que se ve en los países desarrollados), el desarrollo es más que eso, y distinto que eso; pero así puede sintetizarse lo que suele entenderse como desarrollo, especialmente en los países que no lo tienen y que aspiran a alcanzarlo.

Para no entrar en una complicada disquisición terminológica y conceptual sobre lo que es y lo que no es el desarrollo –que nos llevaría al mismo resultado por un camino más largo-, pensemos más bien en lo que deseamos como meta e ideal de sociedad desde el punto de vista de su potencial económico, y a eso démosle el nombre de desarrollo. Probablemente imaginamos una sociedad en que las necesidades básicas de todos se hayan adecuadamente satisfechas; en que otras necesidades y aspiraciones más refinadas pueden también ser satisfechas, diferenciadamente en función de las distintas motivaciones y gustos personales; en que no hay desempleo forzado, sino una utilización plena y eficiente de los recursos humanos y materiales, y en que las personas se han liberado de las formas de trabajo más pesadas; en que hay relaciones sociales integradoras y no existe la explotación de unos sobre otros; en que hay elevados niveles de educación, la mejor salud, un ambiente culto, un excelente sistema de comunicaciones sociales, el más logrado equilibrio ecológico y social, y una superior calidad de vida (2).

3. Desarrollo no es industrialización, sino calidad de vida.

Aún si prescindimos de la acuciante duda respecto al grado en que tales metas se hayan alcanzado en las sociedades industriales, hay que preguntarse si acaso en los países subdesarrollados podamos aproximarnos a su realización mediante la destinación prioritaria de los recursos disponibles hacia la aceleración de un proceso de industrialización. Porque sólo en tal caso podríamos mantener, para nuestras sociedades, la asociación entre el proceso de desarrollo y el de industrialización.

Pero no es difícil percibir que priorizar la industrialización nos aleja más de lo que nos acerca al desarrollo, tal como lo hemos concebido. Es fácil verlo en relación a cada una de las características que dejamos anotadas. En efecto, las direcciones principales de industrialismo no se hayan orientadas a la satisfacción de necesidades básicas, sino de aquellas más sofisticadas que requieren artefactos de mayor elaboración y complejidad. Una política orientada a la satisfacción de necesidades básicas debiera priorizar otras ramas de la economía, como la agricultura, la ganadería, la construcción y los servicios para satisfacer las necesidades de alimentación, vivienda, salud, educación y comunicaciones de toda la población. El industrialismo tiene sentido una vez que estas necesidades básicas de la población se encuentran razonablemente satisfechas. Tal es la experiencia de las sociedades industriales más equilibradas. Si el objetivo es un pueblo bien alimentado, con buena salud, culto, bien comunicado, que viva en viviendas dignas, hay que orientar la producción y la actividad económica directamente hacia tales objetivos, y no esperar que ellos resulten de un efecto de “chorreo” que tenga el desarrollo industrial, después de que para acelerarlo hayan tenido que ser transferidos recursos desde el campo a la ciudad y desde los demás sectores hacia la industria. Agreguemos, de paso, que mediante la producción en serie y estandarizada propia de la industria difícilmente se obtiene aquella variedad de productos capaces de satisfacer motivaciones y gustos personales diferenciados; mucho mejor puede lograr tal objetivo una artesanía moderna bien implementada tecnológicamente.

Tampoco la industrialización es un camino eficiente para crear empleos y conducir a la ocupación plena de factores. De todos los sectores, es la industria uno de los que ocupa menor proporción de fuerza de trabajo por unidad de capital; y a partir de cierto nivel de industrialización básica, cuanto más industrializada es una economía, menor es la proporción de los ocupados en la industria sobre el total de la población económicamente activa. Son, por el contrario, aquellos mismos sectores que se orientan más directamente a la satisfacción de las necesidades básicas los más intensivos en el empleo de trabajo humano. En sociedades donde escasea el capital y es abundante la fuerza laboral, priorizar actividades intensivas en capital y que ocupan poca mano de obra es evidentemente darle al conjunto de los recursos un uso ineficiente, que no maximiza ciertamente el desarrollo.

Similares conclusiones podemos obtener analizando los otros elementos del desarrollo deseado. La experiencia enseña que la industria no es fuente de integración social, sino de conflictos; que la industrialización no elimina la explotación de los trabajadores, y que las sociedades industriales se distinguen por graves y crecientes desequilibrios ecológicos, demográficos y sociales. En general, no hay razones suficientes para asociar el desarrollo de la educación, la salud, la cultura, las comunicaciones y la mejor calidad de vida con la industrialización moderna. Desde nuestras situaciones de subdesarrollo, parece que pueden desenvolverse mejor las potencialidades económicas desincentivando ciertos tipos de industria (mediante impuestos especiales, restricciones crediticias, etc.), fomentando la producción en los sectores primario y terciario, y reservando a la pequeña industria y al artesanado aquellos rubros de producción en que puedan elaborar productos de calidad a precios no excesivamente superiores a los sustitutos industriales.

Esto no nos llevaría a una sociedad más arcaica y atrasada –como quieren sostener los que se oponen al desarrollo alternativo-, sino que podría llevarnos incluso a niveles de vida avanzadísimos, si se los evalúa con los parámetros de la calidad de vida. Pensemos, a modo de hipótesis, en las situaciones siguientes:

a. Un desarrollo consistente y cualitativo de las comunicaciones, realizado transfiriendo recursos desde, por ejemplo, la industria automotriz, podría llevarnos a una situación en que excelentes medios de comunicación disponibles hagan innecesario el uso de muchísimos automóviles y medios de transporte.

b. Un desarrollo cualitativo y cuantitativo del sector educación, realizado transfiriendo recursos financieros ocupados en la industria de armamentos o en una serie de industrias que producen baratijas, llevaría a una sociedad de hombres más cultos en la que la demanda de baratijas disminuiría, y donde el uso de las metralletas y armas sería muy bajo.

c. La liberación de recursos para el sector salud, desde una serie de industrias químicas, podría implicar construir una sociedad de personas más saludables que demandarían menos productos químicos y farmacéuticos.

Por cierto, estos ejemplos no deben tomarse al pie de la letra, sino como anticipaciones dialécticas frente a una contraargumentación previsible.

4. Desarrollo no es acumulación de capital, sino incremento del saber práctico.

Junto con disociar el desarrollo de la industrialización, es preciso distinguirlo también del proceso de acumulación de capitales, con el que también se acostumbra identificarlo. En realidad, tal identificación no es sino una consecuencia de haber previamente considerado el desarrollo como industrialización, ya que es éste el proceso que requiere consistentes niveles de acumulación y concentración de capitales, sea en manos de los empresarios privados o del Estado.

En el limitado espacio de esta exposición no podemos detenernos en la argumentación analítica necesaria para precisar exactamente la relación existente entre desarrollo y capitalización. Nos limitamos a sostener que una sociedad no es desarrollada porque disponga de abundantes capitales, sino porque ha logrado expandir las potencialidades de los sujetos económicos que la conforman, ampliando el campo de sus actividades productivas, comerciales, tecnológicas, científicas, etc. Ello requiere bienes económicos concretos y una adecuada dotación de recursos materiales y financieros; pero más importante que ellos son el desarrollo de las capacidades humanas, el aprendizaje de los modos de hacer las cosas, los conocimientos científicos y tecnológicos disponibles y su grado de difusión en la sociedad, la acumulación de informaciones crecientemente complejas, la organización eficiente de las actividades por parte de los sujetos que han de utilizar los recursos socialmente disponibles. Una sociedad puede estar transitoriamente provista de abundantes recursos de capital (como sucedió en nuestro país en el período de los créditos extranjeros fáciles, que abultaron enormemente nuestra deuda externa), y sin embargo no experimentar un desarrollo, sino un real empobrecimiento en el mismo período y en los sucesivos, si tales recursos no son utilizados con la suficiente inteligencia, racionalidad y eficiencia. Más que de capitales, el desarrollo requiere la formación de nuevos comportamientos, de determinados hábitos de conducta, de grados crecientes de organización social, requeridos por la multiplicación de las informaciones y la complejidad de las estructuras que caracterizan la sociedad moderna.

Son esclarecedoras las siguientes proposiciones de K. E. Boulding: “Por muy difícil que sea definir el desarrollo como una cantidad, existe un amplio consenso acerca de que el proceso de desarrollo puede ser reconocido y que consiste en un incremento del saber, del conocimiento práctico y del capital, que conlleva un aumento de la complejidad de las estructuras de la sociedad. (...) En este proceso, la acumulación de capital físico no humano desempeña una función importante, pero mucho más importante es la acumulación de capital dentro del sistema nervioso humano; esto es, el proceso de aprendizaje. El desarrollo es un proceso de aprendizaje y poco más. No consiste meramente en la acumulación de todo tipo de bienes, en la acumulación de capital en un sentido más simple. Consiste en desarrollar existencias de nuevos tipos de bienes, y, lo más importante, consiste en desarrollar conocimientos prácticos y saber en el sistema nervioso humano que anteriormente no existían. No es de ningún modo absurdo considerar todo el proceso de acumulación de capital esencialmente como un proceso de aprendizaje, no sólo en el sentido de que el aprendizaje humano es crucial, sino también en el sentido de que incluso el capital físico está formado realmente por conocimiento humano impuesto sobre el mundo físico” (3).

5. Los sectores populares como sujeto principal del desarrollo.

Una vez disociado el desarrollo del proceso de industrialización y de la acumulación de capitales, puede también comprenderse que sus agentes promotores pueden ser sujetos distintos de los empresarios capitalistas o la burocracia estatal, o, al menos, que no son éstos los únicos involucrados en la tarea. La experiencia histórica de las naciones desarrolladas permite comprender que sólo puede hablarse de verdadero desarrollo allí donde la sociedad en su conjunto –todos sus grupos y categorías sociales- participan de los beneficios del desarrollo al mismo tiempo que contribuyen de algún modo a generarlo; en otras palabras, que el real agente impulsor del desarrollo no es otro que el pueblo, en su variedad de categorías y grupos funcionales.

En realidad, ha sido el intento de “acelerar el desarrollo” en los países subdesarrollados o “en vías de desarrollo”, saltándose ciertas etapas que en los desarrollos anteriores habían creado las premisas culturales y sociales del crecimiento, lo que ha llevado a creer que hay ciertos agentes privilegiados portadores del desarrollo, en la esperanza de que apoyando a esos grupos más modernos y dinámicos se promovería el desarrollo general. Pero el resultado de tales políticas ha sido que una parte reducida de cada nación subdesarrollada se ha modernizado, mientras otra parte más grande ha permanecido estancada o incluso experimentado procesos de regresión. Así, se ha venido acentuando la separación entre “dos mundos” al interior de nuestras sociedades: el mundo de los integrados, que tiene acceso a los bienes y servicios de la vida moderna, y el mundo de los excluidos y marginados, cuya segregación tiende a ser cada vez más global, abarcando lo económico, lo político, lo cultural y lo territorial (4).

Precisamente, tal segregación social es una de las características más relevantes del subdesarrollo de una sociedad. Dada la existencia de los mencionados “dos mundos” tan desiguales y separados, cada vez es más evidente que ningún índice ni parámetro que promedie entre ambas situaciones (tales como el conocido “ingreso per cápita”) puede considerarse como indicador del desarrollo, ni siquiera lejanamente aproximado; menos aún podría serlo alguna variable interna al sector moderno (como sería, por ejemplo, la cantidad de computadoras utilizadas o el volumen del comercio exterior). Por el contrario, el principal indicador del subdesarrollo de un país no es otro que la amplitud (como porcentaje de la población afectada y como grado de su pobreza) que hayan alcanzado en él la exclusión y marginación social, económica, política y cultural.

Llegamos así a una conclusión decisiva: que la condición fundamental para iniciar un proceso de desarrollo no es proveer de capitales a una clase empresarial o a un organismo estatal, sino reducir el espacio de la marginalidad y la exclusión. Y si es por allí donde puede y debe comenzar el desarrollo (cuyo carácter alternativo a estas alturas de la exposición es evidente), se concluye que en esta fase los principales agentes del desarrollo no serán otros que los mismos excluidos y marginados: los habitantes de las poblaciones periféricas, los campesinos, los obreros, los técnicos y profesionales que constituyen la fuerza de trabajo de un país.

Si unimos ahora esta conclusión a la anterior relativa a la naturaleza del desarrollo, podemos comprender que tal proceso consistiría, al menos en sus fases iniciales y por un período que puede preverse prolongado, en la ampliación de las capacidades humanas, del saber práctico, de las informaciones, de las capacidades de gestión de actividades económicas racionalmente organizadas, por parte de los distintos sectores y grupos sociales que conforman el mundo actualmente subordinado.

6. Las organizaciones económicas populares como agentes de un desarrollo alternativo.

Desde esta perspectiva de un nuevo y distinto desarrollo es posible comprender el papel que pueden cumplir en el proceso las OEP, el Cooperativismo, las empresas autogestionadas de trabajadores y la economía solidaria en general. Al plantear el tema es preciso aclarar de partida que nadie piensa que estas organizaciones sean el único y ni siquiera el más decisivo factor del desarrollo, porque, como anotamos, el desarrollo es un proceso que para ser verdadero debe involucrar al conjunto de la sociedad, y ello sólo es posible si todos los sectores participan, ante todo desarrollándose a sí mismos y contribuyendo al desenvolvimiento general. El de las OEP y otras formas de economía solidaria será considerado, pues, como un aporte sustancial e indispensable, tan sustantivo y necesario como ha de serlo el de los trabajadores asalariados a través del mejoramiento de su productividad, capacidades y organización social y sindical, o como el de los profesionales y técnicos mediante la ampliación de sus capacidades de crear, implementar y difundir nuevas tecnologías, informaciones y conocimientos.

Veamos, pues, qué contribución pueden hacer al desarrollo estas organizaciones populares y de trabajadores. Si el primer elemento del desarrollo consiste en la satisfacción de las necesidades básicas de la población, no cabe sino destacar tal contribución como importante, toda vez que esas organizaciones apuntan directamente a tal objetivo, mediante el despliegue de las capacidades y recursos de los mismos grupos que enfrentan serios problemas de subsistencia.

Se ha hecho habitual pensar en las OEP como actividades de subsistencia, y por eso mismo postular su precariedad y escasa aportación al crecimiento económico y a la transformación social. Cabe, sin embargo, observar que asegurar la subsistencia en las condiciones actuales de exclusión y extrema pobreza es una meta aún por alcanzar, y que lograrla significaría de por sí un avance cualitativo y significativo de nuestra sociedad. Por otro lado, el solo hecho de que varios miles de familias alcancen la autosubsistencia desde la situación marginal en que se encuentran, y que lo hagan sin tener que recurrir a la acción asistencial del Estado o al sometimiento a las condiciones que les exige el capital (en otras palabras, depender de algún patrón), sería un logro formidable desde el punto de vista de crear las condiciones o premisas de un proceso de desarrollo autosostenido. Desgraciadamente, aún no es posible afirmar que las OEP permitan realmente la autosubsistencia de sus integrantes, aunque contribuyen, en muchos casos en forma significativa, a su logro. Lo que queremos destacar es que la autosubsistencia implica un elevado nivel de desarrollo de las propias capacidades de trabajo y de autogestión, y que es un error minimizarlo y, más aún, contraponerlo a lo que serían las actividades de desarrollo.

Otro elemento del desarrollo al cual las OEP y otras formas cooperativas y autogestionadas pueden contribuir significativamente se refiere al incremento de la disponibilidad general de recursos y, en particular, al logro de crecientes niveles de empleo de la fuerza de trabajo. La organización y puesta en actividad de tales recursos pone a las OEP operantes en torno a un punto nodal de cualquier estrategia de desarrollo; porque –como afirma A. O Hirschman- “el desarrollo no depende tanto de saber encontrar las combinaciones óptimas de recursos y factores dados, como de conseguir, para propósitos de desarrollo, aquellos recursos y capacidades que se encuentran ocultos, diseminados o mal utilizados” (5).

Una de las características relevantes de la OEP desde el punto de vista económico consiste, precisamente, en que ellas movilizan recursos económicos anteriormente inactivos; estas organizaciones están a menudo en condiciones de aprovechar recursos que, por su menor productividad en términos físicos o de dinero, son descartados por las empresas capitalistas. Ello es particularmente válido con respecto a la fuerza de trabajo: en las organizaciones solidarias pueden encontrar ocupación trabajadores menos cualificados o de menor productividad, la llamada fuerza de trabajo secundaria, y también es posible el empleo de tiempos parciales o discontinuos que difícilmente pueden ser utilizados en otros sectores de la economía. Esto es económicamente viable porque las organizaciones solidarias operan con menores costos de factores, y porque sus integrantes pueden aportar y obtener valores y beneficios de otro tipo: servicios de capacitación, cultura, salud, etc., que forman parte del beneficio global y que en otros tipos de empresa no interesan. Además de esto, está la más importante posibilidad que crean: de que una parte al menos de los trabajadores desocupados, que a menudo poseen niveles de cualificación considerables, puedan desempeñar funciones productivas y de servicios socialmente útiles.

Algo similar sucede con respecto a otro tipo de recursos: uso de equipos y herramientas de menor productividad, utilización de tecnologías tradicionales, formas de gestión que desde una perspectiva capitalista serían consideradas ineficientes, etc. En general, hay en la economía popular solidaria una capacidad de realizar actividad económica con recursos marginales, y este mismo hecho ayuda a mantener bajos los costos de operación.

Pero quizá lo más significativo sea, en este sentido, el hecho de que las organizaciones económicas populares, cooperativas y autogestionarias ponen en actividad capacidades creativas, organizativas y de gestión que se encuentran socialmente diseminadas y que no han sido nunca económicamente aprovechadas. Si ellas lograran despertar y desplegar lo que podría denominarse “empresarialidad popular”, su contribución al desarrollo sería notable, pues el factor empresarial es considerado como uno de los más escasos y decisivos.

7. La evaluación de la eficiencia en la economía popular solidaria.

Otro aporte importante para comprender el aporte que puedan hacer estas formas económicas a una estrategia de desarrollo se refiere al nivel de eficiencia con que ellas empleen los recursos que movilizan. En efecto, es habitual el enunciado de quejas sobre ineficiencia; sin embargo, al hacerse comparaciones con otros tipos de empresas, es preciso no olvidar que las OEP utilizan recursos que aquéllas han descartado o que simplemente no están en condiciones de emplear; en este sentido, resulta evidente que las OEP están ocupando esos recursos humanos y materiales en forma más eficiente de cuanto lo hacen otras formas de organización económica..., que simplemente no los consideran. Además de eso, es necesario comprender que el concepto de eficiencia y el modo de evaluarla es, en estas organizaciones, distinto al de otras, pues responde a su específica y peculiar racionalidad económica (6).

En la economía popular solidaria la relación entre los objetivos y los medios y entre los beneficios y los costos, trasciende un cálculo estrictamente cuantitativo. Objetivos y medios se encuentran altamente entrelazados, y a veces resulta incluso imposible distinguirlos. El cumplimiento de determinados objetivos (por ejemplo, la satisfacción de ciertas necesidades básicas) puede ser un medio para la satisfacción de necesidades relacionales y de convivencia, y a la inversa. El uso del tiempo puede presentarse no como un costo, sino también como el logro mismo de algunos objetivos.

Por eso el concepto de eficiencia asume toda una connotación especial. No siempre es posible medir la eficiencia cuantitativamente, porque los costos y los beneficios pueden no tener expresión monetaria. La evaluación de la eficiencia suele ser un proceso de apreciación que los integrantes de la unidad económica hacen sobre el logro de sus objetivos complejos y el uso de los medios disponibles, apreciación que incluye aspectos cuantitativos y cualitativos, elementos objetivos y subjetivos.

Las unidades económicas solidarias ofrecen a sus integrantes un conjunto de beneficios y satisfacciones extraeconómicas que se suman a la cuenta o apreciación global que cada miembro realiza. Cuando se mide el producto generado por estas organizaciones, se ha de considerar no solamente la producción física, sino también un conjunto de servicios que si no hubieran sido generados en la misma organización, las personas habrían tenido que encontrar fuera de ellas, implicándoles un determinado costo económico, que incluye un gasto de tiempo, dinero, trabajo, energías, etc. También por el lado de los costos, la operación de estas unidades implica un conjunto de ahorros importantes. Por ejemplo, la gestión colectiva y participativa, que implica ciertos costos económicos, puede constituir también una satisfacción de determinadas necesidades de convivencia y de desarrollo personal y cultural. La misma organización voluntaria implica una reducción de los costos de información y comunicación, que no son gratuitos en el mercado de intercambios. El trabajo, que es un costo, un gasto de tiempo y de energías, al estar autocontrolado, puede ser una forma de desarrollo personal, sobre todo si tiene algún contenido creativo, como sucede en la producción artesanal.

Es por todo esto que las unidades económicas del sector solidario pueden a menudo aprovechar recursos descartados por otros sectores, y se da la paradoja de que no obstante utilicen recursos de menor productividad, a veces están en condiciones de producir para el mercado en términos competitivos, ofreciendo sus productos a menores precios que los posibles para empresas modernas de alto rendimiento.

8. Sobre el modo de acumulación en las organizaciones económicas populares.

Se ha discutido la posibilidad de que las OEP, al plantearse como organizaciones de subsistencia, experimenten procesos de acumulación; esto es un punto importante en función del problema del aporte que pueden hacer al desarrollo, en cuanto se sostiene que éste implica producción de excedentes sobre el consumo, que puedan ser invertidos en términos productivos. Pasando por alto la imprecisión conceptual de estas afirmaciones, y aceptándolas provisoriamente como válidas, cabe observar lo siguiente.

En la medida que estas unidades económicas establecen con terceros relaciones de mercado, ellas tienen la posibilidad de acumular los excedentes no consumidos, formar un capital de reserva, hacer inversiones productivas en la misma unidad, etc. Sin dudas, este tipo de acumulación es muy poco significativo en la actual situación de las OEP, aún cuando no sería de extrañar que en términos proporcionales el coeficiente de inversión sea en algunas unidades populares, y en las cooperativas y empresas autogestionadas, más alto que el que muestran las empresas de otro tipo y la economía nacional en su conjunto.

Pero, además de esto, hay que considerar que el tipo principal de acumulación en la economía popular solidaria consiste en el desarrollo de valores, capacidades y energías creadoras por parte de los sujetos que participan en ellas. Tal potenciamiento de las capacidades y recursos humanos –de la fuerza de trabajo a través de la capacitación y el ejercicio laboral, de las fuerzas tecnológicas a través de los distintos mecanismos de información y comunicación que estas organizaciones crean, de las capacidades organizativas, empresariales y de gestión, a través de la participación y la autogestión- puede ser entendido como un proceso permanente de inversión productiva (propio y peculiar de este tipo de economía popular y solidaria).

Volvemos así al punto que destacamos a nivel del problema macroeconómico del desarrollo, que es igualmente válido para cada unidad productiva: es preciso superar la creencia de que la única inversión es la que se efectúa con recursos financieros y de capital. Aún cuando no se verifique una mediación monetaria, es preciso reconocer verdadera acumulación y verdadera inversión allí donde existe algún potenciamiento de las capacidades productivas, un incremento cuantitativo o cualitativo de factores económicos, que se traduzcan en un incremento de la productividad en términos de bienestar humano. Tal es, como vimos, la esencia del desarrollo.

A modo de conclusión de este breve y esquemático análisis del significado de la economía popular solidaria en el despliegue de un desarrollo alternativo, volvemos a sugerir una actitud intelectual y metodológica nueva. Más que preguntarse si las OEP son o no organizaciones estables y dinámicas, o si puedan o no hacer contribuciones al desarrollo, hay que centrarse en el descubrimiento de potencialidades en vistas a identificar los modos de hacerlas operantes y más reales. Transformar, entonces, los interrogantes que han dominado el debate sobre las OEP y la autogestión en estos nuevos términos: ¿de qué modo es posible desplegar las potencialidades transformadoras que tienen estas formas de organización económica popular?; ¿cómo potenciar el crecimiento de los nuevos modos de pensar, de sentir, de actuar y de relacionarse que están en germen en este proceso organizativo?; ¿qué hacer para transformar esta estrategia de subsistencia en una eficiente alternativa de desarrollo?

ALGUNAS IDEAS EN TORNO A LOS DESAFÍOS QUE SE PRESENTAN EN LAS OEP DESPUÉS DEL TERREMOTO.

Si las OEP son formas de organización y acción que se han creado para enfrentar asociativamente los problemas de la subsistencia y la satisfacción de necesidades básicas, por parte de los mismos afectados y con la colaboración de solidaria de distintas instituciones de servicio, es claro que ellas tienen algo qué decir y qué hacer en la situación y frente a los problemas que se han creado con el terremoto. En ocasión de otras graves situaciones anteriores, como las inundaciones, surgieron distintas formas organizativas y se desarrollaron iniciativas solidarias, que dieron lugar a organizaciones económicas populares y a acciones coordinadas, como la operación invierno y otras. Hoy más que antes parece necesaria una acción organizada y coordinada.

Habría que decir, en general, que OEP enfrentan desafíos nuevos, y que tienen también posibilidades de desarrollarse. Durante todos estos años, las OEP han sido formas de organización y de acción que han servido eficazmente para enfrentar los problemas económicos y sociales más agudos, y para mantener y desarrollar la organización popular frente a las situaciones más difíciles y adversas. Si lo que distingue a estas organizaciones es el actuar directamente en la solución de problemas, utilizando los pocos recursos disponibles por cada grupo, más los que pueden obtenerse en base a la solidaridad y apoyo de algunas instituciones, hoy más que nunca sus experiencias pueden ser muy valiosas.

Por ejemplo, las organizaciones de pobladores sin casa, los comités de vivienda y las precooperativas habitacionales han desarrollado valiosas e interesantes experiencias, han elaborado propuestas de solución a los problemas de los allegados; todo ello debe ser recogido, valorizado y tenido seriamente en cuenta por los que quieran, ahora, encontrar las formas de enfrentar y solucionar el problema de los damnificados.

Así como se han formado ya nuevos grupos y organizaciones (Ollas Comunes, Amasanderías, Comités de Damnificados), es posible generar otras iniciativas para enfrentar asociativamente los problemas de vivienda y alimentación y otros servicios. En esto, las OEP, que tienen ya experiencia, pueden aportarla a los grupos en formación. Hay que pensar que los sectores más afectados (en los centros urbanos antiguos y empobrecidos y en los pueblos y ciudades de provincia), tradicionalmente han participado poco en organizaciones, y por eso han reaccionado en forma lenta: allí es difícil el trabajo colectivo. Por ejemplo, el 63 por 100 de los vecinos de la Zona Centro no tienen vinculación con organizaciones. Por ello es muy importante la ayuda que puedan prestar en el plano organizativo las OEP más experimentadas.

Otro campo en que las OEP pueden colaborar es en la realización de diagnósticos locales sobre daños, necesidades y demandas. Estas evaluaciones pueden ser muy útiles para la mejor canalización y utilización de las ayudas solidarias, como también para formular las propuestas e iniciativas apropiadas frente a los distintos problemas.

En cuanto a las ayudas solidarias, es claro que muchas OEP tienen experiencias valiosas. Evidentemente, existen ahora muchas y grandes demandas de ayuda solidaria, y existen también más recursos solidarios organizados, tanto en el país como en instituciones internacionales. Todo ello es importante. Pero la experiencia de las OEP enseña que las ayudas sirven poco si no están acompañadas por el esfuerzo de autoayuda y por la organización. Cuando un grupo se organiza y genera iniciativas, es mucho más probable que reciba ayuda, e incluso financiamiento, que si se limita a reivindicar y a demandar.

Todas éstas son ideas todavía muy generales, pero que es importante tener en cuenta. A manera de simples sugerencias para la discusión, se proponen a continuación algunas ideas un poco más concretas –no todavía o concretas que sería necesario-, que pueden quizá generar algunas iniciativas prácticas.

* Está la idea de los Comités de Damnificados.

* Se ha planteado la posibilidad de crear bancos o bodegas de materiales de construcción, a los que las organizaciones tengan acceso mediante algún sistema de préstamos y reposición posterior.

* Está la necesidad de constituir un sistema de informaciones útiles para las OEP y las instituciones sobre necesidades, ayudas, solidaridad, iniciativas organizadas, etc.

* Se han presentado diversos problemas tecnológicos, que requieren soluciones a través de las tecnologías apropiadas. Por ejemplo, el problema de materiales de construcción apropiados para la emergencia, los modos de reparar construcciones de adobes, el problema de la purificación del agua, problemas de letrinas en San Antonio y otras zonas donde se destruyó el sistema de alcantarillado, etc.

* La formación de nuevos talleres en algunos rubros importantes se hace posible, y ellos pueden hacer aportes interesantes. Por ejemplo, en base a Comités de Cesantes de la Construcción, talleres de reparación de viviendas, o talleres que produzcan algunos materiales de construcción, amasanderías populares, etc. En esto hay que tener presente que sí existen proyectos concretos y que tienen como base grupos ya organizados, quizá sea hoy más fácil que antes encontrar los recursos financieros necesarios.

* Por otro lado, cada taller debiera preguntarse cómo puede reorganizar su actividad, para responder mejor a las nuevas demandas y posibilidades que en algunas partes se abren.

* Otro problema es el del aumento de la cesantía en algunas zonas más afectadas, por ejemplo en San Antonio, Llolleo, Melipilla, etc. Las formas conocidas de organización de cesantes y de talleres laborales podrían ser impulsadas, recibiendo monitoría por pare de grupos ya constituidos.

* Otro asunto que habría que discutir es el de qué hacer respecto de los créditos y otros recursos que se canalizan por vías oficiales, los cuales podrían ser muy útiles para pequeños talleres y negocios del sector informal, etc.

* Un aspecto importante es también el de vincular las iniciativas de las OEP y algunas organizaciones sindicales y otras iniciativas que surjan de los trabajadores.

* Los Comprando Juntos también pueden desarrollar iniciativas propias. Se ha pensado en la posibilidad de formar bodegas más amplias para enfrentar los problemas que ahora son más masivos, y que alguien sugirió organizar Comprando Juntos para materiales de reparación de casas.

La otra cosa en la que hay que pensar es que enfrentar las consecuencias del sismo no es solamente una cuestión de emergencia y de corto plazo; las tareas que se presentan son enormes, y sin duda implicarán esfuerzos de mediano y largo plazo. Por eso, además de las iniciativas que pueden impulsarse rápidamente, hay otras que pueden pensarse con cierta calma y proyectarse en el tiempo, e incluso dar lugar a organizaciones permanentes. Formas de economía popular y solidaria que surjan en estas circunstancias pueden sumarse a un proceso de crecimiento paulatino de las formas de vida y de acción alternativas. Pero hay cosas urgentes, como prepararse para enfrentar el invierno, respecto al cual parece indispensable multiplicar experiencias como las “operaciones invierno” que se han realizado en años anteriores.

Por último, está el problema de la coordinación, que conforme al espíritu de las OEP debiera encararse en forma horizontal, coordinándose para acciones concretas, evitando crear superestructuras que resultan poco eficientes, y manteniendo la autonomía de cada organización.

Estas son solamente algunas ideas que han surgido en distintas reuniones y conversaciones con diferentes personas, las que resumimos para que las discutamos y que, junto con todas las otras que salgan de las experiencias y sugerencias que hagamos aquí entre todos, podamos llevar después a nuestras respectivas organizaciones.

 

Notas:

(1). Véanse Las organizaciones económicas populares: una estrategia frente a la crisis. (Seminario anual del PET de 1983, publicado en documento PET, abril 1983) y Las organizaciones económicas populares en la nueva coyuntura económica (Seminario anual PET 1984, documento PET, mayo 1984).

(2). “El desarrollo puede definirse como un cambio cualquiera en el estado o condición total de una sociedad que aumenta su productividad en términos de bienestar humano” (K. E. Boulding). Con esta definición, que expresa sintéticamente los distintos elementos con que hemos caracterizado el desarrollo deseado, pueden estar de acuerdo la mayoría de los economistas. Las dificultades comienzan cuando se quieren disponer de indicadores cuantitativos del bienestar humano, especialmente si se opta por algunos tan burdos como el de “renta nacional real por habitante”.

(3). K. E. Boulding, La economía del amor y del temor, Alianza Editorial, 1973, págs. 122-123.

(4). Una descripción y un análisis del grado de segregación a que se ha llegado en la sociedad chilena puede encontrarse en: C. Hardy y L. Razeto, Los nuevos actores y prácticas populares: desafíos a la concertación. Materiales para la discusión del CED, 1984.

(5). A. O Hirschman, La estrategia del desarrollo económico, F.C.E., 1961, pág. 17.

(6). Una explicación amplia de la racionalidad específica de la economía solidaria puede encontrarse en: Luis Razeto Migliaro, Economía de solidaridad y mercado democrático, Libro primero, PET-AHC, 1984; sobre las lógicas operacionales de los talleres de subsistencia y de las empresas cooperativas de trabajadores, véase, del mismo autor, Empresas de trabajadores y economía de mercado, PET-AHC, 1982.