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1. Las organizaciones económicas populares (OEP)
Desde hace algunos años –más exactamente, desde la implantación del actual régimen económico-político- se han venido desarrollando en Chile diferentes experiencias de organización popular solidaria, que presentan características y estilos de acción distintos a los de otras formas tradicionales de organización popular, como el sindicalismo y las organizaciones poblacionales y reivindicativas.
Las experiencias organizativas de que hablamos son muy variadas y responden a todo un proceso de experimentación social altamente creativo: talleres laborales, grupos de autoayuda, comprando juntos, huertos familiares y comunitarios, ollas comunes poblacionales, grupos precooperativos de vivienda, grupos de ahorro, comités de damnificados, comités de deudores, círculos de salud popular, colonias urbanas, comunidades campesinas, agrupaciones autogestionadas y cooperativas de campesinos, de pirquineros, de pescadores artesanales, de artesanos, etc.; y variadas iniciativas surgidas de la capacitación popular, de la búsqueda de tecnologías apropiadas, de acciones de subsistencia, de la ayuda fraterna de las comunidades eclesiales, y de otras actividades que han dado lugar a la formación de organizaciones que desarrollan algún tipo de actividades económicas.
A las organizaciones surgidas en el marco de estas iniciativas y experiencias las hemos denominado “organizaciones económicas populares” –OEP- (1), sigla que si bien no refleja completamente lo que ellas son (ninguna sigla puede ser suficiente para dar cuenta de realidades complejas), tiene el mérito de permitir referirse a ellas como fenómeno social y organizativo que tiene alguna identidad.
Una muestra parcial de este proceso organizativo y de su crecimiento puede apreciarse en el siguiente cuadro, que recoge la información de tres catastros sucesivos e independientes (no acumulativos), efectuados por el Programa de Economía del Trabajo –PET- en la Región Metropolitana de Santiago de Chile. Datos que, siendo incompletos, pues no abarcan todos los tipos de OEP ni todas las organizaciones existentes sobre cada tipo, permiten comprender que se trata de un fenómeno significativo.
Tipo de OEP - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - noviembre 1982 - - - - - - marzo 1984 - - - - - - noviembre 1986
Talleres Laborales - - - - - -
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - 151 - - - - - - - - - - - - - 215 -
- - - - - - - - - - - - - 415
Comprando Juntos - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -- 57 - -
- - - - - - - - - - - 113 - - - - - - - - - - - - - - 223
Comedores Populares - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -- 121 - - - -
- - - - - - - - - - 93 - - - - - - - - - - - - - - - 20
Ollas Comunes poblacionales - - - - - - - - - - -- - - - -- - 34 - - - - -
- - - - - - - - - 41 - - - - - - - - - - - - - - 201
Huertos Orgánicos - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -- --
s/d - - - - - - - - - - - - - 230 - - - - - - - - - - - - - -- - 67
Pre-cooperativas de vivienda - - - - - - - - - - - -- - - - -- 27 - - - -
- - - - - - - - - - 18 - - - - - - - - - - - - - -- - 22
Comités de vivienda y autoconstrucción - - - - - - - - - - 5
- - - - - - - - - - - - - - 51 - - - - - - - - - - - - - -- 136
Comités de deudas habitacionales - - - - - - - - - - - - -12 - - -
- - - - - - - - - - - s/d - - - - - - - - - - - - - -- 115
Grupos de salud - - - - - - - - - - - - - - - - - -- - - - - - - - - 22 -
- - - - - - - - - - - - - 72 - - - - - - - - - - - - - - --137
Sindicatos de trabajadores independientes - - - - - - - 8 - - - - - - - -
- - - - - - 21 - - - - - - - - - - - - - - --- 47
Comités de cesantes - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -- 21
- - - - - - - - - - - - - - 33 - - - - - - - - - - - - - - -- s/d
Otros grupos - - - - - - -- - - - - - - - - - - - - - - - - - - -- - - 31
- - - - - - - - - - - - - - 33 - - - - - - - - - - - - - - -- s/d
Coordinadoras de grupos - - - - - - - -- - - - - - - - - - -- - 5 - - - -
- - - - - - - - - - 12 - - - - - - - - - - - - - --- - 63
Totales - - -
- - -- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -- - - -- 494
- - - - - - - - - - - - - - 932 - - - - - - - - - - - - -
- 1.446
En cuanto a los integrantes de las OEP, en el catastro de 1986 fueron efectivamente identificados a través de sus miembros activos un total de 46.759 familias, lo que implica que a través de estas organizaciones se benefician directamente unas 223.795 personas, sin contar las organizaciones no catastradas. Pero estos datos no son completos, siendo realista pensar que las cifras indicadas corresponden al 70% de las OEP existentes en cada año. Si, conforme a las estimaciones más atendibles (Chateau J. Pozo H. Los Pobladores en el Área Metropolitana, 1985), los habitantes en poblaciones populares de la provincia de Santiago suman 1.208.910 personas, podemos afirmar que aproximadamente un 25% de los pobladores son de hecho beneficiados por estas organizaciones.
El posterior crecimiento del número de organizaciones, sobre el cual no existen informaciones globales, puede apreciarse con sólo el siguiente dato: los días 22 y 23 de octubre de 1987 se reunieron en el Cuarto Encuentro de Talleres Laborales 390 talleres de distintos rubros, estimándose por los datos proporcionados por los mismos asistentes, que estaban funcionando ese año en la Región Metropolitana al menos 700 de estas organizaciones.
2. La economía popular
Mucho se ha reflexionado y discutido sobre las causas, significado y proyecciones de las experiencias de economía popular. Nuestra conclusión –muy sintéticamente expuesta- es que el fenómeno de las Organizaciones de Economía Popular (OEP) debe entenderse a partir de dos conceptos más generales, referidos a respectivos procesos más amplios que confrontan el contexto inmediato de estas formas organizativas. Son los conceptos de “economía popular” y de “economía de solidaridad”.
Con el concepto de economía popular aludimos a un fenómeno generalizado que se extiende en América Latina en el contexto de las profundas transformaciones del mercado y de las estructuras económico-sociales en curso. Nos referimos a procesos que en la bibliografía económica y sociológica de los últimos años han sido comprendidos a través de expresiones tales como “economía informal”, “estrategias de subsistencia”, “economía subterránea”, y otros similares. Expresiones éstas que sólo parcialmente identifican la realidad que queremos aprehender con el concepto de "economía popular", y a las que reconocemos un valor indicativo y descriptivo de realidades heterogéneas y no el status de conceptos teóricos.
La economía popular surge como consecuencia de dos procesos culturales que contradistinguen la evolución del capitalismo subdesarrollado en las últimas décadas. Por un lado, el sector moderno de la producción y del mercado en estos países, exigido por los cambios tecnológicos y por la reestructuración de los mercados internacionales, ha agotado sus capacidades de absorber la fuerza de trabajo y de permitir el acceso a la satisfacción de las necesidades y aspiraciones de amplios sectores populares. Incluso, en vez de absorber e integrar, ha comenzado a excluir las fuerzas de trabajo y demandas de bienes y servicios esenciales para la subsistencia en los sectores populares Por otro lado el Estado, que en décadas anteriores también evidenció extraordinarias capacidades de crecimiento y absorción, ha experimentado sucesivas crisis fiscales y administrativas, resultando crecientemente oneroso y viéndose obligado a reducir sus posibilidades de canalizar recursos y servicios a través de las tradicionales políticas sociales. Estos fenómenos han acentuado el tradicional dualismo estructural de nuestras economías: el sector moderno e integrado a los mercados internacionales ha experimentado sucesivos procesos de modernización y sofisticación pero no se ha expandido socialmente, mientras que el sector marginal ha continuado empobreciéndose y creciendo cuantitativamente. Cabe advertir que ambos fenómenos han sido acentuados, pero no causados por las olas ideológicas neo-liberales que, en realidad, más que explicar tales fenómenos resultan explicados, al menos en cierta medida, precisamente por ellos.
En el contexto de esos grandes procesos estructurales es que surge la que denominamos economía popular. Ésta es, en efecto, el resultado de las distintas actividades, iniciativas y experiencias que los sectores populares, marginados crecientemente de los dos grandes sistemas formales de asignación de recursos y distribución de ingresos (el mercado y el Estado), han tenido que desplegar con el objeto de asegurar su subsistencia y perseguir la satisfacción de sus necesidades económicas.
Naturalmente esta economía popular es extraordinariamente heterogénea y diferenciada internamente. En un intento sintético y simplificado de comprensión de los contenidos y forma de esta economía popular, podemos distinguir cinco principales componentes:
a) Microempresas y pequeños talleres y negocios de carácter familiar, individual o de dos o tres socios. Nos referimos, concretamente, al pequeño taller de costura y confección de prendas de vestir, a la amasandería o pequeña producción de pan y pasteles, a la fabricación de artículos de cuero, madera, cerámica, mimbre y otras fibras, a las artesanías menores, a los talleres de cerrajería y ornamentación, a las tiendas de barrio, a los cafés y expendios de comidas y bebidas, etc., y en general a los distintos tipos de negocios de producción o de ventas que tienen su local de funcionamiento habitualmente en la misma vivienda o en local adyacente a la casa del propietario, y que él mismo dirige y administra, normalmente con la colaboración de otros miembros de la unidad familiar.
b) Organizaciones Económicas Populares, es decir, el camino que siguen quienes se organizan en pequeños grupos para buscar en conjunto y solidariamente la forma de encarar sus problemas económicos, sociales y culturales más inmediatos. Las hemos examinado más detenidamente en el primer parágrafo.
c) Iniciativas individuales no establecidas e informales, tales como el pequeño comercio ambulante, servicios domiciliarios (jardinería, pintura, limpieza y arreglo de techos, etc.), avisadores de frecuencia de locomoción, recolectores y vendedores de desechos (ferias de las pulgas), cuidadores de automóviles, “pololos” de varios tipos, etc. Operan en lo que podemos considerar como “intersticios del mercado”, es decir, en la provisión y prestación de bienes y servicios que el mercado formal no cubre, pero que responden a necesidades (reales o artificiales) de la gente; a veces están relacionadas con empresas formales e incluso grandes, respecto de las cuales cumplen funciones auxiliares que las mismas empresas buscan realizar sin el correcto cumplimiento de las formas previsionales y tributarias.
d) Actividades ilegales y a menudo delictuales. En este tipo incluimos todas aquellas iniciativas que se realizan al margen de la ley y de las normas culturales socialmente aceptadas, a través de las cuales numerosas personas, crecientemente en las zonas metropolitanas y densamente pobladas de América Latina, buscan obtener ingresos azarosos. Consideramos aquí la delincuencia callejera, la prostitución, el pequeño despacho de drogas y tantas otras.
e) Soluciones asistenciales e inserción en sistemas de beneficencia pública o privada, que van desde los subsidios oficiales para indigentes hasta la mendicidad callejera, pasando por la participación en diferentes sistemas organizados de beneficencia y prestación de servicios orientados a los sectores de extrema pobreza.
Dependiendo del grado en que estas distintas alternativas permitan la solución de los problemas económicos, así como de la estabilidad y permanencia que tengan en el tiempo, o del valor que sus protagonistas les asignen como respuesta a las necesidades de la vida, pueden distinguirse tres niveles, a saber:
a) “Estrategias de sobrevivencia”, cuando la actividad es considerada de emergencia, transitoria y permite apenas la satisfacción de las necesidades básicas en términos de simple sobrevivencia fisiológica (por tanto, en condiciones de subnutrición, insalubridad, viviendas precarias y de emergencia, etc.).
b) “Estrategias de subsistencia”, cuando la actividad permite la satisfacción de las necesidades básicas pero no hace posible ninguna forma de acumulación y crecimiento; la opción puede en consecuencia manifestar una mayor estabilidad y duración en el tiempo, aún cuando difícilmente sea asumida como opción permanente.
c) “Estrategias de vida”, cuando las personas valoran ciertos espacios de la actividad que realizan (la libertad, el compañerismo, la autogestión), o las aprecian como mejor que otras alternativas posibles (por ejemplo, porque ven la posibilidad de mayores ingresos, o porque prefieren el trabajo por cuenta propia al trabajo asalariado dependiente), o simplemente consideran cerradas otras alternativas (por razones de edad o formación) y en consecuencia "se juegan" por la iniciativa emprendida como opción permanente, a través de la cual buscan crecer e ir más allá de la simple subsistencia.
Cabe señalar que estos tres tipos de “estrategia” pueden darse respecto a cada uno de los cinco tipos de actividades que componen la economía popular. Corresponden a grados de desarrollo, es decir, a un corte que atraviesa los componentes que distinguimos anteriormente. El no entenderlo así ha dado lugar a confusiones conceptuales, que es preciso superar definitivamente. Por otro lado, el seguir uno u otro de los cinco caminos para resolver los problemas de la subsistencia y de la vida, y el ponerse en uno u otro de los grados de desarrollo de los mismos, no siempre responde a una opción voluntaria, pues las situaciones de necesidad son precisamente aquellas en que los condicionamientos externos son más fuertes y determinantes. De allí que la noción de estrategia puede ser cuestionada en estos casos, o ha de entenderse en términos muy desdibujados.
Hay que agregar que detrás de estos distintos caminos para enfrentar los problemas están diferentes culturas y experiencias previas. Las respuestas organizadas y solidarias surgen de ambientes más “conscientes” y participativos que han tenido o tienen alguna vinculación con la cultura católica o con ideologías progresistas (en parroquias y comunidades, en sindicatos, partidos y organizaciones poblacionales, en experiencias previas de desarrollo de la comunidad y promoción popular, etc.). Los dos primeros caminos –de las soluciones familiares o individuales- suponen personas con iniciativas y capacidades de asumir riesgos, las que generalmente se han formado en experiencias anteriores variadas (estudio, experiencia laboral, migración, viajes, orfandad, etc.). El camino del asistencialismo y beneficencia supone, al contrario, situaciones de dependencia y falta de imaginación, carencia de recursos personales, desesperanza, dificultades de relación, timidez y aislamiento social. La vía delictiva generalmente supone algún grado de desintegración psicológica, frustraciones y resentimientos, menor formación moral, inestabilidades emocionales, escasa integración familiar, etc.
3. La economía de solidaridad
Hemos llamado “economía de solidaridad” (2) a un modo especial de hacer economía –de producir, de distribuir los recursos u los bienes, de consumir y de desarrollarse-, que presenta un conjunto de características propias que consideramos alternativas respecto a los modos económicos capitalista y estatista predominantes. Sobre la relación de nuestro concepto con la expresión de S.S. Juan Pablo II en su alocución en la CEPAL, Chile, nos referimos en un precedente artículo (3).
En las pocas líneas que podemos dedicar al tema en esta ocasión no podemos entrar en el examen de los distintos aspectos sustantivos de esta economía de solidaridad, debiendo limitarnos a indicar, en términos generales, su conjunto general.
Concebimos la economía de solidaridad como una formulación teórica de nivel científico, elaborada a partir y para dar cuenta de conjuntos significativos de experiencias económicas –en el campo de la producción, el comercio, el financiamiento de los servicios, etc.- que comparten algunos rasgos constitutivos y esenciales de solidaridad, mutualismo, cooperación y autogestión comunitaria, tales que definen una racionalidad especial, distinta de otras racionalidades económicas. Se trata de un modo de hacer economía que implica comportamientos sociales y personales, tanto en el plano de la organización de la producción y de las empresas, como de los sistemas de asignación de recursos y distribución de los bienes y servicios producidos, y en los procedimientos y mecanismos del consumo y la acumulación.
Muy sintéticamente, en la producción el elemento sustancial definitorio de esta racionalidad económica está dado por la presencia y activación, al interior de las unidades económicas, de un factor económico especial que hemos identificado como “factor C”.
En la economía convencional los distintos factores económicos son integrados y subsumidos bajo las categorías de Capital (factor K) y Trabajo (factor L). Nuestro factor C –que así lo hemos denominado porque en el nuestro y en varios otros idiomas comienzan con dicha letra varios de los términos con que podemos nombrarlo, a saber, cooperación, comunidad, colaboración, coordinación, colectividad-, consiste en el hecho que un elemento comunitario, de acción y gestión conjunta, presente al interior de estas unidades económicas, tiene efectos tangibles y concretos sobre el resultado de la operación económica. Efectos concretos y específicos, tales que puede discernirse una particular productividad dada por la presencia y crecimiento de dicho elemento comunitario, análoga a la productividad que distingue y por la cual se reconoce a los demás factores económicos.
El factor C tiene expresiones variadas: se manifiesta en la cooperación en el trabajo, que acrecienta la eficiencia de la fuerza laboral; en el uso compartido de conocimientos e informaciones, que da lugar a un importante elemento de creatividad social; en la adopción colectiva de las decisiones; en una mejor integración funcional de los distintos componentes sociales de la empresa, que reduce la conflictualidad social y los costos que de ésta derivan; en la satisfacción de necesidades de convivencia y participación, que implica que la operación de la empresa proporciona a sus integrantes una serie de beneficios adicionales no contabilizados monetariamente pero reales y efectivos; en el desarrollo personal de los sujetos involucrados en las empresas, derivados de la comunicación e intercambio entre personalidades distintas; etc.
En síntesis, el factor C significa que la formación de un grupo, asociación o comunidad, que opera cooperativa y cordialmente, proporciona un conjunto de beneficios a cada integrante, y un mejor rendimiento y eficiencia a la unidad económica como un todo, debido a una serie de economías de escala, economías de asociación y externalidades positivas, implicadas en la acción comunal y comunitaria.
En el proceso de distribución lo distintivo y definitorio de la economía de solidaridad consiste en que los recursos productivos y los bienes y servicios producidos fluyen, se asignan y distribuyen no solamente a través de relaciones de intercambio y valoradas monetariamente (como sucede en el mercado de intercambios), ni solo a través de las tributaciones y asignaciones presupuestarias (como en la economía fiscal y de hacienda pública), sino que se agregan además otros tipos de flujos y relaciones económicas caracterizadas por el hecho de suponer y de perfeccionar a su vez la integración social.
Más concretamente, en la economía de solidaridad numerosos recursos, bienes y servicios se asignan y distribuyen, además de hacerlo mediante las consabidas relaciones de compra-venta (intercambios de mercancías por dinero) y de tributación (pago de impuestos) y asignaciones presupuestarias (subsidios, etc.) a través de los siguientes tipos de flujos y relaciones económicas:
a) Donaciones, a saber, transferencias unidireccionales de bienes, de parte de un donante que no espera retribución monetaria, hacia uno o varios beneficiarios, que no compensan dicha donación a través de valores económicos sino a través de expresiones de valor simbólico o cultural (como la expresión de agradecimiento, la comunicación de afecto, la adhesión a iniciativas compartidas, etc.).
b) Reciprocidad, es decir, transferencias bi-direccionales de bienes entre sujetos ligados por lazos extraeconómicos de amistad y confianza, que no implican el establecimiento de equivalencias formales en los valores de los bienes transferidos recíprocamente, ni tampoco simultaneidad temporal entre los flujos que proceden en ambas direcciones.
c) Comensalidad, a saber, transferencias pluri-direccionales de bienes entre distintos sujetos que constituyen un grupo humano integrado por vínculos familiares, religiosos, sociales, culturales, psicológicos, etc.; los bienes fluyen libremente en términos de un compartir, distribuir y utilizar en función de necesidades individuales o comunes.
d) Cooperación, a saber, transferencias bi-direccionales múltiples, de bienes aportados por sujetos individuales a un sujeto colectivo del que forman parte, y que son compensados posteriormente por flujos que van desde el sujeto colectivo a los sujetos individuales en proporción (a prorrata) de las aportaciones efectuadas por cada uno.
Como es evidente, la combinación de estos distintos tipos de flujos y relaciones económicas con las de intercambio mercantil determina que en la economía solidaria tiendan a verificarse especiales niveles de integración comunitaria entre los distintos sujetos individuales y grupales participantes. Se puede hablar, en el sentido, de mercados solidarios, de redes de intercambios integradas cooperativamente. etc.
En el plano del consumo, la economía de solidaridad también pone de manifiesto su peculiar racionalidad económica, expresión de modos de comportamiento personal y social superiores. Como rasgos distintivos del consumo es esta economía encontramos:
a) La proximidad entre la producción y consumo. Al no mediar entre ambos largos encadenamientos de flujos de intercambios e instancias de intermediación complejas, el consumo se encuentra próximo a la producción, y en muchos casos se verifica que los mismos productores sean consumidores de los resultados de su trabajo.
b) La preferencia por el consumo comunitario sobre el consumo individual. En ésta economía, en efecto, allí donde es posible y efectivamente favorable para una mejor satisfacción de las necesidades y deseos de la gente, tiende a preferirse la utilización común, compartida y comunitaria de los bienes y servicios disponibles al efecto.
c) La integralidad en la satisfacción de las necesidades de distinto tipo. A diferencia de cuanto sucede en la economía moderna y en el mercado de intercambios, donde cada necesidad se tiende a separar cada vez más de las otras y los productos tienden a ser cada vez más especializados en orden a la satisfacción de deseos diferentes, en la economía solidaria se da una tendencia a integrar las necesidades de distinto tipo, en un mismo proceso de satisfacción combinada. Así, las necesidades fisiológicas, de protección, de convivencia y de trascendencia, a menudo se satisfacen simultáneamente a través de procesos “de consumo” integrados.
d) Finalmente, y como consecuencia de todos los aspectos anteriores, el consumo en el contexto de esta economía tiende cualitativamente a la simplicidad y cuantitativamente a la austeridad y frugalidad; pero ello no el sentido de una predilección por el sacrificio y la pobreza sino como consecuencia del descubrimiento de las posibilidades que esas opciones por lo simple y natural abren en términos de un mejoramiento de la calidad de vida, tan afectada en la sociedad moderna por el consumismo y la sofisticación.
Estos distintos aspectos de la producción, distribución y consumo en la economía solidaria deben ser entendidos como la expresión teórica de comportamientos tendenciales, y no como madura y completa manifestación de lo que efectivamente existe en la realidad. Sucede en tal sentido algo similar a cuanto acaece con las expresiones teóricas de la racionalidad de las empresas capitalistas y del mercado de librecambio, o de las empresas socialistas y de planificación. Las teorías sociales y económicas identifican “modelos puros”, que en la realidad empírica no encuentran cabal materialización, pero que existen y operan efectivamente en cuanto potencialidades parcialmente realizadas, como racionalidades que presiden y orientan los comportamientos, como tendencias que apuntan a identidades en formación.
Cabe advertir que entendemos la economía de solidaridad como expresión de realidades microeconómicas, que tienen potencialidades de expansión en la perspectiva de llegar a constituir globalmente un sector de la economía que opere junto a los otros sectores de la economía privada individual y de la economía pública y estatal. Es en tal sentido que hablamos de economía alternativa, y no de un modelo macreoeconómico que se postule como alternativa económica de reorganización de la economía global.
4. La economía popular de solidaridad
No toda la economía popular es economía solidaria, como observamos anteriormente. Ni toda economía solidaria es parte de la economía popular, pues hay expresiones solidarias también en otros niveles sociales y en organizaciones y actividades económicas no populares, como son las funciones sociales y solidarias, las formas cooperativas y autogestionadas existentes en otros contextos sociales, las instituciones no-gubernamentales constituidas por profesionales, científicos y técnicos, etc.
Definidas la economía popular y la economía de solidaridad como dos conjuntos de realidades y experiencias que se caracterizan por rasgos de distinto nivel, podemos comprender ahora la “economía popular de solidaridad” como el conjunto concreto de las experiencias, actividades y organizaciones económicas que se encuentran en la intersección entre los dos conjuntos anteriormente mencionados. En otras palabras, la economía popular de solidaridad es aquella parte de la economía popular que manifiesta algunos rasgos especiales que permiten identificarla también como economía de solidaridad; o a la inversa, es aquella parte de la economía de solidaridad que se manifiesta en el contexto de la que identificamos como economía popular.
En términos empíricos y en referencia a la realidad de nuestro país, podemos afirmar que la economía popular de solidaridad está constituida aproximadamente por las experiencias y actividades que describimos en el parágrafo 1, uno de cuyos componentes principales en el plano urbano, pero no el único, son las mencionadas Organizaciones Económicas Populares (O.E.P). Como partes integrantes de la economía popular de solidaridad debemos considerar, además, una gran variedad de experiencias cooperativas, comunitarias, comunales, tradicionales y nuevas, existentes tanto en las regiones rurales de América Latina (muchas de ellas con un componente étnico indígena) como en las zonas urbanas.
Se trata, pues, de una realidad heterogénea e internamente diferenciada que, sin embargo, presenta algunos rasgos y características comunes en torno a las cuales va formándose históricamente una identidad de contornos bien definidos. Naturalmente, tales características las hemos apreciado ya al hablar de la economía popular y de la economía de solidaridad; pero ahora las referimos más concretamente a un proceso organizativo y a experiencias concretas. Podemos enumerar provisoriamente algunas de estas características y aspectos que encontramos presentes especialmente en los varios tipos de iniciativas que mencionamos al comienzo:
1. Son iniciativas que se desarrollan en los sectores populares (lo que puede expresarse de varias maneras: entre los pobres del campo y la ciudad; en las clases subordinadas, en los grupos de menores ingresos, etc.).
2. No son iniciativas puramente individuales sino asociativas, que involucran a grupos de personas y de familias (podemos decir que se trata de pequeños grupos o comunidades, cuyos integrantes son fácilmente individualizables, señalando con ello que no se trata de multitudes anónimas ni de “masas” populares).
3. Son iniciativas organizativas, que dan lugar a organizaciones (en el sentido técnico y preciso del término), lo cual supone que explícita o informalmente el grupo se plantea objetivos, se da una estructura y normalmente una directiva o modo de tomar decisiones, programa sus actividades, asigna tareas, maneja algunos recursos, etc.
4. Son iniciativas creadas para enfrentar un conjunto de carencias y necesidades concretas, de aquellas que habitualmente se considera como necesidades económicas: alimentación, vivienda, salud, educación, trabajo, ingresos, ahorro, etc., y que se presentan como apremiantes (los recursos para satisfacerlas son escasos).
5. En estas organizaciones se busca enfrentar estos problemas y necesidades a través de una acción encaminada directamente a resolverlos, o sea mediante el propio esfuerzo y con la utilización de los recursos que para tal propósito se logren juntar.
6. Son iniciativas que implican relaciones y valores solidarios, en el sentido de que en sus actividades las personas establecen lazos de ayuda mutua, cooperación, comunidad o solidaridad no como algo accesorio o secundario sino como inherente al modo en que se busca enfrentar los problemas, satisfacer las necesidades o desplegar las actividades propias de la organización.
7. Son organizaciones que quieren ser participativas, democráticas, autogestionarias y autónomas, en el sentido de que el grupo de sus integrantes se considera como el único llamado a tomar decisiones sobre lo que se hace, derecho que resulta del esfuerzo y del trabajo que cada uno y el grupo en su conjunto realizan. Aunque de hecho los grupos tengan que experimentar varias formas de dependencia y sujeción frente a sujetos externos, lo que resaltamos aquí es que las decisiones deben ser de un modo u otro legitimadas al interior del grupo.
8. Son iniciativas que no se limitan a un solo tipo de actividad, sino que tienden a ser integrales, en el sentido de que combinan actividades económicas, sociales, educativas, de desarrollo personal y grupal, de solidaridad, y a menudo también de acción política y pastoral (en otras palabras, buscan satisfacer una amplia gama de necesidades y aspiraciones humanas).
9. Son iniciativas en las que se pretende ser distintos y alternativos respecto del sistema imperante (definido como capitalista, individualista, consumista, autoritario, etc.), y aportar así aunque sea en pequeñísima escala a un cambio social, en la perspectiva de una sociedad mejor o más justa. La relación que se establece entre un querer ser alternativo y una intención transformadora es digna de resaltarse. En efecto, en las formulaciones dialécticas de la historia y de los cambios sociales no se ha relevado suficientemente la necesidad de ser coherentes en el propio modo de ser y de organizarse, con el proyecto de sociedad por el cual se lucha. Así, a menudo se lucha por la democracia y la participación creando organizaciones internamente muy autoritarias y centralizadas, lo que evidentemente es un contrasentido. El nexo y la asociación entre lo alternativo y lo transformador, que en las organizaciones solidarias se busca construir, constituye uno de los elementos importantes de la novedad que ellas introducen en las prácticas sociales y en los modos de organización popular.
10. Son experiencias que tienden a coordinarse con otras, formando redes horizontales basadas en el intercambio de informaciones y en la búsqueda de acciones conjuntas. En tal sentido tienden a expandir la cooperación en las relaciones con otros grupos, y no a establecer relaciones competitivas. Por otro lado, la necesidad de colaboración y de apoyo que tienen las lleva a buscar y mantener relaciones con distintas instituciones que realizan actividades de promoción, capacitación, asesoría, donación de recursos materiales, etc.
Inherente a estas experiencias, es, pues, la necesidad de evitar el aislamiento en todo sentido, fomentando relaciones e intercambios sociales de los más variados tipos.
5. Las estructuras de la acción y de la organización popular.
Estos diez elementos que comparten tantas experiencias y organizaciones no obstante su heterogeneidad de formas y modalidades concretas, no son características secundarias y de poca importancia en ellas, sino que se presentan como inherentes a su modo de ser, a las razones de su formación, a sus estructuras internas y a los criterios con que toman las decisiones. Por cierto, tomadas cada una de estas características independientemente, las podemos encontrar en muchos tipos de experiencias distintas a las señaladas; pero lo distintivo de las que aquí nos interesan es que no sólo las comparten todas sino que en ellas estos rasgos se articulan unos con otros de manera tal que se refuerzan, se solicitan, se combinan, casi diríamos, por necesidad.
Dicho de otro modo, los diez elementos señalados parecen formar parte de una lógica interna sustentada en un tipo de comportamientos o de prácticas sociales distinto de otros con los que se podrían comparar; por ejemplo, distinto al de las experiencias y organizaciones sindicales, o al de las organizaciones reivindicativas de masas, a los movimientos campesinos, etc. Podemos concluir, así, que hay una identidad compartida por todas estas heterogéneas experiencias, que justifica pensarlas en conjunto, y preguntarse por su destino, perspectivas, proyecciones y potencialidades, entendiéndolas como un fenómeno social específico dotado de personalidad y dinámica propias, que si bien puede no encontrarse completa y acabada, se encuentra activamente en formación, distinguiéndose crecientemente de otras identidades sociales con las que se relaciona o de las cuales provienen muchos de sus integrantes.
Esta identidad y esta lógica operacional especial manifestadas en las organizaciones de la economía popular de solidaridad no están dadas solamente por el hecho de compartir un conjunto de características. Más allá y detrás de ellas es posible identificar una estructura de la acción y de la organización popular, distinta a las estructuras de la acción y organización presente en otros fenómenos sociales. Es conveniente relevar aquí al menos otra de estas estructuras de la acción y organización, muy difundida en nuestro medio. Para los efectos expositivos la individuaremos como la estructura tradicional. Exponerla sintéticamente nos permitirá comprender más a fondo las diferencias y la especificidad de la que nos ha ocupado en este artículo, y efectuar algunas comparaciones que a su vez nos permitan comprender mejor el problema que se plantea respecto a las posibilidades de articulación y relación entre las organizaciones populares de distintos tipos.
En la estructura de la acción tradicional, los trabajadores, pobladores, campesinos y demás categorías populares tienden a organizarse en función de derechos (al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la alimentación, etc.) que dan lugar a reivindicaciones (donde distintas necesidades y demandas propias de un grupo o categoría se articulan en “plataformas de lucha” o en “pliegos de peticiones”) cuya satisfacción demandan al Estado y a los poderes públicos. En tal situación, donde al Estado se le considera el encargado de resolver los problemas y de materializar los derechos sociales, sirven grandes organizaciones de masas (en las que es importante la cantidad de masa y la unidad y disciplina en la acción) que acumulen el máximo de fuerza y de poder posible de ser ejercido en momentos o coyunturas determinadas; las actividades más importantes y decisivas son las movilizaciones y manifestaciones públicas y demás acciones de presión social. Las organizaciones de base tienden aquí naturalmente a agruparse verticalmente a fin de sumar sus fuerzas constituyendo estructuras unificantes (federaciones, confederaciones, centrales) en las que es importante lograr la unidad de mando y disciplina hacia abajo.
En esta estructura tradicional los partidos políticos juegan un rol importante y decisivo en el proceso de organización y en la conducción de la acción, cumpliendo –dicho muy sintéticamente- un papel de nexo y mediación entre las organizaciones y movimientos populares y el Estado con sus poderes públicos. Por un lado actúan sobre las categorías sociales que pretenden representar concientizándolas en torno a sus derechos, activando sus reivindicaciones, promoviendo la organización y a menudo encabezando las movilizaciones y acciones de presión social; por el otro lado deben hacer presente al interior del Estado (sea a nivel del poder legislativo como de las instancias ejecutivas y administrativas) aquellas demandas y reivindicaciones sociales, buscando su máximo cumplimiento. Problema crucial que se plantea en este contexto es el de las relaciones que corresponde establecer entre “movimiento social” y “conducción o vanguardia política”, donde se debaten posiciones diversas dentro de una polaridad que oscila entre el dirigismo y el autonomismo.
Observemos ahora en paralelo los rasgos sobresalientes de ambas estructuras de la acción, la tradicional y la alternativa.
CUADRO COMPARATIVO DE LAS ESTRUCTURAS DE LA ACCIÓN Y ORGANIZACIÓN POPULAR.
La acción reivindicativa tradicional.
1. Se parte de la vivencia de necesidades que deben ser enfrentadas colectiva y organizadamente. Las necesidades que son identificadas y de las cuales se hace cargo la organización son las necesidades básicas (alimenticias, vivienda, trabajo, etc.), que son asumidas como carencias: se tiene necesidades porque se carece de los medios económicos con qué satisfacerlas.
2. Las necesidades básicas insatisfechas (carencias) son vividas y asumidas como derechos económicos-sociales que han sido conculcados. Éstos tienden a ser comprendidos como derechos que tienen las personas por igual y que la sociedad debe satisfacer independientemente de los méritos y esfuerzos de las personas afectadas.
3. Así entendidos los problemas sociales y los derechos dan lugar a un conjunto de demandas que han de ser presentadas ante las autoridades.
4. La toma de conciencia de las demandas da lugar a la elaboración de un conjunto de reivindicaciones concretas, que traducen esos derechos en el contexto de las situaciones reales. Se formulan “pliegos de peticiones” y “plataformas de lucha”.
5. Tipo de acción: reivindicativa, frente a una contraparte de la que se espera la solución de los problemas.
6. Tipo de organización: de masas, multitudinaria y en cierto modo anónima.
7. Tipo de actividades: grandes movilizaciones, acciones rutilantes, esporádicas, en momentos decisivos.
8. Valores fundamentales para el éxito de la organización: la unidad, la disciplina en la acción, la combatividad.
9. Tipo de conducción: centralizada, jerárquica, carismática.
10. Modo de la transformación esperada: acción sobre el sistema, a nivel macrosocial. Presión y lucha por la conquista del poder, para iniciar desde el control de los grandes poderes la transformación hacia abajo, de las realidades particulares.
11. Modos de coordinación entre las organizaciones de base: vertical, por federación, confederación y centralización de las organizaciones. Delegación de poderes en cúpulas dirigentes. Formación de “movimientos sociales”.
12. Agentes externos relevantes: los partidos políticos.
13. Problema ideológico/político relevante: la relación entre partidos políticos y movimientos sociales.
14. La solución de los problemas y la satisfacción de las necesidades se espera de un agente externo, especialmente del Estado.
La acción solidaria alternativa.
1. Se parte de la vivencia de necesidades que deben ser enfrentadas colectiva y organizadamente. Las necesidades identificadas y asumidas por la organización son no sólo las necesidades básicas sino también otras necesidades humanas, como las de participación, de afecto, de conocimiento, de convivencia, de cultura, etc. Predomina un concepto de necesidades integrales, que son asumidas no sólo como carencias sino también como potencialidades a ser desarrolladas.
2. Las necesidades integrales y el desarrollo de las propias capacidades o potencialidades son asumidos como derechos humanos. Por estos se entiende que debe respetarse el derecho de las personas a participar en la solución de los problemas, y en cuanto asociados al deber de trabajar y esforzarse por la satisfacción de las propias necesidades y aspiraciones.
3. Así entendidos los problemas y los derechos, dan lugar a la búsqueda de los recursos necesarios para satisfacerlos.
4. La búsqueda de los recursos da lugar a la formulación de proyectos, que anticipan las acciones necesarias para enfrentar las necesidades. Los proyectos suelen ser presentados ante instancias de las que se espera aportes de los recursos que faltan.
5. Acción directamente orientada a la solución de los problemas con el propio esfuerzo.
6. Tipo de organización: asociación de sujetos, pequeños grupos donde es importante que los integrantes se conozcan personalmente.
7. Acciones pequeñas y continuadas, cotidianas, que van constituyendo en conjunto un proceso vital con sentido de conjunto.
8. Valores fundamentales para el éxito: la cooperación y ayuda mutua, la eficiencia, la laboriosidad.
9. Tipo de conducción: participativa, descentralizada, técnica.
10. Modo de la transformación esperada: acción sobre las realidades en las que se tiene influencia actual. Ser alternativo en lo chico, y avanzar hacia la transformación de lo grande en términos de “expansión de lo microalternativo en lo macroestablecido”.
11. Modo de coordinación entre las organizaciones de base: horizontal, por coordinación entre iguales, sin delegación de poder sino articulando las instancias superiores por vínculos de información y no de poder. Formación de “redes sociales”.
12. Agentes externos importantes: las instituciones de apoyo, especialmente las ONG´s (Organismos No Gubernamentales).
13. Problema ideológico-político: la relación entre las instituciones de apoyo, las organizaciones de base y las redes de coordinación.
14. La solución de los problemas y la satisfacción de las necesidades se espera del autodesarrolo de los propios sujetos organizados.
6. Perspectivas, potencialidades y aportes de las OEP
La exposición de ambas lógicas y estructuras de la acción y organización popular puede hacer pensar que estamos en presencia de una disyuntiva, frente a la cual corresponde decidirse, tomar posiciones y optar por una o la otra. Tal sería una errónea conclusión de los precedentes análisis. Las diferentes estructuras de la acción popular corresponden a situaciones y contextos distintos, pero simultáneamente presentes en nuestras realidades nacionales.
Además, lo que hemos expuesto ha sido una simplificación, pues en la realidad coexisten con las dos señaladas, otras formas de acción y organización popular, que en un estudio más completo habría que considerar.
Las organizaciones económicas populares corresponden a una parte del mundo popular que se encuentra excluido o marginado del mercado formal y de las posibilidades de acceso a las políticas redistributivas del Estado, y que está o busca estar en condiciones de hacer frente a sus problemas mediante procesos de autodesarrollo y de organización comunitaria. Como vimos, las organizaciones económicas populares son expresión de un proceso que parte desde la economía popular, cuyos integrantes tienden a organizarse para ser más eficientes en el logro de sus propios objetivos. Dicho proceso se encuentra con otro que tiene su origen en una cultura transformadora que busca construir una economía alternativa y solidaria, y que se constituye como una energía dinamizadora y organizadora de la economía popular.
Esta estructura de la acción y organización no puede imponerse a otros segmentos y categorías del mundo popular, que parten de situaciones y contextos que pueden ser muy distintos. Por ejemplo, la organización sindical y otras formas de acción reivindicativa corresponden a la situación de subordinación en que se encuentran los trabajadores y demás categorías sociales integradas de algún modo en la producción y en los circuitos de distribución formales (públicos y privados). Como no sería lógico que los trabajadores asalariados adopten las formas de la organización alternativa, absurdo sería también considerar que las formas de la organización sindical sean las únicas formas organizativas necesarias de impulsar. Hacerlo así, en cualquiera de los dos sentidos, sería llevar al fracaso los que podrían llegar a ser grandes esfuerzos organizativos. El pueblo vive situaciones y contextos heterogéneos, en él se manifiestan distintas maneras de concebir los problemas y los modos de superarlos; por ello, que existan formas distintas de organización popular es no solamente legítimo sino necesario y conveniente.
Surge, naturalmente, la pregunta por las relaciones que puedan o deban establecer entre sí los distintos tipos de acción y organización. La cuestión es importante y del más alto interés; pero no creemos que las respuestas puedan ser formuladas a priori. La experiencia irá construyendo esas relaciones, y su proceso podrá ir siendo aclarado y perfeccionado por la reflexión teórica. Pero hasta el momento hay –al menos en Chile-, entre ambos tipos de sujetos organizados, apenas un comenzar a reconocerse como distintos. El paso lógico subsiguiente sería el apreciarse y valorarse recíprocamente, hasta entender que la efectiva superación de los graves problemas que viven los sectores populares, y la actuación de efectivos procesos de transformación y democratización en nuestras sociedades, requiere la presencia y la acción de las distintas formas de acción y organización popular.
Más allá de esto, cabe preguntarse más específicamente cuáles sean las posibilidades de expansión y crecimiento de las organizaciones económicas populares y de la economía popular de solidaridad. ¿Hasta dónde es posible esperar que este proceso se desarrolle? ¿Qué impactos puede llegar a tener más allá de sí mismo?
Sobre estas y otras complejas interrogantes no podemos aquí sino remitir una vez más a otros estudios en que las hemos examinado con detenimiento (4). Nos limitaremos aquí, para terminar a unas afirmaciones generales, que formulamos a manera de hipótesis.
Nuestra hipótesis es que las organizaciones económicas populares son actualmente una realidad viva y abierta a distintas evaluaciones posibles y que su destino está en manos de sus propios integrantes y de quienes se han acercado a ellas para apoyarlas solidariamente. En cualquier caso, se trata de organizaciones que responden a causas estructurales y a necesidades objetivas, de modo que seguirán existiendo y creciendo. Además, sus integrantes, a medida que participan en ellas y que van vinculando a las mismas nuevas energías y esfuerzos personales, las van apreciando y valorando también crecientemente. En consecuencia, es altamente probable que estas experiencias reafirmen y perfecciones su propia identidad con modos especiales de hacer economía y de organizarse socialmente.
La práctica de algunas experiencias más avanzadas muestra que es posible que las OEP lleguen a consolidarse y a operar en adecuados niveles de eficiencia, sin perder sus características distintivas. Ello implicará que muchas experiencias más precarias, que operan al nivel de “estrategias” de sobrevivencia o de subsistencia, se desarrollen hasta convertirse en verdaderas estrategias de vida. En tal desarrollo, es altamente probable que cambien de formas, de modos de organización, de estructura funcional, etc., pero sin afectar por ello el carácter solidario y alternativo que las distingue. Si así fuera, la perspectiva es que lleguen a configurar entre todas ellas –junto a otras formas de empresas alternativas, familiares, autogestionarias y cooperativas- un sector de economía solidaria. Un sector quizá pequeño pero dinámico y expansivo, que se inserte activamente en la economía nacional, aportando a ella no sólo el resultado concreto de su trabajo, sino además el estímulo renovador de sus valores propios, la fuerza innovadora de la creatividad popular, energías gestionarias y empresariales de nuevo tipo.
Si este sector logra articularse internamente mediante adecuados mecanismos de integración, intermediación y coordinación, tanto para efectos de representación y elaboración de políticas más globales como para el desarrollo de más eficientes soluciones a sus propios problemas tecnológicos, financieros, administrativos, comerciales y laborales, es posible pensar que el notable crecimiento cuantitativo que lo ha caracterizado hasta ahora se extienda en un proceso de superación cualitativa que haga vislumbrar más altos objetivos. Así, podría llegar a ser decisivo en la solución de los grandes problemas de la marginalidad y la pobreza que afectan a los sectores populares.
Si, además, se establece una activa vinculación de las OEP con las demás formas de organización popular y de trabajadores, de manera que contribuyan a una renovación importante de las prácticas sociales y de las perspectivas ideales del movimiento popular y democrático, es realista postular y esperar de ellas un aporte significativo en la dirección de avanzados procesos de transformación y democratización de las estructuras económicas, políticas y culturales.
Con S.S. Juan Pablo II, “en esta economía de la solidaridad ciframos nuestras mejores esperanzas para la región”
Notas:
(1) L. Razeto, A. Klenner, A. Ramírez, R. Urmeneta, Las Organizaciones
Económicas Populares, Ediciones PET, Santiago 1982.
(2) L. Razeto, “Juan Pablo II: economía de la solidaridad”, Mensaje, Agosto 1987.
(3) Un análisis más detallado de los distintos aspectos de la producción, distribución, consumo y acumulación que caracterizan la racionalidad de la economía solidaria, y un examen de las relaciones entre ella y los demás sectores económicos, así como sobre sus modos de inserción en el mercado y en la economía global, los hemos desarrollado en Economía de solidaridad y mercado democrático, Libro primero y Libro segundo, Ediciones PET, 1985 y 1986 respectivamente.
(4) Ver especialmente Economía Popular de Solidaridad: identidad y proyecto en una visión integradora. Edición del Área de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal de Chile, Santiago, 1987.