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Actualmente
sabemos que, como consecuencia de las transformaciones experimentadas
por el mercado global, que impactan decididamente el mercado del trabajo
en los países de América Latina, cerca del 50% de la fuerza
laboral obtiene la subsistencia en el trabajo, ya sea en forma independiente
o asociativa, en la economía popular, las microempresas y las
organizaciones económicas populares y solidarias.
En especial,
los jóvenes de los sectores populares y marginales, pueden y
podrán integrarse al mundo del trabajo, prácticamente
de manera exclusiva, a través de estas modalidades económicas:
informales y secundarias. De hecho, para ellos la única posibilidad
de obtener algún ingreso mediante el trabajo, consiste en buscar
en los intersticios de la sociedad alguna forma de prestar un servicio
útil por el cual las personas, en las calles, en las casas, en
los medios de locomoción, estén dispuestas a pagar alguna
pequeña cantidad de dinero; o bien integrarse en algún
pequeño taller o negocio familiar o del vecindario. No tienen
prácticamente otra alternativa fuera del deambular, o del caer
en la delincuencia, la drogadicción o la prostitución.
Esta realidad
plantea un enorme desafío a los sistemas formales e informales,
públicos y no gubernamentales, de educación y capacitación.
Por lo pronto, se constata el hecho que la educación oficial,
en sus diferentes niveles y formas, no se ha orientado nunca hacia este
sector; lo que menos la educación formal es preparar para la
sobrevivencia, en un mundo competitivo donde parece imperar cada vez
más abiertamente la «ley de la selva». Por lo demás,
gran parte de los niños y jóvenes marginales no acceden
a esa educación o la abandonan apenas iniciada en sus primeros
grados, para integrarse prematuramente a la lucha por la vida.
Ante una
primera consideración podría creerse que esta lucha por
la subsistencia no requeriría mayor esfuerzo de educación
ni capacitación, como si el ser humano estuviese natural e instintivamente
preparado para la sobrevivencia. El hecho que en los espacios de la
informalidad encuentren sus oportunidades de subsistencia las personas
de menores o nulos niveles de educación y capacitación
formal, podría hacer pensar que se trata de actividades, oficios
y trabajos muy simples y rudimentarios, para los cuales el disponer
de algunos grados de educación sistemática podría
constituir incluso un obstáculo.
Aunque pensar
de este modo implica hacerlo con una fuerte dosis de cinismo, debemos
reconocer en ello algo de verdad: la educación formal, y también
alguna parte significativa de la educación que se genera a través
de las organizaciones no gubernamentales, resulta completamente inútil
para desempeñarse con éxito en las actividades propias
de la economía popular, especialmente aquella caracterizada por
la informalidad. El desplante personal que habilita para ofrecer en
público determinados servicios o productos; la inventiva para
descubrir la ocasión de generar ingresos en las más curiosas
condiciones, situaciones y problemas; la capacidad de tomar decisiones
inmediatas ante coyunturas variables en extremo; rasgos que caracterizan
estas formas de trabajo popular, más bien suelen ser inhibidas,
atrofiadas o limitadas por la adquisición de algunos grados de
educación que convierten a la persona, durante extensas jornadas
escolares, en sujetos pasivos que deben asimilar un saber que les resulta
completamente ajeno y extraño, donde desarrollan un tipo de memoria
y de inteligencia formales y abstractas, y en que la imaginación
creativa no encuentra ocasiones de experimentar sus potencialidades.
La razón
cínica puede afirmar: el hombre natural e inculto posee los instintos
necesarios para sobrevivir en «la selva». Pero «la
selva» de nuestras ciudades es una «selva de hombres»,
por demás inhumana, y la sobrevivencia una lucha cotidiana, que
no garantiza proporcionar a los niños, jóvenes, mujeres
y hombres de la economía popular los medios apropiados para vivir
con un mínimo de dignidad y para alcanzar una calidad de vida
aceptable, a menos que se posea un conjunto de conocimientos, capacidades
y habilidades que permitan actuar en ella con eficiencia económica.
Examinaremos
en breve cuáles son los requerimientos educacionales y de capacitación
indispensable para lograrlo. Pero antes dejemos en claro la inutilidad
de los esfuerzos que derivan de otro enfoque del problema, habitual
en la clase política dirigente de nuestras sociedades. Es corriente,
en efecto, la afirmación de que frente al problema de la desocupación
y la pobreza resulta indispensable ampliar las oportunidades de educación
y capacitación para el trabajo, entendiéndose que las
economías modernas requieren personal técnicamente cualificado
y especializado en grados crecientes, pues las actividades productivas,
comerciales y de servicio modernas requieren una fuerza de trabajo de
elevada productividad y sofisticación.
La premisa
de la que parte el razonamiento puede ser verdadera. No cabe duda de
que los escasos puestos de trabajo que aparecen en el sector moderno
requieren ser desempeñados por profesionales y técnicos
de mayor especialización y cualificación, que garanticen
una elevada productividad del trabajo. Pero el problema es que el sector
moderno de la economía, aún en aquellas condiciones en
que crece de manera significativa y presenta un notable dinamismo, es
cada vez menos extensivo en ocupación de fuerza de trabajo. De
hecho, un fenómeno característico de las economías
modernas, y de los sectores modernos de las economías subdesarrolladas,
es el «crecimiento sin empleo».
Hasta hace
algunos años los modelos econométricos suponían
que del 2% al 205% de crecimiento del Producto Nacional implicaba un
crecimiento del 1% de la ocupación. Tal «constante»
ha desaparecido del escenario económico. En Chile, por ejemplo,
cuya economía crece desde hace doce años a un promedio
de casi 8% anual, la creación de empleos en el sector moderno
es irrelevante, y las cifras oficiales de desempleo, que no superan
7%, esconden el hecho que 40% o 45% de la fuerza de trabajo se encuentra
activa en la economía informal, el servicio doméstico
y la microempresa. Dicho «modelo» económico considerado
tan exitoso, es capaz de integrar apenas 50% de la sociedad, y de su
incierto crecimiento futuro no debe esperarse reversión alguna
de la exclusión y marginación que ha establecido tan ampliamente,
sino más bien la acentuación del fenómeno.
En consecuencia,
por más que se prepare y capacite a multitudes de trabajadores
actuales y futuros para integrarse al sector moderno de nuestras economías,
el destino de una gran parte de ellos, y en especial de la inmensa mayoría
de los jóvenes del mundo popular, seguirá siendo aquel
que puedan proporcionarse a sí mismos en los espacios de la economía
popular, esto es, el que alcancen mediante el trabajo autónomo
o asociativo en los márgenes de la economía formal. Cuando
los niños y jóvenes marginales abandonan prematuramente
su instrucción escolar, cuando sus padres no los incentivan a
continuarlos, sino que, incluso les exigen dejar la escuela y los integran
a ala lucha por la subsistencia familiar, no solamente lo hacen por
falta de oportunidades escolares o por la imperiosa necesidad de incrementar
los ingresos familiares, sino también porque su experiencia y
realismo les hace ver la inutilidad del esfuerzo al que son convocados
por la sociedad oficial, que primero los ha excluido y que saben que
los mantendrá en dicha situación.
Para que
el esfuerzo educacional y de formación para el trabajo no resulte
inútil, es necesario orientarlo, en gran parte y especialmente,
en relación a que se verifique en los amplios sectores populares
de nuestras sociedades, en la perspectiva de que esta economía
popular es la única que podrá proporcionarles trabajo
y medios de subsistencia.
Por cierto,
no desconocemos la importancia de la educación y del acceso a
la cultura, reconocemos el derecho de todos al conocimiento, a la ciencia,
a las letras, a la formación integral y al desarrollo personal
en el más amplio sentido. Pero la realidad del sistema económico
y social en que estamos inmersos, nos señala que el camino para
lograr estos objetivos es muy distinto al que actualmente predisponen
los sistemas escolares vigentes, públicos, privados y no gubernamentales.
Desde hace
años sostengo que la insuficiencia que ha demostrado la educación
popular para contribuir eficazmente a la superación de la pobreza
y al desarrollo social es debida, en gran parte, a que procede a menudo
desvinculada de los procesos de la economía popular.
En esta economía
popular, los sectores sociales excluidos y marginados manifiestan un
verdadero proceso de movilización social, de activación
de sus energías propias para hacer frente a sus problemas y a
la satisfacción de sus necesidades fundamentales. En este proceso,
las personas, familias y organizaciones populares despliegan capacidades
insospechadas, activan los conocimientos que han adquirido, aunque fragmentariamente,
en su vida laboral anterior o en su cotidiano batallar por la subsistencia,
y experimentan un acelerado proceso de desarrollo personal, de conocimiento
concreto de su entorno social y económico, acrecentando al mismo
tiempo su capacidad de tomar decisiones, de gestionar recursos, de imaginar
soluciones técnicas, de innovar tecnológica y organizativamente.
La economía
popular constituye un componente esencial de la vida popular, de la
cual depende esa misma vida. Por ello, una educación popular
que pretenda contribuir eficazmente a la superación de la pobreza,
no puede desenvolverse al margen de su problemática y de sus
desafíos sino que, al contrario, debiera ir a su encuentro para
potenciarla.
Las necesidades
de formación y de capacitación derivadas de dicha economía
popular son múltiples. Contrariamente a lo que suele creerse,
el trabajo autónomo y asociativo es de gran complejidad, y para
ser eficiente requiere la disposición de mayores y más
amplios conocimientos, capacidades y habilidades que las requeridas
por el trabajo dependiente.
El trabajador
por cuenta propia, el microempresario, el integrante de una organización
económica popular, debe organizar su propio trabajo, no limitándose
a ejecutar lo que se le señala; debe saber administrar recursos,
planificando y programando actividades, factores, tiempos y procesos;
debe tomar decisiones complejas teniendo como base un conocimiento detallado
de sus posibilidades y de las oportunidades que le presenta su entorno
económico, social y cultural; por lo que debe enfrentar constantemente
situaciones nuevas que requieren dinamismo y creatividad, así
como relacionarse eficazmente con personas, empresas, mercados. Él
mismo unifica, en las dimensiones propias de su actividad, las figuras
del trabajador, del empresario, del técnico y del administrador.
Al desplegar
la compleja gama de actividades, servicios y funciones que le exige
la relativa autonomía con que opera, aprende constantemente de
los errores y de los aciertos. La experiencia de años de trabajo
con organizaciones y personas de la economía popular me ha permito
apreciar lo que ocurre en ellas mismas como resultado de su hacer: el
extraordinario crecimiento personal que se verifica en tiempos relativamente
breves. El «aprender haciendo» no es aquí un simple
método pedagógico, sino la vida misma en su cotidianidad.
La economía popular es, constitutivamente, un «hacer aprendiendo».
Pero este proceso de aprendizaje viviente, espontáneo, no es
suficiente, o en todo caso puede ser facilitado y potenciado mediante
procesos y formación y capacitación apropiados, predispuestos
sistemáticamente al efecto.
Los contenidos
de dicho proceso de formación y capacitación son múltiples,
y muchos de ellos son fácilmente identificables a partir de una
somera consideración de los aspectos, factores y funciones que
forman parte de toda actividad económica con unidad de sentido
y objetivos.
A nivel de
capacitación, se reconocen fácilmente los siguientes aspectos:
1. Capacitación
laboral, técnica, que habilite para le ejecución del trabajo
mismo. Pero no se trata de la clásica capacitación técnica
que habilita para el cumplimiento de un oficio o trabajo específico
y simple, pues el trabajador por cuenta propia o el integrante de una
microempresa normalmente ha de hacerse cargo de múltiples actividades,
desde el diseño del producto el manejo y reparación de
herramientas, la ejecución, el acabado, el control de calidad...
2. Capacitación gestionaria, que habilite para la toma de decisiones
en procesos de gran variabilidad de condiciones y circunstancias. No
basta un cursillo de administración o de contabilidad. La gestión
es aquí, ante todo, un proceso de autocontrol de la propia actividad,
y al mismo tiempo la organización racional de recursos, tiempos,
actividades y personas, suponiendo todo ello el conocimiento de variables
económicas, sociales, políticas, ambientales... Se trata
de tomar decisiones apropiadas en tiempo útil, lo que implica
no sólo conocimientos sino también voluntad, imaginación
y fuerza realizadora.
3. Capacitación
para la obtención, selección, procesamiento y manejo de
información. Y no es cosa de saber operar registros, inventarios,
listados de clientes y proveedores, ni de operar programas computacionales
más o menos complejos, sino de comprender la realidad en que
se opera y posesionarse de ella con grados crecientes de libertad. Los
instrumentos de registro y procesamiento informático son solamente
medios que pueden ayudar, pero nunca reemplazar el proceso de acumulación
del saber práctico en el propio cerebro.
4. Capacitación
financiera y comercial, que por cierto no se limita al manejo del dinero,
de los costos y beneficios, ni al dominio de las técnicas de
marketing, sino que el fondo de todo ello consiste en el desarrollo
de la capacidad de saber relacionarse con personas, empresas, mercados,
propiciando en ellos la credibilidad y la confianza respecto a las propias
capacidades, proyectos y productos.
Entendidos
en los términos en que los exponemos, sin duda estos cuatro aspectos
van mucho más allá de lo que suele entenderse como capacitación.
Son en realidad procesos de formación, en el más amplio.
Complejo y profundo significado del término.
Pero aún
así, no se agotan en estos cuatro aspectos los requerimientos
educativos indispensables. Yendo más allá de los aspectos
de capacitación, se ha hecho habitual entre quienes apoyan la
economía popular, especialmente en el trabajo con microempresarios,
hacer referencia al «desarrollo de las capacidades empresariales»
o, más directamente, a la formación empresarial. Ciertamente
que de esto se trata, y de manera central o articuladora. Pero a condición
de que por «empresarialidad» se entienda lo que efectivamente
corresponde a la realidad de las unidades económicas de la economía
popular.
En este sentido,
lo más importante es comprender que la racionalidad de la economía
popular no es la misma que impera en las empresas convencionales. No
estamos en presencia de empresas en el sentido habitual del concepto,
sólo que chiquititas. No se trata, en efecto, de inversiones
de capital que persiguen maximizar su rentabilidad. Lo que el trabajador
invierte al trabajar por cuenta propia o al organizar una microempresa,
es fundamentalmente su fuerza de trabajo, sus propias capacidades organizativas,
sus conocimientos, su creatividad, sus relaciones sociales y su patrimonio
personal; en síntesis, su persona, y junto a ella la de quienes
comparten con él la iniciativa, sean los integrantes de su familia
u otros trabajadores asociados, y lo que se arriesga no es un capital
externo sino su tiempo, su esfuerzo, su subsistencia y, en último
término, su vida.
Esta situación
da lugar a una lógica operacional que, si bien es orientada como
cualquier actividad económica a la obtención de «beneficios»,
los máximos posibles, se desenvuelve conforme a la racionalidad
vivencial del sujeto, con todos los elementos de emotividad y subjetividad
que ello puede implicar.
Entonces,
la formación empresarial es aquí fundamentalmente un proceso
de formación de personal, orientado al despliegue de las capacidades
de hacer y de relacionarse, de emprender iniciativas responsables, de
aprovechar oportunidades y esquivar obstáculos y amenazas, de
potenciar las fortalezas personales y asumir las propias debilidades,
de idear con realismo y de realizar con idealismo; en síntesis,
un proceso de ampliación de la propia conciencia, voluntad e
imaginación.
Pero, en
todo esto, es necesario no olvidar que esta economía popular,
y la inmensa mayoría de las iniciativas económicas de
las personas, familias y organizaciones sociales que la constituyen,
nacen a partir de una realidad insoslayable: la marginación de
que han sido objeto en el mercado y en la economía oficial. Surge
en el contexto de una economía hipercompetitiva que va excluyendo
sin contemplaciones, e incluso con crueldad, a los más débiles.
En este contexto,
la economía popular tiene una sola posibilidad de sostenerse,
desarrollarse y proporcionar a sus integrantes una vida digna y de calidad
suficiente, más allá de la mera y precaria subsistencia:
es la de convertirse progresivamente en una economía
de solidaridad.
Sobre esta
perspectiva quisiera hacer algunas precisiones, para evitar malos entendidos:
El concepto
de economía de solidaridad surge del análisis
del modo de ser y operar de muchas experiencias económicas populares
y asociativas. En ellas descubrimos el significado de la solidaridad
como componente de una racionalidad económica.
En efecto,
al menos una parte de las unidades y organizaciones económicas
populares son portadoras de una racionalidad solidaria especial, de
una lógica interna sustentada en un tipo de comportamientos y
de prácticas sociales y económicas que ponen la solidaridad
en estrecha relación con el trabajo, y que permiten hablar de
economía solidaria.
Para entender
adecuadamente el sentido de esta expresión es necesario precisar
el significado que asume el término «solidaridad»
en este contexto. Ante todo cabe advertir que la solidaridad no es sinónimo
de gratuidad y donación, aunque éstas sean también
formas de solidaridad. Más distinta es aún la solidaridad
de la beneficencia y el asistencialismo, que se relacionan más
bien con el sentido que actualmente ha asumido el concepto de caridad.
La solidaridad, en su acepción genuina, se refiere ante todo
al hecho de estar y de hacer cosas juntos, en beneficio común
o compartido, implicando relaciones horizontales de ayuda mutua y cooperación.
La solidaridad nace del vivir una misma situación, enfrentar
similares problemas, ser parte de una misma organización o asociación
que se crea para alcanzar objetivos que todos los integrantes comparten.
En este sentido, entre la solidaridad y el trabajo existen vínculos
estrechos, toda vez que el trabajo se concibe y realiza como una actividad
grupal, en que muchos colaboran para el logro de un resultado común.
El concepto de solidaridad tiene raíces antiguas, asociadas a
la idea de comunidad, y más recientes, vinculadas a las experiencias
de organización y lucha de los trabajadores por superar las injusticias
de que son víctimas.
En el ámbito
específicamente económico, la solidaridad se manifiesta
en la cooperación entre trabajadores y productores asociados,
en la realización conjunta de diversas funciones económicas,
en compartir conocimientos y experiencias, en comercializar juntos,
en consumir asociativamente de manera de maximizar la utilidad que prestan
los bienes y recursos, en distribuir los resultados de la operación
económica de manera justa y equitativa, en acumular asociativamente
excedentes que serán utilizados en beneficio de todos, en preocuparse
de los efectos que puede tener la propia actividad económica
sobre la comunidad y el medio ambiente.
Esta solidaridad
económica, según la experiencia de las organizaciones
económicas populares y de numerosas otras formas de asociación
orientadas a la satisfacción de necesidades humanas y sociales,
demuestra ser eficiente en el logro de mejores resultados que si las
cosas se hacen de manera individual y competitiva.
La observación
de este hecho nos llevó a formular el concepto económico
del «Factor C», consistente en el hecho
de que, allí donde existen relaciones y comportamientos solidarios,
la producción se incrementa y el beneficio para todos se maximiza.
Factor, pues, en el más estricto sentido que
el término asume en el lenguaje de la ciencia económica,
según la cual factor económico es todo aquello que, presente
en la actividad económica, genera algún incremento de
productividad que le debe ser reconocido como aporte propio y especial.
La letra «C» alude a que con ella comienzan
en el nuestro y en varios idiomas, numerosas palabras que significan:
colaboración, cooperación, comunidad, confianza, compañerismo,
comunión, y muchas otras que comienzan con el prefijo «co»,
que expresa el hacer y el estar «juntos».
En la actividad
económica el «Factor C» y la solidaridad
se manifiestan en la propiedad compartida o común de los medios
de producción, en la autogestión o participación
de todos en la administración y toma de decisiones, en el intercambio
fluido de la información tecnológica, que se hace disponible
para todos, en la colaboración en el trabajo, en la comercialización
conjunta, en el pago de cuotas o realización de eventos grupales
para financiar actividades, en la formación de asociaciones y
gremios para impulsar objetivos compartidos y defender intereses comunes.
Para formar
parte de la economía de solidaridad no se precisa ni que se den
simultáneamente todas las situaciones recién mencionadas
ni tampoco que esas relaciones y comportamientos solidarios se manifiesten
de manera completa y excelente, bastando que sean lo suficientemente
operantes como para tener efectos reales en la organización y
operación económica. El nivel de actuación de la
solidaridad debe, sin embargo, ser tan eficaz como para impactar la
racionalidad económica y la lógica operacional de la unidad
económica, haciendo predominar la cooperación sobre la
competencia, la reciprocidad y la justicia sobre la explotación
de algunos por otros.
Indudablemente,
no todas las unidades y actividades económicas populares son
de economía de solidaridad. En el mundo popular existe seguramente
mayor solidaridad que en sectores acomodados, pero allá existe
también el individualismo, el egoísmo y la injusticia.
A menudo la solidaridad es el resultado de la simple conveniencia de
hacer las cosas juntas, porque cada uno por sí solo carece de
los medios suficientes para lograr lo que se quiere. En tales casos,
tan corrientes en la economía popular, también reconocemos
solidaridad, aunque la motivación subjetiva pueda ser exclusivamente
individual; la experiencia demuestra que la práctica de la solidaridad,
cualesquiera sean sus motivaciones, termina incorporando el valor de
la solidaridad en la conciencia y la voluntad de las personas y grupos.
Pues bien,
si la solidaridad es una fuerza productiva, un factor económico
que viabiliza las pequeñas unidades económicas habitualmente
carentes de otros recursos y factores, y si ella es también la
gran fuerza social que permite que el sector actualmente disgregado
de la economía popular alcance presencia y fuerza en el contexto
económico de nuestras sociedades, la incorporación de
crecientes manifestaciones de solidaridad en y entre estas experiencias,
resulta decisivo para el futuro desenvolvimiento de esta alternativa
económica.
Pero el mercado, y las orientaciones actualmente predominantes en la
cultura y en el pensamiento económico y social, no favorecen
el comportamiento solidario; al contrario, inducen al individualismo,
a la privatización de los proyectos y a su actuación en
términos competitivos. De allí la importancia de educar
para la solidaridad, la cooperación, la acción conjunta,
la ayuda mutua.
La educación
popular ha de ir al encuentro de los que ya viven y hacen los sectores
populares excluidos y marginados. Ella no es portadora de soluciones
mágicas, de ideas y experiencias extrañas al mundo popular;
su misión no es venir desde fuera a proporcionar aquello de lo
cual supuestamente carecen los pobres, y que supuestamente poseen los
educadores populares: su grande y magnífica tarea es la de facilitar
aquello en que se encuentran ya empeñados, activados y movilizados
esos mismos sectores populares. Se trata, en síntesis, de facilitar
la subsistencia, contribuyendo a hacer más eficientes las iniciativas
y experiencias de la economía popular, en sus variadas formas,
y de facilitar la solidaridad potenciando aquella racionalidad especial
de la economía de solidaridad que, de manera germinal e incipiente,
es portadora la misma economía popular.
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